BIANCA
Un estruendo ensordecedor me despierta de golpe. Abro los ojos, desorientada en la penumbra. Varias mujeres yacen dormidas cerca de mí sobre cojines mullidos y mantas, nuestros cuerpos exhaustos esparcidos como muñecas abandonadas tras las festividades de la Cacería.
Otro sonido —un gruñido de dolor— atrae mi atención hacia la izquierda. Se me sube el corazón a la garganta.
Xavier tiene a Knox inmovilizado en el suelo, con el antebrazo presionado contra la garganta de mi cazador.
El rostro de Knox se está poniendo de un rojo alarmante mientras forcejea bajo el peso de su hermano.
La expresión de Xavier es aterradora: la rabia le desfigura el rostro mientras presiona con más fuerza.
—Xavier —la voz de Mira corta la tensión, sorprendentemente serena y autoritaria.
Xavier se queda paralizado y gira ligeramente la cabeza hacia ella. Entre ellos pasa una comunicación tácita que no logro descifrar en mi estado de agotamiento. Sea lo que sea que ella transmite con esa única palabra, hace que Xavier afloje el agarre. Suelta a Knox y respira con dificultad.
Tengo los músculos como de plomo, doloridos tras horas de esfuerzo. A pesar de mi preocupación por Knox, no consigo reunir fuerzas para ponerme de pie. Lo único que puedo hacer es observar.
Knox se incorpora y se frota la garganta. Su mirada encuentra la mía al otro lado de la habitación, y cuando ve mi expresión, su rostro se suaviza. Me sonríe —un gesto tranquilizador que hace que una calidez se extienda por mi pecho.
Se pone de pie y viene hacia mí, dejando a Xavier y Mira en su enfrentamiento silencioso. Sin decir palabra, Knox se agacha y me levanta en brazos. Me siento ingrávida contra su pecho.
—Estoy bien —susurra contra mi cabello—. Deberías dormir.
Me acurruco en su calidez; mi cabeza encuentra el hueco perfecto entre su hombro y su cuello.
—¿Me abrazas? —la petición se me escapa antes de poder contenerla, con la voz pequeña y necesitada.
—Siempre —responde Knox sin vacilar. Me lleva a un sofá cercano y se acomoda en los cojines conmigo acunada en su regazo.
Me derrito contra él y encuentro consuelo en el latido constante de su corazón bajo mi oreja.
El sueño me rehúye incluso mientras me acomodo contra su pecho.
Mi mente se dispara con imágenes de la noche: la Cacería, las caricias posesivas de Knox, las cosas que hice y que nunca pensé que haría.
Cosas que disfruté mucho más de lo que debería.
—¿No puedes dormir? —la voz de Knox resuena en su pecho contra mi oreja.
—No —me muevo ligeramente para mirarlo. Su máscara azul está torcida y deja ver más de su rostro de lo que debería. Esos ojos —fieros y tiernos a la vez— se encuentran con los míos—. ¿Qué pasa ahora?
Traza un dedo a lo largo de mi clavícula y me provoca pequeños escalofríos en la piel.
—Ahora descansamos. La Cacería ha terminado, pero el banquete está por venir.
—¿El banquete? —frunzo el ceño—. ¿Qué es eso?
La boca de Knox se curva en esa sonrisa diabólica que me revuelve el estómago.
—El sueño de todo exhibicionista, princesa —su voz baja, solo para mí—. Imagina esto: un gran comedor con una mesa de cristal. Cada presa se sienta sobre la polla de su cazador durante toda la comida.
Se me corta la respiración.
—¿Durante la cena? ¿Con... gente mirando?
—No cualquier gente: la élite de Ravenwood Hollow. Los individuos más poderosos de la ciudad, que observan la conclusión de la Cacería —sus dedos suben por mi cuello hasta acunar mi mejilla—. La máxima exhibición de posesión.
La idea debería horrorizarme, pero el calor se acumula en mi vientre y responde traidoramente a la imagen que pinta.
—Nunca he—
—Lo sé —Knox me presiona los labios contra la sien—.
Eso es lo que lo hace hermoso. Cada primera vez que me das es un regalo —su brazo se aprieta alrededor de mi cintura—.
Estarás sentada en mi regazo y me sentirás dentro de ti mientras comemos.
Todos sabrán que eres mía —me muerde los labios—.
Puede que incluso follando, porque muchas veces es difícil no follar.
Te haré cabalgarme y les daré a esos cabrones un verdadero espectáculo.
Debería protestar. Debería estar escandalizada. Me sorprendo a mí misma al preguntar solo:
—¿Podrán... podrán tocarme? —por mucho que disfruté cuando me compartieron, la idea de estar disponible para todos me revuelve el estómago.
Los dedos de Knox me recorren la mandíbula y me inclinan el rostro hacia arriba para encontrar su mirada. La intensidad de sus ojos me corta la respiración.
—No. Nadie te tocará nunca sin mi permiso y tu consentimiento. Puedes con el banquete —dice, con la voz más suave que le he oído jamás—. Después de esta noche, ¿de verdad dudas de ti misma? Eres la mujer más increíble que he conocido.
La sinceridad de su tono me pilla desprevenida. Esto no es su coqueteo arrogante ni sus bromas de siempre.
—Entonces no conoces a muchas mujeres —susurro.
—Conozco a suficientes —su pulgar me roza el labio inferior—. Ninguna de ellas eres tú.
Antes de que pueda responder, su boca está sobre la mía. Este beso es diferente de los otros que hemos compartido esta noche: menos exigente, más interrogante. Sus labios se mueven contra los míos con una suavidad que me hace doler el pecho.
Me derrito en él y mis dedos se enredan en su cabello para acercarlo más. El beso se profundiza y se transforma en algo hambriento y desesperado. Sus brazos se aprietan a mi alrededor y me aplastan contra su pecho como si temiera que pudiera desaparecer.
Mi cuerpo responde instantáneamente a su contacto, ya condicionado para anhelarlo. Me muevo en su regazo, me aprieto más contra él, necesito más contacto, más fricción, más de él. Sus manos se deslizan por mi espalda para agarrarme las caderas y guiar mis movimientos contra él.
—Knox —jadeo contra su boca, sorprendida por mi propia desesperación.
Se aparta lo suficiente para mirarme, sus pupilas dilatadas por el deseo.
—Dime qué quieres.
—A ti —susurro—. Te quiero a ti, Knox.
Sus ojos se oscurecen ante mi confesión.
—Dilo otra vez —murmura.
—Te quiero —mi voz se vuelve más fuerte, más segura—. No solo... esto —hago un gesto vago hacia nuestro entorno, hacia la decadencia que nos rodea—. A ti.
A Knox se le corta la respiración. Sin decir palabra, me levanta en brazos y me aleja de la sala principal, por un pasillo que no había notado antes. Entramos en una cámara más pequeña y privada con una cama cubierta de seda azul medianoche.
Me deposita con suavidad en el borde de la cama y se arrodilla ante mí. Le tiemblan ligeramente las manos mientras me quita la máscara, luego la suya, y las deja caer al suelo.
—Mírame —dice en voz baja—. Necesito que me mires cuando te haga el amor.
Hacer el amor. No follar. No poseer. La distinción no me pasa desapercibida.
Cuando sus labios se encuentran con los míos, es diferente a todos los besos que hemos compartido antes. Lento, deliberado, saboreándome.
Lo atraigo hacia la cama, nuestros cuerpos alineándose a la perfección mientras nos hundimos en la seda. No hay prisa, solo nosotros dos, descubriéndonos en este santuario de quietud.
Con manos reverentes, encuentra lugares que me arrancan jadeos mientras me arqueo contra él. Mis dedos memorizan los contornos de su pecho y sus hombros, compensando con el tacto la escasa visibilidad.
Cuando por fin entra en mí, la conexión es como volver a casa. Me aferro a él, con las frentes unidas, respirando el mismo aire. Cada movimiento entre nosotros es una conversación, un intercambio de verdades demasiado profundas para expresarlas con palabras.
—Bianca —susurra contra mis labios, mi nombre convertido en plegaria en sus labios.
Knox está pegado a mí, su peso es un ancla deliciosa. Sus manos están en todas partes a la vez: recorriendo la curva de mi cintura, acariciando mi pecho, enredándose en mi pelo. Cada caricia enciende chispas bajo mi piel.
—Eres jodidamente hermosa —susurra, con el aliento caliente contra mi cuello—. Cómo respondes a mis caricias, como si hubieras sido hecha para mí.
La urgencia frenética de antes ha desaparecido. Esto es pura adoración.
—Knox —jadeo, clavándole las uñas en los hombros.
Su boca busca la mía y se traga mis gemidos.
—Eso es, princesa. Di mi nombre como si fuera la única palabra que recuerdas.
La ternura en sus ojos contrasta con su sonrisa traviesa. Sigue siendo Knox, el hombre arrogante y burlón que me persiguió sin tregua, pero ahora no tiene defensas.
—Eres perfecta —murmura—. Cada centímetro de ti. Tu sabor, cómo te sientes a mi alrededor.
Mueve las caderas y alcanza un punto que me hace gritar.
—Los pequeños sonidos que haces cuando estoy muy dentro de ti.
Le rodeo la cintura con las piernas, atrayéndolo más cerca, más adentro. El placer crece lentamente, inexorablemente, como las olas que se retiran de la orilla antes de un tsunami, acumulando fuerza para la intensidad de lo que está por venir.
—Eso es, cariño —me anima, con la voz ronca de deseo—. Toma lo que necesites de mí.
Sus dedos buscan el punto donde estamos unidos, trazando círculos con la presión justa para mantenerme en el filo entre el placer y el dolor, con el clítoris hipersensible después de tantas horas de atención devota. Tiemblo bajo él, suspendida al borde de algo monumental.
—Eres una jodida obra maestra —dice Knox contra mi piel, sin aliento—. Tu cuerpo, tu mente, tu espíritu feroz. Todo en ti me atrae como a un hombre hambriento ante un festín.
Me besa profundamente, nuestras lenguas enredándose mientras nuestros cuerpos se mueven juntos en perfecta sincronía. Me consume por completo, y sin embargo me siento más yo misma que nunca.
El placer crece en mi interior como una tormenta que se forma, cada terminación nerviosa vibrando. El ritmo de Knox es perfecto: deliberado y profundo, cada embestida acercándome más al abismo.
—Estás cerca, ¿verdad? —susurra Knox con voz ronca contra mi oído—. Te siento apretarte a mi alrededor, como si tu coño me suplicara que no pare.
Solo puedo gemir en respuesta, con los dedos clavados en sus hombros.
—Qué buena chica —continúa, y sus palabras me provocan escalofríos por toda la columna—. Recibiéndome tan perfectamente. Supe que te sentirías así de bien desde el momento en que te vi: puro fuego y talento envueltos en un cuerpo hecho para el pecado.
Sus labios trazan un camino por mi cuello, los dientes rozando donde late mi pulso.
—Voy a hacer que te corras con mi polla dentro, princesa. Quiero sentir cómo te deshaces mientras estoy enterrado en lo más profundo de ti.
Tiemblo, suspendida justo al borde del precipicio. Knox se mueve ligeramente, cambia el ángulo, y veo estrellas tras los párpados.
—Eso es —gruñe, con la frente pegada a la mía—. Mírame mientras te corres. Quiero ver esos ojos preciosos cuando te deshagas.
Abro los ojos con esfuerzo y lo encuentro observándome con intensidad. La vulnerabilidad que hay detrás de su deseo me pilla desprevenida y me empuja al vacío. El placer me inunda en oleadas poderosas y arrolladoras.
—Joder, qué hermosa eres —murmura Knox, y su sonrisa arrogante se suaviza—. Como una jodida pintura renacentista: arte deshaciéndose para mí.
Su ritmo se acelera ligeramente.
—Mi Bianca. Mi obra maestra.
Mi nombre en sus labios suena a revelación. Al instante siguiente, mi coño se contrae alrededor de su polla y me arrastra a una espiral vertiginosa de placer. Me besa profundamente, tragándose mis gritos.
—Podría verte correrte para mí eternamente —dice contra mis labios, su arrogancia habitual teñida de asombro—. Nunca me cansaré de saber que soy yo quien te hace sentir así de bien.
Me aferro a Knox mientras me sigue al abismo. Un gemido profundo y gutural se le escapa, y saber que le doy tanto placer como él a mí hace que se me encoja el corazón. Por una vez, no hay actuación. Solo Knox, despojado de su arrogancia y sus máscaras, deshaciéndose en mis brazos.
Pega su frente a la mía, nuestros alientos mezclándose mientras ambos temblamos con las réplicas del placer. Nunca me había sentido tan comprendida por otra persona.
—Nos quedaremos aquí juntos hasta el festín —susurra, rozándome los labios con los suyos. No suena a orden, sino a súplica.
Asiento, incapaz de articular palabra. Knox se gira de costado y me atrae hacia su pecho. Su corazón late con fuerza bajo mi oído, ralentizándose poco a poco hasta alcanzar un ritmo constante. Sus dedos trazan dibujos perezosos sobre mi piel desnuda.
—¿En qué piensas? —pregunta Knox.
Dudo, sin saber cómo expresar la tormenta de emociones que me invade.
—En todo. En nada. No lo sé.
Se ríe entre dientes, y la risa le vibra en el pecho. —Artista críptica —bromea.
Mientras la respiración de Knox se vuelve más profunda y se deja llevar por el sueño, permanezco despierta, viendo cómo las sombras danzan en el techo.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Cuando nos conocimos, le di una bofetada a este hombre por tocarme la cara sin permiso.
Despreciaba su arrogancia, su prepotencia, y la forma en que pasaba por encima de mis límites.
Sin embargo, ahora, acunada en sus brazos, ya no recuerdo por qué luché tanto contra la atracción entre nosotros.
El Knox que creía conocer —el playboy superficial y engreído— es solo una faceta de un hombre mucho más complejo de lo que imaginaba.
Cuando dejó de levantar muros, poco a poco quedó claro que esa imagen no es en absoluto quien él es.
Lo oculta bien, pero apostaría a que, aparte de sus hermanos, soy la única persona que ha visto esta versión de él, quizás en toda su vida.
Dios, ¿qué me está pasando? Vine aquí decidida a resistirme a él, a demostrar que era inmune a sus encantos.
Y en cambio, aquí estoy tumbada, preguntándome si este aleteo en el pecho, esta calidez que se extiende por todo mi cuerpo, es lo que se siente al enamorarse.
De Knox Blackwood, nada menos: el último hombre a quien debería confiarle mi corazón.