EPÍLOGO
BIANCA
El viento nos azota mientras la motocicleta de Knox avanza a toda velocidad por la carretera sinuosa.
Tengo los brazos bien apretados alrededor de su cintura, la mejilla apoyada contra su chaqueta de cuero.
Ha pasado un año desde que la Cacería lo cambió todo, y sigo sintiendo la misma emoción cada vez que me subo detrás de él en esta moto.
—Ya casi llegamos —grita Knox por encima del rugido del motor. Le noto la sonrisa en la voz.
Lo aprieto con más fuerza como respuesta. Ha estado misterioso todo el día, negándose a decirme adónde vamos, solo que tiene una sorpresa. Las curvas familiares de la carretera me indican que nos dirigimos a Eagle Point, y siento una calidez que se extiende por mi pecho.
La moto reduce la velocidad cuando llegamos al desvío, el camino ya familiar después de incontables visitas. Este lugar se ha vuelto nuestro de una manera que nunca esperé: el sitio donde Knox me dejó ver por primera vez quién era realmente, más allá de la fachada de playboy arrogante.
Knox detiene la motocicleta y apaga el motor. El silencio repentino resulta ensordecedor mientras desmonto y me pongo de pie, llevando las manos al casco para quitármelo.
—Espera —dice Knox, atrapando mis manos antes de que pueda levantarme el casco—. Todavía no.
—Knox —digo entre risas, con la voz amortiguada dentro del casco—. ¿Qué pasa? Apenas veo nada.
Me toma de la mano y me guía con cuidado.
—Solo unos pasos.
—¿Es aquí donde revelas que en realidad eres un asesino en serie? —bromeo, dejándome guiar—. Porque esto tiene toda la pinta de película de terror.
Su risa es grave y cálida.
—Sabes lo que soy desde el principio, nena. Ahí no hay sorpresa.
Nos detenemos, y sus manos se posan en mi casco.
—¿Lista?
—¿Para qué exactamente?
—Para tu sorpresa.
Me quita el casco y parpadeo mientras se me acostumbra la vista.
Lo que tengo delante me deja sin aliento.
Han transformado Eagle Point. Una pequeña mesa cubierta con seda azul —cómo no— está al borde del mirador, rodeada de docenas de velas parpadeantes en portavelas de cristal.
Hay una cesta de picnic abierta con botellas de vino y platos tapados.
—Knox —susurro, asimilándolo todo—. ¿Qué es esto?
—Una sorpresa para mi chica —dice Knox, tomándome de la mano.
Mientras me conduce hacia la mesa, su arrogancia habitual parece... diferente. Tiene la mandíbula tensa, una ligera vacilación en sus movimientos que rara vez le veo. Knox Blackwood, el hombre que se enfrenta a sus enemigos sin pestañear, parece nervioso de verdad.
—¿Estás bien? —pregunto, apretándole los dedos.
—Perfecto —su sonrisa no le alcanza los ojos—. Simplemente perfecto.
Me retira la silla con una formalidad impropia de él, esperando a que me siente antes de pasar al otro lado de la mesa. La vista de Ravenwood Hollow se extiende bajo nosotros, las luces de la ciudad titilando en el crepúsculo.
—Knox, esto es precioso —digo, contemplando las velas parpadeantes en la suave brisa, cómo ha dispuesto la mesa con tanto cuidado—. No puedo creer que hayas hecho todo esto.
Coge la botella de vino, una cosecha que reconozco: la mencioné hace meses diciendo que me encantaba. Le tiemblan un poco las manos mientras vierte el líquido rojo intenso en copas de cristal.
—Solo lo mejor para ti —dice con voz ronca.
Cuando levanta las tapas de los platos, no puedo evitar reírme.
Macarrones con queso y trufa, de esos pecaminosamente buenos de aquel sitio pequeño en el barrio de las artes.
Fresas bañadas en chocolate. Esas ridículas hamburguesas gourmet del camión de comida que descubrimos durante una tormenta.
Incluso los rollitos de atún picante del restaurante japonés del otro lado de la ciudad que siempre se me antojan.
—¿Cómo te has acordado de todos mis favoritos? —pregunto, de verdad conmovida por lo atento que ha sido.
Knox se encoge de hombros, pero no hay nada casual en la intensidad de su mirada.
—Me acuerdo de todo lo tuyo, Bianca.
Cojo el tenedor y me lanzo a los macarrones con queso y trufa, cerrando los ojos con el primer bocado.
—Dios mío. Y todavía caliente. ¿Cómo lo has conseguido?
—Tengo mis métodos —dice Knox, observándome con esa mirada intensa que todavía me revuelve el estómago después de todo este tiempo.
Comemos y hablamos de todo y de nada: sus últimos negocios, mi nuevo encargo de pintura, el ridículo cotilleo que Michelle nos contó sobre la bronca tan pública de Elliot y Julian en la inauguración de la galería la semana pasada.
Pero bajo la conversación normal, la tensión bulle.
Knox no para de mirar el móvil, de pasarse la mano por el pelo, de removerse en el asiento.
—¿Seguro que estás bien? —pregunto, alargando la mano para tocar la suya—. Pareces distraído.
—Solo me aseguro de que todo sea perfecto —dice, apretándome los dedos.
El cielo se oscurece a nuestro alrededor, las velas brillan con más intensidad contra la noche. Knox coge una de las fresas bañadas en chocolate, con movimientos repentinamente deliberados. En lugar de pasármela, se levanta y viene a mi lado de la mesa.
—Abre —murmura, acercando la fresa a mis labios.
Separo los labios, sin apartar la mirada mientras me da de comer la fresa. El chocolate se derrite en mi lengua, dulce e intenso. Una gota de jugo escapa de la comisura de mi boca. Knox la atrapa con el pulgar y deja el dedo apoyado en mi labio.
—Bianca —dice, y de repente se arrodilla junto a mi silla.
El corazón se me para y luego empieza a latir al doble de velocidad.
—¿Knox? —apenas me sale la voz.
Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una pequeña caja de terciopelo. Cuando la abre, el diamante en su interior atrapa la luz de las velas y proyecta reflejos irisados sobre su rostro.
—Nunca creí en el «para siempre» hasta que te conocí —dice, con voz firme a pesar del nerviosismo que noto emanar de él—. Cásate conmigo, Bianca. Sé mía en todos los sentidos.
Las lágrimas me brotan y se derraman antes de que pueda contenerlas. Asiento sin poder articular palabra, abrumada por la oleada de felicidad que me inunda.
—Sí —consigo decir entre lágrimas, con la voz quebrada por la emoción—. Claro que sí, Knox. Dios, sí.
El alivio y la alegría transforman su rostro; esa rara vulnerabilidad que he llegado a atesorar destella en sus ojos.
Le tiemblan ligeramente las manos mientras me pone el anillo: un impresionante diamante ovalado rodeado de pequeños zafiros azules que capturan la luz de las velas. Es perfecto. Somos nosotros.
—Hace juego con tus ojos —susurro mientras admiro cómo los zafiros reflejan el tono exacto de su intensa mirada azul.
Knox se pone de pie y me levanta con él. Me rodea la cintura con los brazos y me alza ligeramente hasta que nuestros ojos quedan a la misma altura. Su aroma familiar —cuero, sándalo y un olor que es únicamente suyo— me envuelve mientras sus labios reclaman los míos.
El beso empieza tierno, un sello de nuestra promesa, pero enseguida se vuelve hambriento.
Mis dedos se enredan en su pelo mientras su lengua se desliza contra la mía, reclamándome, poseyéndome.
Sus manos bajan a mis caderas para atraerme contra él.
Noto lo duro que está, su polla presionando insistente contra mí.
—Te deseo —gruñe contra mi boca—. Necesito hacerte mía de todas las formas esta noche.
—Ya soy tuya —jadeo mientras sus dientes me rozan el cuello—. Soy tuya desde la Cacería.
Knox se aparta lo justo para dedicarme esa sonrisa perversa que me debilita las rodillas.
—Esta parte también la tenía planeada, nena.
Me toma de la mano y me guía lejos de la mesa, rodeando un grupo de árboles que no había visto antes.
Allí, en un hueco natural, hay una cama improvisada: cojines mullidos cubiertos con mantas sedosas, rodeados de velas que proyectan un resplandor dorado sobre el espacio íntimo.
Incluso ha dispuesto ramas en lo alto con tela transparente colgada entre ellas, un dosel que ofrece privacidad pero deja entrever el cielo estrellado.
—De verdad que has pensado en todo —digo sin aliento, contemplando el escenario romántico.
Knox retrocede sin apartar los ojos de los míos mientras lleva las manos a los botones de su camisa. Su familiar sonrisa arrogante se extiende por su rostro.
—Disfruta del espectáculo, nena —dice mientras desabrocha lentamente cada botón con movimientos deliberados—. Esto es lo que te espera. Para siempre.
El calor me consume mientras va revelando su pecho tatuado, centímetro a tentador centímetro. Se quita la camisa encogiéndose de hombros y la deja caer sobre las mantas.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta mientras se desliza las manos por los abdominales hasta el botón de los vaqueros.
—Sabes que sí —susurro, incapaz de apartar la mirada.
Knox abre el botón y baja lentamente la cremallera.
—Dime qué quieres, Bianca.
—A ti. Siempre a ti.
Se baja los vaqueros por los poderosos muslos y los aparta de una patada hasta quedarse ante mí solo con los bóxers negros, su excitación tensando la tela.
—¿Y ahora? —pregunta, acariciándose por encima del fino material—. ¿Todavía quieres esto?
Engancha los pulgares en la cinturilla y se baja los bóxers, liberando su polla. Se me hace la boca agua mientras se la agarra y empieza a acariciarse lentamente.
—¿Quieres montar, futura señora Blackwood? —pregunta con voz de ronroneo grave.
—Joder, sí —jadeo mientras busco la cremallera del vestido—. Quiero esa polla gruesa dentro de mí. Ahora.
Me quito el vestido y lo dejo caer a mis pies. Los ojos de Knox se oscurecen al contemplar la lencería negra de encaje sin entrepierna que he llevado debajo toda la noche.
—Jodidamente preciosa —gruñe—. Mi perfecta y sucia princesa.
Lo empujo hacia atrás sobre la cama improvisada y lo monto en un movimiento fluido. Sin dudarlo, lo coloco en mi entrada y me dejo caer para tomarlo hasta el fondo de una sola embestida.
Knox gruñe y me agarra las caderas con fuerza suficiente para dejarme moratones.
—Dios, sí, reclama lo que te pertenece.