Regla nº 2
Sal de la ciudad de vez en cuando
Camille
—El tren a París sale dentro de quince minutos.
Estoy en el andén de la estación de tren, emocionada. Me he aferrado a esta loca idea como si fuera un globo aerostático que despega. Si la suelto, me alejaré flotando en el espacio, así que me agarro con fuerza y trato de no mirar hacia abajo.
La carta está guardada a buen recaudo en mi bolsillo. Cada pocos minutos, meto la mano para asegurarme de que sigue ahí y a veces la acaricio suavemente con el pulgar o toco una esquina como si me ayudara a calmarme.
Cuando se abren las puertas del tren, subo a bordo y busco un asiento tranquilo en la parte de atrás.
Esta mañana he llamado al trabajo, a la librería, y le he dicho a Marguerite que tenía una intoxicación alimentaria grave.
El viaje en tren a París dura una hora, y mi plan es llegar a la ciudad, ir directamente a la dirección del apartamento que figura en el sobre y devolver la carta.
Quizá me dará tiempo a pasear un par de horas por la ciudad antes de subir al tren esta noche para regresar a casa.
Sin embargo, después de pensarlo mucho, hay algo en este plan que no me convence.
Es como si no pudiera comprometerme del todo porque una parte de mí no quiere irse a casa.
Es la primera vez en años que salgo de verdad, y seguir la idea original es como saborear una aventura cuando lo que de verdad quiero es vivirla para siempre.
Mi padre solía decir que yo era como un pequeño colibrí, revoloteando constantemente de un lugar a otro, y que algún día iba a volar demasiado lejos si nadie me retenía.
Siempre me escapaba, me ausentaba a escondidas de los compromisos, me quedaba fuera hasta muy tarde y faltaba a clase.
Desde luego, no se lo ponía fácil, pero él nunca se enfadaba demasiado conmigo.
Sacudía la cabeza con desaprobación, pero no era de los que castigaban.
Ese recuerdo me llena los ojos de lágrimas.
Ya no me siento como un pájaro. Desde que murió, es como si estuviera clavada a mi pueblo.
Esa parte de mí murió con él. La Camille que él conoció, la que sentía entusiasmo por la vida, pereció en el momento en que él lo hizo.
¿Se sentiría decepcionado si supiera lo mucho que he cambiado?
¿Que he perdido mi brillo? ¿Que las responsabilidades y el peso de la edad adulta sin él me han anclado los pies a la tierra?
¿Se sentiría decepcionado con la mujer en la que me he convertido?
Durante el trayecto en tren cojo el teléfono y busco más información sobre mi misteriosa pareja. He investigado tanto sobre la mujer, Emmaline, que apenas he indagado sobre el hombre. De repente, al darme cuenta de que hoy podría verlo, decido intentar encontrar algo más sobre él.
No está etiquetado en las fotos de ella ni aparece en su lista de amigos, e incluso, cuando busco su nombre, me sale algún resultado, pero ninguno es el hombre de la foto.
Es como si fuera un fantasma.
Durante el resto del trayecto, me entretengo mirando mi aspecto en la cámara del teléfono; intento domar mis rizos rebeldes y me limpio una mancha de tinta de la mejilla.
Rebusco en el fondo de mi bolso, encuentro un pintalabios viejo y me lo pongo.
No suelo maquillarme, pero hoy quiero estar guapa. En París siempre hay que estar guapa.
Cuando llega el tren, estoy nerviosa y tensa. Desde la estación tengo que coger el metro hasta el distrito 18, donde se encuentra la dirección que figura en la carta.
Al subir las escaleras del metro, me doy cuenta de repente de que de verdad estoy aquí, de verdad estoy haciendo esto.
El edificio de apartamentos está a poca distancia, y, mientras la recorro, disfruto del paseo por una de mis zonas favoritas de la ciudad.
Aquí el arte y la cultura cobran vida. Moviéndome entre los turistas y los lugareños, atravieso una estrecha acera, paso por un ajetreado mercado y por un pequeño parque infantil donde los niños ríen y juegan mientras sus padres los vigilan a lo lejos.
Las colinas de Montmartre ofrecen una hermosa vista de París.
Entonces, antes de que me dé cuenta, estoy frente a su edificio.
Las hojas de un gran cerezo me rodean cuando alzo la vista hasta el bloque de apartamentos.
La carta de Emmaline sigue guardada en mi bolsillo.
Nerviosa, subo las escaleras y encuentro la puerta principal abierta.
En ese momento caigo en que es posible que ya ni siquiera viva aquí.
Tal vez se haya mudado, sobre todo si esta carta es de antes de que se casaran y tuvieran a su hija.
Y aunque he venido hasta aquí para entregarle esta carta, siento un leve alivio al pensar que quizá él no esté al otro lado de esa puerta. Al menos así podría quedarme con la carta sin sentirme culpable. Tendría una historia divertida que contar y un día en París que recordar.
Aun así, subo las escaleras hasta el segundo piso y llamo suavemente con los nudillos a la puerta.
Me tiemblan las piernas y es como si hubiera olvidado por completo cómo respirar.
Al otro lado de la puerta, oigo a una niña pequeña gritar algo que no consigo entender y a una mujer que le responde con tono firme.
Se abre de golpe y, para mi sorpresa, una hermosa mujer con un largo cabello rojo aparece ante mí. Tiene un aspecto profesional, con unos pantalones negros, zapatos planos negros y una blusa blanca ceñida que lleva metida por dentro del pantalón.
— Bonjour —dice en un saludo cortés.
Impresionada por su aspecto, dudo antes de meterme la mano en el bolsillo.
—Eeeh… yo…
—Debe de estar aquí por el puesto de niñera —interrumpe la mujer en un inglés apresurado—. Por favor, pase.
La mano que tengo en el bolsillo se queda paralizada. ¿El puesto de niñera?
En ese momento, una niña pequeña aparece a la derecha de la mujer pelirroja. Tiene unos penetrantes ojos azules y lleva el pelo castaño, que le llega hasta los hombros, perfectamente arreglado.
— Bonjour —me saluda dulcemente.
Le respondo al saludo en voz baja. Entonces la mujer da un paso atrás y me deja sitio para entrar en la casa. Aún paralizada por la incertidumbre, balbuceo de nuevo.
—Yo, eeeh…
—Por favor, pase —me insta.
Es su tono autoritario el que me saca de mi estupor. No entiendo por qué, pero doy unos pasos hacia el interior del apartamento de la desconocida.
Piensa, Camille. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás aquí?
—Me llamo Phoenix Scott —se presenta la mujer.
Ahora capto que su acento es americano—.
Soy la socia del señor St. Claire, y me encargo de las entrevistas para el puesto.
¿Cómo se llama? —Parpadeo rápidamente, como si hubiera olvidado mi propio nombre.
Entrevistas. Puesto—. Parlez-vous anglais?
—Me pregunta si hablo en inglés y yo me quedo ahí parada, como un pez boqueando fuera del agua.
Nunca en mi vida he estado tan confundida.
— Oui —balbuceo—. Quiero decir, sí.
—Bien. —Me dedica una sonrisa incómoda y asiente—. ¿Y cuál es su nombre?
No he venido para eso, sino para devolver una carta. Estoy aquí para conocer al hombre misterioso de la fotografía y darle algo que era de su difunta esposa. No estoy aquí para solicitar un trabajo.
Pero, por alguna razón, me encuentro extendiendo la mano hacia la mujer.
—Camille Aubert —respondo.
— Enchantée, Camille. —Parece alegrarse de que por fin haya conseguido recordar mi nombre y me hace un gesto para que la siga al interior del apartamento.
Me quedo aún más boquiabierta cuando echo un vistazo a lo impresionante que es.
Los techos se elevan con molduras ornamentadas y los grandes ventanales bañan el espacio con una luz cálida y natural.
Al mirar hacia abajo, contemplo con asombro los suelos de madera en espiga y las alfombras de aspecto lujoso.
Mis dedos se deslizan por el respaldo de un elegante sofá tapizado en terciopelo.
Es muy diferente del pequeño apartamento de dos habitaciones en el que vivo.
En ese momento, oigo unos fuertes pasos en el piso de arriba y miro hacia la escalera. Veo una figura, un hombre con un traje azul oscuro, pero desde este ángulo, eso es todo lo que puedo distinguir, y él desaparece en un instante.
—¿Era ese monsieur St. Claire? —murmuro torpemente.
La mujer mira hacia las escaleras.
—Sí, pero no va a bajar —responde apresuradamente.
—Ah.
—Por favor, siéntese —ordena, guiándome hacia la sala de estar, donde hay dos sillones enormes cerca de una chimenea de mármol. Me siento en uno de ellos, con las sirenas de alarma sonando en mi cabeza.
Me digo que voy a meterme en un lío solo por sentarme, pero sé que soy una intrusa y una entrometida, y que no debería estar aquí. Solo he venido a devolver una carta, y ahora estoy sentada en su casa bajo un falso pretexto.
Durante las veinticuatro últimas horas he estado obsesionada con esta familia. Sé mucho más sobre ellos de lo que ellos saben sobre mí, y hay algo en eso que me parece muy mal.
Debería irme, pero al estar aquí, sentada en esta hermosa sala de este lujoso apartamento, no me atrevo a marcharme. No le estoy haciendo daño a nadie y puedo solicitar el trabajo. Eso no significa que tenga que aceptarlo.
La mujer del nombre interesante regresa y me tiende una carpeta con un montón de papeles.
—Rellene esto, por favor. Y luego comenzaremos con la entrevista.
Me muerdo el labio y cojo la carpeta.
—Sí, señora.
Mientras relleno los papeles, no dejo de mirar hacia las escaleras, preguntándome si volveré a ver al hombre. De vez en cuando, oigo su voz, grave y apagada, y eso me hace preguntarme a qué se dedica. ¿Por qué no es él quien lleva a cabo la entrevista?