Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 3
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Regla nº 3

No mires atrás

Camille

¿Qué acaba de pasar? Estoy aturdida mientras voy desde el apartamento de Jack hasta la estación de metro, como si acabara de despertar de un sueño. Me tapo la boca con la mano para reprimir una risita y revivo todo lo que ha pasado.

¿He hecho mal en solicitar ese puesto? Si es así, no me importa.

¿Cuándo fue la última vez que hice algo tan atrevido?

Puede que solo fuera una entrevista de trabajo, pero me sentía como si estuviera rompiendo las reglas.

Y casi había olvidado lo divertido que puede ser romper las reglas.

Y tampoco es como si fuera a conseguirlo o a volver a verlos.

¿O sí? ¿Y si consigo el puesto? ¿Y si me mudo a París y trabajo en ese apartamento de lujo?

Quizá no haya ido allí con la intención de acudir a una entrevista, pero aun así me gustaría conseguir el trabajo, lo deseo con todas mis fuerzas.

Trabajar en esa casa, pasar mis días con la niña más bonita que he visto nunca, vivir en París y ganar más dinero… No hay nada de malo en desearlo.

Por no mencionar que estoy perfectamente cualificada. Vale, nunca he sido niñera, pero ¿qué dificultad puede tener? Sé cocinar y limpiar. Estará en buenas manos y entretenida. Sinceramente, ¿qué más necesito saber?

Con una renovada sensación de vigor en mis huesos, me pongo en marcha.

Aunque me dirigía a la estación de metro para regresar a casa, no sigo ese camino de inmediato.

En lugar de eso, voy paseando hasta el centro de París, tomándome mi tiempo para respirar el ambiente de la ciudad.

Mientras paso junto al Sena, compro un viejo libro polvoriento en uno de los puestos y pienso por un momento que mi padre estaría orgulloso de mí.

Durante todo un día no estoy atrapada en la misma rutina aburrida de siempre.

Me siento a la orilla del río, con los pies colgando sobre el muro, y vuelvo a sacar la carta. No la leo, pero me quedo mirando la foto. Al otro lado del río, hay una pareja abrazada, riéndose tan fuerte que me distrae de mis pensamientos.

La soledad cala en mí como barro que se filtrara en mis poros, inundándome por completo.

He estado atrapada en mi pueblo durante los dos últimos años, pero, además, he estado completamente sola durante todo ese tiempo.

Alejé a los amigos que tenía y no contesto cuando me llaman mis familiares.

Me he aislado y me ha llevado todo este tiempo darme cuenta.

Cuando el sol comienza a ponerse sobre la ciudad, me hago una promesa a mí misma: aunque no consiga ese trabajo, necesito un cambio.

Necesito salir de Giverny, conocer gente.

No puedo seguir viviendo así, escondida en las sombras mientras el mundo pasa ante mis ojos a través de los sucios escaparates de las librerías.

Con un renovado sentido de propósito, subo al tren que me lleva a casa. Con la cabeza apoyada contra el cristal, veo cómo París desaparece en la distancia.

—Volveré —le susurro en voz baja a la ciudad, como si pudiera oírme. Como si fuera a echarme de menos.

Luego cierro los ojos y revivo cada momento que he pasado en esa casa: la adorable forma en que Bea me llevó a su habitación, la sonrisa en su rostro cuando respondía a las preguntas de la entrevista.

La mirada intensa del hombre en las escaleras.

Solo he visto su rostro de pasada, pero ese hombre no se parecía al de la foto. El hombre de la foto es joven y exuberante. El que me ha mirado con dureza, consiguiendo que me encogiera en mi asiento, es un hombre endurecido y solitario.

Aun así, era guapo.

Pero eso no importa. Dudo que vuelva a verlo.

Los días siguientes transcurren en una neblina sombría y aburrida.

Cuando al final de la semana me doy cuenta de que no voy a conseguir ese trabajo, me afecta más de lo que esperaba.

No sé a qué esperanza me aferraba, pero una parte de mí pensaba sinceramente que ese hombre iba a contratar a una mujer sin cualificación y sin experiencia para cuidar de su preciosa hija de cinco años.

Estoy sentada a una mesa al fondo de la tienda, garabateando en el interior de un folleto un lagarto que trepa por la Torre Eiffel, cuando levanto la vista y veo una cara familiar entrando por la puerta principal.

Jack St. Claire se adentra con paso firme en la pequeña y mohosa tienda como si fuera el dueño del lugar. Al principio no me ve, ya que se dirige directamente al mostrador.

Se me cae la mandíbula y siento cómo se me enrojecen las mejillas; bajo los pies de la mesa y casi me caigo de la silla, tirando al suelo una pila de libros en mi torpe intento por ser discreta.

Me agacho para recoger los libros y lo observo a través de los pasillos de la tienda mientras habla con Marguerite. Es lo más cerca que he podido ver su rostro desde aquel momento en su casa.

Tiene una suave barba de tres días, un hoyuelo en la barbilla, unas cejas pobladas, unos pómulos marcados y una expresión neutra e impasible en el rostro.

Bajo la vista y veo la alianza de oro que brilla en el dedo anular de su mano izquierda. Su alianza de boda. El corazón se me acelera al verla y una extraña sensación me recorre el cuerpo. ¿Son celos o pena? Es difícil de decir.

De repente, empiezo a sentir pánico, pensando que de alguna manera me ha descubierto, que sabe que cogí la carta del libro, que sabe que usé una mentira para entrar en su casa. Sabe que mentí sobre todo.

Pero la verdad es que no mentí sobre nada.

Soy totalmente inocente, pero solo con ver su actitud y oír su voz me siento como si hubiera hecho algo malo. Un escalofrío me recorre la piel desnuda de los brazos y el cuello.

Le habla en inglés a Marguerite, en voz alta, y ella balbuce una respuesta. No entiendo lo que dicen, pero oigo mi nombre. Mis dedos se aferran con más fuerza al escritorio mientras espío desde debajo de la mesa.

¿Qué hace él aquí? ¿De verdad ha venido hasta aquí para vigilarme?

Marguerite pone cara de desconcierto y mira a su alrededor. Cuando me encuentra en mi escondite debajo de la mesa, me señala y mis mejillas se enrojecen aún más. Dejo escapar un gemido ahogado cuando la mirada aguda de Jack se cruza con la mía.

Gracias, Marguerite.

Tragándome mi orgullo, me levanto del suelo y apilo rápidamente los libros que he tirado con la única intención de mantener ocupadas mis manos temblorosas. Él sigue hablando con mi jefa en la parte delantera. Ella le responde con rapidez y amabilidad, asintiendo y sonriendo.

Luego se dirige hacia mí, con pasos firmes y largos. Cuando llega a la mesa donde estoy, sintiéndome incómoda, mira el folleto en el que estaba garabateando. Lo agarro y me lo guardo en el bolsillo para ocultar mi infantil dibujo.

Él deja escapar un suspiro de descontento y yo casi me ahogo con la sensación de no ser suficiente. Me doy cuenta de lo extraño que es que haya venido hasta aquí. A una vieja librería de segunda mano en la ciudad natal de su difunta esposa. A la misma librería donde acabó enterrada su carta.

—Soy Jack St. Claire —se presenta, y yo me muerdo el labio al oír su voz, profunda y ronca. Prácticamente me estaba encogiendo en su presencia, así que enderezo los hombros y tenso la columna vertebral para compensar su imponente estatura.

—Sé quién es usted —respondo en voz baja.

Durante un momento, parece dispuesto a decir algo, pero no lo hace. No puedo evitar preguntarme por qué este hombre está en mi lugar de trabajo. Parece fuera de sitio.

—A mi hija le gusta —afirma con sencillez después de un momento mirándome sin expresión alguna en el rostro.

—¿Quién? ¿Yo? —murmuro, señalándome el pecho. Él asiente, y me invade una sensación de calidez al pensarlo. Imaginarla con su impecable vestido morado y sus relucientes zapatos negros me hace sonreír—. A mí también me gusta —respondo antes de pellizcarme el labio inferior para ocultar mi sonrisa.

—En casa solo se puede hablar inglés. ¿Le supone un problema?

—Frunzo el ceño; la confusión nubla mi capacidad para pensar con claridad.

Desorientada, niego con la cabeza, pero sus siguientes palabras no ayudan mucho a aclararme las ideas—.

He investigado a fondo sus antecedentes.

—Qué curioso. Yo también lo hice; lo pienso, pero, definitivamente, no lo digo en voz alta.

Continúa con tono severo—. No ha ido a la universidad.

Nunca ha salido de este pueblo. —Al decir esto, echa un vistazo a la pequeña y abarrotada librería, y yo me pongo tensa y a la defensiva.

¿Me está juzgando? Enderezo un poco más la espalda.

—Me quedé para ayudar a mi padre con su restaurante —respondo, aunque no sé muy bien por qué. No le debo a este hombre una explicación sobre mis decisiones vitales.

Al mencionar a mi padre, vuelve a mirarme a los ojos como si lo supiera. ¿Eso era parte de su minuciosa investigación sobre mis antecedentes? Una vez más, parece que quiere decir algo, pero se queda callado.

Hay algo muy intrigante en él, y no me creo ni por un segundo que sea tan frío y desapasionado como aparenta. Detrás de esos ojos oscuros está el hombre sonriente de la foto. Está ahí, en algún lugar. Hay capas ocultas bajo la fachada de Jack, y tengo esa foto en mi bolsillo para demostrarlo.

—Empieza el lunes —dice por fin, yendo al grano—. Phoenix la llamará para darle más información.

El tiempo se detiene mientras lo miro, aturdida. Empiezo el lunes. ¿Empiezo qué? ¿Me acaba de decir que me contrata como niñera?

—Espere, ¿qué?

El velo de melancolía se levanta momentáneamente de su expresión.

—Ha conseguido el trabajo, señorita Aubert —aclara. Pero luego esa cortina vuelve a aparecer rápidamente cuando frunce el ceño—. No me defraude.

Justo cuando espero que diga algo más, deja escapar otro suspiro gruñón y se da la vuelta y sale de la librería sin despedirse. Le dice algo en tono amable a Marguerite antes de desaparecer por la puerta.

Yo me quedo en estado de shock por todo el encuentro, y ella parece paralizada de la misma manera. Es como si nos hubiera dejado a las dos aturdidas e incapaces de salir de ese estado.

Marguerite finalmente se acerca a mí y pone los brazos en jarras.

—¿Cuándo ibas a contarme que estabas buscando otro trabajo?

Parpadeo e intento salir de mi ensimismamiento.

—Eeeh… No era mi intención. Ha sido algo accidental.

—Bueno, pues accidentalmente has conseguido el puesto. Felicidades.

—Marguerite, lo siento —digo, relajando los hombros—. Puedo rechazarlo.

—Bah —replica ella, haciéndome un gesto con la mano—. Mira este lugar. ¿Te parece que te necesito? Vas a aceptar un trabajo en París con ese hombre. Si lo rechazas, seré yo quien lo acepte.

De repente, es como si todo se me cayera encima de golpe. Me llevo las manos a las mejillas y miro a la anciana con los ojos muy abiertos.

He conseguido el trabajo.

Me voy a mudar a París.

Voy a vivir con Jack St. Claire y con su hija.

Y todo porque encontré una foto en un libro.

—No te asustes —me anima ella, sacudiendo la cabeza—. Eres joven. Tu padre no querría que te marchitaras aquí, en este viejo pueblo. Vete. Vive una aventura.

Cuando menciona a mi padre, levanto la cabeza de golpe. Una intensa emoción se apodera de mí porque sé que tiene razón. Mi padre no querría que me quedara aquí cuando tengo la oportunidad de ir a un lugar nuevo.

Carraspeo antes de responder.

—Puedo… quedarme hasta que termine la semana.

—¿La semana? —pregunta, incrédula—. No quiero que te quedes siquiera hasta que termine el día. Tienes que irte a casa y hacer las maletas. Te vas a mudar a París. Ve allí a dibujar todos tus animalitos. Deja uno en la Torre Eiffel para mí.

Suelto una risita, rodeo la mesa a saltitos y abrazo a la mujer. Ella me da unas palmaditas en la espalda con dulzura antes de echarme.

— Merci, Marguerite —digo, emocionada. Luego cojo mi bolso de debajo del escritorio central y salgo corriendo por la puerta principal.