Condenado (Hermanos Blackwood) BIANCA
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BIANCA

Clavo la mirada en el techo ornamentado, recorriendo los patrones de pan de oro por lo que debe de ser la centésima vez.

Al menos no me han metido en un sótano inmundo.

Esta habitación, con su cama con dosel, sábanas de seda y muebles antiguos, podría estar en un hotel de cinco estrellas si no fuera por la puerta cerrada con llave y los guardias de fuera.

Menos da una piedra, supongo. Me duelen las muñecas por las esposas que me pusieron durante el traslado, pero ya me las han quitado. Que te secuestre la mafia rusa tiene sus comodidades inesperadas.

La cerradura chasquea y me incorporo de golpe cuando la puerta se abre. Ilya Orlov entra con paso firme, con su traje caro perfectamente entallado y el reloj de platino que capta la luz. Sus ojos azul hielo me recorren como si fuera mercancía.

—Señorita Hayes. ¿Cómoda? —su acento se enrosca en cada sílaba—. Eso espero. Puede que esté aquí bastante tiempo.

—¿Qué quieres? —mantengo la voz firme a pesar del miedo que me revuelve el estómago.

Se acerca a la ventana, mira hacia fuera y se vuelve hacia mí con una sonrisa cruel.

—Interesante. Todavía ni una palabra de tu Knox. Ni un solo intento de contacto —consulta su reloj con teatralidad—. Han pasado casi cinco horas.

Las palabras dan en el blanco, y tengo que reconocer que no hay nada como que te abofetee la realidad mientras el reloj de un imbécil marca las horas. ¿Cinco horas? Se me cierra la garganta.

—Quizás no le importas tanto como pensabas —la voz de Orlov rezuma falsa compasión—. O tal vez simplemente está calculando si mereces la molestia.

—Mientes —las palabras se me escapan antes de poder contenerlas—. Knox vendrá.

Orlov suelta una carcajada fría y hueca.

—Tanta fe. Qué conmovedor —se acerca más y resisto el impulso de retroceder—. Te observé, ¿sabes? Durante la Cacería.

Se me hiela la sangre.

—Eso es imposible.

—Nada es imposible con dinero, señorita Hayes —sus ojos me recorren—. Menuda actuación. No sabía que una mujer pudiera meterse tantas pollas a la vez —chasquea la lengua—. Toda una zorra para Blackwood y sus amigos.

El calor me sube al rostro, no de vergüenza, sino de pura rabia. Los momentos privados que Knox y yo compartimos, la vulnerabilidad que le mostré, reducidos al entretenimiento vulgar de este hombre.

—Pedazo de⁠—

—Cuidado —advierte mientras su sonrisa se desvanece—.

Tu valor como moneda de cambio tiene un límite.

Y debo decir —continúa Orlov, yendo a servirse una copa del aparador— que tu sorpresita con las cintas de hoy ha sido bastante creativa.

Aunque prefiero cómo te veías tendida sobre la encimera de la cocina de Knox el otro día.

Se me cae el alma a los pies. Knox había llegado temprano a casa, me encontró preparando la cena y...

—¿Cómo⁠—

—¿O quizás en la ducha? Cómo gritas su nombre cuando te toma por detrás —imita mi voz en una burla aguda—. «Knox, por favor, más fuerte».

Caigo en la cuenta como si me echaran un cubo de agua helada.

—Nos has estado observando.

—Por supuesto —hace girar la copa con indiferencia—. El ático tiene un excelente... sistema de seguridad. Aunque añadí algunos elementos propios —su sonrisa se ensancha—. El ángulo de la cámara en el baño principal te favorece especialmente.

Me tiemblan las manos, no de miedo sino de una rabia inconmensurable. La idea de que este hombre, este desconocido, observara nuestros momentos más íntimos, escuchara mis sonidos más vulnerables, me viera de formas que solo Knox debería...

—Maldito enfermo —mi voz suena inquietantemente serena. Que me secuestraran era una cosa; me había preparado para esa posibilidad en cuanto supe lo que Knox es en realidad. Pero esta violación se me mete bajo la piel y me hace sentir expuesta, sucia.

El rostro de Orlov se ensombrece ante mi insulto. Cruza la habitación en lo que parecen dos zancadas y me agarra la barbilla, clavándome los dedos en la piel.

—Cuánto fuego —sisea, con su aliento caliente en mi cara—. Pero dejemos claro lo que eres, señorita Hayes —aprieta el agarre—. No eres más que una putita sucia que se moja con la polla de un playboy patético.

Intento apartar la cara de un tirón, pero su agarre es de hierro.

—Abres las piernas para él como la patética zorra que eres —sus ojos taladran los míos, llenos de desprecio—. Te observé. Suplicándole, pidiendo más a gritos como una perra en celo.

Las lágrimas me escuecen en los ojos, no de tristeza sino de furia y humillación. Los actos íntimos que está describiendo, momentos que habían parecido sagrados entre Knox y yo, reducidos a inmundicia en boca de este hombre.

—Y procrear con un hombre como Knox es un desperdicio —finalmente me suelta la cara con un empujón de asco—. ¿Un hijo con sangre Blackwood? Menuda tragedia sería —se ajusta la chaqueta y recupera la compostura.

Me arde la mejilla donde se me clavaron sus dedos, pero el dolor no es nada comparado con la violación que siento. Cada momento con Knox, cada caricia, cada palabra susurrada... este hombre lo ha manchado todo, lo ha convertido en algo sucio.

Trago saliva con dificultad, negándome a dejarle ver lo hondo que calan sus palabras. La idea de que nos observara, nos grabara, me revuelve el estómago.

—Cállate —me pongo de pie con los puños apretados, sin importarme ya las consecuencias—. Puedes secuestrarme, encerrarme, amenazarme, pero ¿nos observaste? ¿En nuestro hogar? Esos momentos no te pertenecían.

Las cejas de Orlov se alzan ligeramente, sorprendido por mi arrebato.

—Cuando Knox se entere —doy un paso hacia él, temblando de furia—, y se enterará, de lo que has visto, de lo que nos has robado... ¿Crees que simplemente te matará? No. Solo la muerte sería una misericordia.

Orlov echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada que rebota en las paredes de mi prisión dorada. Su diversión solo alimenta mi rabia.

—Qué pasión, señorita Hayes. Qué convicción —se dirige hacia la puerta mientras se ajusta los puños con aire despreocupado—.

Póngase cómoda. Le sugiero que busque cómo entretenerse —hace una pausa con la mano en el pomo y mira por encima del hombro—.

Al fin y al cabo, dudo que Knox venga a buscarla.

—Se equivoca.

—¿De verdad? —su sonrisa se vuelve cruel—. Los hombres como Knox Blackwood no lo arriesgan todo por una mujer. Fuiste entretenida, un juguete, una distracción, algo bonito para follar —se encoge de hombros—. Pero ¿morir por ti? ¿Empezar una guerra? No lo creo.

La puerta se cierra tras él con un chasquido rotundo, y vuelvo a quedarme sola con mis pensamientos, pensamientos que ahora susurran dudas donde antes habitaba la certeza.

¿Vendrá Knox a buscarme? Después de solo un mes juntos, ¿merezco que se arriesgue? ¿Que se exponga al peligro?

Recorro la habitación buscando cualquier cosa que pueda servirme. Los muebles son pesados, recargados, nada que pueda romper con facilidad. En el baño solo hay toallas suaves y jabones elegantes. Han sido meticulosos.

Mi mirada se detiene en el bolígrafo junto a la mesita de noche: elegante, caro, metálico. La voz de Knox resuena en mi mente, de una noche de hace dos semanas, nuestros cuerpos enredados entre las sábanas, sus dedos dibujando formas sobre mi piel desnuda.

—Justo aquí —había susurrado, presionando con suavidad bajo mi oreja—. Golpea a alguien aquí con la fuerza suficiente, con un bolígrafo, un lápiz, hasta con un palillo, y caerá en el acto.

Me había estremecido al oírlo, extrañamente excitada por la naturalidad con que describía la violencia.

—¿Dónde aprendiste eso?

Sus labios se habían curvado en aquella sonrisa peligrosa.

—No quieres saberlo, preciosa. Pero podría matar a un hombre de quince maneras distintas solo con lo que hay en tu mesita de noche.

Lo que entonces había sido una charla de cama inquietantemente excitante podría salvarme la vida ahora.

Agarro el bolígrafo y sopeso su peso y firmeza en la palma. También hay un pisapapeles de cristal macizo, y la lámpara tiene un cable que podría usar. Objetos cotidianos convertidos en armas gracias a un conocimiento que nunca pensé que necesitaría.

Miro el bolígrafo en mi mano; de pronto su peso cobra importancia. ¿Qué estoy haciendo? ¿Esperando como una damisela en su torre a que Knox venga a rescatarme? Esa no soy yo.

Me he pasado la vida entera cuidando de mí misma. Antes de Knox, antes de la Cacería, era Bianca Hayes, una artista independiente que levantó su carrera de la nada. No llegué hasta aquí esperando que otros me resolvieran los problemas.

—A la mierda con esto —murmuro, apretando el bolígrafo—. Y a la mierda con esperar a Knox.

Voy al baño y estudio mi reflejo en el espejo. La mujer que me devuelve la mirada no es ninguna víctima. Tiene los ojos duros, decididos. Me meto el bolígrafo en la manga y noto el metal frío contra la piel.

Necesito algo más que un arma improvisada. Necesito un plan. Los guardias cambian de turno; los he oído fuera de mi puerta. Hay un patrón en sus movimientos, en los sonidos de la casa. Un ritmo que puedo aprovechar.

La próxima vez que traigan la comida será mi oportunidad. Abrirán la puerta y se expondrán un instante. He notado que el guardia más joven se distrae con facilidad, baja la guardia. Él será mi objetivo.

Pruebo el bolígrafo contra la palma, calculando exactamente cuánta fuerza tendré que aplicar en ese punto bajo la oreja. Ensayo el movimiento mentalmente: rápido, certero, despiadado.

Mi relación con Knox me ha mostrado destellos de un mundo donde la violencia es moneda corriente. He absorbido más de lo que creía. Lo que aprendí entre susurros en la cama me será útil.

Si Knox viene, perfecto. Si no, también. De un modo u otro, saldré de aquí por mis propios medios.

Vuelvo al dormitorio y empiezo a reorganizar el espacio. Coloco obstáculos cerca de la puerta que los obligarán a pisar justo donde los necesito. Practico mis movimientos, calculo ángulos y ritmos hasta perfeccionar la técnica.

De un modo u otro, saldré de aquí.