Condenada a amarte Capítulo 22
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Capítulo 22

Lola

Había noches en las que el pasado no se conformaba con quedarse atrás.

No importaba cuántos años hubieran pasado. No importaba cuánto amor hubiera llegado después. No importaba que Thiago hubiera reconstruido cada pedazo roto de nuestra familia con una paciencia infinita.

Algunas heridas seguían respirando bajo la piel. Esperando, dormidas pero vivas. Y aquella noche volvieron a despertar.

Tenía siete años otra vez. Lo supe incluso antes de ver nada. Porque podía sentir el miedo.

Ese miedo infantil que se metía dentro de los huesos y se quedaba allí, temblando.

Estaba sentada en el suelo de mi habitación abrazando a Martina. Mi hermana lloraba contra mi pecho y yo intentaba que no hiciera ruido.

Porque cuando Sergio se enfadaba era peor. Mucho peor.

Los gritos atravesaban las paredes. La voz de mi madre. Los insultos. Los golpes contra los muebles. Y aquel terror constante que se había convertido en parte de nuestra vida.

— No llores...

Le susurraba a Martina.

— No pasa nada.

Mentía. Siempre mentía. Porque yo era la hermana mayor. Y las hermanas mayores mentían cuando querían proteger a quienes amaban. Aunque estuvieran tan asustadas como ellas.

Entonces escuché un golpe. Uno muy fuerte. Y el llanto de mi madre. Aquello me destrozó. Como siempre.

Intenté taparle los oídos a Martina. Intenté que no escuchara. Intenté salvarla de algo de lo que ni siquiera yo podía salvarme. Pero era imposible.

Porque el miedo estaba en todas partes. Porque vivíamos dentro de él. Porque aquel hombre había convertido nuestra casa en una cárcel.

Y entonces todo cambió. Vi a mamá llorando. Vi aquella cabaña. Vi las lágrimas. Las amenazas. Vi a Sergio sujetándola. Vi a Martina y a mí abrazadas. Asustadas y temblando. Vi a mi madre obligándose a volver al infierno por nosotras. Y después...

Vi la puerta romperse. Vi a Thiago entrar. Vi el momento exacto en que nuestras vidas cambiaron para siempre.

La seguridad. La fuerza. La sensación de que por fin alguien había venido a salvarnos. Y, aun así, incluso en aquel recuerdo hermoso, el miedo seguía allí.

Agarrándome. Apretándome el pecho. Ahogándome.

Desperté sin aire, con un jadeo roto, violento y doloroso.

Abrí los ojos de golpe. La habitación estaba oscura pero mi corazón seguía atrapado en aquella pesadilla.

Seguía teniendo siete años. Seguía escuchando los gritos. Seguía sintiendo el terror. No podía respirar. No podía.

Me llevé una mano al pecho intentando coger aire, intentando recordar dónde estaba. Pero el pánico ya me había alcanzado.

Las lágrimas comenzaron a caer solas y entonces sentí unos brazos rodeándome. Firmes, cálidos y seguros.

—Lola.

La voz de Enzo, grave, somnolienta y preocupada.

—Lola.

Levanté la vista y allí estaba, mirándome con el ceño fruncido, con auténtica angustia en los ojos.

—Eh...

Me sujetó la cara entre las manos.

—Mírame.

Intenté hacerlo, pero seguía temblando.

—Respira.

Su pulgar acarició mi mejilla.

—Vamos. Respira conmigo.

Intenté seguirle. Una vez. Dos. Tres. Poco a poco. Hasta que el aire volvió.

Hasta que el dormitorio sustituyó a la pesadilla, hasta que recordé que estaba en Cádiz. Que tenía veintisiete años. Que Sergio no podía hacerme daño. Que mi madre estaba bien. Que Thiago seguía siendo el mejor hombre que había conocido jamás.

Y que Enzo estaba allí, sujetándome, protegiéndome como si aquello también le doliera a él.

—¿Qué ha pasado?

Su voz sonó suave y calmada, como si temiera romperme. Me limpié las lágrimas, pero siguieron cayendo.

—Ha sido una pesadilla.

Él no dijo nada, solo esperó. Y quizá por eso acabé hablando. Porque no me presionó. Porque simplemente se quedó allí, escuchándome.

—Era pequeña —mi voz tembló—. Muy pequeña.

Enzo me rodeó con los brazos y apoyé la cabeza contra su hombro.

—Mi padre biológico era un monstruo.

El silencio se hizo más profundo.

—Le hizo mucho daño a mi madre. Muchísimo.

Tragué saliva, notando el nudo en la garganta.

—Martina era muy pequeña. Y yo intentaba protegerla. Intentaba que no tuviera miedo. Aunque estaba aterrorizada.

Cerré los ojos.

—Recuerdo esconderla. Taparle los oídos. Decirle que todo iba a salir bien. Aunque ni siquiera yo me lo creía.

Sentí cómo los brazos de Enzo me apretaban un poco más.

—Después mamá escapó. Y conoció a Thiago —una sonrisa triste apareció en mis labios—. Y nos salvó. A las tres. Nos dio una familia. Un hogar. Nos enseñó que los hombres podían ser buenos. Que el amor no duele. Que no había que vivir asustadas.

Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran distintas. Más suaves.

—Pero algunas noches… —respiré hondo—. Algunas noches sigo soñando con aquello. Sigo soñando que vuelve. Sigo soñando que nos encuentra. Sigo soñando que volvemos a quedarnos solas.

Agaché la cabeza.

—Y nadie lo sabe. Ni mi madre, ni Thiago, ni Martina, ni nadie. Solo yo.

Sentí la mano de Enzo acariciándome el brazo, despacio, con una ternura infinita.

—Mírame.

Levanté la vista y comprobé que aquellos ojos verdes estaban clavados en mí. Intensos, serios y dolidos. Como si escuchar aquello le hubiera hecho daño de verdad.

—Escúchame bien.

Asentí.

—Nunca más vas a estar sola.

Mi corazón dio un vuelco.

—Enzo...

—Nunca.

Su voz era firme, inquebrantable.

—Y jamás permitiré que nadie te haga daño.

Sentí cómo algo se aflojaba dentro de mí. Algo que llevaba años apretado. Años.

—Puedes dormir tranquila —me apartó un mechón de pelo de la cara—. Puedes descansar. Porque mientras yo esté aquí no tienes nada que temer.

Una lágrima escapó de mis ojos y él la besó. Como si fuera algo precioso, como si no quisiera que ninguna tristeza se quedara demasiado tiempo sobre mi piel.

Después me atrajo hacia él y me acomodé sobre su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. Fuerte, seguro y real.

Las yemas de sus dedos acariciaban mi brazo lentamente, una y otra vez, hasta que el temblor desapareció. Hasta que el miedo se fue. Hasta que solo quedó él. Y aquella sensación de hogar.

Entonces escuché su voz, muy bajita pero muy cerca.

—Te quiero.

Cerré los ojos porque aquellas palabras siempre me hacían daño, y sentir felicidad. Las dos cosas a la vez.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Yo también te quiero —respondí, y noté cómo se tensaba ligeramente—. Aunque siempre hayas sido lo prohibido para mí.

Enzo soltó una breve risa, de esas que solo yo conseguía arrancarle, y después besó mi coronilla con una ternura que casi me rompió el corazón.

El sueño empezó a regresar poco a poco. Lento y suave, arrastrándome de nuevo. Pero esta vez sin miedo.

Sin monstruos, sin gritos, sin lágrimas solo con el sonido de su respiración. Con el calor de su cuerpo. Con las caricias de sus dedos. Con la seguridad de sus brazos.

Y mientras me dejaba vencer otra vez por el sueño pensé algo que llevaba demasiado tiempo intentando no pensar.

Que le quería. Muchísimo más de lo que debería. Muchísimo más de lo que era prudente. Muchísimo más de lo que estaba permitido.

Porque Enzo era el hombre con el que quería despertarme cada mañana. El hombre al que quería contarle mis alegrías. Mis miedos. Mis tonterías. Mis sueños. Todo.

Y quizá por eso dolía tanto. Porque una parte de mí seguía convencida de que nunca podría tenerlo de verdad.

Que siempre sería un imposible. Un amor equivocado. Un deseo condenado a quedarse a medias.

Aun así, antes de quedarme dormida, me permití una última fantasía. Solo una.

La de imaginar que algún día despertaría entre aquellos mismos brazos. Y que entonces ya no habría nada prohibido entre nosotros.