Capítulo 18
Enzo
No recordaba cuánto tiempo permanecí inmóvil después de que Lola se marchara. Quizá unos segundos. Quizá varios minutos.
Lo único que sabía era que seguía viendo su espalda alejándose. Seguía escuchando aquellas palabras.
"Adiós, Enzo."
Adiós. Ni siquiera había dicho "hasta luego". Ni "necesito tiempo". Ni "déjame pensar". Adiós.
Como si hubiera decidido arrancarme de su vida de un solo golpe. Como si pudiera hacerlo. Como si yo pudiera permitirlo.
Mis manos seguían cerradas en puños. La mandíbula tan tensa que me dolía. Y el pecho... Joder. El pecho me quemaba.
Porque había visto sus ojos. Las lágrimas. El temblor de su voz. Y sabía que aquello no era lo que quería. La conocía. Demasiado bien.
Lola no me había dejado porque hubiera dejado de sentir algo. Me había dejado precisamente porque sentía demasiado. Y eso era lo que más rabia me daba. Porque estaba sufriendo.
Y yo también. Por algo que ninguno de los dos quería.
—Enzo.
La voz de Vittoria me arrancó de golpe de mis pensamientos.
Giré la cabeza y allí estaba. De pie junto a la entrada principal. Perfectamente vestida. Perfectamente peinada. Como siempre.
Su aparición provocó exactamente el efecto contrario al que seguramente pretendía.
No sentí sorpresa ni alegría. No sentí absolutamente nada. Solo cansancio. Un cansancio inmenso.
—¿Qué haces aquí?
Ella sonrió. Aquella sonrisa elegante que utilizaba delante de los demás.
—Qué bonito recibimiento.
—He preguntado qué haces aquí.
Sus ojos se endurecieron.
—He venido a ver a mis hijos.
Mentira. Los niños eran la excusa. Siempre habían sido la excusa.
—Podías haber avisado.
—Y perderme la oportunidad de ver ciertas cosas.
Ya estaba. La verdadera razón.
—¿Qué cosas?
—A ella.
Sentí el golpe antes incluso de que pronunciara el nombre.
—Lola.
Silencio.
—Bianca habla constantemente de esa mujer.
La forma en que lo dijo hizo que algo oscuro se moviera dentro de mí.
—Pensaba que había quedado atrás hace años.
No respondí.
—Pero resulta que no.
Se cruzó de brazos.
—Así que era verdad.
—¿Qué era verdad?
—Que querías pasar todo el verano aquí por ella.
Mi paciencia empezó a agotarse.
—Vittoria.
—¿Es por ella por quien quieres destruir tu familia?
Aquello me hizo reír. Una carcajada breve, fría y sin humor.
—¿Mi familia?
—Sí.
—Mi familia son mis hijos.
Su rostro se endureció.
—Y nadie más.
—Qué bonito.
—Es la verdad.
—Soy tu esposa.
—Sobre el papel.
La vi tensarse.
—¿Sabes qué es lo peor? —Continué—. Que llevamos años fingiendo algo que jamás existió.
—Existió.
—No.
—Claro que sí.
Negué despacio.
—Nunca existió.
Sus ojos brillaron. De rabia. De orgullo herido. De odio.
—Te casaste conmigo.
—Porque te quedaste embarazada.
—Enzo.
—Y cuando quise dejarlo, volviste a quedarte embarazada.
La bofetada emocional fue inmediata.
—¿Estás diciendo que nuestros hijos son un error?
Aquello hizo que mi voz se volviera peligrosa.
—No vuelvas a decir algo así.
—Pues es lo que acabas de insinuar.
—Estoy diciendo que utilizaste ambos embarazos para atarme.
Su expresión cambió lo suficiente. Porque sabía que era verdad.
—Lo nuestro era sexo.
La vi palidecer.
—Y nada más.
—Cállate.
—Nunca te amé.
—Cállate.
—Nunca.
Su respiración empezó a acelerarse.
—Sabías perfectamente que nunca te amé.
—¡Cállate!
—Y aun así me obligaste a casarme contigo.
El silencio que siguió fue brutal.
—Eres un miserable.
—Quizá.
—Después de todo lo que he hecho por ti.
—No.
La miré directamente.
—Después de todo lo que has hecho para controlarme.
Ella soltó una carcajada amarga.
—¿Y ahora qué?
—Quiero el divorcio.
Sus ojos se abrieron.
—¿Otra vez con eso?
—Esta vez es definitivo.
—Siempre acabas echándote atrás.
—No, esta vez no lo haré.
—Porque está ella.
No respondí. Y ese silencio fue suficiente.
—Dios mío.
—Sí.
—Es ella.
—Sí.
Aquello la destrozó. Lo vi. Porque por primera vez en años entendió que ya no tenía ninguna influencia sobre mí. Ninguna.
—No voy a perder a mis hijos.
Mi voz salió firme.
—Jamás.
—Eso está por ver.
—No tanto como tú crees.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
No respondí. Porque no pensaba contarle que llevaba meses preparando todo.
Abogados. Documentos. Custodia. Pruebas. Todo. Absolutamente todo.
—Enzo.
Me di la vuelta.
—¡Enzo!
Seguí caminando.
—¡No hemos terminado de hablar!
No me detuve. Porque para mí aquella conversación había terminado hacía muchos años.
Cuando entré en la casa encontré a Matteo y Bianca en el salón. Los dos me miraron inmediatamente. Los dos. Exactamente igual.
Y comprendí que habían escuchado algo. No sabía cuánto. Pero algo.
—Papá.
Bianca fue la primera.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Seguro?
—Seguro.
Mentí. Mal, como siempre. Porque mis hijos me conocían demasiado.
Matteo apagó la televisión. Y entonces preguntó algo que no esperaba.
—¿Mamá estaba enfadada por Lola?
Sentí un pinchazo en el pecho.
—¿Por qué preguntas eso?
El niño bajó la vista.
—Porque hablé con ella.
Mi corazón se detuvo.
—¿Con Lola?
Asintió. Y entonces empezó a contarme lo ocurrido aquella tarde.
Cada palabra. Cada frase. Cada cosa que le había dicho. Y con cada segundo que pasaba comprendía mejor por qué Lola me había dejado.
Cuando terminó, cerré los ojos. Solo un instante. Porque me odié. Me odié por haberla puesto en aquella situación.
Me odié por haber permitido que cargara con aquello. Me odié por no haber estado allí.
Bianca fue la primera en romper el silencio.
—A mí Lola me gusta.
Sonreí levemente.
—Ya lo sé.
—Es divertida.
—Lo sé.
—Y cocina mejor que tú.
—Eso es una mentira.
La niña sonrió. Pero la sonrisa desapareció enseguida.
—Papá.
—¿Sí?
—Mamá nunca juega con nosotros.
Aquello me golpeó más fuerte que cualquier discusión.
—Bianca...
—Nunca cocina.
—Cariño...
—Siempre está viajando.
Su voz se rompió.
—Siempre está en otro sitio.
Tragué saliva.
—Y cuando llama solo habla cinco minutos.
El silencio cayó sobre el salón.
—Yo quiero mucho a mamá.
Aquello fue lo peor. Porque era verdad. Los niños seguían queriéndola. A pesar de todo.
—Pero si pudiera elegir...
Bajó la cabeza.
—Me gustaría que mamá fuera como Lola.
Se levantó y se marchó. Despacio. Sin mirar atrás. Aquello me destrozó completamente. Porque ningún niño debería sentir algo así.
Cuando volvimos a quedarnos solos, Matteo seguía sentado a mi lado. Callado y pensativo, como si hubiera envejecido diez años en una tarde.
—No quiero que nos pase como a Piero y Sofía.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque siempre están yendo de una casa a otra.
Suspiré.
—¿Y preferirías crecer viendo esto?
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dos personas viviendo juntas sin quererse. Dos personas fingiendo. Dos personas infelices.
Pensó unos segundos.
—No.
—¿Preferirías una familia que ríe?
Asintió.
—¿Que pasa tiempo junta?
Asintió otra vez.
—¿Que juega?
—Sí.
—¿Que comparte momentos?
—Sí.
Lo rodeé con un brazo y lo acerqué a mí.
—Aún eres muy pequeño, Matteo.
El niño apoyó la cabeza en mi hombro.
—Pero algún día aparecerá alguien. Alguien que haga que esto... —le señalé el pecho— lata tan fuerte que pienses que va a salirse.
Matteo sonrió.
—¿Tan fuerte?
—Mucho más.
—¿Y duele?
Me reí.
—Como un demonio.
Aquello le hizo reír. Y continué.
—Pensarás en ella todo el tiempo. De día. De noche. Cuando estés trabajando. Cuando estés comiendo. Cuando intentes dormir.
—Suena horrible.
—Lo es.
—Entonces no quiero enamorarme.
—Eso decimos todos.
Sonrió. Y yo también.
—Habrá muchas personas. Y creerás que alguna es la indicada. Pero un día aparecerá alguien diferente. Y entonces lo sabrás.
—¿Cómo?
Miré hacia la ventana. Hacia el jardín. Hacia el lugar donde Lola había estado aquella tarde.
—Porque todo tu corazón la reconocerá. Y cuando eso pase... Nada ni nadie podrá impedirlo.
Matteo permaneció callado. Pensando. Procesándolo. Y entonces preguntó algo más. Algo que me golpeó de lleno.
—¿Es verdad lo que le dijiste a mamá?
Suspiré.
—¿Qué parte?
—Que Bianca y yo no fuimos bebés buscados.
Cerré los ojos.
—Deberías dejar de escuchar detrás de las puertas.
—Lo sé.
Volví a suspirar.
—No os buscamos —era la verdad—. Pero os amo más que a mi propia vida.
Su mirada se suavizó.
—Sois mi mundo.
Y lo decía completamente en serio.
—Todo lo que he hecho durante once años ha sido por vosotros.
El niño asintió, y durante unos segundos no dijo nada. Absolutamente nada. Hasta que levantó la cabeza y me miró de una forma que nunca olvidaré.
—Soy un niño.
—Sí.
—Pero he visto cómo miras a Lola.
Mi respiración se detuvo.
—Y si es ella a quien quieres... —tragó saliva—. No sigas con mamá por nosotros.
Aquello me rompió. Porque ningún hijo debería tener que decir algo así.
—Matteo...
—Pero no nos dejes.
Su voz tembló.
—No nos abandones.
Sentí que algo me aplastaba el pecho.
—Nunca.
—Sigue siendo nuestro padre.
—Siempre.
—Ven a vernos.
—Siempre.
—Porque Bianca y yo te queremos.
Las palabras me atravesaron. Directamente. Sin defensa posible.
—Y no queremos perderte.
Cuando terminó se levantó y se fue. Sin decir nada más. Y yo me quedé allí solo. Mirando la puerta por la que había desaparecido.
Pensando que aquella tarde mi hijo había dejado de parecer un niño. Y comprendiendo algo que llevaba demasiado tiempo negándome.
Ya no podía seguir huyendo. Ni de Lola. Ni de mis hijos. Ni de mí mismo.
Porque si quería recuperar a la mujer que amaba, primero tendría que destruir para siempre la mentira en la que llevaba viviendo demasiados años.