Capítulo 33 #2
Pero quería más. Quería todo.
Me aparté de golpe, dejándolo jadeando y desorientado.
—Ahora —dije, con voz ronca de lujuria—. Quiero que me folles. Ahora.
Enzo no necesitó más invitación. Me empujó de nuevo sobre el sofá, pero esta vez se giró, posicionándose sobre mí en sentido contrario, ofreciéndome su erección mientras su boca encontraba mi centro de nuevo.
Grité cuando su lengua entró en mí profundamente, mientras yo tomaba su miembro de nuevo en mi boca.
Nos movíamos en sincronía, cada uno devorando al otro, creando un circuito de placer infinito.
Su lengua exploraba mis pliegues, mi clítoris, mi entrada, mientras yo succionaba su erección con fuerza, usando las manos para masturbarlo donde mi boca no llegaba.
Era salvaje. Era desenfrenado. Era perfecto.
Podía sentir que estaba cerca de venirse de nuevo, y él también. Su cuerpo se tensaba sobre el mío, sus embestidas con la lengua se volvían más desesperadas, más profundas.
—Córrete —gruñó contra mi sexo, y la vibración de su voz me empujó al borde.
Nos corrimos casi al mismo tiempo. Yo exploté contra su boca, chorreando humedad, contrayéndome violentamente, mientras él descargaba en mi boca con un grito ronco que sonó como un rugido animal. Tragué su esencia, saboreándolo, mientras mi propio orgasmo me desgarraba por dentro.
Pero no habíamos terminado. Ni mucho menos.
Enzo se giró, todavía jadeando, con los ojos brillantes de una necesidad insaciable.
—No he terminado contigo —dijo, y había algo casi amenazante en su tono—. Esta noche voy a poseerte de todas las formas posibles. Voy a dejar mi marca en cada centímetro de tu cuerpo.
Agarró el vibrador de doble estimulación y lo encendió. El zumbido potente llenó la habitación.
—Ponte de rodillas —ordenó—. Quiero verte desde atrás. Quiero ver cómo te abres para mí.
Obedecí, temblando de anticipación. Me puse a cuatro patas sobre el sofá, ofreciéndole mi trasero, sintiendo la humedad corriendo por mis muslos.
Enzo se posicionó detrás de mí. Primero, colocó el vibrador contra mi clítoris, haciéndome gritar de nuevo. Luego, con la otra mano, empezó a introducir el aparato dentro de mí, centímetro a centímetro, mientras su miembro, ya dura de nuevo, rozaba mi entrada trasera.
—Dios, estás tan apretada —gruñó, empujando el vibrador más profundo—. Y tan húmeda. Siempre lista para mí.
Movió el juguete dentro de mí, girándolo, estimulando mi punto G con precisión quirúrgica, mientras con la otra mano acariciaba mi trasero, preparándome para lo que vendría.
—Enzo... por favor... —supliqué, sintiendo la presión del vibrador y la anticipación de su entrada—. Fóllame. Te lo suplico. Fóllame ya.
—¿Así? —preguntó, y entonces penetró.
Su miembro entró en mí de golpe, llenándome por completo, estirándome, poseyéndome. Grité, un sonido gutural que no parecía humano, mientras él empezaba a moverse con embestidas profundas, duras, salvajes.
El vibrador seguía zumbando contra mi clítoris, creando una doble estimulación que me volvía loca. Cada embestida de Enzo empujaba el juguete más profundo, cada retroceso lo hacía rozar mi punto G con cruel precisión.
—Más fuerte —grité—. Fóllame más fuerte. Quiero sentirte durante semanas.
Enzo gruñó y aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron frenéticas, desenfrenadas, casi violentas. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos, nuestras súplicas, nuestras blasfemias.
—Eres mía —gruñó, clavando sus uñas en mis caderas—. Dilo. Dime que eres mía.
—Soy tuya —grité, sintiendo otro orgasmo construyéndose, enorme, devastador—. Solo tuya. Siempre tuya.
—Joder, Lola... voy a...
Se corrió con un rugido que pareció sacudir la habitación.
Colapsamos juntos sobre el sofá, jadeando, sudorosos, enredados en una maraña de brazos y piernas. El vibrador cayó al suelo con un ruido sordo. La música seguía sonando, ahora más baja, una melodía sensual que acompañaba nuestra respiración agitada.
Durante largos minutos, no dijimos nada. Solo respiramos el uno del otro, sintiendo los latidos de nuestros corazones desacelerando gradualmente.
Fue Enzo quien rompió el silencio. Se incorporó ligeramente y me giró para mirarme a la cara. Sus ojos, esos ojos oscuros que habían visto tantas cosas, ahora estaban llenos de una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acabábamos de hacer.
Me abrazó fuerte, atrayéndome contra su pecho, enterrando su rostro en mi cuello. Podía sentir su corazón martilleando contra mi espalda, su respiración caliente contra mi piel.
—Por fin —susurró, y su voz temblaba ligeramente—. Por fin eres mía. De verdad. Para siempre.
Me giré en sus brazos para enfrentarlo. Sus ojos brillaban con una emoción que no tenía nada que ver con el sexo, y todo que ver con nosotros. Con lo que habíamos construido. Con lo que éramos.
Lo acaricié la cara, sintiendo la aspereza de su barba incipiente, memorizando cada rasgo.
—Siempre he estado condenada a amarte —dije, y mi voz sonó firme, segura, absoluta—. Y no dejaré de hacerlo nunca.
Enzo cerró los ojos un segundo, como si mis palabras fueran demasiado para él. Luego los abrió, y vi lágrimas no derramadas brillando en sus pestañas.
—Lola...
No dejó que terminara. Me besó con una pasión que me quitó el aliento.
Fue un beso que lo decía todo: el deseo, el amor, la promesa, el futuro.
Sus labios se movieron sobre los míos con una urgencia desesperada, como si temiera que yo pudiera desaparecer, como si cada segundo fuera precioso y finito.
Mientras nos besábamos, mientras su lengua reclamaba la mía con una posesión total, tuve un pensamiento profundo que me atravesó el alma entera.
Así era como se sentía estar en casa. No era un lugar, no era una casa, no era un país.
Era esto. Era él. Era nosotros. Después de tantos años de huir, de esconderme, de protegerme.
.. había encontrado mi refugio. Y no era un refugio temporal ni una trampa dorada.
Era una elección. Era una promesa. Era el amor en su forma más pura y más salvaje.
Éramos un desastre perfecto, una historia imposible que de alguna manera funcionó.
Y mientras estuviera en sus brazos, mientras sintiera su corazón latiendo contra el mío, sabía que nada ni nadie podrá hacerme daño.
Porque habíamos sobrevivido al fuego, y habíamos salido transformados.
No éramos cenizas. Éramos fénix. Y este. .. este era nuestro renacer.
Enzo se apartó lentamente, reposando su frente contra la mía. Nos miramos a los ojos, y en su mirada vi el reflejo exacto de lo que yo sentía.
—Te amo —dijo simplemente.
—Yo también te amo —respondí—. Ahora, siempre, para siempre.
Y en la suite del hotel, con el olor a sexo y a jazmín impregnando el aire, con nuestra ropa esparcida por el suelo como evidencia de nuestra pasión, nos quedamos abrazados, sabiendo que lo mejor de nuestra historia apenas comenzaba.