Condenado (Hermanos Blackwood) EPÍLOGO #2
100%

EPÍLOGO #2

—Mío —confirmo mientras muevo las caderas y lo cabalgo sin piedad—. Igual que yo soy tuya.

—Siempre —gruñe, embistiendo hacia arriba para encontrarse con cada uno de mis movimientos—. Me encanta cómo te la tragas. Tan jodidamente perfecta.

—Más fuerte —exijo con las manos apoyadas en su pecho mientras me muevo arriba y abajo—. Haz que lo sienta mañana.

Knox gruñe y nos da la vuelta en un movimiento poderoso.

De repente estoy de espaldas, su peso presionándome contra las mantas mientras se cierne sobre mí.

Sus ojos arden con intensidad salvaje al engancharme las piernas sobre sus hombros; el cambio de ángulo le permite penetrar aún más hondo, imposiblemente hondo.

—Oh, joder —jadeo cuando se hunde en mí y golpea un punto que hace que un placer blanco y ardiente me estalle detrás de los ojos—. ¡Justo ahí!

—Mírate —jadea Knox sin dejar de embestir—. Tan jodidamente perfecta tragándote mi polla.

Cada embestida golpea ese punto perfecto dentro de mí, acumulando una presión tan intensa que apenas puedo respirar. Pierdo todo filtro mientras el placer se acumula hasta alturas insoportables.

—Lléname —exijo mientras le araño la espalda—. Quiero tu semen bien hondo dentro de mí. Quiero que me preñes, joder.

El ritmo de Knox vacila un instante antes de embestirme más fuerte, más hondo.

—¿Sí? ¿Quieres que te ponga un bebé en este coño perfecto? ¿Que te hinche el vientre con mi hijo?

Las palabras sucias me envían otra oleada de calor.

—¡Sí! Hazme tuya del todo. Márcame por dentro, joder.

—Ya llevas mi anillo —gruñe mientras me embiste con fuerza castigadora—. Ahora necesitas mi semen, ¿verdad? Necesitas que te inunde este coñito apretado hasta que te gotee por los muslos.

—Por favor —suplico sin vergüenza—. Lléname. Quiero sentir tu semen dentro de mí durante días.

—Eso es —gruñe Knox con el sudor perlándole la frente mientras me folla—. Voy a preñarte justo bajo estas estrellas. A hacerte recordar exactamente a quién perteneces.

Se me arquea la espalda cuando otra embestida golpea ese punto perfecto.

—Solo tuya. Solo tuya siempre. ¡Joder, Knox, préñame!

La fantasía de que me preñe intensifica cada sensación y me acerca más al límite.

—Sé que aún no podemos —jadeo—. Pero, Dios, Knox, nada me excita más que imaginarte dejándome embarazada.

—Algún día —promete, mientras su ritmo se vuelve errático a medida que se acerca su propia liberación—. Cuando estés lista, yo mismo te quitaré ese DIU. Pero por ahora... —se hunde aún más profundo, con la voz convertida en un gruñido autoritario—, córrete para mí, Bianca. Ahora.

Mi coño obedece al instante, como si sus palabras por sí solas pudieran desencadenar mi liberación.

El orgasmo me golpea con tal fuerza que grito su nombre; todo mi cuerpo tiembla mientras el placer irradia desde donde estamos unidos.

Siento el chorro caliente de líquido cuando me corro alrededor de su polla y nos empapa a ambos.

—Joder, nena —gime Knox, con los ojos muy abiertos de asombro y deseo—. Tan jodidamente perfecta.

Se hunde en mí una última vez, enterrándose hasta el fondo mientras su liberación me llena. Siento cada espasmo de su polla, cada chorro de calor que inunda mi interior mientras me reclama por completo.

—Mía —jadea, con la frente pegada a la mía mientras sigue vaciándose dentro de mí—. Para siempre mía.

Permanecemos unidos mientras nuestra respiración vuelve poco a poco a la normalidad, sin que ninguno quiera romper la conexión. Las estrellas titilan sobre nosotros a través del dosel de ramas, testigos de nuestra unión. Los dedos de Knox trazan el anillo en mi mano izquierda, con expresión dulce.

—Te odiaba al principio —susurro mientras le rozo la mandíbula con los labios—. Ese día en la galería, cuando me tocaste sin permiso.

—Lo sé —murmura, y me besa con suavidad—. Me merecía esa bofetada.

—¿Quién hubiera pensado que el odio podría transformarse así? —Le acaricio el rostro, maravillada por el viaje que nos ha traído hasta aquí—. Te quiero más allá de toda razón, Knox Blackwood.

—Y yo te quiero, Bianca Hayes. Pronto serás Blackwood. —Sus ojos, tan a menudo llenos de picardía o peligro, ahora brillan solo con devoción absoluta—. Me has salvado de formas que nunca entenderás.

Sus labios encuentran los míos en un beso tierno pero posesivo. Ya no hay urgencia desesperada, solo el ardor lento de la certeza. Este hombre, este hombre peligroso, hermoso y complicado, es mío.

¿Quién lo hubiera creído? Desde luego, no la mujer que se esforzó tanto en resistirse a él durante todos esos encuentros coquetos. Incluso después de la Cacería, me decía que eran solo feromonas, solo la intensidad de ser reclamada por alguien tan dominante, tan arrollador en su pasión.

Pero en algún momento del camino, caí rendida. Cuando me rescató de Orlov, lo supe. Cuando me abrazó después, vulnerable como nunca se muestra ante nadie, lo supe.

Me aparto un poco porque necesito ver sus ojos. Esos ojos azules penetrantes que no se pierden nada, que atravesaron cada defensa que intenté levantar contra él.

—Señora Blackwood —susurro contra sus labios, probando cómo suena—. Bianca Blackwood.

El amor y el triunfo destellan en sus ojos, y sus brazos me estrechan con más fuerza.

La luz de la luna atrapa los zafiros que rodean mi diamante y lanza reflejos azules sobre nuestra piel. El mismo azul que sus ojos, que la máscara que llevó durante la Cacería, que la seda con la que me vistió cuando me reclamó.

En realidad, nunca tuve oportunidad. Desde ese primer encuentro, éramos inevitables, como la gravedad, como la marea, como la atracción inexorable de algo escrito en las estrellas, y no cambiaría ni un solo momento de los que hemos compartido.

¡Gracias por leer Doomed! La segunda entrega de la serie Hermanos Blackwood. Espero que la hayas disfrutado.