Regla nº 2 #2
Tardo casi treinta minutos en completar el papeleo, lo cual es mucho tiempo para algo que ni siquiera debería estar haciendo.
La mujer y la niña se han escabullido a otra estancia de la casa y me han dejado sola.
Cada vez que pienso en poner un nombre falso o respuestas incorrectas, decido no hacerlo.
En cambio, contesto con convicción, como si este fuera un trabajo que quisiera de verdad.
Se oyen más pasos arriba y la curiosidad se vuelve insoportable. Dejo la carpeta sobre mi asiento, me levanto y miro a mi alrededor con cautela para asegurarme de que estoy sola. Luego, sigilosamente, me acerco de puntillas a las escaleras.
Solo quiero echar un vistazo. Solo quiero verlo, por razones que ni yo misma entiendo.
Si me descubren, puedo alegar que estaba confundida o que me he perdido. Subo los escalones uno a uno y, cuando llego a la mitad, ya estoy lo bastante arriba como para asomarme al despacho que se encuentra a la izquierda.
Y ahí está. Está paseándose de un lado a otro, hablando con un tono frustrado y autoritario. Supongo que está hablando por teléfono, pero no les presto atención a sus palabras: estoy demasiado ocupada contemplando sus anchos hombros y la marcada línea de sus pómulos.
Es aún más guapo en persona que en la foto.
Pero hay una sombra oscura en su expresión, tiene unas ojeras profundas y arrugas junto a los ojos.
Ha envejecido, y no solo por el paso del tiempo: es el dolor que ha sufrido lo que ha provocado esos cambios en sus rasgos curtidos.
Su postura es tensa y erguida, y observo cómo aprieta el puño de la mano derecha y luego lo abre, una y otra vez.
—Soy Beatrice —dice una vocecita detrás de mí, y yo suelto un gritito de sorpresa. Me doy la vuelta y veo a la niña, que está al pie de la escalera, con las manitas juntas delante de ella, muy educada—. Pero todo el mundo me llama Bea.
Abro la boca para responder, pero primero miro hacia el segundo piso y veo a Jack St. Claire mirándome con rabia. Una oleada de calor por la vergüenza me recorre las venas. Un momento después, él cierra de un portazo el despacho y yo me siento fatal por haberlo espiado.
Inspiro hondo, me vuelvo hacia la niña y bajo las escaleras hacia ella.
— Enchantée, Bea —respondo con una sonrisa—. ¿Cuántos años tienes?
—Tengo cinco años. ¿Vas a ser mi nueva niñera?
—pregunta. Lleva un vestido de gasa de color lavanda con unas medias blancas inmaculadas y unos zapatos Mary Jane negros y relucientes.
Está peinada con raya a un lado, meticulosamente, y lleva un lazo morado a juego con el vestido, justo encima de la oreja.
—No lo sé —respondo, acuclillándome frente a ella—. ¿Puedo contarte un secreto? —Ella asiente con entusiasmo—. Nunca he sido niñera —susurro—. Ni siquiera sabía que hoy iba a solicitar este trabajo.
No sé muy bien por qué se lo cuento a una niña, pero Bea me sonríe ampliamente cuando oye mi confesión.
—No pasa nada —responde—. ¿Te gustan los unicornios?
Eso me hace reír.
—Me encantan los unicornios.
—¿Y las hadas?
—Por supuesto.
—¿Quieres ver mi habitación? Está pintada con hadas y unicornios.
—Me parece que debería esperar aquí y… —empiezo a decir, pero la niña me coge de la mano y me lleva con ella.
Sus zapatos golpean ruidosamente el suelo mientras me conduce por un pasillo hasta una de las habitaciones del apartamento que, sin duda, está pintada con hadas y unicornios.
Toda la pared del fondo parece una escena sacada de un cuento de hadas, con frondosos árboles verdes, setas y un castillo al fondo.
—Esto es increíble —susurro; ella salta sobre la cama y mueve los pies en el aire.
—Mi papá trabaja mucho —explica—. Phoenix dice que necesito a alguien con quien jugar cuando no estoy en el colegio porque papá está demasiado ocupado para jugar conmigo.
Hay tristeza en su voz cuando dice esto, lo que me llega al corazón. De repente recuerdo que esta pobre niña perdió a su madre cuando solo tenía tres años. Probablemente ni siquiera la recuerde.
Es algo con lo que me identifico. Mi madre no murió, solo decidió que no era apta para la maternidad y rara vez venía a verme mientras crecía. Pero al menos tenía a mi padre, que siempre estaba ahí, entusiasmado con criarme, dispuesto a ser el padre que necesitaba.
Pero la pobre Bea tiene un padre que está demasiado ocupado para pasar tiempo con ella, por lo que tienen que contratar a alguien para que vaya a su casa y le preste la atención que se merece.
Y ella está tan desesperada por esa atención que se aferra a una desconocida. Recuerdo haber hecho lo mismo.
Me quedo en la puerta de su habitación, sin atreverme a entrar.
—No voy a ser tu niñera —le digo en voz baja, cruzándome de brazos.
—¿Por qué no? —pregunta—. ¿Por qué no quieres ser mi niñera?
—Bueno, no es que no quiera. Es que… —Mi voz se apaga porque soy incapaz de encontrar una razón lo bastante buena para ella—. Tu papá te va a buscar una niñera muy buena. Estoy segura de que se han presentado muchas al puesto.
—Te pagará mucho dinero —replica, y eso me hace reír—. Y puedes quedarte en la habitación de invitados. Y podemos hacer galletas, preparar fiestas de pijamas y jugar a lo que sea.
—Suena muy divertido —respondo, y no es mentira.
En ese momento, oigo pasos detrás de mí y me doy la vuelta para ver cómo la mujer pelirroja se acerca hacia nosotras.
—Lo siento —se disculpa—. Estaba hablando por teléfono. Podemos hacer la entrevista cuando quiera.
Le hago un gesto de despedida a Bea con la mano y sigo a la mujer de nuevo hacia la sala de estar. Phoenix se sienta frente a mí y echa un vistazo al formulario que acabo de rellenar, evaluando mis respuestas con una expresión severa y hermética.
—¿Tiene experiencia con niños? —pregunta.
—Soy la encargada de la sección infantil de nuestra librería, pero, aparte de eso, no.
Me mira con escepticismo.
—¿Algún título o formación?
Niego con la cabeza.
—No.
—¿Por qué cree que está cualificada para este trabajo? —pregunta con franqueza.
En medio de todo este lío, me he dado cuenta de que sí quiero el trabajo.
¿Cómo no iba a quererlo? Quiero trabajar en esta casa y vivir en esta ciudad.
Quiero sacar mis pies del cemento en el que han estado atrapados desde que murió mi padre y vivir la vida.
Todo esto podría ser un malentendido, o podría ser el destino llamando a mi puerta.
Aprieto las manos sobre mi regazo y vuelvo a mirar hacia las escaleras. Entonces veo a Bea, que está espiando desde el pasillo. Y la respuesta sale directamente de mi corazón.
—Crecí sin una madre —explico—. Así que puedo entender cómo es la vida de Beatrice.
Sé lo que se siente cuando te falta una parte de ti, aunque yo tuve la suerte de disfrutar de un padre que me infundió confianza.
Puede que no esté… titulada ni formada, pero soy digna de confianza, curiosa y divertida. Y la querría como si fuera mía.
Bea me sonríe desde el pasillo.
En ese momento, algo vuelve a captar mi atención en la escalera y, al levantar la vista, encuentro a un hombre allí, mirándome desde el rellano del segundo piso. Tiene unos intensos ojos oscuros y una postura estoica. La forma en que me mira me produce escalofríos.
Sin decir una palabra, se aleja de nuevo como si lo hubieran pillado espiando. Me deja con una sensación fría y extraña después de mirarme tan intensamente.
Phoenix ni siquiera repara en su presencia. Anota algo en el papel antes de sonreírme.
—Eso es muy bonito. Gracias por todo. —Después de un minuto, añade—: Debe saber que el puesto es con alojamiento.
Beatrice necesitará atención las veinticuatro horas del día, con descansos, por supuesto, por las tardes y los domingos.
Creo que eso es todo por ahora. ¿Tiene alguna pregunta?
—¿Preguntas? No. Todavía estoy aturdida por todo esto.
Mi única pregunta es cómo diablos he acabado en esta entrevista de trabajo, pero en lugar de decirlo en voz alta, niego con la cabeza—.
Estupendo —dice, levantándose—. Nos pondremos en contacto con usted.
Me levanto de la silla y miro hacia las escaleras una vez más para despedirme de Bea con un gesto, pero él no está ahí.
Le estrecho la mano a la mujer y salgo por la puerta principal.
De camino a la estación de metro, no puedo dejar de pensar en los ojos de aquel hombre mientras me miraba fijamente.
Y en la tristeza con la que Bea hablaba de él en su habitación.
Y en lo extraño que es que haya solicitado un trabajo del que no sabía nada antes de llegar aquí.
Y la carta sigue escondida en mi bolsillo.
Ya no me siento mal por no habérsela dado y tampoco me siento mal por querer ese trabajo. No se trata de que quiera el dinero o una vida en París, sino de que hay algo en esa casa y en esa familia que me hace sentir bien, que me resulta familiar.
Y siento, en cierta medida, que me necesitan.