Condenado (Hermanos Blackwood)
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BIANCA
El pincel tiembla en mi mano mientras añado otra capa de carmesí al lienzo. Llevo horas trabajando en esta pieza, pero mi concentración no deja de fragmentarse. La mirada se me va hacia esa tarjeta de visita negra apoyada contra mi caballete por décima vez en diez minutos.
Knox Blackwood.
Las letras plateadas captan las luces del techo de la galería y parecen burlarse de mí con su elegancia.
Me obligo a concentrarme en la pintura: la silueta de una mujer que se disuelve en volutas de vapor.
El recuerdo de su caricia en mi mejilla arde más que el escozor en la palma después de abofetearlo.
—Otra vez trabajando hasta tarde, por lo que veo.
Casi se me cae el pincel cuando la voz de Michelle rompe el silencio. Mi compañera de piso entra por la puerta principal de la galería con el pijama sanitario arrugado tras un largo turno en el hospital.
—Dios, Mish. Qué susto me has dado.
—Ya lo veo. —Deja el bolso en el mostrador de recepción y estudia mi lienzo—. Es precioso, pero ¿no deberías estar ya en casa? Son casi las nueve.
—Se me fue el tiempo.
—Ajá. —Michelle echa un vistazo a la tarjeta de visita de Knox y luego me mira con una sonrisa cómplice—. ¿Día ajetreado?
—Nada fuera de lo normal. —Mezclo colores en la paleta—. Elliot tuvo algunos clientes.
—¿Clientes? —Coge la tarjeta y entorna los ojos para examinarla—. Knox Blackwood. ¿Qué quería?
—Cuadros. Para un club. —Señalo vagamente las pinturas que nos rodean—. Al parecer, mi trabajo encaja con su estética.
Michelle arquea una ceja. —¿Su estética? ¿De qué clase de club estamos hablando?
—Aún no lo sé —admito—. Dijo que su hermano tiene que dar el visto bueno primero.
—¿Y te parece bien no saberlo?
Me detengo a mitad de pincelada. ¿Me parece bien? Todo lo de hoy me pareció mal: cómo Knox me tocó sin permiso, cómo fotografió mi trabajo, cómo respondí físicamente a su atención aunque mi cerebro me gritaba que es un peligro con patas.
—Probablemente debería investigarlos antes —digo al fin.
—¿Probablemente? —Michelle se ríe, pero su voz suena preocupada—. Bianca, tú siempre lo investigas todo. Te pasaste tres horas buscando información sobre aquella cafetería antes de ir por primera vez.
Tiene razón. Investigo marcas de pintura, políticas de galerías, compradores potenciales. No tomo decisiones impulsivas.
Entonces, ¿por qué me estoy planteando esta?
—Michelle. —Me sale la voz más cortante de lo que pretendía—. ¿Qué sabes de los Blackwood?
Su sonrisa burlona se esfuma y deja la tarjeta como si pudiera morderla.
—En serio, Bianca. —Hay una advertencia en su voz que nunca le había oído—. Deberías mantenerte alejada de ellos.
—Dije que me lo pensaría si su hermano lo aprueba. —Las palabras suenan patéticas—. ¿Qué tiene eso de malo?
Michelle se pasa las manos por el pelo rubio y lo deja todo revuelto. —Los Blackwood no son solo ricos, B. Son peligrosos. Peligrosos de verdad.
Se me encoge el estómago. —¿Peligrosos en qué sentido?
—Controlan el mundo criminal de esta ciudad.
Drogas, intimidación, quién sabe qué más.
—Va y viene por el pequeño espacio entre las exposiciones—.
Mi padre solía advertirme sobre ellos porque fui al mismo colegio que Knox, aunque él iba dos cursos por delante.
Decía que tenían los dedos metidos en todo: política, negocios, fuerzas del orden.
Clavo la mirada en la tarjeta; el nombre de Knox ahora parece más ominoso que elegante. —Pero parecía tan...
—¿Encantador? —La risa de Michelle es amarga—. Claro que sí. Los hombres así no sobreviven si parecen monstruos.
Se me oprime el pecho mientras fragmentos de nuestra interacción se repiten en mi mente. Cómo se movió por la galería, como si fuera suya. Cómo Elliot se inclinó ante él. La naturalidad con la que Knox habló de que Xavier lo aprobaría.
—¿Cómo sabes todo esto? —pregunto.
—Porque he vivido aquí toda mi vida. —Michelle se detiene y me mira de frente—. Los Blackwood llevan años siendo famosos por lo peor.
Pienso en el momento en que Knox me tocó la cara. El brillo depredador en sus ojos cuando lo abofeteé.
—No quiero investigarlos —susurro—. Me da miedo lo que pueda encontrar.
La expresión de Michelle se suaviza. Se acerca y me pone una mano en el hombro. —Entonces no aceptes el trabajo, B. Hay otras oportunidades. Más seguras.
Pero incluso mientras lo dice, sé que no es tan sencillo. Knox Blackwood ya se me ha metido en la cabeza, y fingir lo contrario no hará que esta sensación desaparezca.
—¿Sabes qué? —Michelle se endereza—. Olvídate del drama de los Blackwood por esta noche. Volvamos al piso, nos arreglamos un poco y salimos por ahí. ¿Cuándo fue la última vez que salimos?
Sopeso su propuesta mientras la mirada me va de la tarjeta a mi pintura sin terminar. De repente la galería me resulta agobiante, como si las paredes se cerraran a mi alrededor, ahora que sé todo esto sobre Knox.
—Suena perfecto. —Dejo el pincel—. Necesito despejarme.
—¡Eso! Nos tomamos unas copas, bailamos un poco. A ver si recordamos cómo pasarlo bien sin darle tantas vueltas a todo. —Michelle sonríe y saca el móvil—. Voy a ver si alguna de las chicas del trabajo quiere quedar.
Mientras recojo y guardo mis materiales de arte, empieza a tomar forma una idea. Una idea peligrosa, probablemente estúpida, que me acelera el pulso.
—¿Michelle? —digo con tono despreocupado—. ¿Y si fuéramos a un sitio concreto esta noche?
—Depende. Por favor, dime que no me vas a proponer karaoke otra vez. Mis cuerdas vocales todavía no se han recuperado.
—¿Y si fuéramos a Purgatory?
Michelle se queda paralizada a medio escribir, con los dedos en el aire sobre la pantalla.
—¿Te has vuelto loca?
—Piénsalo —me giro hacia ella—. Necesito saber en qué me estaría metiendo, ¿no? ¿Y qué mejor forma que verlo con mis propios ojos?
—¿Metiéndote en una guarida de criminales?
—Yendo a un club como clientas normales —cojo la chaqueta de la silla—. Nos arreglamos, pasamos desapercibidas y nos tomamos una copa o dos. Así puedo ver qué tipo de local es, qué arte tienen.
Michelle me mira como si me hubiera vuelto loca.
—Bianca, esto es justo lo contrario de olvidarte del drama de los Blackwood.
—O es lo más inteligente que podría hacer —me guardo la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta—. El saber no ocupa lugar, ¿no? No puedo decidir bien sin saber en qué me estaría metiendo.
—¿Y si nos encontramos con Knox?
Solo pensarlo me provoca un escalofrío que preferiría no sentir.
—Pues ya veremos cómo lo gestionamos.
Michelle niega con la cabeza.
—Vale. Pero vamos a poner unas normas.
—Hecho.
Volvemos al apartamento en un silencio cómodo, las dos perdidas en nuestros pensamientos.
Mientras subimos las escaleras hasta el segundo piso, no puedo evitar sonreír al ver lo fácil que Michelle ha aceptado este plan descabellado.
Hace dos meses, no habría tenido a nadie con quien compartir mis locuras.
—Todavía no me creo que te mudaras aquí sin conocer a nadie —dice Michelle mientras abre la puerta, como si me hubiera leído el pensamiento.
—A grandes males, grandes remedios —la sigo adentro y cuelgo la chaqueta en el gancho junto a la puerta—. Las deudas de mi padre iban a peor. Los acreedores empezaron a presentarse en mi apartamento.
—Fue muy valiente hacer las maletas e irte así, sin más.
—Ya lo sé. Metí lo que pude en el coche y me largué —me quito los zapatos y voy hacia mi habitación—. Pero fue la mejor decisión que he tomado. Te encontré a ti, encontré el trabajo en la galería...
—Y encontraste problemas en forma de Blackwood —grita Michelle desde su cuarto.
Me río.
—Eso no entraba en el plan.
Nuestro apartamento es pequeño: dos habitaciones con paredes de papel y tuberías caprichosas, pero es nuestro.
Bueno, el contrato es de Michelle, pero ella insistió en que yo era justo la compañera de piso que llevaba tiempo pidiendo después de que se fuera la anterior.
Una enfermera con horarios normales y una artista que prefiere trabajar de noche. No debería funcionar, pero funciona.
—¿Qué te vas a poner esta noche? —pregunto a gritos mientras rebusco en el armario. Casi toda mi ropa está manchada de pintura o es para trabajar en la galería: profesional pero anodina.
—Algo que diga que encajamos en un club exclusivo, pero sin parecer que nos hemos esforzado demasiado —Michelle aparece en mi puerta con un elegante vestido negro en la mano—. Esto te podría quedar bien.
Me lo pongo por delante frente al espejo. Es más ceñido que todo lo que suelo llevar, con un escote más pronunciado de lo que me resulta cómodo.
—Es tu vestido.
—Y tú me lo vas a tomar prestado. Para eso están las compañeras de piso —sonríe—. Además, si vamos a meternos en Purgatory, tienes que ir acorde.
Estudio mi reflejo, imaginándome con el vestido puesto.
—¿Y si Knox está allí?
—Pues hacemos como que somos dos amigas que han salido de copas y han elegido su club por casualidad.
Pensar en volver a ver a Knox me produce una mezcla de expectación y aprensión. Debería temer la posibilidad de encontrármelo, no sentir este cosquilleo extraño en el estómago.
—Estás pensando en él, ¿a que sí? —Michelle se apoya en el marco de la puerta, leyéndome la cara.
—No —la negación me sale demasiado rápida.
—Bianca.
Me dejo caer en la cama, con el vestido negro arrugándose en mi regazo.
—Era un imbécil arrogante. Cómo me tocó sin pedir permiso, como si tuviera todo el derecho.
—¿Pero?
Odio que sepa que hay un pero.
—Pero cuando le di la bofetada, no se enfadó. Parecía... ¿impresionado? Como si le hubiera gustado.
—¿Le diste una bofetada? ¿Le pegaste una bofetada a un criminal peligroso? —Michelle cruza los brazos—. Eso no es buena señal.
—No sabía quién era en ese momento —me defiendo, pasando los dedos por la suave tela del vestido—. Racionalmente, sé que es peligroso. Todo en él gritaba peligro: la ropa cara, cómo Elliot prácticamente se encogió ante él, esa sonrisa de depredador.
—Entonces, ¿por qué te emociona la idea de verlo esta noche?
Ojalá tuviera una respuesta coherente. Knox Blackwood representa todo lo que debería evitar: riqueza construida sobre violencia, encanto que oculta lo que ahora sé que es crueldad, el tipo de hombre que coge lo que quiere sin pedir permiso.
—¿Quizás porque me he pasado la vida yendo a lo seguro? —me levanto y me pongo el vestido por delante otra vez—. Apartamento seguro, trabajo seguro, relaciones seguras. Arte seguro y aburrido que no ofende a nadie.
—No tiene nada de malo ir a lo seguro.
—¿Ah, no? —me giro hacia ella—. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí realmente viva? ¿Cuándo fue la última vez que alguien me miró como Knox, como si fuera la única persona en la habitación?
—Como si fueras un bocado apetitoso, querrás decir.
La palabra me provoca otro escalofrío indeseado. —Quizás eso es lo que necesito ahora mismo. Sentir que alguien me ve de verdad en lugar de mirarme como si fuera transparente.
Michelle niega con la cabeza. —Así es como empiezan las películas de terror, B. Chica conoce a tipo peligroso, chica cree que puede con él, chica acaba…
—No soy una protagonista ingenua —la interrumpo, sorprendida por la aspereza de mi propia voz—. Lo abofeteé, ¿recuerdas? No pienso caer rendida en sus brazos.
Pero mientras lo digo, recuerdo el calor de su piel bajo mi mano, cómo se le oscurecieron los ojos cuando le crucé la cara. Y mi estómago da un vuelco traidor que me dice que quizá me esté engañando sobre cuánto me afecta Knox Blackwood.