Condenada a amarte Capítulo 33
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Capítulo 33

Lola

La puerta de la suite se cerró tras nosotros con un clic que sonó como el disparo de salida de algo inevitable.

El silencio del hotel era absoluto, un contraste violento con el ruido de la celebración que acabábamos de dejar atrás.

Aquí no había viñedos, no había familias, no había razones para contenerse.

Solo estábamos nosotros. El aire olía a jazmín y a algo más denso, algo que anticipaba lo que sabíamos que iba a ocurrir.

Enzo dejó las llaves sobre la consola de mármol sin apartar los ojos de mí. Llevaba puesto el esmoquin negro, ligeramente desabrochado, con el pelo desordenado por el viento de la terraza y la mirada de alguien que acaba de cruzar un desierto y finalmente encuentra el oasis.

—Estás temblando —dijo, notando cómo mis manos jugueteaban con el borde de mi vestido de novia.

—No es miedo —respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.

Sonrió. Esa sonrisa peligrosa que siempre había significado problemas. Buenos problemas.

—Entonces quítate el vestido —ordenó, y en su tono no había petición, había una promesa de lo que vendría después.

Negué con la cabeza, sentía un poder extraño corriendo por mis venas. La noche era nuestra. Y yo quería tomar el control, al menos al principio.

—No tan rápido, Velasco —dije, dando un paso atrás hasta que mi espalda rozó la pared de cristal que daba al balcón—. Primero... quiero que me mires.

Encendí el sistema de música con el mando que había sobre la mesa. Los primeros acordes de "Earned It" de The Weeknd inundaron la habitación, esa melodía lenta y sensual que parece hecha para desvestirse lentamente ante los ojos de un hombre hambriento.

La voz de The Weeknd resonó grave, prometiendo cosas que yo estaba a punto de cumplir.

Enzo se quedó inmóvil. Sus dedos se cerraron en puños a los costados, pero obedeció. Se quedó quieto, mirándome.

Empecé a moverme.

El vestido de novia era de encaje y seda, pesado pero fluido.

Lo agarré por los costados y lo levanté lentamente, dejando que mis piernas fueran visibles primero, centímetro a centímetro.

Los tacones seguían puestos, esos zapatos rojos de tacón aguja que había elegido específicamente para esta noche, sabiendo el efecto que tendrían sobre él.

Cuando el vestido pasó por encima de mis caderas, lo dejé caer un segundo, sosteniéndolo allí, en ese límite entre la decencia y la provocación.

Luego lo subí más, revelando el conjunto de lencería que había elegido bajo él: un body negro de encaje transparente, de esos que dejan poco a la imaginación, pero suficiente para volver loco a un santo.

Enzo jadeó. Fue un sonido casi imperceptible, pero lo capté. Su mandíbula se tensó. Vi cómo se le marcaba la nuez al tragar.

Seguí bailando, moviendo las caderas al ritmo de la canción, dejando que mis manos recorrieran mi propio cuerpo como si fueran las suyas. Me toqué el cuello, bajé por los pechos, rodeé la cintura. Cada movimiento era una promesa, cada gesto una invitación.

El vestido voló por los aires y aterrizó sobre el sofá de terciopelo gris. Quedé solo en lencería y tacones, iluminada por la luz tenue de la suite, con la música envolviéndonos como una neblina sensual.

—Joder, Lola —susurró Enzo, y su voz sonó estrangulada.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunté, acercándome a él con pasos lentos, sensuales, dejando que mis caderas se balancearan provocativamente.

No respondió. Sus ojos recorrieron mi cuerpo como si fuera la primera vez, como si no me hubiera visto desnuda cientos de veces antes. Pero esto era diferente. Ahora era su esposa. Ahora tenía todo el derecho del mundo a poseerme, y eso cambiaba todo.

Estaba frente a él. Tan cerca que podía sentir su calor, su respiración agitada, la tensión de su cuerpo conteniéndose para no devorarme todavía.

—Tócame —susurré.

No hizo falta decírselo dos veces.

Sus manos se posaron sobre mis caderas con fuerza, posesivas, y me atrajo hacia él con brusquedad.

Sentí su dureza contra mi vientre y gemí involuntariamente.

Llevaba meses deseando esto, meses de contención durante el embarazo y la recuperación, meses de toques furtivos y besos robados que ya no bastaban.

—Has sido una novia muy provocadora —murmuró contra mi cuello, besándome la piel con dureza, dejando marcas—. Y ahora voy a castigarte por ello.

—Promesas, promesas —bromeé, pero mi voz tembló cuando su mano descendió por mi vientre y encontró la humedad que ya había empapado el encaje de mi body.

—Mojada —constató con satisfacción—. Tan impaciente como siempre.

Me giró bruscamente, de espaldas a él, y me empujó suavemente hacia adelante hasta que mis manos se apoyaron en el respaldo del sofá. Su cuerpo se pegó al mío por detrás, y sentí cada centímetro de su excitación presionándome.

—Quiero que veas todo lo que voy a hacerte —susurró al oído, mientras sus manos subían por mis muslos, rozando la piel sensible del interior, provocándome hasta que jadeé—. Quiero que observes cómo te deshaces.

Me agaché y abrí el maletín que había dejado sobre la mesa antes de entrar. Enzo arqueó una ceja cuando vio lo que sacaba: un succionador de clítoris de color negro mate, elegante y potente, junto con un vibrador de doble estimulación y varios geles lubricantes de diferentes sabores.

—¿Planeabas esto? —preguntó, con una mezcla de diversión y lujuria.

—Soy una mujer previsora —respondí, enderezándome y girándome para enfrentarlo—. Y esta noche... esta noche quiero que me folles como nunca antes. Sin piedad. Sin suavidad. Quiero sentirte durante días.

Sus ojos se oscurecieron. Esa mirada que siempre significaba peligro se volvió casi salvaje.

—Quítate eso —ordenó, señalando mi body.

Obedecí. Me desabroché los broches con dedos temblorosos y dejé caer la prenda al suelo. Quedé completamente desnuda ante él, solo con los tacones puestos, ofreciéndome como un sacrificio a su hambre.

Enzo se deshizo del esmoquin con movimientos bruscos, casi violentos.

La camisa blanca se abrió, revelando su pecho musculoso, ese pecho que tantas veces había acariciado, besado, mordido.

Se quitó los pantalones y el bóxer en un solo movimiento, liberando su erección, dura y palpitante, lista para mí.

Dios, era hermoso. Cada centímetro de él estaba tallado como si los dioses hubieran decidido crear la perfección masculina solo para torturarme.

—Ven aquí —ordenó.

Caminé hacia él, con pasos inseguros por la excitación y los tacones. Cuando estuve lo suficientemente cerca, me agarró por la cintura y me levantó. Grité sorprendida, agarrándome a sus hombros.

—Agárrate fuerte, esposa —gruñó, y me depositó sobre el sofá, de espaldas, con las piernas abiertas para él.

Se arrodilló entre mis muslos y me miró con una intensidad que me hizo estremecer. Luego, sin previo aviso, agarró el succionador de clítoris que yo había dejado caer sobre la mesa y lo encendió. El zumbido bajo llenó la habitación.

—Esto es solo el principio —prometió.

Colocó el aparato sobre mi clítoris erecto y succionó.

El placer fue eléctrico, instantáneo, devastador. Mi espalda se arqueó violentamente, mis manos agarraron el cojín del sofá con fuerza, y grité su nombre mientras una oleada de sensaciones me recorría desde el vientre hasta la coronilla.

—Enzo... Dios... —jadeé, sintiendo cómo el succionador trabajaba mi clítoris con una precisión brutal, succionando y vibrando al mismo tiempo.

—No te muevas —ordenó, manteniendo el aparato en su sitio con una mano mientras con la otra abría uno de los geles lubricantes—. Quiero que estés al borde antes de meterte mi miembro.

Su lengua apareció entonces, lamiendo mis pliegues, probando mi humedad, mientras el succionador seguía su trabajo implacable. La combinación fue demasiado. Gemí, lloré, me retorcí bajo su boca y aquella máquina del placer.

Enzo no tenía piedad. Introdujo dos dedos dentro de mí, curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca, mientras su lengua danzaba alrededor de mi entrada, a veces mordisqueando, a veces lamiendo con la punta, siempre manteniéndome en el filo de la locura.

—Te vas a correr —anunció, y no era una pregunta—. Ahora, preciosa. Córrete para tu marido.

El orgasmo me golpeó como un tsunami. Mi cuerpo se contrajo violentamente, mis piernas se cerraron involuntariamente alrededor de su cabeza, y grité hasta quedarme sin voz, mientras él seguía succionando, lamiendo, empujando, prolongando mi clímax hasta que pensé que perdería el conocimiento.

Cuando el succionador se apartó, estaba temblando, jadeando, completamente derretida. Pero Enzo no había terminado. Lejos de ello.

Se levantó, con la boca brillante por mi humedad, y me miró con una expresión feroz, primitiva.

—Ahora me vas a tomar en tu boca —ordenó, y su voz era un gruñido—. Quiero sentir esa boca traviesa alrededor de mi miembro mientras te preparo para lo siguiente.

Me incorporé, todavía mareada por el orgasmo, y obedecí con avidez. Lo agarré por las caderas y lo atraje hacia mí, arrodillándome frente a él sobre el sofá. Su erección estaba frente a mi cara, imponente, con la punta brillante.

Lo tomé con una mano, masturbándolo lentamente desde la base hasta la punta, mientras con la otra acariciaba sus testículos. Enzo gruñó, echando la cabeza hacia atrás, con los músculos del cuello tensos.

—Joder, Lola...

Sonreí, y luego lo tomé en mi boca. Profundo.

Hasta el fondo de mi garganta, tragándome su longitud entera.

Enzo gritó, sus manos se clavaron en mi pelo, y empecé a mover la cabeza, creando una succión fuerte, usando la lengua para rodear la punta cada vez que subía, llevándolo al borde con cada movimiento.

—Sí... así... joder, tu boca es el paraíso —gemía, empujando sus caderas hacia adelante, follándome la boca con movimientos controlados pero desesperados.

Yo gemía alrededor de su erección, sintiendo su sabor salado, la textura rugosa de sus venas contra mi lengua, el poder que sentía al tenerlo así, vulnerable y dominado por mi boca.