Condenada a amarte Capítulo 20
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Capítulo 20

Enzo

Estaba perdiendo la cabeza. Y no era una exageración.

Llevaba casi una hora recorriendo la casa como un animal encerrado en una jaula.

Salón. Cocina. Terraza. Jardín. Volver al salón. Mirar el móvil. Nada.

Volver a llamar. Nada. Mirar otra vez. Nada. Matteo no aparecía.

Y cada minuto que pasaba hacía que mi imaginación encontrara nuevas formas de torturarme.

Porque uno nunca piensa en las opciones razonables cuando se trata de sus hijos. Nunca.

Piensas en accidentes. En secuestros. En desgracias. En todo aquello que puede salir mal.

Y Matteo llevaba desaparecido demasiado tiempo.

—Maldita sea...

Volví a marcar. Buzón. Otra vez.

—Vamos, Matteo...

Nada. El teléfono sonó en mi mano. Al ver que era Samuel, contesté inmediatamente.

—¿Lo has encontrado?

—No.

Cerré los ojos.

—Joder.

—He preguntado por todas partes.

—Yo también.

—Nadie lo ha visto.

Sentí cómo algo oscuro se instalaba en mi pecho.

—¿Y si ha sido Vittoria?

Hubo un silencio.

—Enzo...

—Lo digo en serio.

—No empieces.

—Si esa mujer se ha llevado a mi hijo... —Mi voz salió peligrosa. Muy peligrosa—. Será lo último que haga.

—Tranquilízate.

—No puedo.

—Lo encontraremos.

En ese instante sonó el timbre y los dos nos quedamos callados.

Fruncí el ceño, miré hacia la puerta y algo dentro de mí reaccionó. Una intuición. Una esperanza.

—Te llamo ahora.

—Enzo...

Colgué antes de escuchar la respuesta y crucé la casa prácticamente corriendo.

Abrí la puerta y durante un segundo me quedé inmóvil, porque allí estaba Matteo. Sano, tranquilo, perfectamente bien y su lado… Lola.

Mi corazón hizo algo extraño, algo que hacía tres semanas que no hacía. Porque habían pasado veintiún días.

Veintiún malditos días evitándome. Veintiún días sin verla. Sin escuchar su voz. Sin respirar cerca de ella. Y seguía siendo igual de devastadora.

Quizá más.

—Papá.

No recordaba haber reaccionado conscientemente, solo sé que abracé a Matteo con fuerza. Mucha fuerza.

—¿Dónde demonios estabas?

—Papá...

—¿Sabes cómo estaba?

—Lo siento.

—No vuelvas a hacer algo así. Nunca. ¿Me oyes? Nunca.

Noté cómo asentía.

—Lo siento.

Respiré hondo. Una vez. Dos. Tres. Porque seguía temblando.

—¿Dónde estabas?

—Quería hablar con Lola.

Levanté la cabeza y miré directamente a la culpable. Ella levantó ambas manos.

—Lo he traído sano y salvo.

Aquella sonrisa… Dios, aquella sonrisa.

—Gracias.

—De nada.

Hubo un breve silencio. Incómodo, extraño y doloroso. Porque todavía existía todo aquello que ninguno de los dos estaba diciendo.

—Bueno... —Lola señaló hacia atrás—. Yo me voy.

—No.

Los dos miramos a Matteo.

—¿No?

—Quédate.

—Matteo...

—Por favor.

Y antes de que ella pudiera responder apareció un torbellino rubio.

—¡¡Lola!!

Bianca salió disparada por el pasillo, y dos segundos después cambió de objetivo.

—¡¡Nala!!

La perra apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una niña de seis años la abrazara como si llevaran años sin verse.

La cola de Nala empezó a moverse tan rápido que parecía una hélice.

—Traidora —murmuró Lola, y yo sonreí.

Porque aquella escena era imposible de no querer.

—Quédate a cenar.

Lola me miró.

—Enzo...

—Por favor.

Su expresión vaciló, y durante un instante temí que volviera a marcharse. Pero entonces Bianca decidió intervenir.

—Sí. Quédate. Cenamos y vemos una película.

—Bianca...

—Por favooooor.

—Eso es chantaje emocional.

—Sí.

—Lo sabes.

—Sí.

—Y te funciona.

—Sí.

Lola soltó una carcajada. Y finalmente negó con la cabeza.

—Está bien.

Bianca celebró la victoria como si hubiera ganado una guerra, y yo tuve que ocultar una sonrisa. Porque, por primera vez en semanas, la casa volvía a sentirse viva.

La cena fue un desastre, pero de los buenos. De los que uno recordaba después con una sonrisa.

Bianca habló sin respirar. Matteo intervino más de lo habitual. Nala consiguió robar un trozo de pan. Luego intentó parecer inocente, sin éxito. Y Lola... Lola volvió a reír.

De verdad. Como antes. Y descubrí que había echado de menos aquel sonido mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—La culpable ha sido ella —dijo Bianca señalando a Nala.

—Claro —respondió Lola—. La perra planeó el robo.

—Lo vi —insistió la niña.

—Seguro que sí.

—Te lo prometo.

—Bianca.

—¿Sí?

—Necesito que entiendas que la policía no aceptará ese testimonio.

Matteo escupió la bebida de la risa, yo también, y Bianca nos miró indignada.

—Nadie me toma en serio.

—Es muy difícil cuando acusas a una perra de organizar delitos.

Aquello provocó otra carcajada general, y mientras los observaba comprendí algo. Algo que me golpeó con una fuerza inesperada.

Aquello, eso, era exactamente lo que siempre había querido. Una mesa llena. Risas. Conversaciones absurdas. Niños felices. Personas que se querían.

Un hogar. Una familia.

No silencios incómodos, ni ausencias, ni una casa enorme donde cada uno vivía una vida distinta.

Aquello sí parecía una familia y dolía darme cuenta de cuánto lo había necesitado siempre.

La película empezó una hora después y terminó exactamente igual que todas las películas familiares. Con los niños dormidos.

Bianca se había quedado completamente abrazada a Lola, Matteo se había rendido diez minutos antes y Nala dormía en el suelo con absoluta tranquilidad.

—Creo que hemos perdido —murmuró Lola.

—Completamente —sonreí—. Voy a llevarlos arriba.

Ella asintió, y entonces hizo algo que me desarmó. Cogió a Bianca en brazos, como si fuera lo más natural del mundo, como si hubiera nacido para hacerlo. La niña ni siquiera se despertó, solo escondió la cara en su cuello. Y mi corazón hizo algo extraño. Otra vez.

Llevé a Matteo hasta su habitación, lo acosté, le tapé con la sábana y justo cuando iba a salir escuché su voz.

—Papá.

—¿Sí?

—Buenas noches —dijo, abriendo un ojo, solo uno.

—¿De qué has hablado con Lola? —pregunté, y él sonrió. Una sonrisa idéntica a la mía.

—Eso queda entre nosotros.

—Traidor.

—Buenas noches.

—Matteo.

—Buenas noches.

Y volvió a quedarse dormido.

No pude evitar sonreír, porque había algo diferente, algo nuevo.

Y por primera vez tuve la certeza de que mi hijo ya no veía a Lola como una amenaza. Y aquello me alivió más de lo que imaginaba.

Cuando llegué a la habitación de Bianca me detuve en la puerta, sin hacer ruido, solo observando. Porque la escena era demasiado bonita para interrumpirla.

Lola estaba sentada junto a la cama, acariciando suavemente el pelo de Bianca. La niña dormía profundamente y Nala estaba tumbada a su lado, como una guardiana.

—Bueno —susurró Lola—. Te dejo una misión importante.

La perra levantó una oreja.

—Tienes que cuidar de ella.

La cola empezó a moverse.

—Igual que me cuidas a mí.

Más cola.

—Puedes quedarte aquí esta noche.

La cola golpeó el suelo.

—Ya sabía yo que te iba a gustar la idea.

No pude evitar sonreír, porque la conexión entre aquellas dos era increíble.

Bianca adoraba a Nala, y Nala parecía convencida de que Bianca era una especie de cachorro humano especialmente importante.

Lola levantó la vista, me vio e inmediatamente se sonrojó. Aquello me pareció adorable, y peligroso. Muy peligroso.

Porque seguía teniendo exactamente el mismo efecto sobre mí. Incluso después de tres semanas. Incluso después de todo.

Salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado, y nos encontramos en el pasillo. Solos y demasiado cerca.

—Bueno —dijo—. Yo me voy.

—Quédate un poco más —le pedí, y me miró.

—Enzo...

—Un café. Solo eso.

Dudó. Yo contuve la respiración. Y finalmente asintió.

—Está bien.

Mientras caminábamos hacia la cocina comprendí algo terrible. Tenerla lejos era horrible. Pero tenerla cerca y no poder tocarla era muchísimo peor.

Porque cada paso, cada mirada, cada sonrisa, me recordaba exactamente cuánto la quería.

Y exactamente cuánto la había echado de menos.