Condenado (Hermanos Blackwood) BIANCA #2
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BIANCA #2

Mientras lavo los pinceles, miro de reojo a Elliot, que pasa el dedo por la pantalla del móvil con la postura rígida incluso cuando cree que nadie lo observa.

En los meses que lo conozco, he aprendido a leer las señales sutiles bajo su fachada serena: cómo se le endurecen ligeramente los ojos cuando está estresado, cómo se ajusta los puños cuando se siente incómodo.

Veinte minutos después, estamos instalados en un reservado en la esquina de Whiskey Blue. La luz del sol se filtra a través de las vidrieras y proyecta patrones de colores sobre nuestra mesa.

—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? —pregunto con una sonrisa, el gin-tonic en la mano—. Me dijiste que mi trabajo era «derivativo pero prometedor».

Elliot hace una mueca y hace girar el líquido ámbar en el vaso.

—No fue mi mejor momento. En mi defensa, estaba pasando un día horrible. Mi madre había llamado esa mañana.

—Nunca hablas de tu familia.

La expresión de Elliot se tensa ante mi comentario. Da un largo trago a su whisky antes de responder.

—No hay mucho que contar. Mi padre se marchó cuando yo tenía ocho años. —Traza el borde del vaso con el dedo—. Nunca volvimos a saber de él. Simplemente... desapareció una mañana. Sin nota, sin explicación.

—Lo siento —digo—. Debió de ser muy duro.

—Mi madre... —Hace una pausa y elige las palabras con cuidado—.

Es una mujer complicada. Me crió sola, trabajó en dos empleos.

Tiene valores muy... tradicionales. —Un destello de dolor le cruza el rostro—.

Iglesia todos los domingos, expectativas rígidas sobre cómo debe comportarse un hombre, en quién debe convertirse.

Noto cómo se le blanquean los nudillos al apretar el vaso.

—Ya casi no hablamos. No aprueba mi carrera, piensa que el arte es frívolo. Quería que fuera abogado o médico —suelta una risa hueca—. Algo respetable.

—¿Sabe de tu conexión con Purgatorio? —pregunto.

Elliot casi se atraganta con la bebida.

—Dios, no. Cree que dirijo una simple galería. Si supiera... —niega con la cabeza—. Digamos que su mundo es blanco y negro. No hay lugar para los matices.

—Déjame adivinar, ¿siempre te pregunta cuándo vas a sentar cabeza y tener hijos? —pregunto.

Su sonrisa se tensa.

—Sí, pero le digo que el trabajo me tiene muy ocupado. Las mujeres que conozco... —se encoge de hombros—. No he encontrado a la indicada —noto la tensión en su mandíbula—. Tiene una imagen muy concreta de cómo debería ser mi vida.

Intuyo que hay más que no está diciendo, muros levantados con esmero para ocultar algo importante. Pero antes de que pueda indagar más, desvía la conversación.

—¿Y tú? ¿Algún drama familiar que quieras compartir ya que estamos ventilando los trapos sucios, por así decirlo?

Doy un largo trago a mi bebida mientras sopeso cuánto contarle. Algo en la vulnerabilidad de Elliot me anima a abrirme un poco.

—Mi madre murió cuando yo tenía diez años —digo—. Cáncer. Fue rápido: tres meses desde el diagnóstico hasta el final —ese dolor tan conocido en el pecho nunca desaparece cuando hablo de ella, solo se atenúa con el tiempo.

La expresión de Elliot se suaviza.

—Lo siento.

Me encojo de hombros, un gesto que me ayuda a mantener las emociones a raya.

—Mi padre... No lo llevó bien. Empezó a beber. Mucho —clavo la mirada en mi gin-tonic, observando cómo se derrite el hielo—. Al principio, solo los fines de semana. Luego entre semana. Luego por las mañanas. Mientras él veía desaparecer el licor, yo lo veía desaparecer a él.

Los recuerdos me asaltan: encontrarlo inconsciente en el sofá, botellas vacías esparcidas por el suelo, el olor a whisky que le rezumaba por los poros.

—Las apuestas empezaron unos años después. Siempre le había encantado el póker, pero tras la muerte de mamá se convirtió en una obsesión. Estaba convencido de que la próxima gran victoria lo solucionaría todo —suelto una risa amarga—. Nunca fue así.

Recuerdo las llamadas a altas horas de la noche, los hombres que venían a casa a exigir el pago, las facturas amontonadas en la mesa de la cocina y, finalmente, los avisos de embargo.

—Para cuando cumplí dieciocho, había hipotecado la casa dos veces. Me pagué la universidad con becas y tres trabajos a tiempo parcial —enderezo los hombros, todavía orgullosa de ese logro—. Cuando me gradué, supe que tenía que irme. No solo de casa, sino de Riverdale por completo.

Hago una pausa, se me cierra la garganta.

—Me estaba arrastrando con él. No podía salvarlo, y quedarme significaba ahogarme a su lado —busco la mirada de Elliot—. No podía seguir viviendo a su sombra. Así que me fui. Vine a Ravenwood y empecé de cero.

La mirada de Elliot se suaviza mientras me observa.

—Vaya par estamos hechos, ¿no? —levanta ligeramente el vaso—. Huyendo de los fantasmas de nuestros padres.

—Nunca lo había pensado de esa manera —admito—, pero tienes razón.

Hay algo reconfortante en estar sentada frente a alguien que entiende, que de verdad entiende, lo que significa cargar con el peso del fracaso parental.

La gente suele hablar del síndrome de falta de desarrollo en niños, pero se aplica igual a los padres que simplemente fracasan como padres.

El galerista al que conozco desde hace meses de pronto me parece más humano, más real que el empresario refinado que critica mis cuadros y negocia con clientes adinerados.

—¿Sabes qué es curioso? —remuevo el hielo de mi bebida—.

Durante años pinté paisajes luminosos y alegres porque eso era lo que mi padre decía que se vendería.

Incluso después de irme, seguía intentando complacerlo —niego con la cabeza—.

Tuve que mudarme aquí, conocerte, conseguir esa primera exposición para por fin pintar lo que de verdad llevo dentro.

—La oscuridad —asiente Elliot—. El deseo.

—Exactamente. Lo que mi padre llamaría «perturbador» —dibujo comillas en el aire con los dedos.

—Mi madre lo llamaría «pecaminoso» —añade Elliot con una sonrisa irónica—. Probablemente organizaría un exorcismo si viera la mitad del arte que expongo.

Los dos nos reímos, y sienta bien, algo genuino como pocas cosas lo han sido últimamente.

—Por escapar de padres críticos y ausentes —alzo el vaso hacia él—. Y por forjar nuestro propio camino.

Elliot hace chocar su whisky contra mi gin-tonic.

—Por crear las vidas que ellos jamás imaginaron para nosotros.

Bebemos, y algo cambia entre nosotros: la barrera profesional entre galerista y artista se difumina, dando paso a algo más cercano a la amistad.