Regla nº 5
No husmees donde no debes
Camille
Al día siguiente, no veo a Jack por ningún lado.
Es como un recluso en su propia casa, pero, con esa actitud tan amargada que tiene, para mí es perfecto.
No necesito que sus ojos melancólicos y amenazantes vigilen todo lo que hago, ni que me ladre órdenes con ese tono cruel que tiene.
Puedo hacer mi trabajo perfectamente sin él.
Por la mañana llevo a Bea al colegio y luego voy al supermercado con mi lista de la compra para reponer la despensa con el dinero que Phoenix me dejó para comida y suministros.
Anoche, después de acostar a Bea, me pasé horas elaborando meticulosamente una rutina, planificando comidas y haciendo listas.
Regreso a casa con varias bolsas de papel muy pesadas bajo los brazos, las dejo sobre la encimera y miro hacia las escaleras en busca de algún rastro de Jack.
No oigo nada, así que supongo que se ha ido.
Estar sola en casa me pone nerviosa. No saber si en realidad está ahí arriba o no.
No saber si bajará y me regañará por cualquier cosa que haya hecho mal.
Después de recoger a Bea del colegio por la tarde, lo oigo moverse en el piso de arriba, recluido en una planta de su propia casa. Y, por muy curiosa que sea, sigo las estrictas órdenes de Phoenix de no entrometerme ni husmear donde no me incumbe.
Así pasa otro día sin verlo.
Y otro.
Y otro más.
Su relación con su hija es inexistente. Eso es lo más extraño. Si se cruzan por la casa, él la saluda fríamente, pero no hay afecto, no hay ternura. No hay ninguna relación entre ellos.
Él es un fantasma y ella lo ha aceptado.
En cuanto a mí, me he acostumbrado a una rutina cómoda.
Todas las mañanas llevo a Bea al colegio y todas las noches la acuesto antes de prepararme para el día siguiente.
Y, en general, soy muy feliz aquí. Bea me recuerda mucho a mí misma cuando era más joven, excepto por los vestidos elegantes y el pelo perfecto.
Es curiosa y juguetona. Le encanta reír y usar su imaginación.
Cada día sale más y más de su caparazón.
Nuestra actividad favorita juntas es, sin duda, dibujar.
Le estoy enseñando a hacer pequeños garabatos como los míos.
Me los deja a escondidas, así que cuando me acuesto cada noche, encuentro trozos de papel doblados en mi mesilla de noche: un día es una ballena con boina y al día siguiente, un panda sentado en un lecho de flores.
En mi quinto día en París por fin tengo mi primera noche libre. Phoenix viene sobre las seis de la tarde y me releva de mis obligaciones nocturnas.
Por mucho que me guste este trabajo, he estado esperando este momento toda la semana.
—Vaya a divertirse —me dice, prácticamente empujándome hacia la puerta.
Ya he estado en París antes. Pasaba aquí los fines de semana con mis amigos cuando era adolescente. Pero esta será la primera vez que esté sola como adulta con dinero. Y voy a salir conmigo misma.
Siempre me he enorgullecido de ser alguien que se siente cómoda estando sola. Podría ir al cine y al teatro sola. Podría viajar sola. Y vivir sola si pudiera permitírmelo.
Tengo una reserva en uno de los restaurantes más de moda de Montmartre, así que me pongo mi mejor ropa —un modesto vestido negro hasta la rodilla con corte en A—, con unos cómodos botines perfectos para caminar, y salgo.
El restaurante está a solo diez minutos a pie del apartamento, pero me tomo mi tiempo, saboreando la libertad en mi paladar.
Al pasar por el Sacré-Cœur, me siento en un banco cercano, al pie de las escaleras, mientras se pone el sol, y miro a los turistas que pasan. Familias. Parejas. Amigos.
Me gusta estar sola, de verdad, pero a veces desearía tener a alguien a mi lado en cuyo hombro poder apoyar la cabeza.
Alguien que me dejara cogerlo de la mano mientras contemplamos la puesta de sol sobre París.
Alguien que me escuchara contar historias sobre los viajes que hice a la basílica cuando era niña, con mi padre.
Alguien que me alejara de la multitud para besarme a la sombra del árbol que crece en la ladera de la colina.
Cuando me levanto para dirigirme al restaurante, una simpática pareja me pide que les haga una foto, y acepto. Me hace pensar en Emmaline y Jack, y tengo que ignorar la tristeza que empieza a invadirme.
El restaurante es pequeño y está apartado del ajetreo. Es familiar y pintoresco, pero tiene el mejor foie gras que he probado nunca. Y mientras estoy sentada a mi pequeña mesa, dibujando una sirena en una servilleta, pienso en Jack.
Hay algo muy triste en lo muchísimo que sufre ese hombre. Todavía tengo la foto de él y su difunta esposa en mi bolso. Me digo a mí misma que la llevo conmigo para evitar que alguien en la casa la encuentre, pero creo que la verdadera razón es que se ha convertido en algo importante para mí.
No conocía a Emmaline, pero de alguna manera me siento como si lo supiera todo de ella.
Por la foto se nota que se querían, pero lo veo aún más en la forma en que él se ha apartado de su propia vida.
Estoy segura de que ella no hubiera querido que él siguiera así, sobre todo porque tienen una niña pequeña a la que cuidar.
¿Cuánto tiempo podrá aguantar así? ¿Cuánto tiempo podré yo cuidar de esta niña sin que tenga contacto con su padre?
La comida está deliciosa, pero me amarga un poco que mi obsesión por Jack St. Claire haya nublado mi mente y enturbiado toda mi velada.
Se suponía que iba a pasar esta noche relajándome, sin pensar en él ni en cómo sacarlo de la jaula de soledad en la que se ha encerrado.
Por supuesto, no es culpa suya que no pueda dejar de pensar en él, pero pienso culparlo de todos modos.
Después de cenar doy un paseo por la ciudad y considero la posibilidad de entrar en uno de los bulliciosos bares para tomar una pinta.
Es una noche animada, con gente deambulando por las calles, y no estoy lista para irme a casa.
¿Quién sabe? Quizás alguien me invite a una copa.
Quizás esta semana consiga hablar con alguien que no sea una niña de cinco años.
Pero justo cuando estoy a punto de entrar en un pub que parece prometedor, veo el paso y la estatura familiares del hombre en el que no puedo dejar de pensar.
Jack St. Claire avanza rápidamente por la calle delante de mí y gira por una calle lateral menos bulliciosa.
Impulsada por la curiosidad, abandono el bar al que estaba a punto de entrar y lo sigo.
Estoy lo bastante lejos como para que no me oiga, y hay gente en la calle que va en la misma dirección que nosotros.
Me muero por saber qué hace Jack en su tiempo libre, a dónde leches va. Phoenix me dijo que no fuera entrometida, y no lo soy. No es culpa mía que por casualidad haya visto a Jack entrando en un edificio a altas horas de la noche.
Al final de la pequeña calle que sale de la plaza principal se encuentra lo que parece ser un animado club nocturno, y me detengo sorprendida cuando veo a Jack entrar con confianza.
El club está situado en la parte inferior del edificio y tiene la fachada pintada en un discreto negro mate, un toldo y gente pululando frente a la puerta.
Las voces y los bajos de la música retumban en la estrecha calle de la ciudad mientras me acerco lentamente.
¿Va a una discoteca?
No sé casi nada sobre este hombre, pero, por lo poco que sé, me parece un poco extraño. Por más que intento imaginarme cómo baila, no lo consigo. No va con él.
Después de continuar mi camino por la calle, me detengo frente al edificio e intento encontrarle sentido a lo que veo.
No hay ningún nombre en la puerta. No hay otros bares ni negocios cerca.
Cuando capto la mirada de un grupo de hombres que merodean cerca del club nocturno, les doy la espalda y sigo andando con cautela por la calle.
Podría regresar al apartamento. Podría pasar el resto de la noche en otro club o en un bar.
Podría hacer literalmente cualquier otra cosa, pero por alguna razón, me dirijo hacia la puerta del club.
Hay un portero que me mira fijamente antes de hacerse a un lado para dejarme pasar. Casi me doy la vuelta, intimidada por el ensordecedor sonido de la música y la gente que hay dentro. Este no es sitio para mí. Este no es mi ambiente en absoluto.
La pista principal del club es increíblemente ruidosa y un poco oscura.
Hay multitud de gente por todas partes y tengo que abrirme paso a empujones para encontrar un sitio libre junto a la barra que está a la izquierda, con la pista de baile a la derecha.
Parece un club normal y, mientras me voy hacia la barra, miro a mi alrededor en busca de mi misterioso jefe.
No estoy segura de qué voy a hacer si lo veo. ¿Y si él me ve? Podría fingir que es una coincidencia. O podría acusarme de acosarlo y despedirme en el acto. De cualquier manera, sigo buscándolo.
—¿Qué vas a tomar? —me pregunta alguien a mi izquierda. Me giro y veo a una mujer detrás de la barra. Es guapa, con rizos castaños y grandes ojos oscuros.
—Solo agua por ahora, por favor.
—Claro —responde ella, dándose la vuelta para llenar un vaso.
Sigo buscando a Jack con la mirada, pero hay tanta gente que me cuesta imaginar que esté aquí, en medio de esta multitud.
Cuando la camarera regresa con mi vaso, decido ser un poco entrometida. Apoyo los brazos en la barra y me echo hacia ella.
—Es muy improbable, pero ¿hay alguien llamado Jack que trabaje aquí?
—¿Jack St. Claire?
El corazón me late con fuerza en el pecho.
—Sí.
—Bueno, es el dueño del local —responde ella, y yo enarco las cejas.
¿Es el propietario de este club? Desde luego, no es el trabajo que esperaba que tuviera, pero ahora todo cobra sentido: sus extrañas horas de trabajo, su constante ausencia por las noches—.
¿Tienes una reunión con él? —pregunta ella.
Carraspeo, incómoda.
—En realidad, trabajo para él.