Regla nº 4
No te dejes llevar por la emoción Camille
En mi inminente viaje a París, voy a llevarme mucho más que un bolso.
Bueno, tampoco es mucho más, solo una maleta con ruedas llena de ropa y una mochila con mis dispositivos electrónicos.
Es un poco deprimente ver que todas mis pertenencias caben en una pequeña maleta, pero me he impuesto el objetivo de cambiar eso.
Me mudo a París para construir una nueva vida, una vida de verdad.
Si ahorro algo de dinero trabajando para la familia St. Claire, tendré los medios para conseguir mi propio piso en París.
Con el tiempo, podría encontrar otro trabajo.
Quizás conozca a alguien y podamos viajar juntos por el mundo.
¿Quién sabe lo que me depara mi nuevo futuro?
Las posibilidades son más emocionantes que cualquier cosa que haya hecho en los dos últimos años.
Estoy abriendo mis alas, papá. Y nadie va a poder detenerme.
He estado en contacto con Phoenix desde que Jack apareció en mi librería de improviso la semana pasada.
Ella me ha ayudado a organizarlo todo para que, cuando baje del tren en la Gare Saint-Lazare, haya un conductor esperándome.
Nunca en mi vida había visto a un hombre con traje negro esperándome con mi apellido escrito en una tarjeta blanca, pero ahí está.
Reprimo una sonrisa mientras lo saludo torpemente con la mano.
Me ayuda a cargar mis cosas en el maletero del coche y me acompaña al asiento trasero antes de partir hacia el apartamento en Montmartre.
Todavía me parece un sueño.
Phoenix está frente al edificio, con Bea, cuando llegamos.
La niña, que hoy lleva un vestido azul un poco más informal, salta emocionada cuando el conductor me abre la puerta.
En cuanto pongo un pie en la calle empedrada, Bea corre hacia mí como si fuéramos viejas amigas que se reencuentran.
Me emociona ver lo rápido que se ha encariñado conmigo.
—¡Camille! —exclama, y me abraza las piernas.
— Bonjour, Bea —la saludo; me agacho y le doy un abrazo. Su cabello sigue tan impecable como la última vez, y me hace preguntarme si alguna vez se despeina. ¿Esta niña siempre es tan pulcra y correcta? ¿Alguna vez tiene la oportunidad de ser una niña?
—Le pedí a papá que te contratara —dice con una risita.
—Me alegro de que lo hayas hecho —respondo.
Después de saludar a Bea, me levanto y le estrecho la mano a Phoenix. Parece muy seria, con esa postura rígida y su ropa tan práctica…
—¿Qué tal el viaje? —pregunta.
— Très bien, merci —respondo, haciendo una mueca al recordar que Jack dijo que no se hablara francés en la casa. Técnicamente, todavía estamos fuera, así que espero que lo pase por alto por una cuestión técnica.
Phoenix no reacciona.
—El conductor puede llevar sus maletas dentro mientras le enseño la casa.
—Bea me coge de la mano, seguimos a Phoenix al interior del edificio y subimos las escaleras hacia el apartamento.
Una vez dentro, miro inmediatamente hacia las escaleras en busca de Jack.
Todo está en silencio, así que supongo que no está aquí—.
Esta será su habitación, aquí atrás —explica Phoenix, y la sigo por el apartamento.
Me sorprende de nuevo lo grande que es, con dos plantas, dos salones, dos comedores, una gran cocina y un pasillo lleno de puertas.
Cuando abre una de las puertas, miro dentro y veo un dormitorio impecable y práctico. Una cama, una cómoda, una mesita de noche y un cuarto de baño en suite .
—Es precioso —apruebo, echando un vistazo. Puedo imaginarme viviendo aquí. No es mucho, pero es un comienzo.
—Ya he imprimido todo lo que acordamos —dice, tendiéndome un paquetito—.
Incluye su horario, las normas de la casa, el pago y los números de teléfono en caso de emergencia.
—Cojo el paquete y le echo una ojeada rápida, pero no veo nada nuevo.
Ya lo hemos hablado todo—. Beatrice va al colegio de ocho y media a cuatro.
Tendrá que llevarla y recogerla. Monsieur St. Claire trabaja principalmente en su despacho, en la planta de arriba, durante el día.
El apartamento debe permanecer relativamente tranquilo mientras él está ocupado.
Hay un parque infantil al final de la calle.
—Bea salta emocionada al oírlo. Seguro que tiene ropa para jugar, porque no me la imagino en el parque con esos bonitos vestidos.
Phoenix sigue explicándome todas las normas y expectativas, y yo quiero interrumpirla y asegurarle que lo tengo todo bajo control, pero parece tan decidida que la dejo terminar—. ¿Tiene alguna pregunta? —pregunta.
—No —respondo con las manos entrelazadas a la espalda.
Ella duda brevemente, mirándome a los ojos, y me doy cuenta de que quiere decir algo.
—Bea, ve a jugar a tu habitación —ordena a la niña.
A regañadientes, Bea obedece y sale corriendo por el pasillo hacia su habitación y nos deja a solas a Phoenix y a mí.
Suspira, pensativa—. Monsieur St. Claire es un hombre reservado.
Es mejor que no suba ni le moleste a menos que sea importante.
No le pregunte por su trabajo ni adónde va por la noche.
Bueno, eso suena muy siniestro y nada reconfortante. Frunzo el ceño y el corazón comienza a latirme con fuerza en el pecho.
—De acuerdo… —Probablemente debería sonsacarle información, pero ¿y si lo hago y ella decide que soy demasiado entrometida y Jack cambia de opinión sobre contratarme? Fue mi obstinada curiosidad la que me consiguió este trabajo: no voy a dejar que lo eche a perder también.
—No ha superado bien la muerte de su esposa, por lo que puede parecer un poco frío y altivo. Sería prudente por su parte dejarle su espacio.
Mi curiosidad se ha despertado. Déjalo estar, Camille.
—Lo entiendo —murmuro.
—Tiene mi número. Si necesita algo, llámeme. Vivo a solo dos manzanas.
—Todo está bajo control —digo, con un gesto de asentimiento. Cuando vuelve a suspirar, sus hombros se relajan—. ¿Bea ha tenido alguna vez una niñera? —pregunto antes de que se vaya.
Ella niega con la cabeza.
—No. Jack no quería tener a otra mujer en casa.
—¿Y quién la cuida normalmente?
Su boca se convierte en una línea fina.
—Yo. Otros amigos. Su tía.
—¿Y su padre? —pregunto, intuyendo que me está ocultando algo.
Tras una mirada contemplativa, responde.
—Como he dicho, no llevó bien la muerte de Em.
Antes de que pueda pedirle que me dé más detalles, Phoenix sale de la estancia y se dirige por el pasillo hacia la puerta principal. Me quedo preguntándome qué significa eso exactamente.
Una vez que Phoenix se ha ido, encuentro a Bea sentada en el suelo de su habitación. Todavía no hay ni rastro de su padre, y no sé si eso significa que está durmiendo o en el trabajo…, dondequiera que esté.
De repente, me doy cuenta de que solo estamos ella y yo, de que voy a hacer esto, de que de verdad soy su niñera. A partir de esta noche, soy responsable de esta niña a la que ni siquiera conozco. Por ahora, puedo dejar a un lado mi curiosidad por Jack St. Claire y centrarme en ella.
La habitación de Bea está ordenada y es sencilla. Aparte del mural de hadas pintado en la pared, es un dormitorio muy tradicional. Hay una gran casa de muñecas contra la pared con un pequeño cubo de juguetes al lado. Bea está tumbada en el suelo, con dos de sus muñecas, jugando en silencio.
—¿A qué estás jugando? —le pregunto, apoyándome en el marco de la puerta, cruzada de brazos. Tengo muchas ganas de hablar en francés, pero me contengo. Aunque sé inglés, estoy acostumbrada a hablar francés en casa. Puede que me cueste acostumbrarme.
—Juego con mis muñecas —responde Bea juguetonamente.
Me ruge el estómago como si fuera una señal.
Leí en alguna parte, en mi muy perezosa investigación sobre el cuidado de los niños, que ellos necesitan una rutina.
Y aunque la casa de Bea parece ser muy estricta y controlada, tengo la sensación de que su vida no es nada rutinaria.
Si lo que ha dicho Phoenix es cierto, Bea ha sido cuidada por familiares y amigos de forma esporádica para cubrir el vacío que dejó la muerte de su madre.
Paso uno: crear una rutina.
Miro el reloj y veo que ya ha pasado el mediodía.
—¿Tienes hambre?
Ella levanta la vista del suelo y asiente con una pequeña sonrisa en su rostro.
Le tiendo la mano y ella se pone de pie y me la coge. Vamos juntas hasta la cocina, donde encuentro un delantal colgado de un gancho detrás de la puerta. Después de ponérmelo, abro la nevera y busco algo para preparar el almuerzo.
La cocina está mal surtida, lo que supongo que será mi responsabilidad a partir de hoy.
Paso dos: hacer una lista de la compra esta noche e ir a comprar mañana.
—No hay gran cosa —comento, frunciendo el ceño.
—Papá suele pedir comida a domicilio.
—¿Pide comida a domicilio? —respondo con un jadeo ahogado. Cierro la nevera de un portazo y me vuelvo hacia Bea—. Bueno, por suerte para ti, mi padre tenía un restaurante, así que sé cocinar.
Me lleva un rato registrar la cocina, pero al final encuentro lo suficiente para preparar un sencillo salteado con huevos y verduras para almorzar. Mientras trabajo, Bea me observa desde el taburete.
Todo parece encajar. Tengo un nuevo trabajo en París. Una niña adorable a la que cuidar. Un sueldo excelente.
—¿Eres…? —Se traba al hablar—. ¿Cómo se llama la persona que cocina para otras personas?
Me doy la vuelta y veo que tiene la boca torcida en una mueca de curiosidad.
—¿Una chef? —le respondo con una sonrisa.
—Una chef —repite—. ¿Eres chef?
—No —digo, negando con la cabeza—. He sido camarera un par de veces, pero chef no.
—¿Ya no quieres trabajar en eso? —pregunta inocentemente.
Una punzada de arrepentimiento me atraviesa cuando vuelvo a centrar mi atención en la cocina.
—Después de morir mi padre se cerró el restaurante.
—Oh —murmura con tristeza—. ¿Se fue a dormir como mi mamá?