Capítulo 25
Lola
Acostar a los niños aquella noche fue un ejercicio de contención casi imposible.
Bianca se resistió a soltar mi cuello, sus brazos pequeños y fuertes aferrados a mí como si intuyera que algo cambiaba en el aire.
Matteo, más reservado como siempre, me observó desde la puerta con esa mirada verde idéntica a la de su padre, y por un instante temí que dijera algo, que pusiera palabras a todo lo que sabía, pero no comprendía del todo.
—Buenas noches, pequeña —susurré contra el pelo de Bianca, besando su frente.
—Quédate —murmuró ella, medio dormida.
—Estaré aquí por la mañana —prometí, aunque mi voz sonó extraña, cargada de anticipación.
Enzo apareció detrás de mí, su presencia imponente incluso en silencio.
Tomó a Bianca en brazos con una suavidad que contrastaba con la dureza que yo sabía que ardía bajo su piel, la depositó en la cama y la tapó con la manta.
Luego hizo lo mismo con Matteo, un gesto breve, casi militar, pero lleno de una ternura que solo yo sabía ver.
—A dormir —ordenó, y su voz grave resonó en la habitación oscura.
—Papá... —empezó Matteo.
—Mañana hablamos.
—Pero...
—A dormir —repitió, y esta vez fue más suave—. Descansa.
Salimos del cuarto de los niños con pasos medidos, conteniendo la respiración, esperando a que el silencio se instalara definitivamente.
Nala nos siguió hasta la puerta del dormitorio de Enzo, pero él le hizo un gesto con la mano y la perra se detuvo, indecisa, antes de volver a su cama en el pasillo.
Incluso el animal parecía entender que aquella noche era diferente.
Cruzamos el umbral de su habitación y él cerró la puerta con llave. El clic sonó definitivo, como el cierre de una celda desde la que no quería escapar.
La habitación de Enzo era enorme, minimalista, con ventanales que daban al mar bañado por la luna. La cama era un escenario de sábanas blancas y almohadas dispuestas con orden militar. Pero yo sabía que dentro de minutos no quedaría nada en su sitio.
—Ven aquí —dijo él, y su voz había cambiado.
Ya no era el padre amoroso. Era el hombre que me había prometido hacerme olvidar todos los miedos.
Crucé la habitación con pasos lentos, conscientes de cada centímetro de piel expuesta, de la forma en que su mirada me devoraba antes de que llegara a su altura.
Cuando estuve frente a él, Enzo levantó una mano y acarició mi mejilla con una delicadeza que me desarmó. Luego la misma mano descendió por mi cuello, mi clavícula, y se detuvo sobre mi pecho, donde mi corazón latía desbocado.
—Tres semanas —murmuró—. Me tuviste tres semanas sin poder tocarte. Sin poder follarte como te mereces. Tenemos que recuperar el tiempo perdido.
Las palabras salieron de su boca con una crudeza que me estremeció.
—Entonces no esperes más —respondí, y mi voz sonó extraña, ronca, ajena.
Enzo sonrió, y fue una sonrisa depredadora. Me agarró por la cintura con fuerza y me atrajo contra él, aplastando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su miembro dura ya presionando contra mi vientre, y un escalofrío de pura anticipación me recorrió la espalda.
Me besó, y fue un beso que borraba la cordura.
Sus labios se apoderaron de los míos con una ferocidad que me dejó sin aire, su lengua invadiendo mi boca, reclamando territorio. Sus manos bajaron a mi culo, lo agarraron con fuerza y me levantaron. Envolví sus caderas con mis piernas y me aferré a sus hombros mientras me llevaba hasta la cama.
Caímos sobre el colchón con un golpe sordo que expulsó el aire de mis pulmones. Enzo no me dio tiempo a recuperarme. Se posicionó entre mis piernas, su peso aplastándome de la manera más deliciosa, y comenzó a desabrochar mi vestido con dedos temblorosos de impaciencia.
—Joder, Lola... —gruñó contra mi cuello—. Necesito sentirte. Ahora.
El vestido voló por la habitación. Mi sujetador siguió el mismo camino. Quedé desnuda bajo él, vulnerable y expuesta, mientras él se incorporaba para mirarme.
La luz de la luna entraba por los ventanales y bañaba su cuerpo en sombras plateadas.
Se quitó la camisa de un tirón, revelando ese torso esculpido, los tatuajes que danzaban sobre su piel, la vena marcada de sus brazos.
Luego se bajó los pantalones y quedó completamente desnudo, glorioso y erecto, listo para destruirme y reconstruirme.
—Voy a hacerte olvidar tu nombre —prometió, y se lanzó sobre mí.
Enzo se apartó un momento, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó una caja negra. La abrió con una calma que me volvía loca, revelando un arsenal de placer que me hizo jadear.
—¿Confías en mí? —preguntó, y su voz era grave, dominante, pero con un deje de ternura subyacente.
—Con los ojos cerrados —respondí.
Sonrió. Tomó un succionador de clítoris, pequeño, rosa, inocente en apariencia. Luego un vibrador delgado y curvado. Y finalmente, algo que me hizo estremecerme: un dilatador anal de silicona negra, elegante pero intimidante.
—Esta noche voy a tenerte por todas partes —dijo, y sus ojos verdes brillaban con una promesa oscura—. Voy a llenarte hasta que no sepas dónde terminas tú y dónde empiezo yo.
Me tendió de espaldas y comenzó a besarme desde el cuello, bajando por mis pechos, mordisqueando mis pezones hasta que grité, siguiendo por mi vientre, mi ombligo, hasta llegar a mi sexo. Pero no me penetró con la lengua todavía. Primero encendió el succionador.
El primer contacto contra mi clítoris me hizo arquear la espalda como si me hubieran electrocutado.
Era una succión constante, pulsante, que imitaba la boca perfecta, pero sin piedad, sin cansancio.
Enzo lo sostuvo contra mí mientras con la otra mano comenzaba a prepararme, introduciendo un dedo lubricado en mi entrada, luego dos, moviéndolos con una precisión que me hacía ver estrellas.
—Dios, Enzo... —gemí, agarrando las sábanas con fuerza—. Por favor...
—Todavía no —dijo él, y su sonrisa era pura tortura.
Me volteó sobre el vientre. Sentí el frío gel lubricante sobre mi ano y me tensé involuntariamente.
—Relájate, tesoro —murmuró contra mi espalda—. Déjame abrirte. Quiero tenerte aquí también.
Comenzó a trabajar con el dilatador con paciencia infinita, introduciendo primero la punta, luego un poco más, masajeando mi interior con movimientos circulares mientras el succionador seguía torturando mi clítoris desde abajo. Era una sobrecarga sensorial, demasiado, suficiente para volverme loca.
—Enzo... joder... voy a...
—Aguanta —ordenó—. No te corras todavía.
Me giró de nuevo y entonces vi su miembro, enorme y dura, curvándose hacia su vientre. Me senté, necesitada, y lo tomé con ambas manos. Era cálido, pesado, la vena dorsal palpitante bajo mis dedos. Lo acaricié de base a punta, observando cómo su rostro se contraía de placer.
Luego me incliné y lo tomé en mi boca.
Sabía a sal, a hombre, a Enzo. Lo succioné profundamente, hasta donde mi garganta me permitía, usando mis manos para lo que no alcanzaba. Él gruñó, y sentí sus manos enredándose en mi pelo, guiando mis movimientos, fijando mi ritmo.
—Así, pequeña... joder, así... —gimió, y su voz rota era la música más excitante que había escuchado.
Enzo me apartó de su miembro antes de que lo hiciera venirse. Me empujó suavemente para que me recostara y se posicionó entre mis piernas. Sin preámbulos, me penetró de una embestida profunda y brutal que me hizo gritar.
—Dios, estás tan mojada... tan apretada... —gruñó, comenzando a moverse con un ritmo salvaje.
Cada embestida me golpeaba contra el colchón, haciendo crujir la cama. Sus manos agarraban mis caderas con fuerza, seguramente dejándome moretones que atesoraría mañana. Me sentía llena, completamente llena, pero sabía que aún faltaba más.
—Ahora lo vamos a hacer de verdad —dijo, y su voz era un gruñido animal.
Sacó el vibrador, lo encendió en modo pulsante y lo introdujo en mi vagina mientras él se retiraba parcialmente. Luego, con la otra mano, tomó el dilatador que ya había preparado en mi ano y lo empujó suavemente hasta el fondo.
Grité. Era demasiado, era una sensación de plenitud absoluta, de invasión total. Tenía los dos orificios llenos, el vibrador zumbando contra mi punto G, el dilatador abriéndome por detrás, y mi clítoris todavía palpitante por el succionador.
—Enzo... por favor... no puedo...
—Puedes —ordenó—. Y vas a aguantar. Porque voy a follarte por aquí, Lola —dijo mientras jugueteaba con el dedo en mi ano—. Y vas a sentirme en todas partes a la vez.
Retiró el dilatador y lo reemplazó con su miembro, lubricada, deslizándose contra mi entrada anal hasta que encontró resistencia. Empujó con una lentitud torturante, rompiendo mi interior, abriéndome para él, mientras el vibrador seguía zumbando en mi vagina.
—Relájate, amor... déjame entrar... —murmuró, y su voz era tierna a pesar de la brutalidad de la situación.
Hice lo que me pedía, exhalando, abriéndome, y entonces entró. Entró hasta el fondo, llenándome por completo, y yo grité un sonido que no sabía que podía producir, un aullido de placer y dolor mezclados que resonó en la habitación.
—Joder, estás tan apretada... tan perfecta... —gimió, comenzando a moverse.
La doble penetración era una locura. Sentía su miembro en mi ano, dura y gruesa, mientras el vibrador ocupaba mi vagina, creando una fricción interna indescriptible.
Enzo me cogió por las caderas y comenzó a embestir con fuerza, cada golpe haciendo que mi cuerpo entero se moviera, que mis pechos rebotaran, que mi mente se volviera blanca.
—Más duro... —supliqué, perdida en la sensación.
Obedeció. Se transformó en una máquina de placer, penetrándome con una ferocidad que bordeaba la violencia pero que yo recibía con los ojos en blanco y la boca abierta en una O silenciosa.
El sonido de nuestras carnes chocando se mezclaba con el zumbido de los juguetes, con nuestros jadeos, con la cama golpeando contra la pared.
—Córrete para mí, preciosa —ordenó, con la voz rota por el esfuerzo—. Ahora, Lola.
Y exploté.
El orgasmo me arrasó como un tsunami, comenzando en mi centro y expandiéndose por todo mi cuerpo en oleadas interminables.
Mi vagina se contrajo violentamente alrededor del vibrador, mi ano apretó su miembro con espasmos incontrolables, y sentí que me deshacía, que dejaba de existir como persona para convertirme en pura sensación.
Enzo gruñó, sintiendo mi clímax, y aceleró el ritmo, buscando el suyo.
Unas cuantas embestidas más, profundas, brutales, y él se vació dentro de mí con un gemido gutural que sonó a rendición total, a posesión absoluta.
Sentí sus chorros calientes llenándome mientras su cuerpo se convulsionaba sobre el mío, jadeante, sudado, perfecto.
Nos quedamos así durante largos minutos, él sobre mí, todavía dentro de mí, nuestros cuerpos pegados por el sudor y el sexo. El vibrador seguía zumbando débilmente, pero ninguno de los dos tenía fuerzas para apartarlo.
Finalmente, Enzo se movió. Se retiró de mi cuerpo con cuidado, apagó los juguetes y los dejó sobre la mesita. Luego se tendió sobre mí de nuevo, apoyando su peso sobre sus antebrazos para no aplastarme, y me miró fijamente.
Sus ojos verdes brillaban en la penumbra, intensos, llenos de algo que me hizo querer llorar.
—Lola... —dijo, y su voz era apenas un susurro.
No respondí. No podía. Todavía estaba temblando, deshecha, jadeando.
Enzo inclinó la cabeza y me besó. Fue un beso diferente a todos los anteriores. No había prisa, no había desesperación. Solo ternura infinita, promesas silenciosas, amor puro y absoluto.
Luego se apartó unos centímetros y comenzó a acariciar mi pelo, desenredando los mechones mojados de sudor, pasando sus dedos con una suavidad que me hizo cerrar los ojos.
—Algún día —dijo, y su voz sonó grave, segura, irrevocable— te pediré que seas mi esposa.
Abri los ojos. Él seguía mirándome, serio, profundo, vulnerable y fuerte a la vez.
—Y deseo con todas mis fuerzas que digas que sí —continuó—, porque no hay, ni habrá, otra mujer a la que ame más.
Las lágrimas brotaron antes de que pudiera detenerlas. Cayeron por mis sienes, resbalando hasta las almohadas, mientras mi corazón se contraía de una manera dolorosa y hermosa.
Enzo me besó de nuevo, besando mis lágrimas, mi frente, mis párpados, mis labios.
Y mientras me abrazaba, mientras su cuerpo cálido me envolvía y su respiración se calmaba junto a la mía, pensé con una claridad absoluta que yo también lo amaba. Dios, cómo lo amaba. Y nunca podría amar a otro hombre como lo amaba a él.
Porque Enzo Bianchi no era solo mi amante, mi dominante, mi compañero. Era el dueño de mi alma.
Y esa noche, en aquella habitación llena de sexo y promesas, supe que nunca volvería a ser completamente mía.
Porque ya era suya. Para siempre.