BIANCA
Me agacho esquivando el golpe de Helen y pivoto sobre el talón para asestarle un codazo seco en las costillas, frenando el impacto en el último segundo. Sonríe con aprobación; su figura esbelta apenas se inmuta.
—¡Bien! Tus reflejos son cada vez más rápidos —dice Helen mientras me rodea con mirada calculadora—. Ahora, ¿qué pasa si alguien te agarra por detrás?
Antes de que pueda responder, ya está detrás de mí, rodeándome el torso con los brazos. No dudo. Dejo caer el peso, giro y uso su propio impulso en su contra. El movimiento hace que Helen trastabille hacia delante mientras me libero.
—Ejecución perfecta —elogia mientras se endereza la camiseta de tirantes—. Knox, tu chica tiene un don natural.
Desde su posición junto a la barra, Knox observa con orgullo evidente. Purgatory resulta diferente a la luz del día: menos siniestro, más como un teatro vacío esperando a sus actores. Llevamos tres semanas usándolo como campo de entrenamiento.
—Otra vez —exijo mientras me seco el sudor de la frente—. Esta vez con la defensa contra cuchillo.
Helen saca un cuchillo de goma del bolsillo.
—Recuerda...
—La distancia es mi aliada. Controla el arma, no a la persona —recito, adoptando posición de guardia.
Se abalanza. Me aparto, le agarro la muñeca, giro hasta que el cuchillo cae al suelo. Lo que sucede a continuación me sorprende incluso a mí: remato con un barrido que manda a Helen al suelo de espaldas.
—Joder —se ríe desde el suelo—. ¿De dónde ha salido eso?
Le tiendo la mano para ayudarla a levantarse, invadida por una oleada de satisfacción.
—Supongo que he estado prestando atención.
Knox se acerca y me pasa una botella de agua.
—Eres jodidamente increíble —murmura.
Lo que más me sorprende no es su orgullo, sino que nunca ha intentado enseñarme él mismo. Encontró a Helen, la mejor instructora de Ravenwood Hollow, porque quería que aprendiera bien. No para impresionarlo. No para calmar sus preocupaciones. Sino por mí.
—¿El jueves a la misma hora? —pregunta Helen mientras recoge su equipo.
Asiento, recuperando el aliento. Cuando se marcha, Knox me rodea la cintura con los brazos.
—¿Te sientes más fuerte? —pregunta con la boca pegada a mi pelo.
—Sí —me vuelvo entre sus brazos—. Gracias por esto. Por no intentar encerrarme después de lo que pasó.
Sus dedos me recorren la mandíbula.
—Tu libertad, tu fuerza... eso es lo que te hace ser tú. Jamás te lo quitaría.
Noto que los ojos de Knox se oscurecen mientras me observa, con la mirada recorriéndome la piel brillante de sudor.
—¿Qué? —pregunto, ladeando la cabeza.
—No tienes ni idea de lo jodidamente sexy que ha sido eso —gruñe mientras su mano baja hasta agarrarme la cadera—. Verte tumbar a Helen así.
Siento su dureza apretándose contra mí a través de los vaqueros.
—¿Te gusta que ahora pueda defenderme?
—Siempre me ha gustado tu fuego —dice con voz ronca—. Pero verlo en acción...
Su boca se estrella contra la mía, hambrienta y exigente. Igualo su intensidad con la adrenalina del entrenamiento aún corriéndome por las venas. Cuando nos separamos, me coge de la mano y me arrastra hacia el pasillo del fondo.
—¿Tu despacho? —pregunto sin aliento.
—No puedo esperar más —es todo lo que dice.
En cuanto la puerta de su despacho se cierra tras nosotros, Knox me hace girar y me aprieta contra la pared. Sus manos están por todas partes: se deslizan bajo mi camiseta de tirantes, me agarran los muslos, se enredan en mi pelo.
—¿Tienes idea de lo que me provocas? —murmura contra mi cuello—. Verte pelear me dan ganas de hacerte mía allí mismo, delante de Helen.
Mi respuesta queda cortada cuando me levanta en brazos y me lleva al escritorio en tres zancadas. Con un manotazo despeja la superficie y los papeles salen volando hasta el suelo.
—Inclínate —ordena con voz que no admite réplica.
Obedezco, con el corazón desbocado mientras lo siento moverse detrás de mí. Sus manos me bajan las mallas con brusquedad.
—Eso es —elogia, depositando un beso en mi omóplato—. Mi feroz y hermosa guerrera.
La superficie fría del escritorio contrasta con el calor de mi piel mientras Knox se coloca detrás de mí.
—Nunca dejes de luchar —me susurra al oído—. Nunca dejes de ser exactamente quien eres.
Sus manos me agarran las caderas con una fuerza que dejará marcas mientras se posiciona contra mí. El escritorio frío bajo mi vientre contrasta con el calor que irradia entre nosotros.
—Te necesito —jadeo, volviendo la cabeza para encontrar su mirada hambrienta—. Ahora.
Knox gruñe, grave y primitivo.
—Dilo otra vez.
—Fóllame —exijo con una voz más firme de lo que jamás creí posible—. Duro. Como llevas pensando mientras me veías entrenar.
Su brusca inspiración me dice que mis palabras han dado en el blanco.
—No tienes ni idea de lo que he estado pensando.
—Demuéstramelo —lo desafío.
Knox abre el cajón del escritorio y saca un pequeño bote de lubricante. Se me entrecorta la respiración al darme cuenta de sus intenciones.
—No hemos hecho esto desde... —mi voz se apaga, recordando la Cacería, los otros hombres mirando, tocando.
—Desde que te compartí —termina con voz teñida de posesión—. Pero ahora solo estamos nosotros.
El líquido frío me hace jadear mientras lo extiende sobre mi entrada apretada, con dedos suaves pero insistentes. Arqueo la espalda, ofreciéndome a él.
—Te gustó entonces —murmura, metiendo un dedo dentro de mí—. Dime que lo quieres ahora.
—Sí —susurro, dejando caer la frente sobre el escritorio frío—. Te quiero ahí.
Knox añade otro dedo, estirándome con cuidado a pesar de su evidente necesidad de estar dentro de mí. Me echo hacia atrás contra su mano, suplicando más en silencio.
—Tan jodidamente ansiosa —gruñe, retirando los dedos.
Oigo el roce de la tela mientras se libera, luego siento la presión roma contra mi entrada preparada. Empuja lentamente, dándome tiempo para adaptarme a la intrusión.
—Dios, tu culo se siente increíble —gime mientras se hunde más profundo.
Cuando está completamente dentro de mí, lo siento buscar algo más. Abro los ojos de par en par al ver el consolador en su mano.
—¿Recuerdas lo llena que estabas? —pregunta, colocando el juguete en mi entrada—. ¿Cómo te corriste más fuerte que nunca?
Antes de que pueda responder, desliza el consolador dentro de mi coño. La sensación de estar completamente llena en ambos agujeros es abrumadora.
—¡Knox! —grito mientras un orgasmo intenso me atraviesa sin previo aviso. Siento el chorro de humedad al correrme con el consolador dentro, mis paredes internas contrayéndose rítmicamente.
—Perfecta —me elogia con voz tensa mientras empieza a moverse dentro de mí—. Mi perfecta zorra anal.
Las palabras crudas solo intensifican mi placer.
—Tu polla se siente tan bien en mi culo —gimo, echándome hacia atrás para recibirlo más profundo—. No he dejado de pensar en esto, en volver a estar llena así.
Tiemblo con las réplicas mientras Knox embiste dentro de mí, la doble sensación de su polla en mi culo y el consolador en mi coño desbordando mis sentidos.
Justo cuando creo que no puedo soportar más, Knox agarra un puñado de mi pelo y tira de mí hacia arriba.
Mi espalda se arquea bruscamente mientras me atrae contra su pecho, sin dejar de moverse ni un instante.
—Qué buena putita —gruñe en mi oído, su aliento caliente contra mi piel—. Tan desesperada por estar llena de polla. Mírate. Es precioso cómo tu cuerpo se rinde al mío, cómo traga mi polla tan ávidamente cada vez.
Gimo cuando retuerce el consolador dentro de mí al tiempo que se hunde más profundo en mi culo. El estiramiento arde de la forma más deliciosa.
—Si te portas bien —continúa Knox con voz áspera de deseo—, puede que de vez en cuando te deje divertirte con otras pollas. Porque quiero que estés satisfecha el resto de tu vida. Quiero verte siendo llenada, deshaciéndote así.
A pesar de la neblina de placer que nubla mis pensamientos, sus palabras penetran mi conciencia. Giro la cabeza para buscar sus ojos.
—Solo te quiero a ti —jadeo mientras golpea un punto particularmente sensible—. Eres todo lo que necesito.
Sus labios se curvan en esa sonrisa peligrosa que he llegado a anhelar.
—Puede ser —dice Knox, acompañando sus palabras con una embestida particularmente profunda—. Pero no tiene nada de malo que sepas que está bien si quieres divertirte un poco más de vez en cuando.
Su mano libre se desliza para rodear mi clítoris y mis piernas empiezan a temblar.
—Me gusta ver a mi chica llena de polla, recibiéndola duro y profundo, disfrutando de los mejores orgasmos de su vida.
La imagen que crean sus palabras —él observándome, controlando el placer— me recorre con otra oleada de calor. Me contraigo alrededor de ambas intrusiones, sintiendo cómo se acumula otro clímax.
Mi lado sumiso se derrite, reemplazado por un instinto más salvaje y oscuro.
—¿Te gusta eso? —ronroneo, echándome hacia atrás para recibirlo más profundo—. ¿Te gusta ver a tu putita llenándose con la polla de otro?
El ritmo de Knox vacila y su agarre en mi pelo se tensa.
—Me encanta cuando llenas mis dos agujeros —continúo con la voz rezumando necesidad—. Me hace sentir como la puta sucia que soy para ti.
Knox gime y sus embestidas se vuelven menos controladas. Siento cómo se desvanece su contención.
—Dios, tu polla se siente tan jodidamente enorme en mi culo —gimo, moviendo las caderas—. Nadie ha follado mi culo como tú. Nadie me ha puesto tan mojada, tan desesperada por ser usada.
—Joder, Bianca —gruñe Knox con voz tensa. Lo siento hincharse dentro de mí, cada vez más cerca.
—Quiero sentirte correrte profundo en mi culo —jadeo mientras retuerce el consolador de nuevo—. Quiero ser tu depósito de semen. Tu zorra de cría personal. Lléname, Knox.
Su respiración se vuelve irregular; sus movimientos, erráticos. Lo he llevado al límite.
—Sé una buena chica y córrete para mí primero —exige con voz espesa de necesidad—. Córrete con ese consolador ahora mismo mientras aro tu culito apretado.
La orden, junto con la presión perfecta del borde del escritorio contra mi clítoris y la plenitud que me estira, me hace caer en picado. Mis paredes internas se aprietan alrededor de su polla y el consolador.
—Así es —alaba entre dientes apretados—. Recibiéndolo tan jodidamente bien.
Lo siento hincharse aún más antes de embestir profundo y quedarse pegado contra mí.
—Me encanta preñar este culo perfecto —gime, acompañando cada pulso de su descarga con una ligera embestida—. Me encanta llenarte de semen, princesa.
Sigue maldiciendo, alabando, reclamándome mientras se vacía dentro de mí, con un agarre que deja marcas en mis caderas.
Knox se retira cuidadosamente de mí y el vacío repentino me hace gemir.
—No te preocupes, princesa. No te voy a dejar vacía —murmura mientras busca en el cajón de su escritorio.
Abro los ojos de par en par cuando saca un elegante plug anal azul con joya, aunque este es más grande que el último.
—¿Planeaste esto?
—Planeo todo cuando se trata de ti.
Su sonrisa es perversa mientras aplica lubricante al juguete.
—Quiero que mi semen se quede dentro de ti. Quiero que me sientas con cada paso que des hoy.
La idea de llevar parte de él dentro de mí me recorre con una oleada de calor. Arqueo la espalda, ofreciéndome a él.
—Tan jodidamente perfecta —susurra mientras presiona el plug contra mi abertura sensible. La presión aumenta hasta que se desliza dentro de mi culo. Una vez colocado, la base enjoyada descansa perfectamente entre mis nalgas.
Knox me ayuda a levantarme sobre mis piernas temblorosas y me gira hacia él. Su expresión pasa de lujuriosa a vulnerable. La transformación me deja sin aliento.
Me toma el rostro con suavidad y me acaricia los pómulos con los pulgares. —¿Sabes lo que hay entre nosotros, verdad?
Asiento, incapaz de hablar por el nudo que se me ha formado en la garganta.
—Nunca lo había dicho antes —continúa, con la voz ronca de emoción—. No me creía capaz hasta que llegaste tú. Pero Bianca, te quiero. Joder, te quiero tanto que me aterra.
El tiempo se detiene. El mundo se reduce a sus ojos, esos ojos preciosos ahora despojados de todas sus defensas.
—Yo también te quiero —susurro, y las palabras brotan con facilidad. Llevan semanas dentro de mí, esperando este momento—. Muchísimo, Knox.
Sus labios se estrellan contra los míos, pero no hay nada desesperado ni exigente en este beso. Es un beso que me atesora. Le rodeo el cuello con los brazos mientras me atrae hacia él, y siento su corazón latir con fuerza contra mi pecho.
Cuando por fin nos separamos, veo lágrimas que brillan en sus ojos. Knox Blackwood —el peligroso, el indomable Knox— está llorando por mí. Por mi culpa.
—Me has arruinado —murmura contra mis labios—. De la mejor manera posible.
Vuelvo a besarlo, saboreando la ternura de este momento. Qué surrealista estar aquí, con el cuerpo vibrando por sus caricias, el corazón desbordado de amor por Knox Blackwood.
Este hombre al que había despreciado. A quien juré que jamás me entregaría.
Hace apenas unos meses, le crucé la cara en la galería de Elliot cuando me tocó sin permiso. Rechacé sus llamadas, borré sus mensajes y me convencí de que solo traería problemas, decidida a resistir su atracción, segura de ser lo bastante fuerte para negar la electricidad entre nosotros.
Luego llegó la Cacería de Hollow. Ese sobre negro con ribete rojo que lo cambió todo.
Recuerdo aquel laberinto, el corazón desbocado mientras escuchaba el cuerno que anunciaba la salida de los cazadores. Lo aterrorizada que estaba cuando Knox me encontró. Cómo luché contra él.
Me cazó. Me hizo suplicar. Me obligó a reconocer deseos que jamás me había admitido. Y de algún modo, al rendirme, encontré la libertad.
De presa a compañera. De resistencia a amor.
Me aparto y busco su mirada. —Si alguien me hubiera dicho cuando te conocí que acabaría aquí, amándote, viviendo contigo, dejándote... —bajo la vista hacia donde el plug sigue dentro de mí— ...follarme de todas las formas imaginables, habría pensado que estaba loco.
La ironía no se me escapa. Cómo me he entregado por completo al mismo hombre al que estaba decidida a resistir. Cómo me he rendido voluntariamente a su dominación mientras descubría mi propio poder.
—Y sin embargo —susurro contra sus labios—, no me imagino en ningún otro lugar.