Condenada a amarte Capítulo 24
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Capítulo 24

Lola

En cuanto vi a Vittoria bajarme del coche me pareció una idea horrible. No porque me diera miedo, sino porque había aprendido hacía mucho tiempo que algunas personas no buscaban hablar. Buscaban hacer daño.

Y la mujer que esperaba junto a la entrada de la villa tenía exactamente esa expresión.

La reconocí incluso antes de llegar hasta ellos. La mirada fría. La postura perfecta. La sonrisa calculada. Como si ya hubiera ensayado aquella escena cien veces.

Enzo se giró hacia mí inmediatamente.

—Lola.

Su voz sonó tensa.

—Te dije que te quedaras en el coche.

—Y tú sabías perfectamente que no iba a hacerlo.

Durante un segundo pareció debatirse entre enfadarse o rendirse. Acabó haciendo lo segundo porque me conocía demasiado bien.

Vittoria soltó una leve carcajada, una de esas que no tenían nada de divertido.

—Qué enternecedor.

La miré directamente. Ella me devolvió la mirada sin pestañear. Y entendí por qué tanta gente la encontraba intimidante.

Era hermosa, elegante, inteligente, y utilizaba todas esas cosas como armas.

—Así que tú eres Lola.

—Y tú Vittoria.

—Veo que sabes quién soy.

—Sería difícil no saberlo.

Su sonrisa se amplió, pero sus ojos siguieron completamente fríos.

—La mujer que ha decidido destruir mi familia.

Aquello cayó entre nosotras como una piedra pesada. Vi a Enzo tensarse inmediatamente.

—Basta.

Pero Vittoria ni siquiera lo miró, seguía observándome a mí.

—¿Sabes qué es lo más curioso?

No respondí.

—Que Bianca habla constantemente de ti.

Noté algo apretándose dentro de mi pecho.

—Vittoria...

—Dice que eres divertida. Que eres cariñosa. Que juegas con ella. Que la escuchas —su voz se volvió más afilada—. Casi parece que intentas ocupar un lugar que no te corresponde.

Aquello me hizo perder la paciencia, porque una cosa era atacarme a mí, y otra muy distinta utilizar a aquellos niños.

—No —respondí con firmeza—. Jamás he intentado ocupar tu lugar.

Por primera vez pareció sorprendida. Solo un poco.

—Ah, ¿no?

—No —respondí, y di un paso hacia ella—. Porque yo no soy su madre. Y nunca he querido serlo. Los niños ya tienen una madre. La cuestión es si esa madre quiere ejercer como tal.

El silencio que siguió fue tan brusco que incluso el viento pareció detenerse. Los ojos de Vittoria se oscurecieron. y supe que había acertado.

—Ten cuidado —me dijo.

—No —respondí—. Creo que ya hemos tenido suficiente cuidado todos contigo.

Vi cómo Enzo cerraba los ojos un instante, como si supiera perfectamente que aquello iba a explotar. Y tenía razón.

—¿Te crees con derecho a juzgarme? —preguntó Vittoria.

—No.

—Porque te recuerdo que eres tú quien se ha metido en un matrimonio.

—No, —negué despacio—. Quien se ha metido en un matrimonio roto, que es muy distinto.

Su mandíbula se tensó.

—No sabes nada de nosotros.

—Sé lo suficiente.

—¿Y qué sabes exactamente?

Respiré hondo.

—Sé que Enzo lleva años siendo infeliz. Sé que intenta ser un buen padre cada día. Sé que ama a sus hijos con locura. Y sé que merece vivir la vida que quiere. No la vida que otros han decidido por él.

Vittoria soltó una carcajada incrédula.

—Qué romántico.

—Es la verdad.

—La verdad es que tú apareciste y todo cambió.

—No —la interrumpí—. Yo aparecí cuando ya estaba roto. La diferencia es enorme.

Por primera vez vi algo parecido al dolor atravesar su expresión. Duró apenas un segundo, pero estuvo allí. Y comprendí algo.

Ella sabía perfectamente que su matrimonio estaba acabado. Simplemente se negaba a aceptarlo.

—Quiero que nos dejes en paz —dije finalmente y ella arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Has oído perfectamente lo que he dicho.

Vi a Enzo mirarme, sorprendido, pero no intervino.

—Déjalo vivir —continué—. Déjalo decidir. Déjalo respirar. Porque no puedes obligar a alguien a quedarse contigo solo porque te dé miedo perderlo.

La mirada de Vittoria pasó de mí a Enzo, y después volvió otra vez. Más fría que antes. Más peligrosa.

—Qué discurso tan bonito —dijo, y luego sonrió. Y aquella sonrisa me puso los pelos de punta—. Lástima que no vaya a servir de nada.

Enzo dio un paso al frente, esta vez sí.

—Vittoria.

Ella le miró.

—Quiero el divorcio.

No había dudas, ni vacilación, no había marcha atrás. Y creo que los tres lo supimos.

Porque incluso el rostro de ella cambió.

—¿Es tu última palabra?

—Sí.

—¿Definitiva?

—Sí.

El silencio resultó insoportable. Largo y pesado. Hasta que Vittoria asintió lentamente. Como si hubiera llegado a una conclusión. Como si hubiera tomado una decisión.

Y entonces sonrió.

—Perfecto.

Aquello no sonó a rendición, sonó a amenaza.

—Si eso es lo que quieres… —se acercó un paso—. Prepárate para la guerra.

Los ojos de Enzo no se apartaron de los suyos.

—No quiero una guerra.

—Pues la vas a tener.

Su voz salió suave, demasiado suave.

—Y no vas a ganar tan fácilmente como crees.

Después se giró, caminó hacia su coche, abrió la puerta y antes de entrar volvió la cabeza. Solo una vez.

—Esto no ha terminado.

El motor arrancó segundos después y desapareció por el camino de entrada, dejando tras de sí un silencio extraño.

No me di cuenta de que estaba temblando hasta que sentí los brazos de Enzo rodeándome.

Me atrajo contra él con fuerza, como si necesitara comprobar que seguía allí.

— Madonna mia...

Murmuró.

—¿Qué?

—Has sacado las garras como una leona.

No pude evitar reírme. Una risa nerviosa y cansada.

—Alguien tenía que hacerlo.

—Me has impresionado.

—No exageres.

—No exagero.

Levanté la cabeza y encontré aquella sonrisa suya. La que aparecía muy pocas veces. La auténtica. La que siempre conseguía desarmarme.

—Además… —continuó—. Creo que Vittoria acaba de descubrir que eres mucho más peligrosa de lo que pareces.

Solté una carcajada.

—Una italiana enfadada no da tanto miedo.

—¿No?

Negué. Y la sonrisa desapareció poco a poco de mis labios.

—No. Porque cuando era pequeña vi cosas mucho peores.

Mi voz salió más baja. Más seria.

—Un hombre haciendo daño a mi madre da mucho más miedo que cualquier discusión.

La expresión de Enzo cambió inmediatamente, sus manos subieron hasta mis mejillas y me observó como si pudiera ver todas aquellas heridas antiguas que yo seguía intentando esconder.

—Lola...

—Estoy bien.

Sus manos subieron hasta mi cintura y me acercó todavía más a él.

—Lo sé, tesoro.

Mi corazón dio un vuelco. Entonces inclinó la cabeza hacia mi oído.

—Y esta noche voy a conseguir que te olvides de todos esos miedos.

Un escalofrío me recorrió la espalda de arriba abajo y cerré los ojos apenas un segundo.

Maldito hombre. Porque tenía aquella voz grave capaz de convertir unas pocas palabras en mi perdición.

Cuando volví a mirarlo, sonreía de esa manera tranquila y segura que siempre conseguía ponerme nerviosa. Y comprendí que el verdadero peligro nunca había sido Vittoria.

El verdadero peligro era seguir enamorándome de él cada día un poco más.

Y me besó de nuevo Despacio. Con una ternura que me desarmó completamente. Y durante unos segundos olvidé a Vittoria, olvidé las amenazas y olvidé los problemas.

Solo existíamos él y yo, y la forma en que sus brazos siempre conseguían que el mundo pareciera menos aterrador.

Cuando nos separamos apoyó la frente contra la mía y yo cerré los ojos. Deseando, por primera vez en mucho tiempo, que aquella paz durara para siempre.