Regla nº 4 #2
Mierda. La cocina se sumerge en un pesado silencio, y el cambio en el ambiente es culpa mía.
No quería hablar de la muerte el primer día de mi nuevo trabajo.
Me preocupa un poco que ella piense que su madre se fue a dormir, pero quizá así se lo explicaron para que lo entendiera con su mente inocente. ¿Quién soy yo para complicarlo?
—Eeeh… sí. Creo que necesitamos música —digo para cambiar de tema. Busco en mi mochila, saco el altavoz portátil y lo dejo sobre la encimera. Después de conectarlo a mi teléfono, elijo una lista de reproducción alegre y Girls Just Wanna Have Fun suena en la cocina.
Bea sonríe y se pone a bailar en su asiento mientras yo sigo cocinando. Crisis evitada.
—¿Qué te gusta hacer? —le pregunto, volviéndome hacia ella. —Ella se encoge de hombros—. ¿Te gusta el arte?
—A veces hacemos arte en el colegio —responde.
—¿Y los deportes? ¿O la música?
—En el colegio —repite.
—Mmm —murmuro para mí misma.
—La tía Elizabeth es bailarina —comenta, y la miro con interés.
—Qué bien —respondo—. ¿Tu papá te lleva alguna vez a sus espectáculos?
Bea se desploma en su asiento.
—No. Papá no me lleva a ningún sitio.
—¿A ningún sitio? —insisto.
Ella niega con la cabeza. Veo cómo la tristeza se apodera de su rostro, así que decido cambiar de tema, otra vez.
—Bueno, a mí me encantan las manualidades, los deportes y la música. Así que nos lo pasaremos muy bien.
Esto la hace sonreír con entusiasmo. La canción cambia y la siguiente es un alegre tema pop que de repente nos tiene a las dos bailando y cantando.
Lo siguiente que sé es que Bea está saltando, moviendo las caderas e intentando entonar la letra.
Gira tan rápido con su bonito vestido azul que el lazo de su pelo vuela por los aires.
Me hace reír, así que subo el volumen y la cojo de las manos, haciéndola girar por la cocina mientras nos reímos, emocionadas.
Pierdo la noción del tiempo mientras bailamos.
Pierdo la noción de todo. Siento una calidez en el pecho al verla sonreír de oreja a oreja.
¿Cuándo fue la última vez que sonrió así?
Demonios, ¿cuándo fue la última vez que yo sonreí así?
Si esto es lo que significa ser niñera, estoy convencida de que voy a disfrutar cada segundo.
Todo lo que tengo que hacer es mantener una rutina y hacerla feliz. Eso es todo. No puede ser tan difícil…
Absorta en el momento, estoy cantando la letra, increíblemente desafinada, cuando me doy la vuelta y suelto un grito.
Me tapo la boca con la mano y miro a Jack, que está en la puerta observándonos con una mueca de disgusto en el rostro.
—¡Baje el volumen! —exclama, enfadado.
Pero entonces, por el rabillo del ojo, veo humo saliendo de la sartén que está en el fogón.
— Le riz! —grito, y voy corriendo a apagar el fuego. Intento remover el contenido, pero es inútil. Está carbonizado y pegado en una masa negra y maloliente en el fondo de la sartén.
—¡Papá ha dicho que lo bajes! —chilla Bea.
Me llevo la mano a la frente y correteo hacia el altavoz, pero Jack se adelanta. Alcanzamos el dispositivo al mismo tiempo, nuestras manos chocan y él pulsa el botón primero.
Entonces la cocina se sumerge en un tenso silencio con el hedor a arroz quemado en el aire.
Jack tiene el ceño fruncido, y la hendidura de su barbilla se hace más prominente. Este trabajo está a punto de terminar antes incluso de haber empezado. Agotada y pillada por sorpresa, empiezo a balbucir disculpas en francés.
— Je suis désolée. J’ai commencé à faire à manger, nous nous amusions beaucoup, et je n’ai pas fait attention. Je suis une très bonne cuisinière en principe, et … —«Lo siento, estaba haciendo la comida, nos hemos distraído y no le he prestado atención. Soy una buena cocinera y…».
—En inglés —me corrige, frustrado—. Señorita Aubert, creía haberle dejado claro que en casa solo hablamos inglés.
Me quedo boquiabierta. ¿No habla francés?
—Lo siento —balbuceo en inglés.
Me mira con expresión enfurecida.
—Es su primer día y ya está intentando quemar nuestro apartamento. Empiezo a replantearme si puedo confiar en usted.
Enderezo los hombros y frunzo el ceño.
—Estábamos bailando y me he distraído —insisto.
Miro desafiante a Jack. Es alto, pero no me intimida. Levanto la barbilla para intentar parecer más alta, pero es inútil. Durante lo que parece una eternidad, no hacemos más que mirarnos fijamente.
—Esto no es un juego, señorita Aubert.
Percibo un atisbo de dolor en su expresión adusta y, mientras lo miro fijamente, me doy cuenta de que no es solo un hombre cruel y enfadado, que también sufre. Quiero que me desagrade por la apariencia fría y sombría que muestra al mundo, pero me intriga demasiado.
Este no es el hombre de la foto. Este no es el marido de Emmaline.
—Sé que no es un juego —lo desafío.
Estoy siendo obstinada. Lo sé, pero no soporto la idea de ceder ante su estado de ánimo irracional. Ya es bastante malo que ni siquiera deje que Bea hable el idioma de su madre en su casa.
—Por favor, no me haga arrepentirme de haberla contratado —me ordena en voz baja.
Aparta la vista de mi rostro y la posa en su hija, que está muy quieta, vacilante, cerca de la encimera. Observo cómo la mira, con el remordimiento grabado en sus rasgos.
Con un suspiro, nos da la espalda y sale de la cocina. Sus pasos retumban en el apartamento cuando sube las escaleras hasta el segundo piso.
Después de un momento, alcanzo el altavoz y lo vuelvo a encender a un volumen más bajo. La música comienza a sonar de nuevo y me vuelvo hacia Bea con una sonrisa forzada en mi rostro.
—¿Todavía tienes hambre? —Ella asiente—. ¿Te gusta el arroz quemado?
Ella se echa a reír, y yo le sonrío y me acerco al fregadero para fregar la cacerola ennegrecida antes de prepararla para un nuevo intento. Mientras cocino, no puedo dejar de pensar en Jack y en cómo me ha mirado. Como si pudiéramos hablar un idioma solo con los ojos.
Ojalá pudiera decirle lo malhumorado y gruñón que es. Probablemente él me diría lo tonta e inmadura que soy.
Así que supongo que, en ese caso, no deberíamos hablarnos en absoluto.