Regla nº 1
Casi siempre encontrarás algo emocionante en un libro Diez meses después
Camille
— Bonjour, Marguerite —digo al abrir la puerta de la librería. Después de dejar mi bolso debajo del mostrador, estiro los brazos por encima de la cabeza y me dirijo hacia los pasillos.
En mi trabajo en la librería de segunda mano no gano mucho, pero es suficiente para cubrir mi mitad del alquiler del piso que comparto con una mujer odiosa y molesta que trabaja en una panadería.
Y me gusta estar entre libros. Al menos con ellos puedo escapar de la vida cotidiana por un momento.
El mísero sueldo es suficiente para mantenerme hasta que pueda salir de este pueblo e ir a un lugar mejor.
Quizás Londres. Quizás París. Quizás Roma.
Pero una chica solitaria sin padres, sin dinero, sin educación y sin habilidades de ningún tipo tampoco es que pueda marcharse sin más del pueblo donde creció.
Mi obstinada curiosidad y mis pobres aptitudes para el dibujo no me llevarían muy lejos.
Así que, hasta entonces, estoy atrapada en este aburrido trabajo en este aburrido pueblo, viviendo esta aburrida vida.
Tardo unas horas en guardar el carro lleno de nuevas donaciones, pero, sinceramente, voy despacio a propósito. Si me doy prisa, no tendré nada que hacer, y ahora que se ha acabado el verano casi nadie viene, así que, si termino demasiado pronto, me aburriré mucho.
Marguerite está ahora en la caja registradora, atendiendo a los clientes, mientras yo les echo una ojeada a los libros de la sección de romance porque tienen las mejores portadas y títulos.
Después de mirar a mi alrededor para asegurarme de que nadie me ve, saco un libro de la estantería.
El lomo es rosa, los rótulos son de letra gordita y en la portada hay un par de labios haciendo un globo con un chicle.
Blondie grita «Call Me» en mis oídos mientras saco un bolígrafo del bolsillo trasero.
Después de echar otro vistazo rápido a mi alrededor, abro la portada del libro y dibujo en el interior un pequeño gato negro con un pelaje puntiagudo haciendo un globo también.
Me río entre dientes mientras termino el garabato; cierro el libro y vuelvo a colocarlo en su sitio.
Siempre he hecho esos dibujos. Mi padre solía decir que eran como mi firma. Los encontraba por toda la casa cuando era pequeña y me gritaba desde la cocina cuando me olvidaba de las reglas: nada de muebles, nada de paredes, nada de suelos.
— Tu as encore fait des bêtises, Camille! —solía gritarme. «Has vuelto a hacer travesuras, Camille» .
Pero seguía encontrando pequeños gatos negros, serpientes o tortugas apareciendo en un plato o en las hojas de una planta. En realidad, no estaba enfadado. Nunca se enfadaba de verdad.
Sonrío al recordarlo y echo a andar por el pasillo.
Me guardo el bolígrafo en el bolsillo y paso los dedos por la estantería. No sé qué es lo que me llama la atención del siguiente libro. Es uno viejo que no se ha tocado en años; me sé de memoria todos los libros intactos de estas estanterías, pero hoy ese tiene algo que me llama la atención.
El lomo es de cuero sintético azul oscuro y en él puede leerse « Le Passeport», que es un título aburrido y extraño para una novela romántica. Pero entonces se me ocurre la idea de dibujar un gorila con una maleta y un sombrero de pescador en el interior, así que saco el libro del estante superior.
Al abrir la portada para buscar la página del título, algo se cae de entre las páginas y aterriza en el suelo.
Vuelvo a meterme el bolígrafo en el bolsillo y me agacho para recoger el sobre beis.
Lo miro con curiosidad y le doy la vuelta para ver una letra atropellada y garabateada en la parte delantera.
Está dirigido a una mujer: Emmaline Rochefort.
La parte superior del sobre está rasgada, así que, mientras la canción que suena en mis oídos cambia a otra más lenta y más romántica, vuelvo a colocar el libro en un estante cualquiera y miro dentro del sobre; ahí hay un trozo de papel doblado y una pequeña foto cuadrada.
Me parece una invasión de la intimidad de alguien, pero no puedo evitar sacar los dos objetos.
Le doy la vuelta a la foto y miro a la pareja que sonríe a la cámara.
El hombre es joven y guapo, y tiene el brazo alrededor de los hombros de una hermosa mujer morena.
Los dos sonríen de oreja a oreja, mostrando unos dientes blancos y brillantes.
Parecen tan felices que casi me cuesta mirarlos. Son dos personas muy reales en lo que parece ser un momento de felicidad juntos. Una pequeña fotografía ha capturado eso, así que ahora es como si me invitaran a formar parte de ese momento también.
Aparto la vista de la foto, miro la carta. Es un papel, beis como el sobre, doblado y pintarrajeado por todas partes, por delante y por detrás.
En la parte superior dice: «Querida Emmaline».
La carta está escrita en un inglés bastante caótico.
«No puedo dejar de pensar en ti», comienza. Pero dejo de leer ahí. Seguir sería una intromisión.
Al darle la vuelta, encuentro la dulce frase final antes de la firma: «Con amor. Jack» .
—Camille —me llama Marguerite desde la parte delantera de la tienda.
Rápidamente guardo la carta, el sobre y la foto en el bolsillo de mi chaqueta antes de responder.
— J’arrive! —Correteo hacia la parte delantera de la tienda y Marguerite me tiende una lista de tediosas tareas.
Durante el resto del turno, pienso en la carta y en la pareja. ¿Cómo acabó el sobre en un libro de nuestra pequeña librería de segunda mano? ¿Quién sigue escribiendo cartas de amor hoy en día?
La tentación de leerla es casi irresistible. Y cada vez que tengo un momento libre, la saco del bolsillo y leo otra línea.
«Te echo mucho de menos».
«Nunca pensé que me enamoraría de ti».
«Por favor, vuelve».
En mi descanso para almorzar, voy a la panadería a comprar una quiche. Mi grosera compañera de piso, Ingrid, trabaja ahí, y apenas me saluda cuando me da mi almuerzo.
No le respondo: lo cojo y salgo por la puerta. En la mesa de fuera, saco la carta. En lugar de leer el mensaje, miro la dirección que figura en el sobre.
La mujer, Emmaline Rochefort, debe de haber vivido aquí, en Giverny.
El hombre, Jack St. Claire, tiene una dirección en París.
¿Cómo es posible que un hombre angloparlante en París acabara escribiendo una carta de amor a una mujer francesa en un pequeño pueblo?
Las respuestas podrían estar en la propia carta, pero, por alguna razón, no me parece que deba leerla.
Es demasiado personal e íntima. Lo que quiera que haya escrito en ese papel estaba destinado solo a sus ojos, aunque de alguna manera haya acabado en la librería donde trabajo.
Quizás nunca llegó a manos de Emmaline. Quizás alguien más la encontró y la abrió, la utilizó como marcapáginas y la descartó entre las páginas cuando perdió el interés en leerla.
Quizás Emmaline sí la leyó y lo ha estado buscando todo este tiempo. Si ese libro ha estado en nuestra estantería durante años, ¿qué fue de la pareja de la foto?
Como no me atrevo a leer la carta en su totalidad, decido coger el teléfono y buscar sus nombres.
David Bowie me susurra Starman al oído mientras escribo «Emmaline Rochefort» en la barra de búsqueda de Google.
Por supuesto, ella no es la única Emmaline Rochefort. Así que me desplazo por la página de resultados y encuentro mujeres mayores y adolescentes en distintos lugares del mundo. Pero, finalmente, aparece una página de redes sociales, así que hago clic en ella.
La imagen que aparece en la parte superior de su página es de ella y de una niña pequeña.
Inmediatamente, me doy cuenta de que la mujer que aparece en la pantalla, con sus dientes blancos como perlas y su cálida y agradable sonrisa, es la misma mujer de la foto.
Es inquietante encontrar a un desconocido en internet a partir de una pequeña foto y un nombre, como si fuera una película.
A partir de ahí, me desplazo hacia abajo y se me encoge el corazón.
«Te echo de menos, Emma».
«Siempre estarás en nuestros pensamientos».
«Te fuiste demasiado pronto. Rezaremos por tu familia» .
Comentario tras comentario tras comentario de gente en internet que envió esos mensajes a una cuenta como si pudieran hablar con esta persona más allá de la tumba.
Me invade una gran tristeza, aunque no es por esta mujer a la que ni siquiera conozco, sino porque ver esto me trae inmediatamente recuerdos de la página de redes sociales del restaurante de mi padre.
Un día estaba llena de fotos de su famoso pescado a la plancha y al día siguiente se inundó de mensajes como estos.
«Se fue demasiado pronto».
«Rezaremos por tu familia».
«Te echaremos de menos, Laurent».
Eran mensajes que él nunca iba a leer, pero las palabras mostraban un dolor que necesitaba ser expresado.
Miro la foto de la feliz pareja que he dejado sobre la mesa. La mujer de esa foto está muerta, y, a juzgar por los comentarios en su página, ocurrió hace solo dos años.
Durante el resto del descanso para comer, y algo más, me sumerjo en la vida de esa mujer.
Consigo desplazarme lo suficiente como para ver más allá de los comentarios en su memoria y descubrir detalles de su vida real.
Fotos de ella con su hija, una adorable niña pequeña con brillantes ojos azules y cabello castaño, recogido en coletas a los dos lados de la cabeza.
Y entonces encuentro lo que estoy buscando en realidad. Es una foto de la hermosa mujer, la adorable niña y un hombre apuesto juntos en las escaleras del Sacré-Cœur. Visten chaquetas y gorros de lana y, al igual que en la pequeña foto que tengo delante, parecen felices. Parecen enamorados.
Incluso sin leer la carta, siento cierta tranquilidad al saber que esta feliz pareja permaneció unida. Aunque ella falleciera. Aunque el final no fuera precisamente feliz. Aunque sigo sin tener ni idea de lo que dice toda la carta, me alegra saber que se casaron y tuvieron una hija.
Después de comer, intento dejar a un lado mi pequeña obsesión, pero la sigo llevando conmigo durante el resto del día.
Cuando mi turno termina a las cuatro, salgo del trabajo y me paso por el mercado para comprar algo de comida y una botella de vino.
Mi compañera de piso no cocina ni me molesta mucho cuando estoy en la cocina o en el comedor.
Sin embargo, acapara la televisión del salón y pone sus nauseabundos reality shows a un volumen demasiado alto.
Así que elijo otra lista de reproducción y me pongo los auriculares mientras cocino, esta vez escuchando grunge de los 90. Nirvana entona Heart-Shaped Box mientras garabateo en la etiqueta del vino y espero a que se cueza la pasta.
Mientras tanto, pienso en la pareja. ¿Cómo encuentra la gente un amor así?
¿Qué tuvo que hacer esa mujer para que un hombre guapo, aparentemente exitoso y, por lo que puedo ver, normal, le prestara tanta atención?
Los únicos hombres que se fijan en mí son viejos repulsivos o jóvenes machistas que solo ven tetas y culos y no se dan cuenta de que tengo cara y personalidad.
Mi vida sentimental ha sido pésima, hasta el punto de que ahora rechazo todas las insinuaciones, incluso si la otra persona parece medianamente decente.
En ninguna de las citas a las que voy encuentro una conexión, y no pienso llevar una vida conformista con otra persona solo por tener pareja.
Quiero fuegos artificiales y magia. Quiero mirar a los ojos a alguien y sentir que me ve tal y como soy. Quiero encontrar a mi alma gemela.
Me alegro de que la mujer guapa de la foto encontrara el amor. Me alegro por ella.
Cuando acabo de preparar la cena llevo la bandeja a la mesa del comedor y sigo mirando fotos de la mujer en las redes sociales.
Lo hago por aburrimiento y por curiosidad; no es por obsesión ni por acoso.
No soy una acosadora. Estoy tan absorta que ni siquiera oigo cuando Ingrid entra desde el salón.
—¿Qué es eso? —pregunta Ingrid, señalando con la cabeza la carta que hay debajo de mi teléfono.
—Nada —respondo, acercándola más a mí.
Ella se acerca un paso y trata de cogerla. Presa del pánico, dejo el teléfono y el tenedor para rescatar la carta y la fotografía, derramando mi vino en el proceso.
Ingrid pone los ojos en blanco y se ríe para sus adentros mientras compruebo que la carta está intacta. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que quizá estoy un poco obsesionada con esto que he encontrado hoy en un libro.
Pero me siento como si conociera a Emmaline y a Jack.
Por no mencionar que estoy en posesión de algo que una vez le perteneció. Algo especial. ¿Y si él ha estado buscando esta carta? Es una tontería por mi parte pensar así, pensar que unos desconocidos en una fotografía significan algo para mí.
¿Y si pudiera devolverle esta carta? Puede parecer insignificante para la mayoría, pero está claro que él la amaba lo suficiente como para escribirla. Debe de estar enfermo de dolor, y esta carta podría ser un pequeño recuerdo.
Es una idea descabellada, pero mi vida es tan aburrida y mundana que las ideas descabelladas me parecen un salvavidas. Las ideas descabelladas me dan esperanza. ¿Por qué no? ¿Por qué no puedo coger el tren a París y darle a este hombre la carta que he encontrado?
¿Por qué no?
Si fuera mía, querría que alguien hiciera lo mismo por mí.