BIANCA
Remolinos rojos se funden en negro mientras aplico capas de pintura sobre el lienzo y me pierdo en el ritmo de la creación. Esta segunda pieza para Purgatory me exige más que la primera: temas más oscuros, una exploración más profunda de la sexualidad.
Elliot me ha dado acceso completo al estudio trasero de la galería desde que llegaron los encargos, lo que me proporciona un espacio alejado de mi diminuto apartamento para trabajar sin interrupciones.
Hasta que suena la campanilla sobre la puerta principal.
—Estamos cerrados por una sesión privada —digo sin levantar la vista de mi trabajo. Mi pincel continúa su danza sobre el lienzo.
—Menos mal que no soy el público, entonces.
La mano se me congela a mitad del trazo. Esa voz. El tono arrogante me tensa la espalda antes incluso de darme la vuelta.
Knox Blackwood está en la entrada, con aire demasiado satisfecho consigo mismo.
Viste de manera informal con vaqueros oscuros y una camiseta henley gris ajustada que no oculta en absoluto su complexión musculosa.
En las manos lleva dos tazas de café y una bolsa de papel.
Es la primera vez que lo veo desde que firmé el contrato con Xavier hace dos semanas.
—¿Qué haces aquí? —pregunto mientras dejo el pincel—. ¿Y cómo has entrado? Elliot siempre cierra con llave durante mis sesiones.
Knox se encoge de hombros y se adentra en mi espacio.
—Elliot y yo nos conocemos desde hace mucho. Me dio una llave hace años.
Por supuesto. Debería haber sabido que ningún lugar en esta ciudad escapa al alcance de los Blackwood.
—He traído una ofrenda de paz —dice mientras levanta el café y la bolsa de bollería—. Café con doble de espresso, ¿verdad? Y cruasanes de chocolate de esa panadería francesa de la Quinta Avenida.
Mi estómago me traiciona con un gruñido. Llevo horas pintando sin descanso, y el rico aroma del café es casi imposible de resistir.
—¿Cómo sabías mi pedido de café? —pregunto, entrecerrando los ojos.
—Tengo mis métodos —responde con una sonrisita que me da ganas de tirarle pintura.
Suspiro y dejo la paleta.
—Bien. Puedes dejarlo en esa mesa.
Knox se acerca y deja las ofrendas, pero no hace ademán de irse. En cambio, sus ojos se desvían hacia mi lienzo y analizan los remolinos de color y sombra.
Aunque sé que no debería, cojo el café y doy un sorbo cauteloso. Está perfecto, exactamente como me gusta.
—Gracias —digo con frialdad—, pero tengo que volver al trabajo.
Knox coge el cruasán de chocolate, lo parte por la mitad y me ofrece un trozo.
—Deberías comer algo. La gente creativa siempre se olvida.
Lo acepto a regañadientes.
—¿Y tú qué sabes de la gente creativa?
Algo cruza su rostro y desaparece enseguida.
—Toco el piano. No profesionalmente ni nada, pero... —se encoge de hombros mientras se sacude las migas de los dedos—. Empecé cuando tenía seis años. Un padre de acogida me metió en ello.
Esta revelación me pilla desprevenida. No puedo imaginar a Knox sentado quieto el tiempo suficiente para practicar escalas, y mucho menos para dar un recital. Y noto cómo le tiembla la voz cuando dice padre de acogida.
—No me crees —dice al leer mi expresión.
—Es difícil de imaginar.
—El Nocturno número veinte en do sostenido menor de Chopin fue la última pieza que dominé antes de que nos trasladaran a otro sitio —su voz se apaga—. No he tocado mucho desde entonces.
Su teléfono vibra y rompe el momento. Knox mira la pantalla y todo su comportamiento cambia en un instante. La confianza juguetona desaparece, sustituida por un estoicismo frío; el hombre que acabo de ver se desvanece al instante.
—¿Algún problema? —pregunto.
—Nada que te concierna —su mandíbula se tensa mientras escribe una respuesta con dedos veloces. Guarda el teléfono, pero noto que sus ojos se dirigen hacia la puerta, que sus hombros se han tensado bajo esa henley informal.
—Esta es diferente —dice con un gesto hacia mi lienzo, en un claro cambio de tema—. Más oscura que la primera.
—Xavier quería algo más provocativo —doy otro sorbo de café mientras estudio su rostro. Algo no va bien. El Knox que entró hace unos minutos ha dado paso a otra persona, un hombre solemne de aristas afiladas y peligrosas.
Knox se acerca más a la pintura.
—¿En qué pensabas cuando creaste esto?
—En la dualidad del deseo. En cómo querer algo puede ser a la vez liberador y una prisión.
Estudia el lienzo con los ojos fijos en los elementos más oscuros.
—Has capturado esa tensión. La forma en que el rojo se funde en el negro pero nunca se rinde del todo a él.
Su observación me sorprende. Me acerco a su lado para señalar un detalle en la esquina inferior.
—Eso es exactamente lo que yo...—
El brazo de Knox roza el mío. El contacto me recorre como una descarga no deseada. Está tan cerca que puedo oler su colonia, cara y amaderada, y el pulso se me acelera mientras su calidez me envuelve los sentidos. Entonces el momento se pierde.
Su teléfono vibra de nuevo. Knox lo mira y murmura algo en voz baja que suena a maldición. Los dedos se le tensan alrededor del dispositivo antes de silenciarlo por completo.
—Alguien está ansioso por contactarte —observo, intentando sonar casual.
—Los negocios nunca duermen en esta ciudad —sus ojos se encuentran con los míos, más oscuros ahora, con algo que no puedo descifrar del todo, y no estoy segura de querer hacerlo viendo lo rápido que cambia su comportamiento—. Especialmente mi tipo de negocios.
La implicación queda suspendida entre nosotros, un recordatorio de quién es exactamente Knox Blackwood cuando no me está trayendo café.
—Háblame de esta sección —dice mientras se acerca hasta que apenas queda espacio entre nosotros.
Sé que lo hace a propósito, esta invasión de mi espacio, pero saberlo no detiene el calor que me sube a las mejillas ni el aleteo en el estómago.
—Esta parte representa la sumisión al deseo —explico mientras señalo el lienzo—. La forma en que a veces nos rendimos a cosas que sabemos que no nos convienen.
—¿Como tú y yo? —Knox baja la voz, sin rastro de juego. Su mano se acerca a mi cintura, sin llegar a tocarme, pero tan cerca que noto el calor de su palma a través de mi fina camisa—. Vi cómo contenías la respiración cuando nos tocamos. Puede que te esté cayendo bien, Hayes.
Doy un paso atrás para recuperar la distancia profesional entre nosotros.
—Y ahí está. Casi me engañas y me haces creer que eras capaz de mantener una conversación normal.
—Lo normal es aburrido —se coloca detrás de mí, y su aliento cálido me roza la oreja—. Y tú, Bianca Hayes, eres todo menos aburrida.
La tensión me atenaza.
—¿No tienes que estar en otro sitio? ¿Alguna empresa criminal que dirigir?
—Ay —se lleva la mano al pecho, fingiendo ofensa—. Me hieres. Y yo que creía que estábamos compartiendo un momento especial.
—Pues no.
—Tus mejillas sonrojadas dicen lo contrario —alarga los dedos hacia mi cara, pero le aparto la mano de un manotazo.
—¿Es que nunca respetas el espacio personal?
Los ojos de Knox se ensombrecen.
—Te respeto en todo, especialmente ese fuego en tus ojos cuando te cabreas conmigo. De hecho, me pone bastante.
Su teléfono vibra de nuevo, esta vez con tres zumbidos cortos: un patrón. La expresión de Knox cambia al instante; algo frío y concentrado sustituye al coqueteo.
—Discúlpame un momento —se aleja y me da la espalda para contestar—. ¿Qué? —su voz es cortante, pura frialdad profesional—. Te dije que te encargaras. No, eso no es aceptable.
No debería escuchar, pero es imposible no hacerlo en un estudio tan pequeño. La voz de Knox baja hasta convertirse en un susurro peligroso.
—Si no puede pagar, entonces asegúrate de que entienda las consecuencias. Rómpele la puta mano si es necesario. Solo un dedo primero, como advertencia. Me da igual si suplica.
Un escalofrío me recorre la espalda. Este no es el playboy coqueto que me trajo café. Es alguien completamente distinto: alguien que ordena violencia con total naturalidad entre sorbo y sorbo de café con leche. Alguien con quien no debería plantearme ningún tipo de relación.
Knox cuelga y se vuelve hacia mí. Su expresión se suaviza hasta recuperar esa sonrisa burlona de siempre, como si no acabara de ordenar que mutilaran a alguien. La transición es tan fluida que da miedo.
—Perdona. ¿Por dónde íbamos? —se acerca de nuevo, pero no puedo evitar dar un paso atrás.
Me vuelvo hacia el cuadro, intentando disimular lo nerviosa que estoy.
—Gracias por el café. Ya puedes irte.
En lugar de irse, se sienta en el borde de mi mesa de trabajo y tira mis pinceles a propósito.
—Xavier cree que deberíamos colaborar estrechamente en esta pieza, ya que irá en mi sección del club.
—¿Tu sección? —Es la primera noticia que tengo.
—¿No te lo dije? —su sonrisa es de una suficiencia insoportable—. Este cuadro es para mi salón privado. Lo que significa que tengo algo que decir en el proceso creativo.
Aprieto los dedos alrededor del pincel.
—Eso no estaba en el contrato.
—Considéralo una adenda —se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio otra vez—. No te preocupes, me gusta implicarme mucho en mi proceso creativo.
Aprieto la mandíbula y me vuelvo hacia el lienzo, intentando ignorarlo.
—Las sugerencias son bienvenidas. Las interferencias, no. Quizá este contrato haya sido un error, después de todo.
Mis pinceladas se vuelven agresivas mientras intento perderme en el trabajo otra vez.
Es imposible. Cada célula de mi cuerpo nota que me está observando; el estudio, de repente demasiado pequeño; el aire entre nosotros, cargado de frustración e irritación, mientras pienso en la mejor manera de echarlo de aquí.
—Te has dejado un trozo —dice Knox, con la voz más cerca que hace un momento.
No me doy la vuelta.
—No me lo he dejado.
—La artista sabrá, supongo —se ríe con un sonido grave y cálido.
Mojo el pincel en pintura carmesí, intentando calmar la respiración. La mano me tiembla ligeramente mientras aplico otra capa al lienzo. Concéntrate, Bianca. Concéntrate solo en el cuadro.