Condenado (Hermanos Blackwood) BIANCA #2
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BIANCA #2

Los dedos de Knox se enredan en mi pelo y me obligan a mirarlo. —Mírame a mí —dice con firmeza—. Nada más importa ahora.

Mis rodillas golpean los cojines de terciopelo al hundirme ante Knox, con el corazón martilleándome en las costillas.

Los sonidos de placer que nos rodean se desvanecen hasta convertirse en un murmullo de fondo mientras me concentro completamente en él: en el brillo peligroso de sus ojos, en sus manos abriéndose los pantalones.

Cuando se la saca, no puedo evitar el pequeño jadeo que se me escapa. Es magnífico, intimidante, y ya brilla en la punta. Sin pensar, me inclino hacia delante y saco la lengua para probar la gota salada de humedad.

El gruñido que retumba en el pecho de Knox me envía un escalofrío directo por la columna. —Métetela hasta el fondo —ordena con voz ronca de deseo—. Muéstrame cuánto la quieres.

Separo los labios y me rindo a la necesidad que ha despertado en mí.

Sus manos se enredan en mi pelo mientras se guía más adentro, marcando un ritmo despiadado que me deja sin aliento y me llena los ojos de lágrimas.

Mis dedos se deslizan entre mis propios muslos, buscando alivio de la tensión que se acumula ahí.

La vulnerabilidad de arrodillarme ante él en esta sala llena de extraños debería aterrorizarme. Pero, en cambio, alimenta un fuego que nunca supe que ardía dentro de mí. Me pierdo en el momento, en su sabor, en el puro placer de que me use tan por completo.

De repente, la voz de Knox atraviesa mi trance y llama a alguien cercano.

—¡X! —llama, y su voz resuena por la sala a pesar de estar parcialmente amortiguada por la máscara—. Trae el culo aquí.

Me tenso de inmediato y abro los ojos como platos al darme cuenta de a quién está llamando. Intento echarme hacia atrás, pero Knox me aprieta el pelo con más fuerza.

—¿Qué coño quieres? —exige Xavier con tono cortante, cargado de una advertencia implícita de violencia.

La risa de Knox es oscura mientras sigue embistiéndome la boca sin dejar de hablar, como si para él fuera lo más normal del mundo conversar con su hermano durante una mamada. —Solo pensé que deberías ver los talentos ocultos de esta pequeña artista. Resulta que tiene una garganta de lo más hábil.

—¿Y? —esa única palabra de Xavier destila amenaza.

—Vamos, X —continúa Knox—. Quiero verte follar a tu periodista. Dale un espectáculo a tu hermano.

—Todo el mundo para —ordena Xavier; su voz corta la cacofonía de placer—. Ahora.

La sala queda en un silencio inquietante, los cuerpos se paralizan a medio movimiento. Incluso Knox obedece y sale de mi garganta tan de repente que jadeo, desesperada por oxígeno. El pecho me sube y baja mientras trago aire, la mente me da vueltas por el cambio tan brusco.

Los ojos de Xavier brillan peligrosamente tras su máscara mientras atrae a Mira hacia él.

—Mi ángel quiere daros un espectáculo a todos —anuncia, y su voz reverbera por la sala silenciosa—. Quiere que veáis exactamente a quién pertenece.

Sus dedos trabajan en el vestido de seda de Mira, quitándoselo con una lentitud torturadora hasta que queda desnuda ante todos. Incluso en mi estado aturdido, no puedo evitar admirar la confianza de su postura, cómo mantiene la cabeza alta a pesar de su vulnerabilidad.

De repente, las manos de Knox se deslizan bajo mis brazos y me levantan sin esfuerzo. Se sienta en uno de los sofás de terciopelo y me coloca en su regazo, con la espalda contra su pecho. Su polla dura presiona insistente contra mi entrada y me hace retorcerme con renovado deseo.

Tres cazadores que no reconozco rodean a Xavier y Mira; las máscaras les ocultan la identidad, pero no el hambre. No han atrapado a nadie, y la frustración emana de ellos en oleadas palpables.

Los labios de Knox me rozan la oreja, su aliento caliente contra mi piel.

—Mira a esos tres —susurra mientras una mano se desliza entre mis piernas para acariciarme los pliegues ya húmedos—. Están muertos de ganas. Sin presa que reclamar, nada que follar.

Sus dedos me rodean el clítoris con precisión enloquecedora.

—Quizás consigan algo de ti.

Gimo mientras sus palabras me recorren con una nueva oleada de excitación. Sus dedos aumentan la presión y me cuesta mantener la cabeza erguida.

—No, no —me reprende con suavidad mientras me gira el rostro hacia los tres cazadores—. Concéntrate en sus pollas. ¿Ves lo duras que las tienen de tanto mirar?

Su voz baja aún más, rezumando promesas obscenas.

—Dime, Bianca. ¿Tienes ganas de chupar una polla mientras te preño este coñito dulce?

Los dedos de Knox continúan su asalto implacable sobre mi clítoris mientras sigue susurrándome guarradas al oído.

—¿O quizás te gustaría probar algo diferente? ¿Qué tal la polla de otro hombre en este coñito tan apretado mientras te lleno el culo?

Sus dientes me rozan el lóbulo.

—Si lo permito, más le vale no correrse dentro de ti, a menos que quiera perder la polla.

La naturalidad con que amenaza con violencia debería aterrorizarme. El calor me inunda entre las piernas, mi excitación se intensifica ante su declaración posesiva. ¿Qué me está pasando? Nunca supe que esta oscuridad existía dentro de mí.

—Todos los agujeros llenos —continúa Knox; su voz es una promesa oscura—. Uno en el culo, uno en el coño, uno en la boca. ¿Te gustaría eso, Bianca? ¿Estar completamente llena?

Mis ojos vuelven a Cora Pike, la hija del alcalde, que se arquea entre los tres hombres que la poseen por completo. Tiene el rostro transformado por el placer, perdida en sensaciones que apenas puedo imaginar.

—Sí —susurro, sorprendida de mi propia honestidad—. Quiero eso.

Knox me aprieta con gesto posesivo.

—Mírate, tan hambrienta de polla —su voz suena aprobadora y peligrosa a la vez—. Pero recuerda a quién perteneces. Y que lo pediste tú, princesa.

Eso es lo que me empuja al borde de la rendición total: su paradoja. Knox Blackwood, el peligroso criminal que quiere compartirme con otros hombres, pero que me marca irrevocablemente como suya. La contradicción me deja aturdida, llena de sensaciones contradictorias.

—Solo te quiero a ti —confieso, volviendo la cabeza para mirarlo a los ojos—. Pero el hecho de que me dejarías experimentar eso...

Una sonrisa le cruza el rostro.

—¿Te hace desearme más?

Asiento, incapaz de negarlo. Su confianza inquebrantable y su certeza transforman lo que debería resultar amenazante en algo inesperadamente atractivo: la perspectiva de estar con otros mientras él observa se vuelve extrañamente excitante.

—Joder —gruñe mientras me clava los dedos en las caderas—. Eres perfecta. Mi perfecta putita.

La palabra cruda en sus labios me recorre con otra oleada de calor.

Los dedos de Knox se me tensan en el pelo y me giran el rostro hacia Xavier y Mira. Su voz desciende hasta convertirse en una orden que no admite discusión.

—Ahora sé buena chica y mira —me susurra al oído.

Xavier tiene a Mira de rodillas sobre una alfombra mullida, con la espalda arqueada en una curva preciosa mientras él se arrodilla detrás.

Sus movimientos son suaves mientras le frota lubricante entre las nalgas y los dedos le desaparecen dentro.

El rostro de Mira se contorsiona entre el placer y el dolor, la boca se le abre en un jadeo silencioso mientras Xavier la prepara.

—¿Ves lo cuidadoso que es? —murmura Knox—. Hasta los monstruos como nosotros sabemos cuidar lo que es nuestro.

No puedo apartar los ojos de la escena íntima que se desarrolla ante mí. Los ojos de Xavier están concentrados, intensos: un hombre decidido a dar placer y dolor a partes iguales. Mira tiembla bajo sus manos, entregándose por completo.

—Quédate quieta —ordena Knox cuando me remuevo inquieta contra él—. Solo imagina cómo se sentirá estar tan llena, nena. Cada parte de ti reclamada y estirada.

Su mano asciende hasta abarcarme el pecho, el pulgar rozándome el pezón en tierno contraste con sus palabras obscenas.

—Eso es exactamente lo que tendrás —promete, y la voz se le suaviza—. Voy a hacer realidad cada una de tus fantasías, Bianca.

Su tono me hace girarme para mirarlo, y lo que veo en sus ojos me roba el aliento: algo más profundo que la lujuria, más peligroso que la posesión.

—Te quiero para siempre —confiesa.

Su frente presiona contra la mía y nuestras máscaras se rozan.

—Tu placer va primero. Tu felicidad. Siempre.

La voz se le quiebra ligeramente en la última palabra.

—Lo que necesites, lo que quieras: es tuyo.

La ternura me pilla completamente desprevenida. Este no es el Knox que me acechó por un laberinto como si fuera su presa. Esto revela un lado completamente diferente de él, uno que nunca anticipé, y no estoy preparada para la tierna emoción que me florece en el pecho como respuesta.