Condéname (Salacious Legacy 1)
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Prólogo
Jack
—Ya estamos todos —digo, y busco un sitio en la parte trasera del bar, que está en penumbra—. ¿Vosotros también habéis recibido el correo?
—Sí —responde mi mejor amiga, Phoenix, que se ha acomodado a mi lado.
—Claro que sí —añade Weston, jugando con su teléfono.
En la esquina de la mesa, Julian y su hermana, Amelia, están sentados en silencio. Julian lo hace como forma de rebeldía, mientras que Amelia suele estar callada la mayor parte del tiempo. Se muerde el labio y parece cada vez más inquieta.
Ninguno de los dos quiere decir nada sobre ese misterioso correo que su padre nos envió ayer a todos pidiéndonos que nos encontráramos en el bar de Geo a las ocho en punto.
Ronan Kade es copropietario del club sexual en el que llevo trabajando los siete últimos años, además de mi padrino.
Su hijo, Julian, nunca ha sido mi mayor fan, y el sentimiento es mutuo.
Me pone de los nervios ver la expresión pretenciosa y altiva de su rostro. Julian y yo hemos crecido juntos, pero eso no hace que lo encuentre menos irritantemente esnob y engreído.
—¿Creéis que vendrá? —pregunto, mirando al grupo que me rodea.
—No, claro que no —espeta Julian—. No va a venir.
Probablemente esté en un yate al otro lado del mundo en este momento y nos envió ese correo para engañarnos a todos y que nos encontráramos aquí.
— Para engañarnos a todos y que habláramos entre nosotros, pienso, pero no lo digo en voz alta—.
¿Y qué hay de tu hermana? A ella también le ha enviado el correo —dice Julian como si fuera un arma que usar en mi contra.
Está señalando cruelmente que mi propia hermana no me habla.
No me devuelve las llamadas, y mucho menos pone un pie en el mismo lugar en el que estoy yo.
Mi hermana menor, Elizabeth, se tomó la muerte de mi esposa el año pasado tan mal como yo.
Adoraba a Em como una verdadera hermana, e incluso vivió con nosotros tras el brutal fallecimiento de Em.
Pero cuando más me necesitaba, yo caí en una profunda depresión durante mucho tiempo.
Debería haber estado ahí para mi hermana y mi hija, pero no pude. Apenas podía cuidar de mí mismo.
Y ahora mi único objetivo es sacar a mi hija de cuatro años de París y regresar a casa, a nuestro sitio, y, si este correo de Ronan significa lo que creo que significa, puede que haya llegado mi oportunidad.
—No hace falta esperar a Elizabeth —murmuro entre dientes, dando por hecho que no va a aparecer.
—Deberíamos esperarlos a todos —me contradice Phoenix, poniéndome una mano en el brazo con suavidad. No puedo ni mirarla porque sé que tiene razón.
En ese momento, la pesada puerta se abre y me doy la vuelta para ver a mi hermana entrando en la sala.
No mira a nadie a los ojos mientras se acerca a nuestra mesa y se desliza silenciosamente en el asiento vacío.
Lleva el pelo negro recogido en un moño tenso en la nuca y su expresión es dura, como si estuviera sufriendo. Esa imagen me destroza.
Nadie habla: los seis estamos sentados alrededor de una mesa en la parte trasera de un oscuro bar clandestino, como si estuviéramos esperando nuestro sombrío destino.
—¿Y ahora qué? —pregunta Phoenix. Nuestras expresiones son idénticas. Ha sido mi mejor amiga durante años, me siguió a París después de la universidad y actualmente es la única persona en esta mesa que creo que me quiere de verdad.
En cuanto a los demás, Julian y Amelia se criaron aquí, aunque sus padres son estadounidenses. Mi hermana vino para estudiar ballet. Y Phoenix y Weston vinieron aquí hace unos años para trabajar en el club.
Empiezo a sentirme inquieto mientras un silencio incómodo envuelve la mesa. Mi esperanza es que Ronan esté a punto de anunciar su jubilación oficial y nombrar a su hijo como su sucesor, lo que significaría que yo sería libre de marcharme. Ni loco trabajaría para Julian Kade.
Justo cuando estoy a punto de sugerir que llamemos a Ronan, mi teléfono vibra, al igual que los de todos los demás, y todos bajamos la vista al mismo tiempo.
—Es un correo de papá —aclara Amelia en voz baja con una sonrisa.
Julian pone los ojos en blanco y no coge el teléfono.
—Ya lo leo yo —digo, pulsando la notificación.
«Queridos hijos» —comienza, como si fuéramos un grupo de adolescentes y no varios adultos de entre veinte y treinta años—.
«Este mensaje es para los seis: Julian, Amelia, Jack, Phoenix, Elizabeth y Weston.
Esta carta lleva mucho tiempo esperando enviarse y estoy seguro de que a estas alturas ya habéis adivinado de qué se trata.
Con la ayuda de mi socio, Matis Moreau, he dirigido L’Amour durante las dos últimas décadas y media, y ha llegado el momento de jubilarme oficialmente.
He hablado con Matis sobre esto y los dos estamos de acuerdo en que ahora vosotros debéis hacer vuestro el club».
—Espera —interviene Julian con el ceño fruncido—. ¿Quién? ¿Quién coño va a ser el dueño del club?
Vuelvo a leer el principio del correo, buscando la respuesta.
—Creo que se refiere a… todos nosotros —responde Phoenix.
—¿Todos nosotros? —pregunta Amelia—. ¿Ser los propietarios del club juntos?
—Que le den —murmura Julian; tira el teléfono sobre la mesa y coge su copa.
Con un suspiro de descontento, sigo leyendo.
—«Os conozco a todos desde que nacisteis.
Vuestros padres crearon un legado y vosotros crecisteis juntos como una familia.
Vinisteis a París con un sueño y todos habéis trabajado muy duro en L’Amour.
Pero lo que veo ahora son seis adultos que han perdido el rumbo.
Os habéis distanciado y cada uno de vosotros ha perdido algo que nunca podrá reemplazar.
Sé lo que se siente. Veo vuestro potencial.
Cada uno de vosotros aporta algo especial.
Si trabajaseis juntos de verdad, podríais levantar un club aún mejor que el de vuestros padres.
No hay nada más poderoso que la familia.
Los seis sois una familia, lo veáis o no.
Hay tres de vosotros que no aparecen en esta carta: Liam, Austin y Scarlett.
Ellos han elegido otro camino para sus vidas, pero esta oferta es extensible a ellos si así lo deciden.
Y espero que lo hagan». —Al otro lado de la mesa, mi hermana resopla y, al levantar la vista, veo que rechina los dientes con rabia.
Intentando que no me afecte, sigo leyendo—.
«Por eso os paso el club a los seis. Podéis hacer lo que queráis con él.
Cambiarle el nombre. Hacerlo vuestro. La única condición es que tenéis que gestionarlo juntos durante al menos un año.
Si uno de vosotros se retira, la propiedad volverá a manos de Matis, y él venderá el inmueble.
Esto no es un castigo, sino un experimento.
Vi cómo el club de vuestros padres salvaba vidas, y espero que este salve las vuestras.
Un año. Es todo lo que pido. Cuando termine, podéis hacer lo que queráis.
Os ruego que lo intentéis. Encontrad a vuestra familia y haced de ella vuestro hogar.
Atentamente, Ronan Kade». —Me quedo boquiabierto mirando el correo.
El resto de la mesa permanece en silencio mientras asimilamos la noticia.
De repente, veo cómo mis planes de marcharme de París se esfuman.
Si me voy, los demás perderán esta oportunidad.
¿De verdad quiero cargar con esa responsabilidad?
Vuelvo a leer el mensaje—. Tiene que haber alguna trampa.
—Bueno, eso lo decide todo. —Elizabeth se levanta enfadada de la mesa—. Parece que al final ninguno de nosotros va a conseguir el club.
—Espera un momento —suplica Amelia, tendiendo una mano hacia Elizabeth—. ¿No vamos a considerarlo, al menos?
—¿Considerar el qué? —ladra Julian—. Es más probable que a los seis nos salgan alas y que volemos a Nunca Jamás que no que trabajemos juntos y creemos algo que pueda tener éxito.
—Con esa actitud no —responde Weston, sarcástico.
Apenas ha levantado la vista de su teléfono en todo este tiempo, y dudo que le interese la oferta que nos han presentado.
Para Weston todo es una broma. Está aquí para divertirse, y todo el mundo lo sabe.
Si no consigue hacerse con el club, se dedicará a servir copas aquí, en Geo’s o en cualquier otro bar de París.
No se juega tanto como el resto de nosotros, y su tono cortante me pone de los nervios.
—Quizá mi padre tenga razón —dice Amelia con dulzura, echando un vistazo alrededor de la mesa, retorciéndose las manos—. Quizá podríamos ser propietarios juntos. Podría funcionar.
Apenas ha terminado la frase cuando su hermano se levanta de la mesa. Weston lo imita al momento.
—Qué pérdida de tiempo —se queja Julian.
Noto que Amelia pone cara de decepción, pero yo solo puedo ver a mi hermana, que está sentada a su lado.
Mi hermana, con la que no he compartido el mismo espacio desde hace más de un año.
¿Quién sabe si volveré a tener esta oportunidad?
Si quiero recuperar mi relación con Elizabeth, trabajar codo con codo con ella en este club podría ser la única forma de hacerlo.
Eso sería diferente a vernos de pasada, como hacemos ahora.
Estaríamos juntos en las reuniones y no tendría más remedio que hablar conmigo.
Pero ¿cómo demonios voy a convencer al resto del grupo para que se una a mí? Si les dejo irse y la oferta de Ronan se esfuma, Elizabeth volverá a ignorarme y podría pasar otro año antes de que vuelva a estar en el mismo lugar que ella. No puedo permitir que eso suceda.
—Un año —digo, y todos se quedan paralizados mirándome—. Un año —repito, levantándome de mi asiento—. Quiero decir… ¿Qué podemos perder?
—¿Qué sentido tiene? —pregunta Phoenix ladeando la cabeza.
—El sentido que tiene es… que Ronan está en lo cierto.
Podríamos hacer algo grande. Todos aportamos algo diferente.
Amelia tiene habilidades de diseño y marketing, y West puede llevar el bar.
Nix tiene cabeza para los negocios. Elizabeth…
—Mi hermana no se vuelve hacia mí ni cuando pronuncio su nombre.
Tragándome el daño que eso me hace, continúo—.
Elizabeth ha bailado en espectáculos por todo París.
Ella puede encargarse del entretenimiento.
—¿Y yo qué? —pregunta Julian a mi espalda.
Me aparto de la mesa y lo miro fijamente. Estoy cara a cara con el único tipo que no soporto. La idea de trabajar con él me repugna, pero esto no se trata de mí. Se trata de hacer que este descabellado plan funcione con la esperanza de recuperar a mi hermana.
Por ella puedo aguantar un año con el capullo más pretencioso, arrogante y egocéntrico de todo París.
—Tú, Julian —le digo, dándole una palmada en el hombro—, serás mi socio.
—¿Tu socio? —pregunta con desdén.
—Sí. Tú y yo gestionaremos juntos el negocio. Y cuando termine el año, los que queramos irnos nos iremos. Entonces lo tendrás todo para ti.
Me mira fijamente. En la sala se palpa una tensión incómoda mientras esperamos su respuesta. Ahora todo depende de Julian. De la persona que menos necesita esto porque tiene la vida resuelta gracias a su rica herencia.
Ahora estamos a merced de Julian.
Frunce el ceño y lo considera, con expresión intrigante.
—Está bien —acepta por fin—. Lo haré. —Rápidamente, desvía su atención de mi rostro, y sé que debería reaccionar, pero estoy demasiado desconcertado. No esperaba que fuera a subirse al carro.
—Espera, ¿de verdad vamos a hacerlo? —pregunta Phoenix.
—Supongo que sí —respondo.
Me vuelvo hacia mi hermana, que sigue sin mirarme, pero le sonríe amablemente a Amelia, que intenta contener su emoción.
—Voy a pedir una ronda de chupitos —anuncia Weston, y se pone tras la barra como si fuera el dueño del local. Y teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros crecimos aquí y conocemos al dueño desde que éramos niños, es como si lo fuera.
Mientras tanto, el resto seguimos de pie alrededor de la mesa.
El espacio se llena de murmullos y conversaciones en voz baja, y yo me aíslo para asimilarlo todo.
Siento una punzada de culpabilidad porque no he hecho esto por el club ni por los demás; me da igual si el club prospera o fracasa, y la verdad es que no creo en el mensaje de Ronan sobre encontrar un valor oculto en el trabajo en equipo.
Estas personas no son mi familia. Mi familia se desmoronó el día en que murió mi esposa.
Ahora mismo solo hay un miembro de mi familia que me preocupa en esta sala, y lo hago por ella.
Dirigir este club con Elizabeth significa poder verla y hablar con ella y, con suerte, reparar nuestra relación rota.
Una vez que lo consiga, me llevaré a mi hija de regreso a California, a nuestro hogar, y el resto pueden hacer lo que quieran con el lugar.
Un año. Puedo aguantar un año.
Weston regresa un momento después con una bandeja llena de chupitos.
Conociendo a Weston, son chupitos baratos de los que le gustan a todo el mundo, como si fuéramos una pandilla de chicos recién salidos de la universidad y no una reunión de empresarios maduros.
A juzgar por su aspecto blanco y sus bordes recubiertos de azúcar, supongo que son Lemon Drops, y acierto.
—Por el nuevo club —brinda Phoenix, alzando uno.
—¡Esperad! —exclama Amelia, y todos bajamos nuestros chupitos—. Mi padre ha dicho que podíamos cambiarle el nombre. ¿Cuál debería ser?
La respuesta acude de inmediato a mi mente.
—Bueno, ha dicho que nuestros padres construyeron un legado. Así que yo propongo que hagamos lo mismo.
—Legado —responde Phoenix con una sonrisa orgullosa.
—Me gusta —dice Amelia alegremente.
—Por el Legado —brinda Weston.
—Por el Legado —repetimos el resto, y nos bebemos los chupitos de un trago; hasta mi hermana, que ha sustituido su ceño fruncido por una expresión que se asemeja vagamente a la calidez y la esperanza.
Todo este proyecto seguramente va a ser un desastre.
Hemos trabajado con Ronan y Matis durante años, pero ¿de verdad hemos aprendido lo suficiente como para hacerlo por nuestra cuenta?
No tenemos lo que se necesita para recrear lo que Emerson Grant hizo hace casi treinta años.
Quizás si pusiéramos el corazón en ello, podríamos conseguirlo, pero, como ha dicho Ronan, hemos perdido el rumbo.
Todos luchamos por algo más que este club.
Nuestras motivaciones van mucho más allá de esta aventura empresarial.
Pero, con un poco de suerte, mi plan podría funcionar.
Y así, sin más, nace el Legado.