BIANCA
Observo a Knox desaparecer entre la multitud, con la piel aún hormigueándome donde su aliento me rozó la oreja. Sus palabras resuenan en mi cabeza:
Siempre consigo lo que quiero. Siempre.
—Joder —dice Michelle—. Eso ha sido intenso. ¿Estás bien?
Me bebo el martini de un trago.
—Estoy bien.
Pero no estoy bien. El pulso se me acelera, y no es por la ira. La manera en que Knox me miró, como si fuera un rompecabezas que no podía esperar a resolver, hace que el calor me recorra el cuerpo.
Pasa una hora. Luego dos. La pista de baile palpita con cuerpos, la música retumba en mi pecho, pero Knox no reaparece. Sigo recorriendo la multitud con la mirada, diciéndome que solo quiero asegurarme de que se mantenga alejado.
El problema es que sé perfectamente que me estoy mintiendo.
Michelle me tira del brazo y me saca de mis pensamientos. Arrastra las palabras y tiene las mejillas sonrojadas de tantos cosmos.
—Ese tipo de allí no deja de mirarme.
Sigo su mirada hasta un hombre alto de pelo oscuro y rizado que observa a Michelle con interés evidente.
—Ve a hablar con él —digo, dándole un empujoncito.
—¿Estás segura?
—Ya soy mayorcita. Ve a divertirte.
Duda solo un momento antes de abrirse paso entre la multitud hacia él. En cuestión de minutos, están bailando, las manos de él en la cintura de ella, los brazos de ella alrededor del cuello de él.
Pido otra copa, la tercera de la noche, e intento no pensar en la boca de Knox junto a la oreja ni en el escalofrío que me recorrió cuando prometió conseguir lo que quiere.
A medianoche, Michelle está prácticamente pegada a Pelo Rizado, riendo mientras él le susurra al oído. Capto su mirada y le hago un gesto de que me voy. Se separa de él y viene tambaleándose hacia mí.
—Voy contigo —dice, aunque no deja de mirar de reojo a su compañero de baile.
—No seas boba. Te lo estás pasando bien —agarro el bolso y me levanto—. Cogeré un taxi. Nos vemos en casa.
—¿Segura? —se muerde el labio, dividida entre la preocupación por mí y el deseo por él.
—Totalmente. Mándame un mensaje cuando vengas de camino, ¿vale?
Me abraza, susurra «Gracias» y vuelve con su nuevo amigo a la pista de baile.
Mientras me abro paso entre la multitud hacia la salida, no puedo evitar recorrer los rostros con la mirada una última vez, buscando un par de ojos azules peligrosos.
Empujo las puertas del club y salgo al aire de la noche, agradecida por el respiro de la música atronadora. El frío de octubre me envuelve los brazos desnudos. Es un cambio bienvenido tras el calor sofocante de Purgatory.
La calle está más tranquila de lo que esperaba para un viernes por la noche. Algunas personas salen tambaleándose de los bares cercanos, y sus risas resuenan contra los edificios de ladrillo. Me acerco al bordillo, buscando el destello amarillo de un taxi.
Uno pasa sin reducir la velocidad. Agito el brazo más alto, pero otro taxi pasa zumbando con la luz claramente encendida.
¿Qué demonios?
—Venga ya —murmuro, sacando el móvil para mirar la hora. Casi la una de la madrugada. Podría pedir un Uber, pero con la tarifa dinámica me van a clavar.
Se acerca un tercer taxi. Doy un paso más hacia la calle y agito los dos brazos. El conductor me mira a los ojos, luego aparta la mirada deliberadamente y acelera al pasar junto a mí.
—¿Me estás tomando el pelo? —le grito.
Las calles se están vaciando, y me quedo cada vez más sola. Un nudo de inquietud se me aprieta en el estómago. Quizás debería pedir ese Uber después de todo...
De repente, unas manos cálidas me agarran las caderas por detrás. Me quedo paralizada cuando un aliento me hace cosquillas en el cuello.
—¿Necesitas que te lleven?
La voz de Knox me envía una descarga eléctrica por la columna. Me aparto de su agarre y me giro para enfrentarlo. El corazón me martillea contra las costillas mientras hurgo en el bolso y los dedos se me cierran alrededor del pequeño bote de gas pimienta que siempre llevo.
—Aléjate —le advierto.
Los ojos de Knox se abren una fracción de segundo antes de que su boca se curve en esa sonrisa exasperante. Antes de que pueda apretar la boquilla, su mano se cierra alrededor de la muñeca y aprieta lo suficiente para que se me entumezcan los dedos. El gas pimienta cae a la acera con un estruendo.
—Eso no es muy amable —dice—. Y eso que venía a ayudarte.
Intento soltarme, pero no cede.
—Suéltame.
Me estudia con la misma intensidad que en la galería.
—No tienes mucha suerte con los taxis, ¿eh?
Miro fijamente la expresión engreída de Knox mientras las piezas encajan de repente. El taxista me miró directamente a los ojos solo para pasar de largo. La calle vaciándose tan rápido. El momento tan oportuno de su aparición.
—Tú has tenido algo que ver con esto, ¿verdad? —entrecierro los ojos—. Los taxistas me están ignorando. Ha sido cosa tuya.
Su sonrisa se ensancha, sin confirmar ni negar.
—Michelle me contó cómo funciona tu familia, cómo prácticamente controláis esta ciudad —tiro de la muñeca otra vez, pero su agarre no cede—. ¿Qué has hecho? ¿Pagar a todos los taxistas de la zona para que me ignoren?
Knox ladea la cabeza y me estudia como si fuera una obra de arte especialmente interesante.
—Eres lista, princesa. Eso me gusta de ti —da un paso hacia mí—. Digamos que en esta ciudad la gente sabe que no conviene quedarse con lo que pertenece a un Blackwood.
—No te pertenezco, y no soy ninguna princesa —siseo, con la ira ardiéndome en el pecho.
—Todavía no —dice—. Pero la noche es joven.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de lo aislada que estoy en esta calle vacía. Sin testigos. Sin coches pasando. Solo yo y este hombre peligroso que orquestó toda la situación.
—Esto es un secuestro —digo, luchando por mantener la voz firme.
—¿Secuestro? —Knox suelta una carcajada franca y profunda—. Te estoy ofreciendo llevarte a casa. ¿Cómo va a ser eso un secuestro?
Respiro hondo y libero la muñeca de su agarre, retrocediendo para evaluar mis opciones. Knox todavía tiene esa sonrisa burlona en la cara, disfrutando claramente de mi indefensión. Me pongo las manos en las caderas y lo observo. Sabe que ha ganado esta ronda.
—Planeaste esto —digo.
—Prefiero verlo como una oportunidad que he creado —señala hacia la calle vacía—. Entonces, ¿qué va a ser, princesa? ¿Volver a casa sola con esos tacones tan bonitos o aceptar mi generosa oferta?
Bajo la mirada hacia mis pies, enfundados en los stilettos negros de tiras que Michelle me convenció de ponerme. Ya me están pellizcando los dedos, y solo de pensar en caminar cinco manzanas me duelen los arcos de los pies.
—¿Dónde está tu coche? —pregunto.
Knox se ríe con una risa grave y profunda. —Esta noche no hay coche —señala una elegante motocicleta aparcada en las sombras, azul neón con detalles rojos que brillan bajo las farolas—. Espero que no le tengas miedo a un poco de aventura.
Suspiro con resignación, sopesando mis escasas opciones.
¿Llamar a un Uber y esperar sola en esta calle desierta?
¿Intentar volver a casa con estos instrumentos de tortura que Michelle llama zapatos?
¿O montarme en una motocicleta con un hombre que es prácticamente un desconocido, un desconocido peligroso que orquestó toda esta situación?
—Vale —digo con voz tensa mientras me agacho a recoger el bote de gas pimienta para guardarlo en el bolso—. Pero esto no significa nada. Me llevas a casa porque eliminaste todas mis otras opciones. Movida de imbécil, por cierto.
Su sonrisa se ensancha. —Lo que te ayude a dormir esta noche, princesa.
—Deja de llamarme princesa.
—Como quieras, nena.
Pongo los ojos en blanco, pero lo sigo hasta la motocicleta. —Nunca me he montado en una de estas —admito, observando la máquina.
—No te preocupes —dice Knox, tendiéndome un casco—. Ponte esto.
Miro el casco en la mano extendida de Knox, odiando todo de esta situación y verme obligada a aceptar su «ayuda». Manipuló las circunstancias para fabricar este escenario. Pero sobre todo me odio a mí misma por el escalofrío de excitación que me recorre a pesar de mi enfado.
—No pienso subirme a esa trampa mortal —protesto, aunque ya estoy cogiendo el casco.
—¿Tienes miedo? —su voz suena burlona.
—No —miento, peleándome con la correa del casco—. No me fío de cómo conduces.
Knox se acerca más y aparta mis dedos torpes para abrocharme la correa bajo la barbilla. Sus nudillos me rozan la garganta y trago saliva, negándome a reconocer la piel de gallina que se me pone.
—Listo —dice—. Perfecto. Y ahora, ¿dónde vives?
Me muerdo el labio, dudando si darle mi dirección a este imbécil, pero tampoco tengo otra opción, así que se la recito.
Pasa la pierna por encima de la motocicleta y el motor cobra vida con un rugido bajo él. —Súbete, princesa.
Reuniendo lo que me queda de dignidad, me subo torpemente al asiento detrás de él y el vestido se me sube hasta lo alto de los muslos. Tiro de la tela, pero es imposible mantener algo de pudor.
—¿Dónde pongo...? —empiezo, sin saber dónde poner las manos.
—Alrededor de mi cintura —indica Knox, echando la mano hacia atrás para agarrarme las muñecas y rodearle con mis brazos—. Agárrate fuerte.
Me pego a él a regañadientes, el pecho contra su espalda, los muslos abrazando sus caderas.
Odio esto: odio lo firme que lo noto, cómo los músculos de su espalda se tensan mientras ajusta el agarre en el manillar.
Sobre todo, odio cómo respondo a su calor y al tenue aroma de su colonia mezclado con el cuero.
—¿Lista? —pregunta, mirando por encima del hombro.
—Arranca de una vez —murmuro.
La motocicleta sale disparada y me agarro más fuerte por instinto, pegándome a él. Cada curva, cada parada en un semáforo, me obliga a agarrarme, a sentir sus abdominales duros bajo las yemas de los dedos, la fuerza de sus muslos mientras equilibra la moto.
Cierro los ojos, odiando lo bien que se siente.
La motocicleta reduce la velocidad y nos detenemos frente a mi edificio.
Me siento electrificada, con cada terminación nerviosa despierta y vibrando.
La vibración del motor entre mis piernas, combinada con haber estado pegada a Knox durante los últimos quince minutos, me ha dejado en un estado del que no estoy orgullosa.
Estoy excitada. Y lo odio.
Knox apaga el motor y el silencio repentino resulta casi ensordecedor. Pasa la pierna por encima de la moto y se gira hacia mí. —¿Necesitas ayuda? —pregunta, ofreciéndome la mano.
Quiero negarme, demostrar que no necesito su ayuda, pero tengo las piernas como de gelatina. Pongo la mano en la suya e intento ignorar el calor que se extiende desde su contacto.
—Deja que te lo quite —murmura, acercándose más. Sus dedos me rozan el cuello mientras desabrocha el casco y me lo quita con suavidad. No me quita los ojos de encima, pendiente de mi reacción, y me niego a darle esa satisfacción.
—Gracias por traerme —digo con frialdad, retrocediendo para poner distancia entre nosotros—. Buenas noches.
Me giro para irme, pero antes de que pueda dar dos pasos, me agarra de la muñeca y tira de mí hacia atrás. Choco contra su pecho, con su cara a centímetros de la mía.
—¿Qué tal un agradecimiento como Dios manda? —sus ojos bajan a mi boca—. ¿Un beso para tu caballero andante?
Resoplo y me suelto la muñeca. —No eres ningún caballero. Y ya te he dado las gracias.
—Venga, princesa. Un besito —me recorre el labio inferior con el pulgar—. Te prometo que lo disfrutarás.
—Vuelve a tocarme sin permiso y no dudaré en darte otra bofetada.
Sus ojos centellean desafiantes.
—Quizá me guste el juego duro.
—Quizá te guste tener un ego más grande que tu cerebro.
Knox suelta una carcajada.
—Ahí está. Me preguntaba adónde había ido a parar ese fuego durante el viaje. Pensé que quizá disfrutabas demasiado de ir pegada a mí como para seguir enfadada.
El calor me sube a las mejillas.
—Estás delirando.
—Y estás preciosa cuando te sonrojas.
Su mirada se suaviza un instante antes de que la máscara de arrogancia vuelva a ocupar su sitio.
—¿Entonces me debes un beso?
—Claro, apúntalo para el segundo martes de la tercera semana de nunca jamás.
Me cruzo de brazos.
La sonrisa de Knox no flaquea. En lugar de eso, me guiña un ojo, despacio y con toda la intención.
—Te haré cambiar de opinión, princesa.
—Cuando el infierno se congele.
Me doy la vuelta en seco.
Las llaves tintinean en mi mano mientras me alejo de él, decidida a no mirar atrás a pesar de sentir su mirada clavada en mí. Me recorre la columna, erizándome la piel.
Empujo la puerta de mi edificio y me invade el alivio al entrar en el vestíbulo familiar. Justo cuando la puerta empieza a cerrarse a mi espalda, Knox grita:
—¡Eso podría ser antes de lo que crees, Bianca!
Su voz resuena en la calle silenciosa y me persigue hasta dentro como una promesa... o una amenaza.