Capítulo 27
Lola
Habían pasado tres días. Tres días desde que lo vi. Tres días desde que abrí aquella puerta y lo encontré con ella.
Tres días desde que el mundo se me rompió en un lugar tan concreto del pecho que todavía no había sido capaz de recolocarlo.
No había vuelto a hablar con él. Ni una vez. Y lo peor no era el silencio, lo peor era lo que había visto.
Su cara. La forma en la que me miró cuando se dio cuenta de que estaba allí. El momento exacto en el que todo dejó de ser lo que yo creía que era.
Y la pregunta. Esa maldita pregunta.
“¿Es esto lo que quieres?”
No la había olvidado. Y ella había respondido sin palabras, sin dudas. Con su cuerpo.
Y yo… yo solo había entendido una cosa. Que yo no era nada de eso. Nunca lo había sido. Solo había sido la pausa.
La otra. La equivocación bonita. Y me había ido antes de que me rompiera del todo. Aunque ya estaba rota.
Me senté en el borde de la cama con la ecografía entre las manos. El papel temblaba un poco, no porque tuviera frío, sino porque yo ya no era capaz de mantener nada completamente firme.
Ahí estaba. Un punto diminuto, casi ridículo. Un latido que todavía no se escuchaba, pero que ya existía.
Seis semanas. Seis semanas dentro de mí. Y yo no había sido capaz ni de procesarlo cuando la ginecóloga me lo había dicho esa mañana.
Solo había asentido. Solo había sonreído. Solo había salido de la consulta con una mano en el vientre y la otra apretando la ecografía como si se me fuera a escapar.
Y ahora estaba aquí. Sola, con una vida empezando dentro de mí y otra desmoronándose fuera.
— Hola… —susurré, sin darme cuenta.
Me dio vergüenza inmediatamente pero no dejé de mirarlo. No podía. Porque aquello era lo único puro que me quedaba.
Lo único que no dolía. Lo único que no mentía. Y aun así… lloré.
Lloré en silencio. Porque no era posible que la vida fuera tan cruel como para regalarme eso justo ahora. Justo cuando él…
No, no quería pensarlo, no podía.
El timbre sonó y me sobresalté tanto que casi dejé caer la ecografía. Me limpié la cara con el dorso de la mano rápidamente y respiré hondo.
— Martina… —murmuré.
Seguro que era Martina otra vez.
Martina insistiendo. Martina preguntando. Martina empujándome hacia una conversación que yo no quería tener.
Porque Martina no había visto lo que yo vi. O quizá sí. Y por eso insistía más.
Caminé hacia la puerta sin ganas, sin energía, sin vida.
Abrí y el mundo se detuvo.
Porque no era Martina y tampoco era Enzo. No era nadie conocido.
Era un hombre mayor, demasiado recto, demasiado serio, demasiado… familiar.
Su cara me golpeó como un recuerdo que nunca había querido recuperar y sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—Hola, Lola.
No dije nada. No podía. Porque aquella voz… Aquella voz venía de una infancia que yo había enterrado demasiado profundo.
—¿Qué… qué haces aquí? —logré decir al fin.
El hombre bajó la mirada un segundo, como si le pesara estar allí. Como si le pesara existir delante de mí.
—Necesito hablar contigo.
—No.
La palabra salió automática.
—Por favor —añadió—. Solo un momento.
Mi cuerpo entero se tensó.
—No tienes derecho a estar aquí.
Él tragó saliva y entonces lo dijo. Sin preparación y sin rodeos. Como si no hubiera otra forma posible.
—Me estoy muriendo.
El mundo se partió otra vez. Pero esta vez de una forma diferente. Más lenta y cruel.
Me apoyé en el marco de la puerta sin darme cuenta.
—¿Qué…?
—Cáncer —dijo—. Terminal.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies. Que algo dentro de mí empezaba a romperse de una forma distinta a la de Enzo.
Más antigua. Más profunda. Más infantil. Y entonces llegaron los recuerdos.
Sin permiso y sin piedad.
La casa. Los gritos. Una puerta cerrándose demasiado fuerte. El silencio después del ruido. Mi madre abrazándome demasiado fuerte. Yo escondida detrás de ella.
Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
—No… —susurré.
—Lola, por favor.
—No —di un paso atrás—. No tienes derecho a venir aquí ahora.
—Lo sé.
Su voz sonó un poco más baja.
—Pero necesitaba veros.
—¿Ahora? —solté una risa vacía—. ¿Ahora que te estás muriendo?
Él bajó la mirada, no lo negó y eso fue peor.
—Siempre os quise —dijo de repente.
Me reí. Me reí de verdad. Una risa rota. Sin alegría. Sin nada.
—No.
—Es la verdad.
—No —repetí más fuerte—. No empieces con eso —le señalé la puerta—. Vete.
—Lola…
—¡He dicho que te vayas!
Su cara cambió, y en ella vi dolor y culpa. Algo que no me interesaba en absoluto.
—Nunca dejé de querer a tu madre —añadió.
Eso me golpeó, pero no como él pensaba, sino como una mentira vieja. Repetida demasiadas veces.
—No la has visto en años —escupí.
—Porque no pude.
—Porque ella te dejó, se liberó y encontró la felicidad. Nunca la quisiste de verdad, nunca.
Silencio. Ahí estaba la verdad. Él dio un paso hacia mí y yo retrocedí inmediatamente.
—Solo quiero veros una última vez —dijo—. A ti. A Martina. Solo… hablar.
Sentí que algo dentro de mí se rompía. No de pena, sino de rabia.
—¿Ahora quieres ser padre?
Su mirada se humedeció.
—Siempre lo he sido.
—No —mi voz salió más firme de lo que esperaba—. No lo fuiste cuando hacía falta.
Silencio. El tipo de silencio que no se llenaba. El tipo de silencio que dolía.
Noté que estaba temblando. No de miedo, sino de algo peor. De confusión. De heridas que no habían terminado de cerrar nunca.
—Vete —susurré otra vez.
—Lola, por favor…
—¡Vete!
La palabra salió más fuerte y más rota. Más definitiva.
Él me miró durante unos segundos y vi algo en su cara. Algo que no había visto nunca.
Derrota, no lucha, ni manipulación. Derrota.
Asintió lentamente.
—Lo siento —dijo.
Y luego se dio la vuelta y se fue.
Cerré la puerta y me quedé apoyada contra ella. Respirando mal y demasiado rápido.
Las manos me temblaban. El corazón me dolía. Y entonces… Caí. Pero no al suelo. Caí hacia dentro.
Nala apareció a mi lado en silencio. Siempre aparecía cuando yo me rompía.
Le acaricié la cabeza sin fuerzas.
—Estoy bien… —mentí.
Ella me miró como si supiera perfectamente que no era verdad.
El timbre volvió a sonar. Me tensé otra vez. No. Por favor, no.
Abrí y vi a mi hermana Martina, que entró como un torbellino.
—Vale —dijo sin saludar—. Te traigo comida, té, y fuerza emocional porque estás fatal.
No respondí. Ella se detuvo y me miró mejor.
—¿Qué ha pasado?
No pude contestar, solo señalé el sofá, me senté y le conté todo. O casi todo.
Martina escuchó en silencio. Sin interrumpir por una vez en la vida.
Cuando terminé, ella se quedó callada. Y luego dijo:
—Vale.
Parpadeé.
—¿Vale?
—Sí.
Se sentó a mi lado, respiró hondo y entonces señaló mi ecografía.
—Ahora —dijo, levantando una ceja—. ¿puedes decirme si voy a ser tía de verdad? Porque ahí veo un mini Velasco en ciernes.
Me quedé mirándola. En shock total.
—Martina…
—¿Qué? —dijo tranquila—. No me cambies de tema.
Y entonces, sin quererlo… solté una risa.
Una sola, breve y rota, pero real. Y por primera vez en tres días… no me sentí completamente hundida.
Martina no apartó la mirada de la ecografía.
La tenía entre las manos como si de pronto pesara más de lo que debía. Como si el papel pudiera explicarle cosas que yo todavía no era capaz de decir en voz alta.
Yo seguía de pie en la entrada del salón, apoyada contra la pared, sin saber muy bien qué hacer con mi propio cuerpo.
—Dime que no es una broma —dijo al fin, más bajo, más seria.
Tragué saliva.
—No lo es.
Martina levantó la vista despacio y entonces cambió.
La sonrisa ligera desapareció como si nunca hubiera estado allí. Sus ojos se afilaron, no con enfado, sino con algo mucho más peligroso: comprensión.
—Vale —repitió, esta vez sin humor—. Vale… no es una broma.
Se sentó en el borde del sofá sin dejar de mirar la ecografía.
—Lola… —susurró—. ¿Cuánto?
Me llevé una mano al vientre, casi por instinto.
—Seis semanas.
Martina cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, ya no estaba jugando.
—Es de él.
No era una pregunta. Asentí. Y en cuanto lo hice, me arrepentí.
Porque decirlo en voz alta lo volvía real de una forma brutal. Martina soltó aire lentamente.
—Enzo.
El nombre quedó suspendido en el salón como algo demasiado grande para la habitación.
Me crucé de brazos, como si eso pudiera protegerme de lo que venía.
—No se lo he dicho —susurré.
Martina me miró como si acabara de decirle que me había lanzado al vacío sin red.
—¿Que no se lo has dicho?
Negué con la cabeza.
—No lo sabe.
Se pasó una mano por el pelo, nerviosa por primera vez.
—Lola… —empezó, pero se detuvo.
Se levantó de golpe y empezó a caminar por el salón.
—Vale. Vale, vale… —murmuraba—. Esto es… esto es enorme.
Yo no dije nada. Porque lo era.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó al fin, girándose hacia mí.
Esa era la pregunta que llevaba toda la mañana evitando.
Miré la ecografía sobre la mesa. Mi hijo. O mi hija. Algo diminuto que no entendía nada de todo lo que lo rodeaba.
—No lo sé —respondí con honestidad.
Martina se acercó más, bajando el tono.
—Lola… mírame.
La miré. Y su expresión se suavizó un poco.
—Respira —dijo—. Primero respira.
Solté una risa mínima, rota.
—Llevo todo el día respirando como puedo.
—Ya, pero no estás pensando con claridad —insistió—. Esto no es solo “no sé qué hacer”. Esto es tu vida cambiando para siempre.
Lo sabía demasiado bien.
Martina se sentó a mi lado esta vez, más despacio, más cerca.
—¿Se lo vas a decir?
El estómago se me encogió. La imagen de Enzo volvió sin pedir permiso.
Sus manos. Su voz. Su forma de mirarme incluso cuando intentaba no hacerlo. Y luego… la otra imagen. La que me había destruido.
Aparté la vista.
—No puedo.
Martina frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con que no puedes?
Me costó decirlo.
—Porque no puedo obligarle a quedarse en algo que no eligió.
Silencio. Martina me miró como si no entendiera.
—Lola… estáis enamorados.
Solté una risa amarga.
—Eso no cambia nada.
—Sí que cambia —insistió ella—. Cambia todo.
Negué despacio.
—No cuando él tiene otra vida.
Las palabras me supieron a veneno. Martina se quedó callada, porque por primera vez desde que entró, no tuvo respuesta inmediata. Y eso fue lo peor. Porque significaba que lo entendía.
—¿Y qué vas a hacer tú? —preguntó al fin, más suave.
Me levanté despacio y me acerqué a la mesa.
Cogí la ecografía otra vez y la miré. Esta vez no como un miedo, sino como una certeza.
—Voy a tenerlo —dije.
Martina parpadeó.
—¿Sin él?
Asentí. El silencio que siguió fue distinto.
Martina bajó la mirada un segundo.
—Vale… —susurró. Y luego añadió, con la voz más rota—. ¿Estás segura?
Tragué saliva. No lo estaba, pero había algo dentro de mí que sí. Algo primitivo. Algo imposible de ignorar.
—No puedo hacer otra cosa —dije—. No puedo decidir por él. Ni puedo obligarle a cambiar su vida. Pero esto… esto ya está aquí.
Me llevé la mano al vientre otra vez.
—Y yo no lo voy a dejar.
Martina se levantó lentamente y me miró con una mezcla de orgullo y miedo.
—¿Se lo vas a decir algún día?
Tardé en responder. Porque esa era la segunda verdad. La que dolía más.
—No lo sé —admití al fin—. Ahora mismo… no quiero verle.
Martina asintió despacio.
—Lo entiendo.
Pero no sonaba convencida. Y entonces, bajó la voz.
—¿Y si él no es como crees?
Me tensé.
—Martina…
—No digo que no lo hayas visto —me interrumpió—. Solo digo… ¿y si no es tan simple?
Cerré los ojos un segundo y la imagen volvió otra vez. Pero esta vez no la de él.
La mía saliendo de aquella casa. Cerrando la puerta sin escuchar. Protegiéndome. Sobreviviendo.
—Ya no importa —dije al final.
Martina no respondió, solo me miró y entendió que no iba a cambiar de opinión en ese momento.
Suspiró, se acercó a mí otra vez y, sin decir nada, me abrazó.
Me quedé rígida un segundo y luego me rompí. Otra vez.
—No estás sola, ¿vale? —susurró contra mi pelo—. No lo estás.
No respondí. Porque no confiaba en mi voz.
Cuando nos separamos, Martina me miró con una seriedad nueva.
—Pero tienes que decidir algo más, Lola.
La miré.
—¿El qué?
Señaló la ecografía.
—Cuándo dejas de esconderte.
Me quedé en silencio. Porque esa era la verdad que aún no me atrevía a enfrentar.