Condenada a amarte Capítulo 17
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Capítulo 17

Lola

El calor de finales de junio ya había convertido Cádiz en ese lugar donde el aire parecía acariciar la piel incluso cuando caía la tarde.

Llegué a casa de Martina y Samuel unos segundos después que Enzo.

Su coche negro apareció por el camino de grava justo delante del mío y, por alguna razón completamente absurda, mi corazón reaccionó igual que siempre.

Como una idiota. Como si no hubiera aprendido nada. Como si cada vez que lo veía no recordara que era imposible.

Apagué el motor y me quedé unos segundos sujetando el volante. Enzo salió primero.

Vaqueros oscuros. Camisa blanca remangada. Gafas de sol. El pelo ligeramente despeinado por el viento. Perfecto. Malditamente perfecto.

Y entonces decidí dejar de mirarlo porque estaba empezando a desarrollar una seria adicción a aquel hombre.

—¡Lolaaaaaaaaaa!

La voz de Bianca atravesó el jardín, y la niña apareció corriendo como una bala.

Detrás de ella venía Nala. O, mejor dicho, Nala perseguía a Bianca para asegurarse de que no se estampaba contra nada.

—¡Lola!

La pequeña se lanzó directamente a mis brazos. La atrapé entre risas.

—Madre mía, ¿cuánto azúcar te han dado?

—Mucho.

—Eso lo explica todo.

—Te he echado de menos.

Aquello me arrancó una sonrisa instantánea.

—Te vi ayer.

—Muchísimo de menos igualmente.

—Ah.

—Y Nala también.

La labradora movió la cola tan fuerte que casi se desmontó sola. Me agaché para acariciarla.

—Traidora.

Nala me lamió la cara.

—Sí, sí, yo también te quiero.

Escuché una risa grave detrás de mí. La de Enzo.

No me giré, porque últimamente girarme hacia él se estaba convirtiendo en un deporte de riesgo.

Bianca sí lo hizo.

—¡Papá!

Y salió disparada hacia él.

Enzo la levantó del suelo con una facilidad insultante. Durante un instante vi algo que siempre me desarmaba. La transformación. Ese hombre frío. Controlador. Imponente. Desaparecía cuando miraba a sus hijos. Y en su lugar aparecía alguien completamente distinto.

Más suave. Más cálido. Más humano.

—¿Has sido buena?

—No.

—Perfecto.

—La tía Martina dice que soy agotadora.

—Tu tía Martina es inteligente.

—Papá.

—¿Qué?

—Eso ha sido feo.

—Pero cierto.

Bianca resopló. Yo me reí. Y entonces mis ojos fueron hasta el porche.

Matteo estaba sentado en uno de los sillones. Una pierna doblada. La otra estirada. Concentrado en la repetición de un partido de fútbol. No apartó la vista de la pantalla.

—Hola.

—Hola, Matteo.

Nada más. Ni una sonrisa. Ni una pregunta. Ni una mirada.

Algo iba mal. Y cuando desvié la vista encontré a Enzo observándolo. Con el ceño ligeramente fruncido. Aquella pequeña arruga apareció entre sus cejas. La misma que le salía cuando algo le preocupaba.

No pregunté. Porque sabía que, si quería hablar, lo haría. Y porque yo tampoco era precisamente un ejemplo de sinceridad emocional.

Dos horas después la casa parecía una guerra civil. Pero una guerra civil divertida.

Samuel había decidido organizar competiciones absurdas en la piscina. Martina hacía trampas descaradamente. Bianca inventaba reglas nuevas cada treinta segundos.

Yo acababa de ganar una carrera absurda sobre flotadores cuando Bianca apareció señalándome.

—¡Lola ha hecho trampas!

—No he hecho trampas.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Demuéstralo.

—No puedo.

—Entonces he ganado.

—Papá.

—¿Qué?

—Lola es mala persona.

Enzo soltó una carcajada.

—Eso parece.

Lo fulminé con la mirada.

—Gracias por el apoyo.

—Siempre.

Mentiroso. Porque seguía sonriendo. Y yo seguía teniendo problemas para respirar cuando sonreía.

A media tarde me di cuenta de que Matteo apenas había participado. Había entrado y salido. Se había bañado unos minutos. Había fingido divertirse. Pero seguía distante. Callado y pensativo, y aquello me recordó demasiado a mí misma.

A la niña que sonreía para que nadie hiciera preguntas.

Lo encontré otra vez en el porche, solo, mirando el jardín.

Me senté a su lado.

—¿Estás bien?

—Sí.

Mentira. Sonreí.

—Yo también decía eso.

Él me miró por primera vez.

—¿Qué?

—Que estaba bien.

—Y no lo estabas.

—Nunca.

Matteo bajó la vista.

—No quiero preocupar a mi padre.

Mi corazón dio un vuelco. Porque conocía exactamente ese sentimiento.

—Tu padre prefiere preocuparse que perderte.

No respondió. Esperé. Y finalmente suspiró.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Te gusta mi padre?

Sentí que algo se detenía dentro de mí. Completamente. El tiempo. El aire. Todo.

—Matteo...

—He visto cómo te mira.

Me quedé inmóvil.

—Y le he visto besarte.

El golpe fue directo.

—Pensabais que nadie miraba.

No fui capaz de responder.

—A mi madre no la mira así.

Aquello me rompió algo por dentro.

—Matteo...

—Ya tengo una madre.

Su voz sonó extrañamente firme. Dolorosamente adulta.

—No quiero otra.

Sentí un nudo en la garganta.

—No quiero que mi padre engañe a mi madre.

Cerré los ojos un segundo. Solo uno, porque cada palabra era un disparo.

—Un amigo suyo tenía amantes. Y destruyó a su familia.

Lo miré, y vi miedo. Mucho miedo. Más del que un niño debería cargar.

—Somos una familia.

Tragó saliva.

—Y no quiero que nadie la rompa.

Silencio. Un silencio enorme, pesado y doloroso.

Matteo se levantó.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

—Sí.

Negó con la cabeza y se marchó. Así de simple.

Me dejó sola, completamente sola, y sentí que algo dentro de mí acababa de romperse.

Porque no había rabia en sus palabras. Ni odio. Solo miedo.

Miedo a perder a su familia. Como yo había tenido miedo toda mi infancia. Y aquello era imposible de ignorar.

No sé cuánto tiempo permanecí sentada allí. Quizá cinco minutos. Quizá veinte. Solo sé que cuando las lágrimas empezaron a caer ni siquiera intenté detenerlas.

Nala apareció de la nada. Como siempre. Como si tuviera un radar conectado a mi corazón. Apoyó la cabeza sobre mis rodillas. Sonreí entre lágrimas.

—Eres una pesada.

Movió la cola.

—Y una cotilla.

Más cola.

—Y probablemente la mejor amiga que he tenido nunca.

Le acaricié las orejas, respiré hondo, me limpié las lágrimas y entonces escuché unos pasos.

Supe quién era antes incluso de levantar la cabeza. Enzo.

—Lola.

Su voz sonó preocupada. Demasiado.

—¿Qué te pasa?

Negué.

—Nada.

—No te creo.

Me puse de pie. No podía seguir mirándolo. Porque si lo hacía cambiaría de opinión. Y esta vez no podía permitírmelo.

Lo observé una última vez. La última. Quizá de verdad. Y comprendí que lo amaba.

Que lo había amado desde mucho antes de admitirlo. Y que precisamente por eso tenía que terminar.

Tragué saliva.

—Todo esto ha sido un error, Enzo.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—Un error que no debía haber pasado ni haberse repetido.

—Lola...

—Pero se acaba aquí.

El silencio se volvió insoportable.

—Tú tienes tu vida.

Vi cómo tensaba la mandíbula.

—Tu familia.

Sus ojos se oscurecieron.

—Una mujer y dos hijos que te quieren.

—Escúchame.

—No.

Mi voz tembló.

—Yo no voy a ser quien destruya eso.

Enzo dio un paso hacia mí.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé.

Y ese era precisamente el problema.

—No voy a ser la responsable de arruinar la vida a dos niños.

Dolía. Dios, cómo dolía.

—Adiós, Enzo.

Me giré.

—Lola.

Seguí caminando.

—Lola.

No me detuve. Porque si lo hacía volvería corriendo. Y ya no podía permitirme ser tan egoísta.

—¡Lola!

Llamé a Nala.

—Ven.

La perra obedeció inmediatamente, y juntas entramos en la casa.

Cinco minutos después salí vestida, con el bolso colgado del hombro, las llaves en la mano y el corazón completamente destrozado.

No miré atrás. Ni una sola vez. Porque sabía que, si lo hacía, perdería la batalla.

Arranqué el coche. Y conduje. Sin rumbo. Solo alejándome. De él. De todo.

Las lágrimas comenzaron antes incluso de llegar a la carretera principal. Y cuando la radio se encendió automáticamente el destino decidió burlarse de mí. Sonó "Salitre".

La voz de Manuel Carrasco llenó el coche. Después la de Camilo. Y entonces me eché a llorar de verdad.

Porque aquella canción hablaba demasiado. Porque me recordaba demasiado a él. Porque olía a verano. A mar. A despedidas. A cosas que llegaban tarde. A personas que aparecían cuando ya no deberían aparecer.

Me limpié las lágrimas con una mano. La otra seguía aferrada al volante. Y mientras el sol comenzaba a caer sobre los viñedos pensé algo que jamás diría en voz alta.

Ojalá. Ojalá Enzo hubiera llegado a mi vida siendo un hombre libre. Ojalá hubiera aparecido años antes. O años después. O en cualquier otro momento. Pero no ahora. No así.

Porque lo quería más de lo que había querido a nadie. Y precisamente por eso acababa de dejarlo atrás.