Capítulo 19
Lola
Tres semanas. Veintiún días. Quinientas cuatro horas.
Sí. Las había contado. Porque era una idiota. Una idiota enamorada. Y eso era todavía peor.
El sol comenzaba a descender lentamente sobre los viñedos mientras caminaba entre las hileras de vides.
Aquella era mi hora favorita del día. Cuando el calor empezaba a suavizarse. Cuando el aire olía a tierra caliente. Cuando todo parecía quedarse en silencio. Normalmente aquellos paseos conseguían despejarme la cabeza.
Normalmente. Pero hacía tres semanas que mi cabeza se había convertido en un lugar bastante poco agradable para vivir.
Porque daba igual cuánto trabajara. Cuántas reuniones tuviera. Cuántos informes revisara. Cuántas horas pasara en las bodegas. Siempre acababa pensando en él. En Enzo.
Suspiré.
Nala caminaba a mi lado con absoluta tranquilidad. De vez en cuando levantaba la cabeza para comprobar que seguía viva. Y yo sospechaba seriamente que aquella perra tenía más inteligencia emocional que muchas personas.
—No me mires así.
Movió una oreja.
—No estoy pensando en él.
Me observó.
—Vale. Sí estoy pensando en él.
La cola comenzó a moverse.
—Eres insufrible.
Nala parecía bastante satisfecha consigo misma. Continué caminando, intentando ignorar los recuerdos, sin conseguirlo. Porque aparecían constantemente su sonrisa, su voz, su forma de mirarme.
La forma en que pronunciaba mi nombre. Las noches de verano. Las conversaciones imposibles. Los silencios que nunca resultaban incómodos. Y sobre todo aquella manera de hacerme sentir segura.
Quise pensar en otra cosa, de verdad que sí, pero mi corazón parecía tener otros planes.
—Tú tampoco ayudas —le dije a Nala, que me miró y simplemente bostezó. Claramente no impresionada por mi drama.
Traidora.
Cuando llegué al aparcamiento ya estaba atardeciendo. El cielo se había teñido de tonos naranjas y dorados. Busqué las llaves dentro del bolso y entonces me detuve.
Había alguien apoyado en mi coche, fruncí el ceño. La silueta era demasiado baja para ser de un adulto, pero alta para ser un niño.
Delgada. Morena. Mi corazón dio un leve salto. No podía ser.
Aceleré el paso y cuando estuve más cerca lo reconocí.
—¿Matteo?
El niño levantó la cabeza.
—Hola.
Parpadeé varias veces.
—¿Qué haces aquí?
Se encogió de hombros, como si aquello fuera completamente normal.
—Quería hablar contigo.
—¿Hablar conmigo?
—Sí.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
Abrí mucho los ojos.
—Matteo.
—¿Qué?
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—En taxi.
Tuve que cerrar los ojos un segundo. Solo uno, porque estaba a punto de sufrir un infarto.
—Has cogido un taxi tú solo.
—Sí.
—Desde Sanlúcar.
—Sí.
—Matteo.
—¿Qué?
—Tu padre te va a matar.
El niño hizo una mueca.
—Probablemente.
—No es probable. Es seguro.
Me acerqué inmediatamente y lo abracé. Fuerte, muy fuerte. Porque por mucho que intentara parecer mayor, seguía siendo un niño.
Y porque la sola idea de que hubiera venido solo me ponía enferma.
—No vuelvas a hacer esto.
—Lo siento.
—No. No lo sientes.
—Un poco sí.
Solté una carcajada.
—Deberíamos llamar a tu padre.
—Primero quiero hablar contigo.
Lo observé. Y algo en su expresión hizo que aceptara.
—Está bien.
Suspiró aliviado.
—Gracias.
—Pero después llamaremos a tu padre.
—Vale.
—Y rezaremos para que siga con vida.
Matteo sonrió.
—Creo que exageras.
—Creo que no conoces a tu padre tan bien como yo.
—Lo conozco bastante.
—Entonces sabes que probablemente ya ha llamado al ejército.
La sonrisa del niño se hizo más grande. Y aquello me tranquilizó un poco.
—Ven.
—¿A dónde?
—A por un helado.
—¿En serio?
—¿Existe algún problema en el mundo que no mejore con helado?
—Supongo que no.
—Exacto.
Media hora después estábamos sentados en una pequeña heladería junto al paseo marítimo.
Matteo tenía una copa enorme de chocolate, yo una de vainilla y Nala descansaba a nuestros pies observando a todo el mundo como si fuera la dueña del local.
—Vale —dije apoyando los codos sobre la mesa—. Ahora cuéntame qué ocurre.
El niño bajó la vista y durante unos segundos volvió a parecer mucho más pequeño.
—Mi madre vino a Cádiz.
Ya imaginaba algo así. Pero aun así sentí un pequeño nudo en el estómago.
—Ya.
—Discutió con mi padre.
Asentí.
—Lo escuché.
—Matteo...
—Lo sé. No debería escuchar detrás de las puertas.
—Definitivamente no deberías.
—Lo sé.
—¿Y?
Removió el helado.
—Escuché cosas.
Su voz se volvió más baja.
—Sobre Bianca y sobre mí.
—¿Qué cosas?
—Que no fuimos bebés buscados.
Aquello me rompió un poco el corazón.
—Cariño...
—No pasa nada.
Pero sí pasaba, claro que pasaba. Porque era un niño y estaba intentando hacerse el fuerte.
—Luego entendí algunas cosas.
—¿Qué cosas?
Se quedó callado unos segundos.
—Mi madre nunca quiso ser madre.
La frase me golpeó con fuerza. Porque estaba pronunciada con absoluta naturalidad, como si llevara años pensándola.
—Matteo...
—Es verdad.
No discutí, porque en sus ojos vi que lo decía con absoluta certeza.
—Siempre está viajando. Siempre está ocupada. Siempre haciendo otras cosas.
—Lo sé.
—Bianca cree que no me doy cuenta —sonrió un poco—. Pero…
Aquello me recordó muchísimo a mí misma. Demasiado.
—Siempre te das cuenta de todo.
Él soltó una breve risa.
—Eso dice mi padre.
—Tu padre tiene razón.
—A veces odio tener razón.
Le acaricié el pelo, despacio, con ternura, y por primera vez no se apartó.
—A veces los adultos somos idiotas.
Matteo sonrió.
—Sobre todo cuando estáis enamorados.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban.
—¿Perdón?
—Mi padre está insoportable.
—¿Qué?
—No deja de pensar en ti.
Casi me atraganto.
—Matteo.
—Es verdad.
—No digas tonterías.
—Lola.
Me miró exactamente igual que hacía Enzo cuando sabía que tenía razón. Y aquello fue muy injusto.
—Ha tenido llamadas de trabajo.
—Ajá.
—Y estaba despistado.
—Eso le pasa a todo el mundo.
—No, a él nunca le pasa.
Y ahí me quedé sin argumentos, porque tenía razón. Enzo jamás estaba despistado. Jamás.
—Al principio no me gustabas.
Aquella confesión me sorprendió.
—Lo sé.
—Tenía miedo.
—Lo sé —sonreí.
—Pensaba que querías romper nuestra familia.
Me dolió escucharlo, porque entendía perfectamente por qué había pensado aquello.
—Pero ya no.
Lo miré.
—¿No?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
Matteo se encogió de hombros.
—Porque ahora sé que mi padre te quiere de verdad.
El corazón me dio un vuelco y tuve que apartar la mirada. Porque aquello seguía doliendo. Muchísimo.
—Además —continuó—. Mi madre sigue aquí.
Volví a mirarlo.
—¿En Cádiz?
—Sí.
—Ah.
—Y sabe quién eres.
Fantástico. Maravilloso. Estupendo.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Y le dijo a mi padre que si te encontraba iba a decirte cuatro cosas.
No pude evitar reírme, pero reírme de verdad. Una carcajada de lo más sonora. Porque después de todo lo que había vivido en mi infancia aquello no sonaba especialmente aterrador.
—¿Qué? —preguntó Matteo.
—Nada.
—¿No te preocupa?
—Matteo.
—¿Sí?
—Cuando era pequeña viví con miedo de verdad.
El niño me observó atentamente.
—Sé perfectamente lo que da miedo y lo que no.
Sonrió.
—¿Y mi madre?
—Tu madre es una italiana enfadada. Eso no va a hacerme tener pesadillas.
Matteo soltó una carcajada tan fuerte que varias personas se giraron para mirarnos.
—Eres terrible.
—Lo sé.
—Mi padre dice lo mismo.
Aquello hizo que sonriera, porque podía imaginar perfectamente a Enzo diciéndolo.
Cuando terminamos los helados me levanté.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A llevarte a casa antes de que tu padre llame a la Interpol.
Matteo volvió a reírse.
—Creo que exageras.
—Creo que no.
—Probablemente ya me esté buscando.
—Probablemente ya haya movilizado a media Andalucía.
Caminamos hacia el coche, Nala trotaba feliz a nuestro lado, y justo antes de entrar, Matteo me miró.
—Ahora entiendo a Bianca.
—¿Qué quieres decir?
—Entiendo por qué le gustas tanto.
Parpadeé.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
Sonrió. Una sonrisa sincera y bonita, parecida a la de su padre.
—Porque eres divertida.
Noté un pequeño nudo en la garganta.
—Y cariñosa.
Tuve que apartar la vista un instante. Porque aquella simple frase significaba más de lo que él imaginaba.
—Cosa que nuestra madre no es.
Su voz sonó triste, demasiado triste para un niño de diez años.
Me acerqué, le besé la coronilla y le revolví el pelo.
—Vamos a llevarte a casa, campeón.
Él sonrió, y por primera vez desde que lo conocía parecía completamente tranquilo.
Mientras arrancaba el coche no pude evitar pensar algo. Algo que me acompañó durante todo el camino.
Vittoria no sabía la suerte que tenía, no tenía ni idea, porque Matteo y Bianca eran dos niños extraordinarios.
Cariñosos, inteligentes, nobles y especiales. De esos que te llenaban la vida sin siquiera intentarlo.
Y mientras observaba a Matteo por el retrovisor comprendí algo que me hizo sonreír con tristeza. Si aquellos niños fueran míos... Jamás me despegaría de ellos.
Ni un solo día. Ni una sola hora. Ni un solo minuto.