Condenado (Hermanos Blackwood) BIANCA
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BIANCA

El corazón me martillea en el pecho mientras nos escabullimos por la entrada de servicio. El aire fresco de la noche me golpea la cara como un soplo de libertad, pero dura poco.

—¡Al suelo! —grita Knox, y me arrastra hacia abajo mientras un foco barre la zona.

Nos arrastramos detrás de una hilera de setos; el vestido se me engancha en las ramas. Knox no me suelta la mano. El golpeteo pesado de unas botas se acerca desde la esquina.

—Ya casi estamos —susurra Landon, señalando una verja apenas visible en la oscuridad—. Vane nos espera con el coche justo al otro lado...

—¡Ostanovites! —Un grito rasga la noche—. ¡Alto o disparo!

Tres guardias emergen de las sombras con las armas en alto. Uno habla atropelladamente en ruso por la radio. Se me hiela la sangre cuando los haces de las linternas nos localizan, clavándonos como insectos. Knox me empuja detrás de él, pero estamos rodeados.

—Bajen las armas —ordena el guardia más alto en un inglés con fuerte acento.

Knox y Landon cruzan una mirada. La tensión crepita como electricidad. Cuatro guardias más aparecen por el otro lado. Estamos atrapados.

—Eso no va a pasar —dice Knox con calma.

Todo sucede a la vez. Landon se abalanza sobre el guardia más cercano mientras Knox derriba a otro. El tercero apunta a la espalda de Knox.

No pienso, reacciono. Agarro una pesada estatua de jardín y la lanzo con todas mis fuerzas. Le da en la cabeza al guardia con un crujido nauseabundo. El arma cae al suelo junto con su cuerpo. La aparto de una patada por si recupera el conocimiento.

—¡Bianca, al suelo! —grita Knox.

Me tiro al suelo mientras una bala me silba sobre la cabeza.

La adrenalina me inunda el cuerpo; todo se mueve con una claridad vívida.

Me arrastro hacia el arma caída y cierro los dedos en torno al metal frío.

Nunca había empuñado una, pero la apunto hacia un guardia que se acerca, con las manos temblorosas pero decididas.

—Atrás —advierto, sorprendida de lo firme que me sale la voz.

Knox despacha a su oponente con brutal eficiencia y se gira para ayudarme.

—Sujétala así —me corrige el agarre, con la voz tensa pero orgullosa—. Esa es mi chica.

Un guardia carga hacia nosotros. Sin dudarlo, Knox me baja el arma.

—Todavía no. Por aquí.

Me agarra de la mano y echamos a correr hacia la verja, esquivando balas que rebotan en la valla metálica a nuestro lado.

Vane y Xavier ya nos llevan ventaja, corriendo hacia un SUV negro con los cristales tintados.

—¡Muévete! —Knox me empuja hacia delante con la mano firme en la parte baja de mi espalda—. ¡Tenemos que alcanzarlos!

Cruzamos el césped cuidado; los pies descalzos se me hunden en la hierba húmeda. Un aullido penetrante rasga la noche: las alarmas suenan desde cada rincón de la propiedad. Las luces rojas parpadean e iluminan los jardines con un resplandor intermitente y espeluznante.

—Han activado el sistema de seguridad —jadea Landon a nuestro lado—. Tenemos quizá dos minutos antes de que...

El estallido de los disparos lo interrumpe. Las balas desgarran el suelo a nuestros pies y levantan tierra y hierba.

—¡Al suelo! —Knox me empuja detrás de una fuente de piedra. El agua nos salpica mientras las balas destrozan el querubín de piedra que corona la fuente.

Más guardias salen de la casa principal, al menos diez, todos armados y aproximándose deprisa. Gritan en ruso; sus voces ásperas compiten con el estruendo de las alarmas.

—Así no lo conseguimos —grita Landon desde detrás de un árbol—. Nos tienen acorralados. ¡O luchamos o a uno de nosotros le meten un tiro!

Los ojos de Knox se encuentran con los míos.

—Quédate agachada —ordena con un tono que no admite réplica.

Antes de que pueda responder, se incorpora en posición ofensiva con el arma extendida. Dos disparos rápidos: el primero alcanza a un guardia en el cuello y la sangre salpica en una fina niebla. El segundo impacta justo entre los ojos del siguiente guardia.

Dos disparos más, dos cuerpos más caen. Knox se mueve con precisión aterradora; cada bala encuentra su objetivo con brutal eficiencia.

Debería estar horrorizada, preguntándome qué clase de hombre puede arrebatar vidas con semejante frialdad.

Es como si le corriera hielo por las venas.

Todo su comportamiento ha cambiado. Su monstruo se ha liberado, y no ha venido a perder.

Se me contrae el estómago de excitación. Me está protegiendo. Salvándome. Cada disparo alcanza su objetivo sin esfuerzo y garantiza que siga con vida.

—Joder, Knox —murmura Landon, casi con admiración.

Knox no responde, completamente concentrado en eliminar la amenaza que se interpone entre nosotros y la libertad. Su cuerpo es una estatua de poder: inquebrantable, con la mirada aguda mientras rastrea el movimiento, anticipando dónde aparecerán los guardias antes de que lo hagan.

—¡Deja de quedarte embobado y ayúdame, Landon! —espeta Knox sin apartar la vista de los guardias que se acercan.

Landon reacciona y se coloca en posición.

Sus movimientos son distintos a los de Knox: más cautelosos, menos instintivos, pero igual de letales.

Donde los disparos de Knox son rápidos y agresivos, los de Landon son pacientes y precisos.

Espera el momento perfecto antes de apretar el gatillo, y observo con horrorizada fascinación cómo tres guardias más caen en rápida sucesión.

Me pego contra la piedra fría de la fuente, intentando hacerme lo más pequeña posible. El agua me cae por la espalda y empapa la tela de la sudadera de Knox. Me aferro a los bordes ásperos hasta que me duelen los dedos.

De repente, los disparos cesan. Los guardias parecen estar reagrupándose.

—¡Ahora! —grita Knox agarrándome de la mano—. Es el momento. ¡Corre!

Cruzamos el tramo de césped que queda mientras Landon nos cubre las espaldas.

Me arden los pulmones y los pies descalzos me escuecen contra el camino de grava.

El SUV espera al ralentí junto a la verja, con Vane al volante y el motor rugiendo impaciente.

Xavier observa desde el asiento del copiloto, con expresión inescrutable.

Knox prácticamente me lanza al asiento trasero antes de tirarse detrás de mí. Landon salta el último y cierra la puerta de un portazo mientras Vane pisa a fondo. El SUV sale disparado con un rugido.

—Gracias por la ayuda, X. Y a ti también, Vane —dice Knox con sarcasmo mientras me atrae hacia él en gesto protector—. De verdad que agradecí el apoyo.

—Alguien tenía que estar listo para salir pitando —arrastra las palabras Vane mientras gira bruscamente hacia la carretera principal—. Además, parecía que lo tenías controlado.

Las balas repiquetean contra la parte trasera del vehículo; el sonido metálico me hace estremecer.

—Blindado —comenta Xavier sin darse la vuelta—. Aunque te agradecería que cerraras la puerta trasera la próxima vez antes de provocar un tiroteo.

—¿La próxima vez? —jadeo, con la voz más aguda de lo normal.

—Es solo una expresión —murmura Knox contra mi pelo, estrechándome entre sus brazos—. No habrá una próxima vez. No pienso volver a perderte de vista.

El todoterreno acelera por la carretera oscura, dejando atrás la finca y a sus guardias.