Condenada a amarte Capítulo 21
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Capítulo 21

Enzo

Cruzamos el pasillo en silencio, pero aquel silencio estaba cargado de electricidad.

Cada paso que daba Lola resonaba contra el suelo de madera como un tambor que anunciaba la batalla.

La seguí hasta la cocina, observando cómo se movía bajo aquel vestido veraniego, cómo su piel olía a jazmín y a algo indefinible que solo ella tenía.

—¿Solo o con leche? —pregunté.

—Con leche.

Me moví por la cocina preparando todo, pero notaba a Lola por el rabillo del ojo, y parecía nerviosa. No dije nada, solo esperé.

—Matteo me contó lo de su madre —dijo de repente y sentí que el cuerpo se me tensaba.

—¿Qué te dijo exactamente?

Lola suspiró y me contó lo que le había dicho mi hijo, lo que había escuchado en aquella discusión con mi mujer, sentí que mi hijo había confiado en ella sin miedo.

—Escúchame bien —dije, mi voz grave, controlada, pero con un fuego interior que amenazaba con consumirme—.

Estoy decidido. Voy a hacer lo necesario para divorciarme de Vittoria.

Como debería haber hecho hace años, cuando me di cuenta de que aquel matrimonio era una tumba en la que enterraba mi alma cada día.

Lola abrió los ojos, y me miró con los labios entreabiertos en una O de sorpresa.

—Enzo...

—No —la interrumpí, acercándome más, invadiendo su espacio personal—. No voy a parar, Lola. No hasta poder estar contigo. Porque eres la mujer de mi vida. La única mujer a la que he querido llamar esposa. La única a la que quiero como madre de mis hijos.

Su taza cayó al suelo, estrellándose en mil pedazos de cerámica blanca. Ninguno de los dos miró siquiera.

—Dilo otra vez —susurró ella, su voz temblando.

—Te amo —dije, y la besé.

Fue un beso que sellaba promesas. Un beso que borraba semanas de tortura.

Un beso que reclamaba territorio. Lola gimió contra mi boca, un sonido que despertó a la bestia que llevaba dentro, y la agarré por la cintura, levantándola para sentarla sobre la encimera de mármol, exactamente donde la había poseído semanas atrás.

—Enzo, los niños...

—Duermen —gruñí, separándome apenas para mirarla a los ojos—. Y te necesito. Ahora. Joder, Lola, te necesito tanto que me duele.

Ella respondió envolviendo mis caderas con sus piernas, atrayéndome hacia ella. La falda de su vestido se subió por encima de los muslos, dejando al descubierto la ropa interior de encaje negro que llevaba. La vista me volvió loco.

—Tú mandas —dijo ella, y fue la sentencia de muerte para mi último ápice de control.

Caí de rodillas sobre el suelo de la cocina, exactamente entre sus piernas abiertas. Separé sus muslos con mis manos, agarrándola con fuerza por las caderas, y me lancé sobre ella con una avidez que me convertía en animal.

Lola gritó cuando mi lengua contactó con su sexo, ya húmedo y preparado para mí.

La lamí desde la entrada hasta el clítoris, una larga lamida que hizo que sus manos se enredaran en mi pelo, tirando con fuerza.

La saboreé, me empapé de su esencia, introduje la lengua profundamente dentro de ella mientras ella gemía sin control, arqueando la espalda contra la pared de azulejos.

—Dios, Enzo... por favor... —balbuceaba ella, moviendo las caderas contra mi boca.

La chupé con fuerza, succionando su clítoris entre mis labios, mordisqueándolo suavemente, luego con más intensidad, sintiendo cómo se deshacía sobre mí.

Introduje dos dedos dentro de ella, curvándolos para encontrar ese punto que la volvía loca, y aceleré el ritmo de mi lengua, llevándola al borde del abismo.

—Voy a... Dios, voy a correrme... —gimió con la voz estrangulada.

—Córrete —ordené contra su sexo, notando cómo mi voz vibraba contra su carne más sensible—. Córrete, Lola. Ahora.

Y ella explotó. Su cuerpo se convulsionó, sus piernas temblaron alrededor de mi cabeza, y sentí cómo se deshacía en mi lengua, chorros de placer saliendo de ella mientras yo la bebía toda, sin dejar caer ni una gota, prolongando su orgasmo con movimientos lentos y profundos de mi lengua hasta que ella jadeó, exhausta, empujándome suavemente.

Me levanté, limpiándome la boca con el dorso de la mano, mirándola con una mezcla de ternura y posesión salvaje. Lola estaba deshecha, el pelo revuelto, los ojos vidriosos, el pecho subiendo y bajando frenéticamente.

—No he terminado contigo —advertí, desabrochándome el cinturón y los pantalones.

La giré sobre la encimera, empujándola para que se inclinara sobre ella, ofreciéndome su culo perfecto y su espalda arqueada. Bajé sus bragas de un tirón hasta los tobillos. Estaba empapada, brillante, abierta para mí, todavía contrayéndose por el orgasmo reciente.

—Eres mía —gruñí, agarrándola por el cuello suavemente, pero con firmeza, dominándola—. Di que eres mía.

—Soy tuya —gimió—. Toda tuya, Enzo. Siempre.

La penetré de una sola embestida brutal, entrando hasta el fondo con un golpe seco que resonó en la cocina silenciosa. Lola gritó, un sonido agudo que se convirtió en un gemido continuo mientras comenzaba a moverme dentro de ella con una ferocidad que no podía controlar.

Cada embestida era una declaración de guerra contra todo lo que nos separaba.

La cogía por las caderas, marcándola con mis dedos, mientras golpeaba su interior una y otra vez, buscando ese ritmo perfecto que la volvía loca.

Ella se agarraba al borde de la encimera, sus nudillos blancos, su cara presionada contra el mármol frío.

—Más fuerte... —suplicó—. Fóllame más fuerte, Enzo.

Obedecí. La penetré con una violencia consensuada, salvaje, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. El sonido de nuestras carnes chocando se mezclaba con nuestros jadeos, con el rechinar de la encimera contra el suelo, con la respiración entrecortada que salía de mis pulmones.

La saqué de la encimera, la giré y la senté sobre ella, penetrándola de frente para poder mirarla a los ojos. Quería ver su cara cuando le dijera lo que sentía.

—Te amo —gruñí, moviéndome dentro de ella con embestidas profundas y certeras—. Te amo, Lola. Y no voy a parar. No voy a parar hasta que seas mi esposa. Hasta que lleves mi apellido. Hasta que despierte cada puto día de mi vida y te encuentre a mi lado.

Ella envolvió mis caderas con sus piernas, atrayéndome más profundo, sus ojos llenos de lágrimas y de amor.

—Yo también te amo —susurró, y luego gritó cuando aceleré el ritmo, perdiendo completamente el control.

La agarré por la nuca, besándola con una desesperación que dolía, mientras nuestros cuerpos se golpeaban buscando el clímax. Sentí que ella se contraía alrededor de mí, su segundo orgasmo acercándose, y yo estaba al borde, mi miembro hinchado, mi mente en blanco, solo existiendo para ella.

—Córrete, preciosa —ordené, con la voz rota—. Córrete.

Lola explotó con un grito ahogado contra mi hombro, mordiéndome para no despertar a los niños, su cuerpo convulsionándose violentamente.

Yo gruñí, embistiendo una última vez hasta el fondo, y me vacié dentro de ella con espasmos que me recorrían desde la base de la columna hasta la coronilla, chorros de semen caliente llenándola mientras ella seguía contrayéndose a mi alrededor, succionándolo todo.

Nos quedamos así, jadeantes, sudados, pegados el uno al otro en medio de la cocina destrozada, durante largos minutos que parecieron eternidades. Luego la besé suavemente, con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes, acariciando su rostro mojado por el sudor.

—Eres mi todo —dije, mirándola a los ojos—. Y voy a demostrártelo cada día.

Mientras la sostenía contra mí, mientras su corazón latía frenético contra mi pecho, tuve un pensamiento claro y definitivo.

Vittoria podía tener los abogados más caros de Italia. Podía amenazar, manipular, utilizar a los niños como arma. Pero ya no tenía poder sobre mí. Porque por primera vez en mi vida sabía exactamente qué quería.

Quería a Lola. Quería una familia real, no una fachada perfecta. Quería despertarme cada mañana y ver a mis hijos felices, no aterrorizados por las manipulaciones de su madre.

Y estaba dispuesto a destruir cualquier obstáculo que se interpusiera entre nosotros.

A pelear hasta el último aliento. A venderlo todo si era necesario.

A enfrentarme a Vittoria y a su ejército de abogados con la única arma que realmente importaba: la verdad de que nunca había amado a nadie como amaba a la mujer que tenía entre mis brazos.

El divorcio sería una guerra, pero estaba preparado para la batalla. Porque al final de ese camino estaba ella.

Y eso lo hacía todo posible.