Condenada a amarte Capítulo 32 #2
92%

Capítulo 32 #2

Le besé la coronilla aspirando el olor de su pelo. El olor de mi niña. Mi pequeña. Mi desastre favorito.

—Hija...

—¿Sí?

Sonreí. Y noté los ojos húmedos.

—No crezcas nunca.

Ella se apartó un poco para mirarme.

—¿Por qué?

—Porque me va a costar la vida dejarte ir cuando te enamores y formes tu propia familia.

Bianca pareció pensarlo. Muy seria. Como si estuviera evaluando un contrato.

Finalmente suspiró.

—Lo siento mucho.

—Gracias por tu comprensión.

—Pero algún día me casaré.

—Ya imaginaba.

—Y tendré perros.

—Eso también lo imaginaba.

—Muchos perros.

—Demasiados perros.

—Y muchos hijos.

Cerré los ojos.

—Por supuesto.

—Y una de ellas será una niña.

Sonreí.

—¿Sí?

—Y la llamaré Lola.

Mi respiración se cortó.

Escuché un leve jadeo detrás de mí, giré la cabeza y la vi. Lola estaba allí con una mano cubriéndose la boca, los ojos completamente llenos de lágrimas.

Bianca siguió ajena a todo. Saltó de mis piernas.

—¡Nala!

La perra levantó inmediatamente la cabeza.

—¡Ven!

Y ambas salieron corriendo hacia el jardín. Como si acabaran de recibir una misión urgente.

Las observé alejarse y después volví la mirada hacia Lola. Ella seguía allí. Con lágrimas deslizándose por sus mejillas. Sonriendo. Tan hermosa que dolía.

Abrí los brazos y vino hacia mí inmediatamente.

La abracé contra mi pecho, fuerte, como si aquel momento mereciera quedarse para siempre.

—Tu hija te adora —murmuré.

Lola soltó una risa temblorosa.

—Es mutuo.

Apoyó la frente en mi pecho.

—No debería llorar tanto en mi boda.

—Ya es tarde para eso.

Se rio. Y yo aproveché ese instante. Porque llevaba meses pensando en aquello. Meses.

Observándolos. Viéndolos construir algo que ya era una familia incluso sin papeles. Esperando el momento adecuado. Y entendí que no iba a existir un momento mejor que aquel.

Me separé ligeramente, lo justo para verla, lo justo para sostener su mirada. Mi expresión debió cambiar porque ella dejó de sonreír.

—¿Qué pasa?

Cogí aire despacio.

—Hace tiempo te dije algo.

Sus cejas se fruncieron.

—Muchas cosas.

—Te dije que algún día serías mi esposa.

Lola sonrió.

—Y aquí estamos.

—Y te dije que serías la madre de mis hijos.

Las lágrimas volvieron inmediatamente a sus ojos, porque ya intuía por dónde iba. Porque era inteligente. Y porque me conocía demasiado bien.

Le acaricié la mejilla con el pulgar, despacio.

—Y ahora te pregunto algo.

Su respiración tembló.

—Enzo...

No la dejé hablar. Porque si hablaba, probablemente acabaría llorando antes de tiempo. Y yo también.

—Lola...

Cogí sus manos, las dos, y las besé.

—¿Quieres ser la madre de Matteo y Bianca de manera legal?

El silencio fue absoluto. Vi cómo sus ojos se llenaban. Cómo intentaba respirar. Cómo se rompía poco a poco.

Y entonces ocurrió.

Las lágrimas empezaron a caer. Una detrás de otra. Sin control. Sin remedio. Y me lancé a abrazarla antes siquiera de escuchar la respuesta.

Porque la conocía. Porque sabía exactamente lo que estaba sintiendo.

Lola se aferró a mí con fuerza. Como si quisiera esconderse dentro de mi pecho.

—Sí —murmuró y la abracé más fuerte—. Siempre que ellos quieran.

Aquello me hizo sonreír. Porque llevaba esperando decirle la verdad desde la noche anterior.

Le levanté suavemente el rostro. Secándole las lágrimas. Una a una.

—Cariño...

Ella intentó hablar, pero no pudo. Negó con la cabeza y yo sonreí.

—Fueron ellos quienes me preguntaron anoche.

Vi cómo se detenía. Cómo intentaba procesarlo.

—¿Qué?

—Me preguntaron si cuando nos casáramos tú serías su madre de verdad.

Las lágrimas regresaron con más fuerza.

—Enzo...

—Así que no tengas miedo.

Mi voz también se rompió. Porque recordar aquella conversación todavía me golpeaba.

—Porque están deseando que seas su madre.

Lola cerró los ojos y lloró abiertamente. Sin esconderse. Sin intentar contenerse. Como alguien que llevaba años esperando escuchar aquello.

La sostuve. La dejé llorar. La dejé sentir. Y cuando finalmente consiguió respirar otra vez, tomé su rostro entre mis manos. Despacio. Con cuidado. Como si estuviera sosteniendo algo sagrado. Porque para mí lo era.

La obligué a mirarme directamente con esos ojos marrones que habían cambiado mi vida.

—Escúchame.

Ella asintió.

—No necesito un papel para saber quién eres para ellos.

Otra lágrima recorrió su mejilla.

—Matteo te busca cuando tiene miedo. Bianca te busca cuando está feliz. Fabiola te busca incluso dormida.

Mi voz bajó.

—Y yo te busco constantemente.

La vi romperse otra vez. Y continué. Porque necesitaba que lo supiera. Porque llevaba demasiado tiempo guardándolo.

—Has conseguido algo que nadie más habría podido hacer.

Le acaricié el rostro.

—Has convertido una casa en un hogar. Has unido pedazos rotos que ni siquiera sabían que podían volver a encajar. Has hecho que mis hijos vuelvan a confiar. Que yo vuelva a respirar. Que esta familia exista.

Mi frente descansó sobre la suya.

—Y si algún día dudas de cuánto te quieren… —negué lentamente—. Míralos. Porque ellos son la prueba más bonita de todo lo que has construido.

Lola soltó un breve sollozo y entonces me besó. Un beso lleno de lágrimas. De emoción y de verdad.

Un beso que sabía a promesa. A futuro. A familia.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros, me quedé mirándola.

La mujer que había llegado a mi vida cuando menos la esperaba. La mujer que había conseguido que mis hijos volvieran a sonreír. La mujer que ahora llevaba mi apellido. Y pensé algo que jamás llegué a decir en voz alta. Porque algunas verdades eran demasiado grandes para caber en palabras.

Que había pasado años creyendo que el amor era encontrar a alguien que te completara. Y Lola me había enseñado que el amor era otra cosa.

Era encontrar a alguien que te hiciera sentir en casa. Y por primera vez en toda mi vida... yo ya estaba en casa.