Capítulo 32
Enzo
La boda debería haber terminado horas antes. Al menos eso era lo que decía cualquier persona razonable.
Por suerte, mi familia y la de Lola no tenían absolutamente nada de razonable.
La música seguía sonando entre los viñedos.
Las luces colgadas entre las cepas parecían pequeñas estrellas atrapadas en el aire cálido de aquella noche de finales de verano.
Las mesas estaban llenas de copas a medio terminar.
De platos olvidados. De gente que juraba que se marchaba en diez minutos y seguía allí una hora después.
Y yo no podía apartar los ojos de mi mujer.
Mi mujer. Todavía me costaba acostumbrarme a aquella palabra.
Lola estaba a unos metros de mí, riéndose de algo que Martina acababa de decir.
Llevaba el pelo ligeramente despeinado por el viento.
Los zapatos de tacón habían desaparecido hacía rato.
Se había remangado ligeramente el vestido para no tropezar.
Y aun así seguía siendo la mujer más hermosa que había visto jamás.
No era solo una cuestión física, nunca lo había sido, era la forma en que sonreía.
La forma en que abrazaba. La forma en que conseguía que cualquier lugar pareciera un hogar.
La observé mientras sostenía a Fabiola dormida contra su pecho. La niña ni siquiera se había despertado con toda aquella locura.
Dormía ajena al mundo, completamente segura. Porque estaba con ella. Porque estaba con su madre.
Sentí algo extraño en el pecho. Algo cálido. Algo que seguía sorprendiéndome incluso después de todo. Amor. Puro y simple.
—Te estás quedando embobado.
La voz de Samuel apareció a mi lado. Ni siquiera me molesté en negarlo.
—Sí.
Samuel siguió mi mirada y sonrió.
—Te entiendo.
Miró hacia Martina. Ella estaba embarazada y acababa de empezar una discusión con Alba sobre quién bailaba peor sevillanas.
—No, no me entiendes —respondí.
Samuel soltó una carcajada.
—Estás perdido.
—Completamente.
—Bienvenido al club.
Levantamos las copas y brindamos. Porque a veces no hacían falta más palabras.
La siguiente locura llegó veinte minutos después. Bianca. Por supuesto. Siempre era Bianca.
La encontré subida encima de una silla con Nala sentada a su lado. Y ambas parecían estar dando un discurso.
—¿Qué está pasando aquí?
Bianca me señaló inmediatamente.
—¡Papá!
—Eso ya lo sé.
—Estamos organizando una reunión.
Miré a la perra. Nala me observó moviendo la cola.
—¿Con quién?
—Con todos los perros que tendré cuando sea mayor.
Asentí lentamente.
—Entiendo.
No entendía nada.
—Y Nala será la jefa.
Nala ladró como si estuviera completamente de acuerdo.
—Claro que sí.
Bianca puso las manos en la cintura.
—Papá.
—¿Sí?
—Necesito una casa muy grande.
—¿Por qué?
—Porque voy a tener muchos perros.
—¿Cuántos?
Pensó unos segundos.
—Treinta y siete.
Casi me atraganté.
—No.
—Treinta y seis.
—Tampoco.
—Papá, tienes que apoyar mis sueños.
—Tus sueños necesitan menos perros.
Bianca suspiró dramáticamente.
—Siempre intentas limitar mi arte.
Detrás de mí escuché una carcajada. Lola. Por supuesto.
Lola se estaba riendo tanto que tuvo que apoyarse en Martina.
Y verla así hizo que mi corazón hiciera esa cosa estúpida que llevaba meses haciendo cuando estaba cerca.
Más tarde encontré a Álvaro apoyado contra una barrica enorme observando la fiesta.
Ya no era aquel adolescente que había conocido. Era un hombre. Alto. Serio. Con los mismos ojos verdes que Thiago. Y exactamente la misma forma de analizarlo todo.
Me acerqué, le tendí una copa y la aceptó.
—Buena boda.
—Eso creo.
Asintió. Permanecimos unos segundos en silencio. No era un silencio incómodo. Era uno de esos silencios que preceden a una conversación importante.
Finalmente habló.
—Voy a decirte algo.
—Adelante.
Giró la cabeza hacia mí.
—Si algún día haces daño a mi hermana...
Ahí estaba. Sonreí levemente.
—Continúa.
—Te arrepentirás.
No había amenaza exagerada, pero no hacía falta. Porque hablaba completamente en serio. Y porque yo sabía exactamente de dónde venía aquello.
Amaba a Lola. La protegía. Como todos ellos.
Lo miré directamente.
—No está en mis planes hacerle daño.
Álvaro no apartó la mirada.
—Bien.
—Está en mis planes hacerla feliz el resto de su vida.
Por primera vez sonrió. Una sonrisa breve pero real.
—Eso suena mejor.
Levanté la copa.
—Es lo único que quiero.
Álvaro chocó la suya contra la mía.
—Entonces estamos de acuerdo.
Y por primera vez sentí que aquella conversación no era una advertencia, era una bienvenida.
Una aceptación silenciosa. Una forma de decirme que ya era parte de ellos.
Encontré a Thiago bastante después sentado junto a Lorenzo, mi padre. Los dos parecían estar resolviendo los problemas del mundo entre copa y copa. O inventando otros nuevos. Era difícil saberlo.
Mi padre me vio acercarme.
—Tu suegro te busca.
—Eso nunca suena bien.
Thiago soltó una carcajada.
—Ven aquí, italiano.
Me senté frente a él. Mi suegro me observó unos segundos. Como siempre hacía. Como si pudiera leer pensamientos.
—¿Qué?
Negó con la cabeza.
—Nada.
—Eso es mentira.
—Estoy pensando que mi hija tiene muy mal gusto.
Me reí.
—Eso ya lo sabía.
—Y aun así te eligió.
—Eso me preocupa.
Thiago soltó otra carcajada. Después su expresión cambió ligeramente, se volvió más seria, más sincera.
—Gracias.
Parpadeé.
—¿Por qué?
Me sostuvo la mirada.
—Por luchar por ella.
El ruido de la fiesta pareció alejarse.
—Thiago...
—Déjame terminar.
Asentí.
—Cuando llegó a mi vida era una niña que intentaba ser fuerte todo el tiempo.
Su voz se suavizó.
—Y cuando creció siguió haciendo exactamente lo mismo.
Miró hacia Lola. Ella estaba hablando con Valeria. Sonriendo feliz.
—Durante años pensé que siempre tendría una parte rota.
Tragué saliva.
—La tiene.
—Todos la tenemos.
Asentí. Porque eso era verdad.
—Pero tú le devolviste algo que había perdido.
Guardé silencio.
—Le devolviste la sonrisa.
Aquello me golpeó más de lo que esperaba. Porque yo sentía exactamente lo contrario. Que había sido ella quien me había salvado.
Thiago extendió la mano.
—Cuídala.
La observé. Luego estreché su mano con firmeza.
—Te lo prometo.
Su mirada se endureció un segundo.
—No.
Negué con la cabeza.
—La cuidaré.
—Eso ya lo sé.
—Entonces ¿qué?
Su expresión se suavizó.
—Prométeme que cuando lleguen los momentos difíciles no dejarás de luchar por ella.
Sentí un nudo en la garganta, porque entendía perfectamente aquella petición.
—Te lo prometo.
Thiago asintió lentamente, como si aquella respuesta fuera suficiente. Y después apretó mi mano una última vez. Sin más palabras. Porque los dos sabíamos que no hacían falta.
Y mientras soltaba aquel apretón, vi a Lola al otro lado de los viñedos. Riéndose. Brillando. Viva. Y pensé que aquella promesa era la más fácil que había hecho en toda mi vida.
La noche había adquirido esa calma extraña que solo llega después de las grandes celebraciones.
La música seguía sonando. Las luces continuaban brillando entre los viñedos. Pero todo parecía más lento. Más íntimo.
Como si la boda hubiera dejado atrás el ruido y se hubiera quedado únicamente con lo importante.
La familia. El amor. La sensación de hogar.
Apoyé una mano sobre la barandilla de piedra del patio mientras observaba el jardín. A lo lejos distinguí a Martina discutiendo con Samuel sobre algo completamente absurdo.
Valeria hablaba con Alba. Thiago seguía sentado con mi padre. Y Lola... Lola estaba sosteniendo a Fabiola. Balanceándola suavemente.
Como si hubiera nacido para hacerlo. Como si toda su vida hubiera estado preparándose para aquel instante.
Mi hija dormía ajena al mundo. Y mi mujer la observaba como si fuera el milagro más extraordinario jamás creado.
Tal vez lo era. Sonreí para mí mismo.
—Papá.
La voz de Bianca me hizo girarme. Venía corriendo con los zapatos en la mano, el vestido ligeramente arrugado y Nala pegada a sus talones como una guardaespaldas demasiado peluda.
—Hola, terremoto.
—Necesito hablar contigo.
—Eso suena preocupante.
—Es muy importante.
Su expresión era tan solemne que tuve que contener una sonrisa. Me agaché frente a ella.
—Te escucho.
Bianca miró alrededor, como si fuera a compartir un secreto de Estado. Después se acercó.
—Es un secreto.
—Vale.
—Muy secreto.
—Entendido.
—No puedes reírte.
Aquello ya era imposible.
—Lo intentaré.
Bianca asintió satisfecha. Luego bajó la voz.
—¿Te acuerdas de cuando vivíamos en Italia?
Mi sonrisa desapareció un poco.
—Sí.
—¿Y te acuerdas de cuando mamá y tú discutíais?
Sentí una punzada incómoda, porque sí, me acordaba demasiado bien.
Las discusiones. Los silencios. La tensión constante. La sensación de estar atrapado.
Asentí.
—Sí.
Bianca bajó la mirada hacia sus zapatos.
—Matteo y yo os escuchábamos algunas veces.
Cerré los ojos un segundo. Porque aquello dolía. Porque siempre había intentado protegerlos. Y aun así habían escuchado más de lo que yo quería admitir.
—Lo sé, pequeña.
Ella jugueteó con una cinta del vestido.
—Y entonces, ella vino aquí y os escuchamos discutir muy fuerte.
Tragué saliva.
—Bianca...
—Déjame terminar.
Asentí. La niña levantó la cabeza y entonces sonrió. Una sonrisa dulce e inocente.
—Aquella noche pedí un deseo.
Parpadeé.
—¿Un deseo?
—Sí.
—¿Qué deseo?
Su sonrisa se hizo más grande.
—Tener una mamá como Lola.
El mundo pareció detenerse por un instante, solo un instante, pero suficiente.
Bianca siguió hablando sin darse cuenta de que me había dejado sin palabras.
—Porque ella siempre nos abrazaba. Siempre nos escuchaba. Siempre estaba contenta de vernos. Y porque Nala nos quiere mucho.
Eso último parecía ser una prueba irrefutable para ella. Sentí algo cerrarse en mi garganta.
—Y ahora la tengo.
Aquello fue demasiado. Simplemente demasiado.
La atraje hacia mí, la senté sobre mis piernas y la abracé con fuerza. Bianca soltó una risita.
—Papá, me estás aplastando.
—Lo siento.