BIANCA
El estruendo del cuerno rompe el instante y me arranca de la bruma de dicha que nos envuelve. Knox se aparta; sus labios dejan un rastro de calor sobre mi piel que me corta la respiración.
—¿Qué ha sido eso? —murmuro, mareada por nuestra intimidad.
Sonríe con un destello de picardía en sus brillantes ojos azules.
—Esto no es más que el comienzo.
Frunzo el ceño, confundida.
—¿El comienzo de qué?
La sonrisa de Knox se vuelve juguetona y me guiña un ojo.
—Ahora empieza la verdadera diversión.
Se echa hacia atrás, casi reacio a apartarse de mi lado, pero irradia una energía que lo impulsa a incorporarse.
—¿Diversión? —El corazón se me acelera de nuevo—. ¿A qué te refieres?
—Tenemos que ir a la sala de orgías —dice con una sonrisa pícara.
—¿Qué coño es una sala de orgías?
Las palabras se me escapan antes de poder contenerlas, la incredulidad evidente en mi tono.
Se ríe por lo bajo, mirándome divertido, como si disfrutara viéndome tan alterada.
—Es donde la Cacería cobra forma de verdad. Es... bueno, exactamente lo que parece.
Se me abre la boca ligeramente a medida que asimilo sus palabras.
El corazón me martillea ante lo que está insinuando: imágenes que no he invitado me cruzan la mente: cuerpos entrelazados, risas resonando en espacios oscuros.
Siento que la sangre me abandona el rostro al comprender que está a punto de dejar que me usen como una puta comunitaria para el resto de los hombres, y el corazón se me cae a los pies. Siento que voy a vomitar.
Knox percibe mi vacilación y se acerca de nuevo; me roza la mejilla con el pulgar, una sensación que contrasta por completo con la expectativa que acaba de crear. Mientras me ahogo en la tormenta de emociones que se avecina, solo puedo pensar: Jodido bandazo emocional, otra vez.
—No se trata solo de sexo —añade con seriedad—. Se trata de reclamar a tu presa delante de todos.
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Ya me tambaleo por nuestros encuentros en esta sala de arte; ahora resulta que hay una sala entera dedicada a... lo que sea que quiera decir con «reclamar».
—¿Reclamar? ¿Quieres decir...?
—Sí.
Asiente con firmeza.
—Cuando te atrapan durante la Cacería, ahí es donde sucede todo.
Su voz desciende a un susurro grave. Cómo consigue darme estos bandazos emocionales con tanta facilidad, nunca lo entenderé. No sé si quiero abofetearlo o correrme en su polla otra vez.
—Entonces estaré... ¿qué? ¿Delante de todos?
La idea me horroriza y me excita a la vez.
Así que, una vez más, me pregunto: ¿qué demonios me pasa?
—Será salvaje —me asegura Knox con una confianza exasperante que me deja sin aliento.
Mi mente oscila entre el terror y la intriga mientras Knox se yergue a mi lado, esa sonrisa peligrosa todavía bailándole en los labios.
Los ojos de Knox se oscurecen al observar mi expresión.
—Algunos cazadores permiten que compartan a su chica —dice, con la voz descendiendo a una octava peligrosa—. ¿Te gustaría eso, Bianca? ¿Que te pasen por la sala, que te manoseen desconocidos mientras yo miro?
Se me corta la respiración. La parte lógica de mi cerebro se estremece ante la sugerencia: no soy un objeto que compartir o pasar de mano en mano.
Quizás, después de todo, no le importa si alguien más me folla.
Solo hace falta un segundo para que algo salvaje despierte en mi interior: un anhelo carnal que dormía en lo más profundo hasta que la Cacería rompió las cadenas que lo mantenían enterrado.
—Yo...
Las palabras se me atascan en la garganta. ¿Cómo puedo admitir que alguna parte retorcida de mí encuentra la idea excitante? ¿En qué clase de persona me convierte eso? Hace solo unos minutos estaba horrorizada ante la idea.
El calor me sube a las mejillas mientras la vergüenza me inunda en oleadas. Aparto el rostro, incapaz de sostenerle la mirada.
—No —susurro al fin—. Pero...
—¿Pero?
Su dedo me recorre la mandíbula y me inclina el rostro hacia él.
—No debería... No debería excitarme la idea.
La confesión me desgarra el pecho.
—¿Qué me pasa?
La sonrisa de Knox se vuelve depredadora, complacida.
—No seas tímida, nena. No me importa si tienes hambre de polla.
Su mano se desliza posesiva por mi cuerpo y me agarra la cadera con una intensidad que dejará moretones.
—Siempre y cuando la única polla a la que vuelvas sea la mía.
Se inclina, con el aliento caliente contra mi oído.
—Y la única polla que te preñe sea la mía.
La posesividad de su voz me envía un escalofrío por la espalda. Debería ofenderme por sus palabras crudas, por cómo habla de mí como si fuera una propiedad. En cambio, una nueva oleada de deseo me abruma y me hace sentir como una extraña en mi propia piel.
—¿De eso se trata? —pregunto—. ¿De preñarme?
Los ojos de Knox destellan.
—Se trata de lo que yo quiera que sea —dice mientras me pasa el pulgar por el labio inferior—. En la sala de orgías, puedes divertirte un poco con algunos de los cazadores si quieres. Ver si te gusta.
Me aprieta la cadera.
—Pero el único hombre que te llenará de semen seré yo. Eso no es negociable.
El corazón me golpea contra las costillas ante sus palabras. La idea de que me toquen múltiples manos mientras Knox observa hace que el calor se acumule entre mis piernas.
—Hay quince cazadores y solo seis chicas —continúa con voz baja y ronca—. Muchos de los hombres se quedarán completamente fuera.
Una sonrisa perversa le curva los labios.
—A menos que algunos hayan optado por follarse entre ellos, cosa que ocurre de vez en cuando.
No puedo evitarlo: se me escapa un gemido ante la imagen mental que crean sus palabras. La idea de hombres poderosos y peligrosos como Knox entregándose al placer entre ellos me envía una oleada de excitación tan intensa que tengo que apretar los muslos.
Knox se da cuenta de inmediato. Arquea las cejas, sorprendido.
—Vaya, vaya —murmura, deslizando la mano entre mis piernas para comprobar lo excitada que estoy—. Te gusta esa idea, ¿verdad? Todos esos cazadores fuertes dejándose llevar, entregándose unos a otros mientras tú miras.
Me muerdo el labio, avergonzada de lo transparentes que son mis deseos, pero no puedo negarlo. La masculinidad cruda, lo prohibido de todo esto, apela a la misma parte de mí que respondió a la oscuridad de Knox desde el principio.
El cuerno suena de nuevo, más fuerte esta vez, más insistente. Antes de que pueda asimilar lo que ocurre, Knox agarra un vestido minúsculo de un mostrador. Me lo pasa por la cabeza antes de agacharse para levantarme y echarme sobre su hombro como si no pesara nada.
—¡Knox! —chillo, y la sorpresa resuena vergonzosamente clara en mi voz. Mis manos empiezan a golpear su ancha espalda de forma automática—. ¡Bájame! ¡Puedo caminar!
Su mano me da una palmada ligera en el trasero desnudo, y jadeo. Siento su pecho vibrar de risa bajo mi cuerpo.
—Sé que puedes caminar —dice con tono juguetón pero posesivo—. Pero quiero que todos vean que eres mía cuando entremos ahí. Quiero que todos sepan quién te ha reclamado.
Su forma de decirlo me provoca un escalofrío por la columna. A pesar de mis protestas, que me lleve así y me reclame tan pública y descaradamente me excita.
—¿Y lo de compartir? —pregunto—. Pensé que habías dicho que podía... divertirme.
Me aprieta los muslos con más fuerza, clavándome los dedos en la piel lo suficiente para hacerme retorcer.
—No estés tan ansiosa, nena —advierte, y puedo oír el filo peligroso bajo su tono burlón—. O puede que no te deje divertirte en absoluto.
El corazón se me acelera ante sus palabras. Es una amenaza y una promesa a la vez, y la dualidad me marea. Intento entender estos nuevos deseos que Knox ha despertado en mí, deseos que nunca supe que existían hasta esta noche.
Mientras me lleva por los pasillos serpenteantes, la mente se me inunda de imágenes de lo que nos espera en esta misteriosa sala de orgías, y de qué «diversión» Knox podría permitirme o no.
Knox me lleva bajo un arco, y al instante el aire cambia: más denso, más cargado con los sonidos inconfundibles del placer. Gemidos, gruñidos y gritos entrecortados resuenan por el espacio mientras mis ojos se adaptan a la iluminación más tenue.
La sala se despliega ante mí en esplendor perverso. Cojines de terciopelo en carmesíes profundos y azules medianoche crean alcobas íntimas a lo largo del perímetro, mientras que en el centro se alza una plataforma circular elevada.
—Bienvenida al evento principal —me susurra Knox al oído antes de bajarme.
Las piernas me tiemblan. Me quedo paralizada, incapaz de apartar los ojos de lo que está sucediendo al otro lado de la sala.
En una de las plataformas de terciopelo más grandes, una mujer está rodeada por tres hombres: uno debajo de ella, uno detrás y uno de pie con la polla en su boca.
De pronto, reconozco su rostro cuando gira ligeramente.
—Dios mío, esa es la hija del alcalde —digo.
—Cora Pike —confirma Knox con voz baja y divertida—. Toda una rebelde, ¿no?
Observo fascinada cómo el cuerpo de Cora se balancea entre los tres cazadores, con una expresión de completo éxtasis. La escena es impactante y fascinante a la vez. Nunca he visto nada así fuera del porno, y ni siquiera entonces, nada como esto.
—No te preocupes por ella —dice Knox mientras me gira para que lo mire. Sus ojos se han oscurecido hasta un tono peligroso de azul—. Está exactamente donde quiere estar.
Me agarra los hombros con firmeza y aplica una presión suave hacia abajo.
—De rodillas, Bianca —ordena con suavidad—. Abre esa boquita para mí.
Dudo, de pronto consciente de lo que nos rodea. La gente puede vernos: extraños observándome en esta posición vulnerable. Miro alrededor nerviosa, con el corazón acelerado.
—Yo... —Las palabras se me atascan en la garganta al ver otras parejas y grupos dispersos por la sala en distintas fases de placer. Lia está suspendida del techo mientras su cazador la complace. Otro cazador tiene a Sadie sobre una losa de mármol y la devora como si fuera su última comida.