Capítulo 23
Enzo
Habían pasado tres días. Tres días desde aquella noche. Tres días desde que Lola se había quedado dormida entre mis brazos después de una pesadilla que todavía me revolvía el estómago cuando la recordaba.
Tres días desde que me había contado cosas que nadie más sabía. Tres días desde que me había dicho que me quería. Y, aun así, seguía sintiendo aquellas palabras dentro del pecho. Como una maldita hoguera.
Porque no importaba cuántas veces intentara mantener la cabeza fría. No importaba cuántas veces me recordara a mí mismo que aquello era complicado.
Que seguía casado. Que el divorcio estaba en marcha. Que todavía quedaban demasiadas batallas por librar. Nada de eso cambiaba lo esencial.
La quería. La quería de una forma que ya no podía controlar. Y aquella mañana, mientras conducía hacia su casa con Matteo y Bianca detrás, lo tenía más claro que nunca.
—¿Falta mucho?
Preguntó Bianca por quinta vez.
—Tres minutos.
—Eso dijiste hace cinco.
—Porque llevamos cinco minutos avanzando.
—Ah.
Silencio. Dos segundos.
—¿Y ahora?
Suspiré. Matteo soltó una carcajada desde el asiento trasero.
—Eres insoportable.
—Papá me quiere.
—Papá necesita paciencia infinita.
—También.
Sonreí. Porque aquella conversación era tan habitual que casi me resultaba reconfortante.
Nala fue la primera en aparecer cuando llegamos. La vi atravesar el jardín a toda velocidad. Como una bala color miel. Moviendo la cola como si hubiera ganado la lotería.
—¡¡Nala!! —gritó Bianca.
La perra llegó al coche antes incluso de que apagáramos el motor. Y detrás apareció Lola.
Llevaba unos pantalones cortos vaqueros, una camiseta blanca sencilla, el pelo recogido de cualquier manera, y aun así conseguía dejarme sin respiración. Siempre. Maldita fuera.
Levantó la mano al vernos y sonrió. Aquella sonrisa… Dios, aquella sonrisa debería estar prohibida.
—Papá se ha quedado tonto otra vez —murmuró Matteo.
—Lo he oído.
—Era la idea.
Bianca soltó una risita, yo negué con la cabeza y bajé del coche para saludar a Lola y coger sus cosas. En cuanto lo metí todo el coche, nos subimos y pusimos rumbo a nuestro destino.
La playa estaba llena, era sábado, finales de julio, y Cádiz respiraba verano por todos lados.
Niños corriendo. Sombrillas de colores. Música sonando a lo lejos. Olor a sal. A protector solar. A felicidad.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo, yo me sentía parte de todo aquello. Porque los cuatro caminábamos juntos. Bueno, cinco contando a Nala.
Bianca iba agarrada de una mano de Lola, Matteo caminaba a su otro lado, y yo los observaba desde atrás. Sin que ninguno se diera cuenta, guardándome aquella imagen, porque era peligrosa.
Porque me hacía imaginar cosas. Porque me hacía pensar en cómo habría sido mi vida si hubiera conocido a Lola antes. Mucho antes.
Antes de Vittoria. Antes de los errores. Antes de todo.
—¿Por qué sonríes así?
La voz de Lola me sacó de mis pensamientos.
—¿Así cómo?
—Como un psicópata feliz.
—Gracias.
—De nada.
Bianca se echó a reír y yo tuve que reconocer que quizá sí estaba sonriendo demasiado.
Pasamos horas enteras en el agua. Horas.
Bianca decidió que su misión era empaparnos a todos, Matteo intentó mantener la dignidad, pero fracasó a los siete minutos.
Nala terminó entrando al mar para rescatar una pelota. Y luego otra. Y otra más. Hasta que parecía convencida de que trabajaba para los servicios de emergencia marítima.
—Creo que está desarrollando un complejo de socorrista —dijo Lola.
—Siempre ha sido así.
—Está loca.
—Muchísimo.
Nala ladró, ofendida, y aquello provocó otra ronda de carcajadas.
Yo observaba a Lola jugar con Bianca. Correr. Reír. Lanzarse agua. Y sentía algo extraño. Algo cálido.
Porque parecía feliz de verdad. Sin fantasmas, sin preocupaciones, solo feliz. Y era preciosa así. Muchísimo más de lo que ella imaginaba.
A la hora de comer terminamos en un chiringuito frente al mar. Con mesas de madera, manteles de papel y olor a pescado recién hecho.
—Tengo hambre —anunció Bianca.
—Eso no es una novedad —respondió Matteo.
—Estoy creciendo.
—Como una termita.
—¿Las termitas crecen?
—No lo sé.
—Entonces no opines.
Lola soltó una carcajada y yo también.
Pedimos paella, patatas alioli, pescaíto frito y croquetas. Más comida de la necesaria, como siempre, y acabamos compartiendo platos entre todos.
Bianca robó parte de mi alioli, Matteo fingió no querer postre y luego se comió medio helado de su hermana.
La normalidad de aquello me golpeó con fuerza. Porque era exactamente lo que llevaba años buscando.
Momentos sencillos. Momentos reales. Momentos que terminaran convirtiéndose en recuerdos.
Después del helado caminamos por la orilla. Los niños iban varios metros por delante persiguiendo a Nala, corriendo detrás de las olas, ajenos al resto del mundo, y Lola los observaba con una sonrisa suave, tierna y demasiado bonita.
Me acerqué y besé su mejilla. Ella se sonrojó inmediatamente. Como siempre.
—Enzo.
—¿Qué?
—Los niños.
—No miran.
—¿Y si sí?
Señalé hacia delante.
Bianca intentaba convencer a Nala de que persiguiera una gaviota y Matteo discutía con ambas. Ninguno prestaba atención.
—Te lo dije.
Ella negó con la cabeza, pero estaba sonriendo. Y aquella sonrisa hizo que quisiera besarla otra vez. Así que lo hice.
Un beso rápido, pequeño, sobre la comisura de los labios.
Ella cerró los ojos un segundo, solo uno, y yo tuve que hacer un esfuerzo monumental para no olvidar dónde estábamos. Porque cada vez resultaba más difícil.
Cuando el sol empezó a bajar regresamos a mi casa, todos agotados, cubiertos de arena y felices.
Bianca se quedó dormida en el coche antes de llegar, Matteo aguantó diez minutos más, y luego también cayó.
Lola iba en silencio, mirándolos, y yo sabía perfectamente qué estaba pensando. Porque la había visto hacerlo muchas veces.
Los miraba como si fueran algo precioso. Como si no pudiera evitar quererlos. Y ellos la adoraban, especialmente Bianca.
Llegamos a la villa cuando el cielo empezaba a teñirse de naranja. Aparqué, apagué el motor, y durante un segundo todo pareció perfecto.
Hasta que la vi, esperando frente a la puerta principal, inmóvil, elegante y peligrosa. Vittoria.
El estómago se me hundió.
—Mierda.
Lola giró la cabeza.
—¿Qué pasa?
Miré hacia delante.
—Eso no pinta bien.
Matteo también la vio y su expresión cambió. Bianca seguía dormida, gracias a Dios.
Solté una maldición en italiano. Luego otra. Y otra más.
—Quedaos aquí.
—Enzo...
—No.
Mi tono salió más duro de lo que pretendía.
—Nadie baja del coche —dije abriendo la puerta—. Voy a hablar con ella.
Cerré de un portazo y caminé hacia Vittoria.
Ella sonrió. Aquella sonrisa fría que siempre aparecía cuando quería una guerra.
—Buenas tardes.
—¿Qué haces aquí?
—Qué recibimiento tan encantador.
—Vittoria.
—He venido a hablar contigo.
—Pues has elegido un mal momento.
Ella cruzó los brazos.
—¿Por qué?
—Porque ya no tengo nada que hablar contigo.
Sus ojos brillaron peligrosamente.
—Eso lo decidiré yo.
—No. Lo decidiré yo.
Hubo un silencio. Tenso e incómodo y entonces escuché algo detrás de mí.
El sonido de una puerta abriéndose. Mi cuerpo entero se tensó. Porque reconocería aquel sonido en cualquier parte.
Me giré y vi a Lola saliendo del coche directamente hacia nosotros. Y supe que aquello acababa de complicarse todavía más.