BIANCA
Firmé esos malditos papeles el mismo día que salí furiosa de la oficina de Knox. No sé si fue por despecho o por un arrebato de ira mezclado con idiotez. Pero lo hice: rellené cada línea, puse mis iniciales en cada página y dejé el sobre directamente a la asistente de Xavier antes de arrepentirme.
Cinco días después, cuestiono mi cordura. Cada vez que cierro los ojos, siento las manos de Knox sobre mí, su boca reclamando la mía con esa certeza arrogante que me hace querer abofetearlo de nuevo, o peor aún, besarlo con más intensidad.
Parpadeo. Me doy cuenta de que llevo quién sabe cuánto tiempo mirando el lienzo en blanco.
—Perdona.
—Has estado así toda la semana —se deja caer en mi cama, esquivando por poco mis bocetos—. Esto es por lo de la Cacería, ¿verdad? ¿Y por el señor Malas Noticias Blackwood?
—No —miento, y luego me rindo bajo su mirada cómplice—. Quizá. Vale. Vale. Sí.
Michelle se incorpora.
—Mira, es sábado por la noche. Necesitamos sacarte de este apartamento y llevarte a algún sitio que no sea tu estudio ni Purgatory.
—No me apetece salir.
—Por eso mismo necesitas hacerlo —se levanta de un salto de mi cama y se dirige a mi armario—. Hay un sitio nuevo en el centro, The Blue Note. Música en directo, cócteles decentes y cero posibilidades de cruzarte con tu crush delincuente.
—No es mi crush —protesto sin convicción.
Michelle lanza un vestido burdeos sobre mi cama.
—Entonces debería ser fácil olvidarte de él por una noche.
Tiene razón. Necesito alejarme de todo esto: la Cacería, los Blackwood y especialmente Knox con su sonrisa exasperante y esas manos que sabían exactamente cómo tocarme.
—Vale —concedo, cogiendo el vestido—. Una noche de gente normal haciendo cosas normales en un bar normal suena perfecto.
Michelle sonríe.
—Así me gusta. Y quién sabe, quizá conozcas a alguien que no te dé ganas de pegarle.
—Muy graciosa —pero sonrío a pesar de todo. Quizá esto sea exactamente lo que necesito: un recordatorio de que hay un mundo fuera de la órbita de Knox Blackwood.
Michelle convierte el arreglarse en todo un evento. Pone música a todo volumen en su altavoz portátil mientras rebusca en mi colección de maquillaje y coge productos que había olvidado que tenía.
—Quieta —ordena, blandiendo un lápiz de ojos con precisión quirúrgica—. Si vamos a hacer esto, lo haremos bien.
Me rindo a su pericia y dejo que me delinee los ojos con un trazo ahumado que hace resaltar el color avellana. El vestido burdeos se ajusta a mis curvas a la perfección y me hace sentir sexy sin esforzarme demasiado.
—Listo —Michelle retrocede, admirando su obra—. Definitivamente no das vibras de «estoy obsesionada con un dueño de club peligroso».
Me río de verdad, creo que por primera vez en días.
—Cállate y sirve el vino.
Nos terminamos una botella entre las dos, bailamos por el apartamento al ritmo de canciones pop de los noventa, nos hacemos selfies ridículos y, durante ratos maravillosos, no pienso en Knox ni en su cacería ni en la sensación de sus manos sobre mi piel.
El Uber llega a las nueve. Nuestro conductor asiente al ritmo de la radio mientras Michelle relata su último drama laboral. Observo las luces de la ciudad difuminarse tras la ventana y me siento más ligera de lo que he estado en toda la semana.
The Blue Note vibra con energía cuando llegamos: un almacén reconvertido con ladrillo visto, lámparas de araña de cristal y un cuarteto de jazz tocando en un pequeño escenario. Está a años luz del desenfreno de Purgatory.
—¡Bianca! ¡Michelle! —una voz nos llama desde un reservado en una esquina. Jess, del equipo de marketing de Michelle, nos saluda con la mano, rodeada de caras conocidas de anteriores happy hours.
Michelle abraza a todo el mundo mientras yo me deslizo en el reservado junto a David, el compañero de trabajo de Michelle, que siempre lleva calcetines interesantes y hace preguntas sobre mi arte que no son solo conversación educada.
—Esperaba que vinieras esta noche —dice mientras me acerca la carta de cócteles. Sus rizos oscuros le caen tímidamente sobre los ojos y su sonrisa es cálida, sin segundas intenciones—. Michelle mencionó que has estado enterrada en encargos.
—Es una forma de decirlo —respondo, agradecida por la interacción sencilla—. ¿Cómo va el lanzamiento de la aplicación?
David se lanza a contar una historia sobre su último desastre, con gestos animados que me hacen reír. Su rodilla roza la mía ocasionalmente bajo la mesa. Cuando se ofrece a traerme una copa, sus ojos se demoran en los míos un momento más de lo necesario.
La mano de David roza la mía cuando me pasa un gin-tonic, sus ojos esperanzados. Es atractivo, inteligente y de verdad majo: todo lo que Knox no es. Debería sentir una reacción, cualquier reacción. Una chispa. Un cosquilleo. Pero no hay nada.
—Quería preguntarte si te gustaría tomar un café alguna vez —dice, y se inclina hacia mí—. Solo nosotros dos.
Abro la boca para responder cuando mi teléfono vibra sobre la mesa. Número desconocido. Normalmente lo ignoraría, pero con varios encargos a punto de vencer, podría ser un cliente potencial.
—Perdona, debería coger esto —le digo a David mientras salgo del reservado—. ¿Diga?
—Te queda bien el burdeos, princesa.
Se me hiela la sangre. Knox.
—¿Qué quieres? —susurro mientras me alejo de la mesa.
—Quiero que dejes de hacerle ojitos a esa patética excusa de hombre —la voz de Knox baja de tono—. A menos que quieras que acabe con su miserable existencia y lo tire en una zanja. No comparto lo que es mío, y sabes que me va la violencia.
El corazón me late con fuerza contra las costillas.
—No soy tuya.
—Sigue diciéndote eso —se ríe en voz baja—. Mira a tu alrededor, Bianca. No me encontrarás, pero yo puedo verlo todo.
Recorro el bar con la mirada frenéticamente, buscando esa sonrisa burlona familiar, esos ojos penetrantes. Nada. Estoy rodeada de desconocidos que disfrutan de su sábado por la noche, ajenos al depredador que nos observa.
—¿Cómo has sabido siquiera dónde estoy? —siseo al teléfono.
—Es mi trabajo saberlo todo sobre ti —su voz se suaviza, casi íntima—. Por cierto, el vestido se te ciñe a la perfección. Pero preferiría verlo en el suelo de mi habitación.
—Estás loco.
—Puede ser. Pero también soy el único que te acelera el pulso como lo está haciendo ahora. Dile a tu amigo que te vas. Ahora.
Miro hacia nuestra mesa, donde David me observa preocupado, sin sospechar que Knox Blackwood lo ha sentenciado a muerte simplemente por invitarme a una copa.
—Tienes treinta segundos para inventarte una excusa —dice Knox, con ese tono peligroso que me hiela la columna—. O entraré ahí y te sacaré a rastras. Tú eliges.
—No te atreverías —susurro, pero la certeza en su voz me dice que lo haría sin dudarlo.
—Veinte segundos, princesa. Ponme a prueba.
Miro hacia nuestra mesa, sabiendo que si Knox monta una escena aquí, David podría salir herido por estar cerca de mí. Solo pensarlo me revuelve el estómago.
—De acuerdo —siseo al teléfono.
Me aprieto el teléfono contra el pecho y fuerzo una sonrisa mientras me acerco a nuestra mesa. Michelle levanta una ceja, captando al instante mi inquietud.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Es Elliot —miento, y las palabras me saben amargas—. Emergencia en la galería. Una de las instalaciones está fallando y me necesita allí de inmediato.
Michelle entrecierra los ojos con suspicacia.
—¿Un sábado por la noche?
—El arte no tiene horarios —digo encogiéndome de hombros, esperando parecer casual—. De verdad que siento dejaros plantados.
—Puedo llevarte —se ofrece David, que ya está cogiendo su chaqueta.
—¡No! —lo digo demasiado rápido—. Quiero decir, ya he pedido un coche. No pasa nada.
Michelle me agarra de la muñeca cuando me doy la vuelta para irme.
—Bianca, ¿qué está pasando de verdad?
—Te lo cuento luego —prometo, y le aprieto la mano antes de alejarme.
Una vez fuera, vuelvo a llevarme el teléfono a la oreja.
—Ya está. ¿Contento? ¿Qué coño quieres, Knox?
—Aquí mismo —ronronea Knox en mi oído, pero de repente ya no es a través del teléfono.
El teléfono se me escurre de las manos cuando unas manos fuertes me agarran las caderas por detrás. Jadeo y me tenso mientras el pecho de Knox se pega a mi espalda, su calor atravesando la fina tela de mi vestido.
—Suéltame —siseo, pero mi voz carece de convicción, incluso a mis propios oídos.
—Sabes que no puedo hacer eso —su aliento me hace cosquillas en el cuello y un escalofrío involuntario me recorre la columna—. No cuando andas por ahí tentando a otros hombres.
La ira me enciende. Intento zafarme, pero su agarre se intensifica, los dedos clavándose en mis caderas para mantenerme firmemente pegada a él.
—No eres mi dueño —espeto, con el corazón martilleándome en las costillas—. No tenías ningún derecho a seguirme hasta aquí.
—Y sin embargo —murmura Knox, con los labios rozándome el lóbulo de la oreja—, aquí estás, temblando en mis brazos en lugar de con ese imbécil.
Odio que tenga razón, que mi cuerpo responda a su contacto a pesar de mi furia. La adrenalina me recorre las venas y cada punto de contacto entre nosotros se vuelve hipersensible. Tengo la piel eléctrica, viva con una corriente peligrosa que no puedo controlar.
—Me fui porque amenazaste a un hombre inocente —digo, intentando mantener la voz firme—. No porque quiera estar contigo.
La risa oscura de Knox vibra contra mi espalda.
—Sigue diciéndote eso, princesa —una mano abandona mi cadera y me aparta el pelo para dejar el cuello al descubierto.
Intento odiar lo que su contacto me hace sentir, quiero odiarlo, pero la adrenalina que me inunda difumina la línea entre ira y excitación hasta que no distingo dónde termina una y empieza la otra.
Knox se aparta de mí y señala su inconfundible Aprilia azul neón.
—Sube —ordena, sacando un casco del compartimento trasero.
Me cruzo de brazos.
—Estás loco si crees que voy a ir a ninguna parte contigo.
—Lo harás —no hay duda en su voz. Me tiende el casco, pero cuando no lo cojo, da un paso adelante y me lo pone él mismo. Sus dedos me rozan la piel mientras abrocha la correa, y la intimidad casual del gesto me revuelve el estómago.
Me doy cuenta de que el teléfono está en el suelo, donde se me cayó. Knox sigue mi mirada, se agacha a recogerlo y me lo mete en el bolsillo, dejando la mano ahí un momento más de lo necesario.
—¿Por qué iba a ir a ninguna parte contigo? —exijo—. Amenazaste a un hombre inocente por hablar conmigo, me obligaste a dejar a mis amigos, ¿y ahora esperas que me suba a tu moto y desaparezca contigo en la noche?
Los ojos de Knox se oscurecen mientras se acerca. La luz de la farola capta el azul en ellos y los hace parecer casi luminosos.
—Sube, Bianca.
El acero en su tono, no exactamente una amenaza, sino una promesa de consecuencias si me niego, me hace tragarme la siguiente réplica. Miro hacia la moto y considero echar a correr, pero la intensidad en los ojos de Knox me dice que sería un error.
Con un bufido de frustración, me subo a la parte trasera de su moto, odiándome por obedecer, odiándolo a él por obligarme. Pero lo que más odio es la descarga de adrenalina que me recorre cuando pasa la pierna por encima y se acomoda delante de mí.
En lugar de rodearle la cintura con los brazos, me agarro al borde del asiento con ambas manos, clavando los dedos en el cuero.
Knox mira por encima del hombro, con el casco en las manos.
—Será mejor que te agarres a mí, a menos que quieras acabar hecha papilla en el asfalto esta noche.
—Estoy bien donde estoy. Si tanto te preocupa que acabe hecha papilla, puedo volver adentro con mis amigos.
Ya sabes, donde pensaba pasar la noche —digo entre dientes.
El casco me pesa en la cabeza, y soy plenamente consciente de lo ridícula que debo de parecer con mi vestido burdeos, tiesa como un palo en la parte trasera de su llamativa moto.
Revoluciona el motor y la vibración me recorre la columna.
—Tú misma, princesa.
—Conduce de una vez —espeto, aferrándome con más fuerza al asiento—. Y deja de llamarme así.
Knox se gira como puede para mirarme.
—Esto no es broma, Bianca. A la velocidad a la que voy, saldrás volando si no te agarras bien.
—Me arriesgaré, muchas gracias —levanto la barbilla con gesto desafiante—. Prefiero estamparme contra el asfalto antes que acercarme a ti más de lo estrictamente necesario.
—Dios, eres increíble.
—Vete a la mierda, Knox —las palabras salen cortantes y claras, justo como quiero.
Su risa es auténtica y profunda, retumba en el aire de la noche y me revuelve el estómago.
—Como desees, princesa.
Antes de que pueda asimilar lo que ocurre, Knox acelera a fondo y la moto sale disparada del bordillo.
La distancia que tanto me había esforzado en mantener se esfuma en un instante.
Un grito ahogado escapa de mis labios al deslizarme hacia delante; mi orgullo se va al traste cuando mis brazos rodean instintivamente su cintura y mis dedos se aferran con desesperación a su chaqueta de cuero.
Noto cómo se le tensan los músculos bajo mis manos, y aunque no puedo verle la cara, sé que lleva esa sonrisita de suficiencia tan suya.
—Cállate —le grito pegada a su espalda.
—No he dicho ni una palabra —responde Knox, sacudiéndose levemente de risa, el ruido del motor ahogando sus carcajadas mientras aceleramos en la noche.