Capítulo 31
Lola
A veces pensé que el amor no era un destino, sino un lugar al que uno volvía después de haberse perdido demasiadas veces.
Y aquel día, mientras me miraba en el espejo con el vestido de novia puesto, supe que por fin había llegado.
Tres meses habían pasado desde el nacimiento de Fabiola. Tres meses desde que mi vida había cambiado de forma irreversible otra vez.
Y ahora estaba allí, a punto de casarme con Enzo. Con el hombre que había sido error, herida, refugio y hogar al mismo tiempo.
Escuché risas detrás de la puerta. Bianca entró primero, girando sobre sí misma con su vestido de dama de honor.
—¡Eres la novia más bonita del mundo! —gritó.
Matteo la siguió, más serio, aunque con esa sonrisa contenida que siempre intentaba disimular.
—Es verdad —dijo—. Aunque Bianca exagera mucho.
—No exagero —replicó ella—. Es científico.
—Eso no es una respuesta —murmuró él.
—Sí lo es si lo digo yo.
Me reí. Y al hacerlo sentí que los nervios aflojaban un poco en mi pecho.
Fabiola estaba en brazos de mi madre en la habitación de al lado. Martina corría de un lado a otro diciendo que todo estaba bajo control cuando claramente no lo estaba.
—Si algo sale mal —gritó desde el pasillo—, yo no he sido.
—Eso no tranquiliza a nadie —respondió Thiago, mi padre.
Y entonces escuché su voz.
Enzo no entró de inmediato, se quedó fuera unos segundos. Como si necesitara respirar antes de verme. Y cuando finalmente lo hizo, el mundo se detuvo un instante.
Iba de negro. Demasiado elegante. Demasiado él. Me miró como si no hubiera nadie más en la habitación.
—Te vas a casar conmigo —dijo.
—Eso parece —respondí.
Bianca hizo un sonido de emoción exagerada. Matteo tosió para disimular una sonrisa. Enzo dio un paso más.
—Sigues siendo la mujer más peligrosa que he conocido.
—Y tú sigues sin aprender —contesté.
Se acercó hasta quedarse a centímetros de mí.
—No me hagas arrepentirme —susurró.
—Demasiado tarde —le dije—. Ya te tengo.
Y entonces me besó. Un beso suave y lento, como si aquel beso no fuera un inicio, sino una confirmación.
La ceremonia fue al aire libre. Entre viñedos. Con luz dorada cayendo sobre todos nosotros como si el mundo hubiera decidido por fin portarse bien.
Matteo me llevó al altar, había dicho que quería sería él quien me acompañara, y nadie lo discutió porque ese niño me quería con locura, y yo a él. Y cuando me dio la mano, me apretó fuerte.
—Eres la mejor madre del mundo —me dijo en voz baja.
Se me rompió algo dentro.
—Matteo…
Se me llenaron los ojos de lágrimas antes de poder evitarlo. Me agaché y lo abracé.
—Tú eres el mejor hijo —le susurré—. Y ojalá algún día encuentres a alguien que te quiera como mereces.
Él puso cara de duda.
—No sé… el amor es raro.
Y todos los que estaban cerca se rieron. Yo también, entre lágrimas.
—Lo es —dije—. Pero vale la pena.
La música empezó cuando me acerqué a Enzo, y en cuanto escuché las primeras notas supe cuál era.
“Cómo quieres que te quiera”, de Rosario Flores y Sebastián Yatra.
La misma canción que había bailado con él un año atrás. Y todo encajó de repente.
Cuando llegué al altar, Enzo me cogió las manos.
—Otra vez aquí —murmuró.
—Otra vez tú —le respondí.
El oficiante habló, pero yo apenas escuchaba. Solo veía a Enzo. Solo sentía su mano. Solo existía ese momento.
El silencio del altar no era realmente silencio. Era algo más denso. Lleno de respiraciones contenidas, de miradas que pesaban más que cualquier palabra, de un mundo entero esperando una sola respuesta.
Yo sentía la mano de Enzo sobre la mía como si fuera lo único que me mantenía en pie.
El oficiante sonrió.
—Lola Velasco ¿aceptas a Enzo como tu esposo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, amándolo y respetándolo todos los días de tu vida?
Tragué saliva, y por un segundo, vi todo lo que había sido.
El miedo. Las huidas. Las noches sin dormir. Las dudas. Y luego vi lo que era ahora.
Fabiola. Matteo. Bianca. Esta familia imposible que habíamos construido a base de heridas y segundas oportunidades.
Miré a Enzo y él no dijo nada, solo me sostuvo la mirada como si no necesitara ninguna respuesta para saberla.
Pero la dio.
—Sí, quiero —dije.
Y el mundo, de alguna forma, encajó.
Escuché risas. Un aplauso contenido. Martina diciendo algo como “¡por fin!” demasiado alto.
Enzo cerró los ojos un segundo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante meses.
—Enzo Bianchi —continuó el oficiante—, ¿aceptas a Lola como tu esposa?
Enzo apretó mis manos.
—Sí, quiero —dijo sin dudar y sin dejar que terminara.
Esta vez fui yo la que cerró los ojos. Porque esa voz… esa certeza… me atravesó entera.
El intercambio de anillos fue más torpe de lo que debería haber sido.
Matteo se acercó primero con el de Enzo. Serio. Con cuidado. Como si supiera que estaba entregando algo importante. Enzo lo miró.
—Gracias, hijo —dijo.
Matteo asintió, incómodo con la emoción. Luego Bianca llegó corriendo con el mío.
—¡No lo he perdido! —anunció orgullosa.
—Eso ya es un logro —murmuró Enzo.
—¡He ayudado a la ciencia del amor!
—Eso tampoco existe —susurró Matteo.
—¡Sí existe!
Nos reímos todos. Y en medio de esa risa, Enzo me colocó el anillo mientas sus dedos temblaban ligeramente.
—Ahora sí —murmuró.
—Ahora sí ¿qué? —pregunté.
—Ahora sí eres mía —dijo.
Le di un golpe suave en el pecho.
—Qué peligroso eres.
—Siempre lo he sido —respondió.
Le puse su anillo a él y sentí algo extraño. Como si no estuviera sellando un matrimonio, sino una historia.
Y entonces empezó la música de nuevo.
“Cómo quieres que te quiera”. Y todo explotó en vida. El baile no fue perfecto, pero fue nuestro.
Enzo me agarró de la cintura y me giró sin avisar.
—No te quejes —dijo—. Es tradición.
—En tu cabeza.
—En todas las bodas italianas.
—Esto es Cádiz, Enzo.
—Ahora es Italia también.
Me reí y empezamos a bailar.
Martina apareció de repente a nuestro lado.
Matteo tiró de Bianca para bailar. Fabiola estaba en brazos de alguien pasando de mano en mano como una reina diminuta.
Y yo… yo solo miraba a Enzo.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada —dije.
—Estás llorando.
—No estoy llorando.
—Sí lo estás.
—Estoy… emocionada.
—Eso es llorar, tesoro.
—Cállate.
Me besó en medio del baile, sin pedir permiso, y el mundo entero aplaudió.
La fiesta se convirtió en un caos descontrolado.
Copas levantadas. Brindis exagerados. Samuel intentando convencer a Matteo de que el amor no era tan complicado. Matteo respondiendo que sí lo era, pero que había que intentarlo igual.
Bianca bailando encima de una silla hasta que mi madre la bajó riéndose.
Martina llorando porque “esto es demasiado bonito”. Mi padre diciendo que él ya sabía que acabaríamos así.
Y Enzo… Enzo no me soltaba.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —me dijo en un momento.
—Que por fin te he atado legalmente —respondí.
—No.
—¿No?
—Que no tengo que seguir imaginándome esto.
Lo miré.
—¿Esto?
—Esto —dijo, señalando todo—. Nosotros. Ellos. La vida.
Se me apretó el pecho.
—Siempre ha sido real.
—Ahora lo sé —respondió.
Cuando la música volvió a cambiar, Enzo me llevó otra vez al centro, y esta vez fue más lento. Más íntimo. Más nuestro.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te vi? —preguntó.
—Sí.
—Yo no pensé que acabaríamos aquí.
—Yo tampoco.
—Mentira —dijo, y me reí.
—Vale… quizá un poco.
Me besó la frente.
—Te voy a querer toda la vida, Lola.
Me quedé quieta, porque eso no era una frase más, era una promesa que no pedía permiso.
—Ya me quieres —susurré.
—No. Esto es otra cosa —dijo—. Esto es definitivo.
La noche fue cayendo despacio. Las luces cálidas se encendieron entre los viñedos. La música bajó. Los niños se quedaron dormidos en brazos de alguien.
Mi madre apoyó la cabeza en el hombro de mi padre. Martina se quedó dormida medio riéndose. Y yo miré a Enzo.
—Estoy cansada —dije.
—Yo también —respondió.
—Ha sido demasiado perfecto.
—No digas eso —murmuró.
—¿Por qué?
—Porque entonces parece que puede romperse.
Me quedé en silencio y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo.
Enzo me llevó lejos del ruido, hasta un punto donde solo se escuchaban el viento y nuestras respiraciones.
—Lola —dijo.
—¿Qué?
Me giré hacia él y entonces me abrazó fuerte, sin palabras.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué?
—Por quedarte.
Le rodeé la cintura.
—Siempre me he quedado.
—No —dijo—. Antes sobrevivías. Ahora vives aquí.
No supe qué responder. Porque tenía razón.
Me besó una última vez y cuando nos separamos, apoyó su frente en la mía.
—Esto es nuestro hogar —dijo.
Miré alrededor. Los viñedos. La casa. Los niños. La gente que habíamos elegido. Y asentí.
—Sí —susurré—. Lo es.
Y por primera vez en toda mi vida no pensé en huir.
Pensé en quedarme.