Condenada a amarte Capítulo 26
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Capítulo 26

Enzo

Había pasado una semana.

Siete días desde que le había dicho a Lola que algún día le pediría que fuera mi esposa.

Siete noches durmiendo con ella en mis brazos, siete mañanas despertando con su pelo extendido sobre mi almohada, siete días viendo a mis hijos reír con ella, jugar con ella, quererla con la misma desesperación con la que yo lo hacía.

El verano avanzaba implacable hacia agosto, y yo sentía que cada día que pasaba me robaba algo precioso.

No quería que septiembre llegara. No quería volver a Milán.

No quería separarme de aquella vida que habíamos construido entre viñedos, noches de vino y risas, y silencios cómplices que decían más que mil palabras.

Samuel y Martina se habían llevado a Matteo y Bianca a la playa esa mañana.

Una excursión improvisada que dejaba la villa vacía, silenciosa, esperando.

Había quedado con Lola. Habíamos planeado un día de absoluta soledad, de entrega total, de esas horas robadas al tiempo que saboreábamos con la certeza de que pronto se acabarían.

Estaba en el salón, mirando por los ventanales hacia el mar, cuando sonó el timbre.

Mi corazón dio un vuelco. Sonreí para mí mismo, ajustándome los pantalones, pensando en cómo la recibiría. Quizás contra la pared, nada más abrir la puerta. Quizás llevándola directamente a la habitación sin decir una palabra.

Caminé hacia la entrada con paso ligero, deshaciéndome de la camisa mientras caminaba, dejando que colgara abierta para que ella viera lo que le esperaba.

Abrí la puerta.

—Lola, pequeña, vas a...

La sonrisa se me congeló en la garganta porque no era Lola, era Vittoria.

Llevaba un vestido blanco, ajustado, elegante, que contrastaba con la oscuridad de sus ojos. Estaba morena, demasiado morena, como si hubiera pasado horas bajo el sol italiano planeando algo que yo no alcanzaba a ver.

— Ciao, Enzo —dijo, y su voz tenía ese tono meloso que siempre precedía a la tormenta.

—¿Qué demonios haces aquí? —Mi voz salió fría, automática, alejada de la calidez que había sentido segundos antes.

—He venido a hablar.

—No hay nada de qué hablar. Tengo los papeles del divorcio. Están firmados por mi abogado. Tú solo tienes que poner tu nombre y desaparecer de mi vida.

Intenté cerrar la puerta, pero ella puso el pie en el umbral.

—No seas así, amore . Siempre tan impulsivo. Tan... italiano.

—Vittoria, te lo advierto. No quiero volver a saber nada de ti. Firmas los papeles o tendré que usar métodos que a ti no te gustarán. Testigos de tus infidelidades, registros de tus gastos, el incidente del año pasado en Roma...

Ella sonrió. Y fue una sonrisa que me heló la sangre.

—¿Sabes qué es lo curioso, Enzo? Que tú siempre crees que tienes el control. Y siempre olvidas que yo sé exactamente cómo quitártelo.

Antes de que pudiera reaccionar, Vittoria se agarró los tirantes del vestido y lo bajó de un tirón.

Quedó completamente desnuda en mi entrada, su cuerpo perfecto, esculpido, expuesto al sol de la tarde que entraba por la puerta abierta. No hubo tiempo de procesarlo. No hubo tiempo de apartar la mirada.

Se abalanzó sobre mí. Me empujó hacia el sofá del salón con una fuerza que no esperaba, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, se sentó a horcajadas sobre mi regazo, su sexo desnudo frotándose contra mi entrepierna a través de la tela de mis pantalones.

—Vittoria, basta...

—Shhh —murmuró, comenzando a moverse con caderas circulares, frotándose contra mí, gimiendo con una teatralidad que me revolvía el estómago—.

No puedes negarlo, Enzo. No puedes negar lo que siempre hemos tenido.

Recuerda lo bueno que era. Recuerda cómo me follabas en Milán, en el coche, en la oficina. ..

Intenté agarrar sus muñecas para apartarla, pero ella fue más rápida. Cogió mis manos y las llevó a sus pechos, grandes, firmes, colocándolas sobre sus pezones erectos.

—Toca —ordenó—. Toca como solías hacerlo.

—Para, Vittoria. Por favor...

Pero ella no paró. Siguió moviéndose, frotándose contra mí con más insistencia, sus manos guiando las mías sobre su cuerpo, haciéndome acariciarla mientras gemía con exageración.

—Sabía que seguías excitándote conmigo —suspiró, sonriendo con malicia—. Siempre lo supe. Siempre lo sentí.

Llevó una mano a mi entrepierna y me tocó a través de la tela. Sonrió, satisfecha, al notarme duro.

—Mira, amore . Tu cuerpo no miente. Sigues deseándome.

—No es verdad...

—Shhh.

Se puso en pie frente a mí. Se arrodilló entre mis piernas. Desabrochó mi cinturón, bajó la cremallera, y liberó mi miembro que, traicioneramente, estaba erecto por la fricción, por la sangre acumulada, por la estimulación física que mi mente rechazaba, pero mi cuerpo no podía controlar.

—Vittoria, no...

Se inclinó y me tomó en su boca.

Dios, era experta. Siempre lo había sido.

Me succionó profundamente, usando su lengua de esa manera calculada que conocía demasiado bien, mientras con una mano se tocaba a sí misma, introduciendo dedos en su sexo y gimiendo contra mi miembro, creando vibraciones que me hacían ver estrellas a pesar de todo.

—Para... joder, para...

Se apartó un segundo, mirándome a los ojos con una victoria que me enfermaba.

—Estás deseando follarme, amore . Y lo sabes. Así que hazlo. Fóllame como tanto te gusta, Enzo. Fóllame por todas partes y demuéstrame que sigues siendo mío.

Algo se rompió dentro de mí. No fue deseo. Fue rabia, frustración, la sensación de estar atrapado en una red que yo mismo había tejido durante años.

La agarré por el pelo con fuerza.

—Esto es lo que quieres, ¿verdad? —gruñí, y la empujé hacia mi miembro, penetrando su boca con embestidas salvajes que la hacían atragantarse—. ¿Que te folle? ¿Que te use?

Ella gimió, excitada por la brutalidad, y asintió con la cabeza mientras yo la penetraba oralmente sin piedad.

La saqué de un tirón, la giré y la empujé contra el sofá, de espaldas a mí. Busqué el gel que había en la mesa, ese que Lola y yo habíamos usado la noche anterior, y lo apliqué con rudeza sobre ella, sobre mí.

—Si quieres que te demuestre algo, te lo demostraré —gruñí, y la penetré por detrás con una embestida brutal.

Vittoria gritó, un sonido agudo que era mitad dolor mitad placer, y se agarró a los cojines mientras yo comenzaba a moverme dentro de ella con una ferocidad que me avergonzaba pero que no podía detener.

—Esto es lo único que hemos tenido siempre —gruñí, embistiendo una y otra vez, sintiendo cómo se abría para mí, cómo su cuerpo traicionero respondía—. Sexo. Nada más. Sexo sin amor, sin conexión, sin nada real.

La saqué de golpe, la volteé, y la penetré por la vagina con la misma rudeza, hundiéndome hasta el fondo. Ella gritó, arqueando la espalda, y yo la agarré por el cuello, dominándola, usando su cuerpo como el objeto que siempre había sido entre nosotros.

—¿Esto es lo que querías? —gruñí, acelerando el ritmo, sintiendo mi propio orgasmo acercarse, cargado de rabia y de autodesprecio—. ¿Que te use como el juguete que eres?

—Sí... —gimió—. Dios, sí, Enzo...

La follé como un animal, sin miramientos, buscando solo mi propio alivio, mi propia liberación de aquella prisión emocional. Sentí que ella se contraía, que llegaba al orgasmo con fuerza, gritando mi nombre con una satisfacción que me revolvía el estómago.

Me aparté en el último segundo, me masturbé dos veces con la mano, y me corrí sobre su vientre, sobre sus pechos, manchándola con mi semen mientras ella gemía satisfecha, extendida en el sofá como una gata que ha conseguido su objetivo.

Nos quedamos así durante unos segundos, jadeantes, el silencio roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas.

Entonces Vittoria sonrió. No era una sonrisa de placer satisfecho. Era una sonrisa de victoria absoluta.

—Anda —dijo, con esa voz suave y casi cantarina que odiaba—. Si hemos tenido espectadores.

Sentí que el mundo se detenía.

Giré la cabeza lentamente, con una pesadez de pesadilla, hacia la entrada del salón. Y allí estaba ella. Lola.

Con la cara pálida como la muerte, los ojos enormes llenos de un dolor que no tenía nombre, una mano sobre su boca como si intentara contener un grito o un vómito. Estaba perfectamente inmóvil, como una estatua de hielo que podría romperse en mil pedazos con solo tocarla.

—Lola... —Mi voz salió rota, un susurro que no reconocí como mío.

Intenté levantarme, tropecé con los pantalones que todavía tenía bajados, me subí la ropa con dedos torpes mientras ella retrocedía un paso.

—No, Enzo.

Su voz sonó extraña, plana y vacía.

—Lola, espera...

—No —repitió, y levantó una mano, palma hacia mí, como si pudiera detener aquella imagen—. He visto lo que tenía que ver.

—No es lo que parece... —mentí, sabiendo que era exactamente lo que parecía.

Ella negó con la cabeza. Una lágrima cayó por su mejilla, silenciosa, solitaria.

—Adiós, Enzo —dijo, y se dio la vuelta.

—¡Lola, espera! —grité, corriendo tras ella, pero ella ya estaba en la puerta, ya cruzaba el umbral, ya se alejaba corriendo por el camino de entrada hacia su coche—. ¡Lola!

El motor arrancó con un rugido desesperado y desapareció, dejándome solo en medio de mi propia mierda.

Suspiré. Un suspiro largo, cansado, que venía desde lo más profundo de mi alma.

Vittoria se había levantado del sofá. Se limpiaba mi semen de su cuerpo con una elegancia insultante, como si estuviera quitando polvo de un mueble.

—Eres libre, Enzo —dijo, y su voz había cambiado por completo.

Ya no era la seductora. Era la estratega fría que siempre había sido.

La miré, realmente la miré por primera vez en años, y vi la oscuridad absoluta que habitaba detrás de sus ojos perfectos.

—¿Qué has hecho? —susurré.

—Lo que tenía que hacer —respondió, recogiendo su vestido del suelo y sacando de su bolso unos papeles doblados—. He firmado los papeles del divorcio. Ya están listos. Eres un hombre libre.

Me los tendió, pero no los cogí.

—Pero ella jamás será tuya —continuó, sonriendo con una crueldad que me heló—. Porque ha visto la clase de hombre que eres. Un mentiroso que se folla a la primera que le atrae para después volver con su esposa. Un hombre sin control, sin fuerza de voluntad, sin honor.

—Vittoria...

—Y, por cierto —añadió, recogiendo su bolso y caminando hacia la puerta—. La custodia de los niños es tuya. Ya que tanto te quieren y tanto la quieren a ella. Que no me llamen, porque desde este momento no tengo hijos. Se han convertido en un lastre innecesario para mis planes.

—¿Qué...?

—Adiós, Enzo —dijo, y salió por la puerta.

Desnuda. Con el vestido colgando del brazo, el bolso en la mano, caminando por el camino de entrada hacia su coche como si estuviera desfilando por una pasarela de Milán.

La observé alejarse, incapaz de moverme, incapaz de pensar. Y entonces, solo entonces, cuando su coche desapareció por la curva del viñedo, me permití caer.

Caí de rodillas sobre el suelo del salón, rodeado del olor a sexo y traición, con los papeles del divorcio esparcidos a mi lado, y comprendí la verdad absoluta. Era un imbécil.

Un imbécil completo y absoluto que había caído en la trampa más antigua del mundo. Una trampa que había tendido con sus propias manos, con sus propias debilidades, con su incapacidad para controlar sus impulsos más básicos.

Había perdido a Lola. Había perdido a mis hijos, aunque Vittoria los hubiera abandonado. Había perdido cualquier derecho a llamarme hombre de honor.

Y todo por quince minutos de sexo vacío, de rabia descontrolada, de estupidez absoluta.

Miré hacia el mar, el mismo paisaje que había contemplado hacía una hora lleno de esperanza, y supe que nada volvería a ser igual.

El verano había terminado. Y yo era el único culpable.