BIANCA
El pincel se desliza sobre el lienzo, cada trazo deliberado y preciso.
El rojo se funde con el negro, creando un vórtice que refleja el caos en mi mente.
Faltan dos días para que entre voluntariamente en un evento que puede cambiar mi vida para siempre.
Para que Knox Blackwood me cace como a una presa y tome lo que quiere.
Podría hacerme cualquier cosa; cualquier cosa.
No hay «cláusula de salida» una vez que comience.
Seré pasto de todos y cada uno de sus deseos depravados.
Mojo el pincel en el carmesí, intentando concentrarme solo en la pintura y no en el nudo de ansiedad y anticipación que se retuerce en mi estómago. La galería está tranquila esta mañana: solo yo y mis pensamientos, exactamente como prefiero trabajar.
Suena la puerta y levanto la vista para ver entrar a Elliot. Su habitual porte pulcro parece algo descuidado hoy: corbata ligeramente torcida, frente surcada de arrugas.
—Buenos días —digo, y vuelvo a mi lienzo.
Elliot se acerca lentamente, con las manos en los bolsillos.
—Bianca, tenemos que hablar.
Algo en su tono me hace soltar el pincel.
—¿Qué pasa?
—He oído que aceptaste una invitación a la Cacería de Hollow —dice él.
Su voz es cuidadosamente neutral, pero sus ojos reflejan una preocupación intensa.
Se me hiela la sangre.
—¿Cómo sabes eso?
Elliot suspira y se pasa una mano por el cabello perfectamente peinado.
—Llevo años participando. Es... un evento exclusivo.
El pincel se me resbala de los dedos y cae al suelo con estrépito.
—¿Tú? Pero...
—Eso no es importante ahora mismo —dice él.
Se acerca un paso más y baja la voz.
—Lo que importa es si entiendes a qué has accedido. La Cacería no es solo un juego elaborado o un evento social, Bianca.
Cruzo los brazos a la defensiva.
—Knox me lo explicó.
La risa de Elliot suena hueca.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo exactamente Knox Blackwood sobre ser «presa» en la Cacería de Hollow? Dudo que te lo explicara en detalle, dado que estás aquí pintando como si fuera un día cualquiera.
—Lo suficiente —digo, aunque la incertidumbre se filtra en mi voz—. Cinco mujeres, quince cazadores. Tenemos ventaja, ellos intentan atraparnos.
—¿Y te explicó qué pasa cuando te atrapan? —presiona Elliot, sin apartar los ojos de los míos.
Mi silencio es respuesta suficiente.
—Bianca —dice en voz baja—, ¿de verdad sabes en qué te has metido?
Trago saliva y bajo la mirada al suelo salpicado de pintura.
—Me dijo qué pasa si me atrapa. Fue... explícito.
—¿Y qué te dijo? —pregunta Elliot.
Su voz es tensa, casi clínica.
Mis dedos retuercen el dobladillo de mi bata.
—Dijo que si me atrapa, él... —hago una pausa, esforzándome por mantener la compostura—. Me follará.
Las palabras salen apenas por encima de un susurro.
Las cejas de Elliot se disparan y una genuina sorpresa cruza su rostro.
—¿Y estás de acuerdo con eso? —me estudia intensamente, como si me viera por primera vez—. No esperaba que aceptaras algo así, Bianca.
El calor me sube por el cuello y se extiende por las mejillas. Las siento arder. Knox despierta emociones en mí que ni yo misma entiendo del todo. ¿Por qué firmé esos papeles? ¿Por qué la idea de que Knox me cace me provoca a partes iguales terror y excitación?
—No sé si estoy de acuerdo —admito, sin poder sostenerle la mirada a Elliot—. Hay algo en él que me hace... —me interrumpo, sin saber cómo explicar la atracción que Knox ejerce sobre mí, cómo me enfurece y me fascina a la vez.
Mis mejillas arden aún más mientras Elliot sigue observándome con expresión indescifrable. El silencio se extiende entre nosotros, cargado de preguntas no formuladas que me pesan tanto que siento que podría ahogarme en ellas.
—Knox Blackwood es peligroso —dice finalmente Elliot—. Más peligroso de lo que crees.
—¿Tú formas parte de esto? —no puedo ocultar mi sorpresa.
La idea de que Elliot, con sus camisas de cuello alto y sus corbatas, participe en una cacería primitiva no encaja con el dueño de galería que creía conocer.
—No puedo imaginarte persiguiendo mujeres.
Elliot se ajusta los puños.
—Hay mucho que no sabes de mí, Bianca —su voz baja aún más—. Formo parte del círculo interno de Purgatory. La participación es... algo que se espera de quienes ocupan mi posición.
Doy un paso atrás y lo miro con nuevos ojos. ¿Cuántos otros aspectos de mi vida en Ravenwood Hollow están conectados con este mundo subterráneo en el que he tropezado?
—He estado pensando —continúa Elliot mientras sus ojos se desvían hacia la entrada de la galería antes de volver a los míos—. Quizás podríamos ayudarnos mutuamente.
—¿Ayudarnos mutuamente cómo? —me pongo en guardia de inmediato.
Se acerca más, con la voz apenas por encima de un susurro.
—Podría encontrarte primero. Capturarte antes de que lo haga Knox —sus dedos rozan mi brazo, ligeros como plumas—. Salvarte de la degradación. De él.
Se me eriza la piel ante su contacto.
—¿Por qué harías eso? —me aparto ligeramente mientras estudio su rostro—. ¿No querrías... quiero decir, ¿no es el objetivo capturar a una mujer y...? —las palabras se me atascan en la garganta.
—¿Disfrutar? —termina Elliot, con una extraña sonrisa asomando en sus labios—.
Quizás encontraría más placer en negarle a Knox su premio.
Ha sido insufrible desde que apareciste: habla de ti constantemente, se presenta en mi galería sin previo aviso —su expresión se endurece—.
Algunos estamos cansados de que los Blackwood consigan siempre lo que quieren.
Estudio el rostro de Elliot, sin tragarme su explicación.
—Eso no me cuadra, Elliot. No pareces de los que se preocupan por cuánto poder tienen los Blackwood. Llevas años trabajando con ellos —cruzo los brazos—. ¿Cuál es la verdadera razón?
Elliot vuelve a pasarse una mano por el pelo, mira hacia las ventanas y deja escapar un largo suspiro.
—Las probabilidades siempre son malas. Normalmente son quince hombres y cinco mujeres.
Pero aun así, quince hombres y seis mujeres no son mucho mejor.
—Baja la voz—. Y hay alguien que ha dejado claro que si no encuentro y reclamo a una mujer este año, él...
—Se le tensa la mandíbula—. Ha amenazado con convertirme en presa en lugar del cazador que siempre he sido.
Abro los ojos de par en par. —¿Qué? ¿Y cómo funcionaría eso?
—Las reglas son bastante... flexibles. —Juguetea con los gemelos—. A algunos cazadores les divierte cazar a uno de los suyos de vez en cuando.
Observo su rostro con atención y percibo los cambios sutiles en su expresión: el destello de miedo en sus ojos.
—¿Y eso es lo que quieres? —pregunto en voz baja.
Elliot levanta la cabeza de golpe, el rostro contraído en una mueca de asco exagerado.
—¡Dios, no! ¿Qué clase de pregunta es esa? —Retrocede un paso y se ajusta la corbata con movimientos bruscos—. La sugerencia es repulsiva. No soy... —Se interrumpe; el rubor le sube por las mejillas—. Eso no es lo que soy.
La vehemencia de su negación lo dice todo. Veo el conflicto en sus rasgos, la repulsión ensayada que no termina de alcanzar sus ojos.
—Necesito reclamar a alguien —continúa, con la voz más firme—. A quien sea. No tienes que ser tú, pero tiene que ser alguien. Solo digo que yo podría protegerte de Knox y tú podrías ayudarme a evitar... —Se calla.
Siento una punzada de compasión por Elliot, atrapado en su propia lucha privada. Sin embargo, la verdad me pesa en el pecho como una piedra. Ya no estoy segura de querer evitar a Knox. La idea de que me cace, ese momento inevitable de captura, me provoca un escalofrío que no puedo negar.
—Te agradezco la oferta, Elliot. De verdad. —Recojo el pincel del suelo y lo hago girar entre los dedos—. Pero no creo que quiera evitar a Knox. Ya no.
La expresión de Elliot se ensombrece; la decepción asoma en sus rasgos antes de que vuelva a recomponerse.
—Entendido. —Se encoge de hombros—. De todos modos, me costaría ganarle a Knox en la caza, pero era una idea.
Algo en cómo se le hunden los hombros, el ligero alivio bajo su decepción, me hace observarlo más de cerca. Recuerdo el miedo en sus ojos cuando mencionó convertirse en presa, y la vehemencia de su negación, que revelaba más que sus propias palabras.
—Elliot —digo con suavidad—, ¿se te ha ocurrido que quizá ser presa no sería lo peor? ¿Que quien te amenaza podría ver algo en ti que no estás preparado para reconocer?
Levanta la cabeza de golpe, los ojos muy abiertos por la sorpresa. Un levísimo atisbo de alivio le suaviza los rasgos, como si hubiera aceptado algo sobre sí mismo que nunca se había permitido admitir.
—No sé qué insinúas —dice con rigidez, pero un rubor le sube por el cuello.
—Creo que sí lo sabes. —Le sostengo la mirada—. A veces ocultamos partes de nosotros mismos tan profundamente que olvidamos que están ahí. Como artista, lo veo constantemente: lo que la gente intenta ocultar suele revelar más sobre ella que cualquier otra cosa.
Elliot aparta la mirada y traga saliva con dificultad.
—No sabes de qué hablas.
—Puede que no —concedo—. Pero creo que quien te capture podría hacerte un favor. A veces necesitamos que otro nos ayude a enfrentar lo que nos da miedo ver en nosotros mismos.
La tensión entre nosotros resulta asfixiante, y de repente quiero escapar de los confines de la galería con sus paredes blancas y su iluminación perfecta. Dejo el pincel y me limpio las manos con un trapo.
—Salgamos de aquí —sugiero—. Tanta charla sobre la Cacería me está poniendo nerviosa. ¿Por qué no tomamos algo? Son casi las doce, no es demasiado temprano para un cóctel, ¿no?
Elliot parpadea, desconcertado por mi repentino giro. La vulnerabilidad que vislumbré hace unos momentos desaparece tras su fachada pulida. Aun así, ahora que la he visto, nunca podrá volver a ocultármela del todo.
—¿Una copa? —Consulta el reloj, un elegante modelo plateado que probablemente cuesta más que tres meses de alquiler—. Supongo que podría despejar mi agenda una hora.
—Genial. Déjame recoger y vamos a ese sitio a la vuelta de la esquina, ¿Whiskey Blue?