Capítulo 30
Enzo
Nunca pensé que los siete meses más largos de mi vida pudieran caber dentro de algo tan simple como un trayecto en coche.
El hospital estaba a menos de veinte minutos, pero aquella mañana cada segundo pesaba como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, casi sólido.
Miré a Lola de reojo mientras ella respiraba con calma fingida, con esa mano apoyada en la parte baja del vientre, como si pudiera sostener ahí dentro a nuestra hija con solo el contacto.
Fabiola.
El nombre lo habían elegido Matteo y Bianca.
Aún me parecía increíble que dos niños pudieran decidir algo tan grande con tanta seguridad, como si el mundo entero les perteneciera.
Dijeron que era el nombre perfecto. Y cuando lo dijeron, Lola sonrió con esa mezcla de agotamiento y ternura que llevaba meses acompañándola.
Yo no discutí. Porque desde que ella me dijo que estaba embarazada, había aprendido a no discutir con el destino.
Durante esos siete meses mi vida había dejado de ser una sola línea.
Había sido una sucesión de aeropuertos, reuniones, hoteles sin alma y vuelos de madrugada que siempre acababan en Cádiz.
Florencia había quedado atrás casi sin darme cuenta.
La bodega seguía funcionando, sí, pero yo ya no vivía allí.
Vivía donde estaban ellos. Donde estaba ella.
Los niños se habían adaptado a todo con una facilidad que me desarmaba. Matteo había crecido de golpe, como si el tiempo hubiera decidido apretarlo por dentro, y Bianca seguía siendo esa chispa imposible de apagar que convertía cualquier silencio en ruido.
Vivíamos todos juntos en casa de Lola. Todavía me parecía irreal pensarlo así.
Thiago y Valeria se habían convertido en algo que nunca había esperado para ellos: abuelos sin sangre, pero con una entrega que no necesitaba explicaciones.
Valeria llevaba a Bianca a la cama cuando se quedaba dormida en el sofá.
Thiago enseñaba a Matteo a montar a caballo como si fuera su propio hijo.
Y yo… yo había aprendido a respirar sin sentir que me faltaba algo constantemente.
Martina estaba embarazada de cuatro meses y esperaba un niño al que llamarían Alejandro.
Lo habían concebido en aquella luna de miel tardía que por fin habían conseguido robarle al mundo. Cuando nos lo dijeron, Martina lloraba y reía al mismo tiempo, y Lola la abrazaba como si todo lo que había pasado antes de ese momento no hubiera tenido importancia.
A veces pensaba que la vida tenía una forma extraña de recomponerse sola. Aunque nunca del todo.
Lola soltó un pequeño quejido y me sacó de mis pensamientos. Frené un poco más fuerte de lo necesario.
—¿Te duele? —pregunté.
—No —respondió rápido—. Solo… es incómodo.
Su voz tenía esa mezcla de orgullo y dolor que había aprendido a reconocer en ella. Lola nunca admitía demasiado. Ni siquiera cuando no podía más. Apreté el volante.
—Estamos llegando —dije.
Ella asintió sin mirarme.
—Enzo…
Su voz fue más baja entonces.
—Estoy bien —le dije antes de que terminara la frase.
Porque sabía lo que venía detrás de ese “Enzo”.
Lo había escuchado demasiadas veces durante estos meses. Cuando dudaba. Cuando tenía miedo. Cuando creía que no estaba preparada. Y siempre había sido la misma respuesta en mi cabeza: ella lo estaba, aunque no lo creyera.
Entramos en el aparcamiento del hospital y el mundo se volvió más rápido de golpe. Todo empezó a moverse con una urgencia distinta. Yo bajé primero, rodeé el coche y abrí la puerta para ayudarla.
—No hace falta que me trates como si me fuera a romper —murmuró y la miré.
—Hoy sí.
No discutió. Eso fue lo que me asustó un poco.
La ayudé a salir. En cuanto puso un pie fuera, se agarró a mi brazo con fuerza. No por debilidad. Por necesidad.
Matteo y Bianca habían querido venir, pero Valeria se había negado con una firmeza suave. “Hoy no”, había dicho. Y los niños lo habían aceptado, aunque Bianca había insistido en que Fabiola no podía nacer sin que ella le diera permiso.
Entramos en urgencias y todo se aceleró aún más.
Gente corriendo. Camillas. Voces que no se quedaban quietas. Lola se detuvo un segundo, respiró hondo y me miró.
—Enzo…
Esta vez sí terminé yo la frase.
—Estoy contigo.
Y lo dije sin pensar, sin medirlo, como si llevara siete meses repitiéndomelo por dentro.
Ella asintió y apretó mi mano.
—Vale —susurró.
Y entonces la llevaron al paritorio.
La puerta se cerró y el mundo, de repente, se quedó fuera.
La puerta del paritorio se cerró detrás de Lola con un golpe seco que me dejó clavado en el pasillo.
El sonido no fue fuerte, pero lo sentí como si hubiera cambiado algo dentro de mí. Como si alguien hubiera trazado una línea invisible entre lo que era esperar y lo que era perder el control.
Me quedé allí de pie, mirando esa puerta gris sin moverme.
—¿Es el padre? —dijo una enfermera al pasar.
Asentí sin pensar.
“Padre”. Todavía me sorprendía esa palabra cuando venía dirigida a mí en ese contexto.
Me apoyé en la pared. Saqué el móvil. Lo guardé. Lo volví a sacar. No tenía sentido hacer nada. Todo lo que importaba estaba al otro lado de esa puerta.
Pasaron minutos que no supe medir. Entonces la puerta se abrió y una enfermera salió con prisa.
—¿Enzo Bianchi?
Me incorporé de inmediato.
—Sí.
—Puede entrar. Pero le advierto que esto ya está en fase activa. Va a ser rápido… y bastante intenso.
Asentí. “Intenso” no era una palabra que me ayudara mucho.
Entré y el mundo cambió de forma.
El paritorio era demasiado blanco. Demasiado limpio. Demasiado real. Lola estaba tumbada, con el pelo pegado a la frente, la respiración acelerada. Cuando me vio entrar, soltó una carcajada corta que no encajaba con lo que estaba pasando.
—Ah, perfecto —dijo—. Ya estás aquí para verme sufrir.
Me acerqué rápido.
—No estás sufriendo —mentí.
—Claro que no —ironizó—. Esto es como un spa, Enzo.
La enfermera que estaba a su lado me miró como si ya supiera que iba a ser una larga mañana.
—Contracciones cada tres minutos —informó—. Muy buena evolución.
Lola apretó mi mano.
—Dile que miente —me susurró.
—No miente —respondí.
—Traidor.
Sonreí sin querer. Pero la sonrisa se me borró rápido cuando la vi tensarse de golpe.
—Vale… vale… vale… —empezó a repetir.
—Respira —le dije.
—No me digas que respire —me soltó—. ¡Respiro todo el día!
La enfermera intervino con calma.
—Enzo, acompáñela en la respiración.
La miré.
—No sé cómo se hace eso.
Lola me fulminó.
—¿Cómo que no sabes?
—Yo hago negocios, Lola.
—Pues negocia con mi útero, italiano, porque esto es una guerra.
La enfermera se rio y yo también. Y eso, de algún modo, alivió el aire.
Las contracciones fueron subiendo de intensidad. El humor se mezclaba con los momentos de dolor de una forma extraña. Lola pasaba de insultarme a apretarme la mano como si fuera lo único estable en el universo.
—Te odio —dijo en un momento.
—Lo sé —respondí.
—No sabes nada.
—Entonces explícamelo.
Me miró entre dolor y rabia.
—Explícamelo tú a mí —me soltó—. ¿Por qué alguien decide voluntariamente tener hijos si duele tanto?
—Porque luego llegan ellos —respondí sin pensar.
Eso la silenció un segundo. Solo uno. Luego volvió el dolor.
—Te voy a matar —añadió.
—Cuando nazca Fabiola lo hablamos.
—No va a haber Fabiola —jadeó—. Va a haber un monstruo saliendo de mí.
La enfermera intervino con calma.
—Está progresando muy bien.
Lola giró la cabeza.
—¿Muy bien para quién?
Pasaron más horas de las que me gustaría recordar con detalle.
Hubo momentos en los que Lola me apretaba la mano con tanta fuerza que pensé que me la iba a romper. Otros en los que se reía entre contracciones como si la situación fuera absurda.
—Si esto lo hubiera sabido antes —dijo jadeando—, te habría hecho firmar un contrato.
—¿Qué contrato?
—Que tú parirías la mitad.
La enfermera casi se atragantó y yo también. Y entonces cambió todo.
—Dilatación completa —dijo alguien.
El ambiente se tensó de golpe. Lola dejó de bromear y yo dejé de respirar igual.
—Vale —susurró ella—. Vale… ahora sí que no hay vuelta atrás, ¿no?
Me acerqué más.
—Nunca la hubo.
Ella me miró, y por primera vez en todo el proceso, no hubo humor, solo verdad.
El momento final fue brutal. No había otra palabra.
Lola gritó. Se rompió. Se recompuso. Volvió a romperse. Yo la sujetaba como podía, sin saber qué hacer con mis manos, con mi cuerpo, con todo lo que sentía dentro.
—Enzo… —jadeó—. Enzo, no puedo…
—Sí puedes —le dije.
—¡No puedo!
—Sí puedes —repetí—. Mírame.
Me miró, y no sé qué vio en mi cara, pero siguió.
La sala se llenó de voces rápidas, instrucciones, tensión. Y entonces… Un sonido. Pequeño, corto, y nuevo.
El mundo se detuvo para mí, al escuchar el llanto de Fabiola.
La enfermera la sostuvo en brazos y la levantó ligeramente.
—Es una niña preciosa, y sanísima —dijo.
Lola empezó a llorar antes de verla, y yo también.
Me acerqué cuando me dejaron y la vi. Tan pequeña, perfecta y real, y algo dentro de mí se reorganizó de forma definitiva.
—Hola —susurré sin darme cuenta.
Lola rio entre lágrimas.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Eso es todo lo que tienes que decirle a tu hija recién nacida?
—No sé qué se le dice —respondí.
—Pues improvisa, italiano.
La enfermera nos la acercó, la cogí con cuidado y en cuanto la tuve en brazos, todo lo demás dejó de existir.
Lola me miró desde la camilla.
—¿Está bien? —preguntó más bajo.
Asentí.
—Es perfecta.
Ella cerró los ojos, agotada.
—Gracias a Dios.
Me acerqué a ella, todavía con Fabiola en brazos, y me incliné para besarla. Fue un beso distinto. Sin urgencia, sin miedo y sin dudas, solo certeza.
Cuando me separé, apoyé la frente en la suya.
—Ya no tienes escapatoria —dije despacio.
Ella abrió los ojos.
—No sigas.
—Vamos a casarnos, tesoro —terminé.
Lola se quedó en silencio. Luego soltó una risa cansada.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Acabo de parir, Enzo.
—Te doy unos meses, así que ya puedes darte prisa en preparar todo.
La enfermera tosió incómoda. Lola me miró y finalmente, sonrió.
—Eres un imbécil.
—Y, aun así, me quieres.
Ella cerró los ojos otra vez.
—Vale —susurró—. Pero no más bebés en esta familia.
—Cariño, no me hagas prometer cosas que no voy a poder cumplir.
Y en ese momento supe que no había vuelta atrás.
Ni para ella. Ni para mí. Ni para nosotros.