Condenada a amarte Capítulo 16
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Capítulo 16

Enzo

Entramos en el baño principal con Lola todavía sobre mi hombro, protestando entre risas que me iba a arrepentir, que estaba loco, que no tenía remedio.

Dejé que su cuerpo resbalara por el mío hasta que sus pies tocaron el suelo de mármol blanco, pero no la solté.

La aprisioné contra la pared de azulejos fríos, capturando su boca con una voracidad que me consumía.

—Enzo, has dicho que íbamos a... —murmuró ella contra mis labios, sin convicción alguna.

—He dicho muchas cosas —gruñí, desabrochando los pantalones de chándal definitivamente y dejándolos caer—. Pero no puedo verte desnuda y no tocarte. Es físicamente imposible.

Lola jadeó cuando mi miembro, ya dura otra vez, presionó contra su vientre.

La luz del baño era brillante, cruel, iluminando cada centímetro de su piel mojada por el sudor de nuestra follada en la cocina.

La camiseta que llevaba puesta estaba arrugada, manchada, inservible.

La agarré por el borde y la rompí por la mitad, tirando la tela rasgada al suelo.

—Esa era tu camiseta favorita —protestó ella, pero sus ojos brillaban con excitación.

—Me compraré cien —dije, y la empujé hacia la ducha.

El baño era enorme, minimalista, con una ducha acristalada que daba directamente a los viñedos. Abrí el grifo y el agua caliente cayó en cascada sobre nosotros, empapándonos al instante. El vapor comenzó a llenar el espacio, creando una burbuja íntima donde solo existíamos ella y yo.

Lola echó la cabeza hacia atrás, dejando que el agua corriera por su cuello, sus pechos, sus pezones erectos que pedían a gritos mi boca. Pero tenía otros planes. La giré bruscamente, empujándola contra la pared de cristal empañado, y caí de rodillas sobre el suelo húmedo.

—Enzo, qué estás... —su voz se cortó cuando separé sus muslos con mis manos.

Estaba frente a su sexo, hinchado, brillante, expuesto.

El agua caliente caía sobre nosotros mientras yo la abría con los dedos, revelando ese clítoris rosado y pulsante que ya conocía demasiado bien.

La miré una vez, viéndola mirarme por encima del hombro con los ojos vidriosos, y luego me lancé sobre ella.

La saboreé sin piedad. Mi lengua recorrió cada pliegue, cada centímetro sensible, desde su entrada húmeda hasta su clítoris, donde me detuve para chupar con fuerza, alternando entre succiones profundas y lamidas rápidas y punzantes.

Lola golpeó la pared de cristal con la palma de la mano, dejando una marca contra el vapor, mientras gemía sin control.

—Dios... Enzo... por favor... —balbuceó, intentando mover las caderas, pero atrapada entre mi boca y la pared fría.

La penetré con dos dedos, buscando ese punto en su interior, y los moví mientras mi lengua seguía torturando su clítoris.

El agua caía sobre mi cabeza, por mi espalda, mezclándose con su sabor salino y dulce que me volvía loco.

Lola se estaba deshaciendo, sus piernas temblaban, sus gemidos se convertían en gritos ahogados que resonaban contra el mármol.

—Córrete —ordené, mirándola desde abajo, el agua cayendo sobre mi rostro—. Ahora, Lola. Dame tu orgasmo.

La penetré con la lengua, profundamente, mientras mis dedos acariciaban su punto G con una precisión brutal.

Ella explotó con un grito estrangulado, su cuerpo convulsionándose, su sexo contrayéndose alrededor de mis dedos mientras chorros de placer líquido salían de ella mezclados con el agua de la ducha.

La sostuve, la lamí, la bebí, hasta que ella se desplomó contra el cristal, jadeante, sin fuerzas.

Pero yo no había terminado. Me levanté, agarrándola por la cintura, y la giré para enfrentarme a ella.

Su rostro estaba sonrojado, sus ojos perdidos en el éxtasis, su boca entreabierta.

La empujé suavemente hacia abajo, guiándola, y ella cayó de rodillas sobre el suelo de la ducha sin ofrecer resistencia.

—Tómala —ordené, mi voz grave, dominante, irreconocible incluso para mí—. Quiero sentir tu boca caliente, Lola.

Ella me miró desde abajo, con esos ojos marrones desafiantes y sumisos a la vez, y agarró mi miembro con ambas manos.

Era grande, gruesa, la vena dorsal marcada palpitante bajo sus dedos.

Lola abrió la boca y me tomó profundamente, de golpe, sin preliminares, haciendo que mi cabeza cayera hacia atrás con un gemido gutural.

Dios, su boca era un paraíso. Cálida, húmeda, perfecta. Se movía con un ritmo salvaje, usando sus manos para masturbarme la base mientras su boca y su lengua trabajaban la parte superior, lamiendo la punta, chupando la cabeza, bajando hasta donde podía, tragándose mi miembro con una entrega total.

La agarré por el pelo, no para guiarla, sino porque necesitaba anclarme a algo. Lola aceleró, haciendo ese sonido obsceno y delicioso de succión que resonaba contra el azulejo, mirándome fijamente con esos ojos que me decían que le encantaba, que le excitaba hacerme perder el control así.

—Joder, Lola... vas a hacer que me corra... —advertí, jadeando, mis caderas moviéndose involuntariamente hacia su boca.

Ella no se detuvo. Al contrario, me tomó más profundo, hasta que sentí la entrada de su garganta, y entonces tragó, contrayendo esos músculos alrededor de mi glande. Fue demasiado. La saqué de un tirón, agarrándola por los hombros, y la levanté con una fuerza brutal.

—No me voy a correr en tu boca —gruñí, empujándola contra la pared de la ducha—. Me voy a correr dentro de ti, donde pertenezco.

La giré de espaldas a mí, empujándola contra el cristal frío, y le separé las piernas con mi rodilla. Ella se apoyó con las manos contra la pared, ofreciéndome su culo perfecto, su espalda arqueada, su sexo expuesto y rojo por la excitación y el uso.

La penetré de una sola embestida profunda y brutal, entrando hasta el fondo con un golpe seco que resonó contra el azulejo. Lola gritó, un sonido agudo y salvaje, y yo gemí al sentir su calor envolviéndome, apretándome, reclamándome.

—Eres mía —gruñí contra su cuello, mientras el agua caliente seguía cayendo sobre nosotros—. Dilo. Dilo.

—Soy tuya —gimió ella, su voz rota—. Dios, Enzo, soy toda tuya. Fóllame, por favor, no pares...

No paré. La penetré con una ferocidad animal, cada embestida más fuerte que la anterior, el sonido de nuestras carnes chocando mezclándose con el de la ducha y nuestros gemidos.

La agarré por el cuello suavemente, dominándola, y ella se entregó completamente, moviendo las caderas hacia atrás para recibirme más profundo.

—Más duro... —suplicó.

La agarré por las caderas con fuerza, seguramente dejándole moretones que mañana la recordarían de quién era, y aceleré el ritmo hasta convertirlo en una violencia consensuada, una destrucción mutua.

El placer era cegador, el agua resbalaba por nuestros cuerpos golpeándose, el vapor nos envolvía en nuestro propio mundo de sensaciones.

Sentí que ella se contraía de nuevo, su segundo orgasmo acercándose, y yo estaba al borde, mi miembro hinchado, mi respiración entrecortada, mi control absolutamente perdido.

—Córrete —ordené, mi voz un gruñido animal—. Ahora, Lola. Joder, ahora...

Ella explotó con un grito que debió de oírse en toda la finca, su cuerpo convulsionándose, su sexo apretándome con fuerza brutal, succionando mi orgasmo.

Yo gruñí, embistiendo una última vez hasta el fondo, y me vacié dentro de ella con espasmos que me recorrían desde la columna hasta la coronilla, chorros de semen caliente llenándola mientras ella seguía contrayéndose alrededor de mí.

Nos quedamos así, jadeando, temblando, sostenidos únicamente por la pared de cristal y mi brazo alrededor de su cintura. El agua seguía cayendo, lavándonos, como si intentara purificarnos de algo que no queríamos que desapareciera.

—Eres... —empecé, sin aliento.

—Lo sé —dijo ella, sonriendo contra el cristal empañado—. Eres un insaciable.

La saqué de mí con cuidado, la giré, y la besé con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes. Estábamos agotados, sin fuerzas, marcados el uno por el otro.

—Ahora sí —dije, acariciando su rostro mojado—. Ahora sí que nos duchamos de verdad.

Lola rio, un sonido cálido y feliz que hizo que mi corazón se contrajera de una forma que no tenía nada que ver con el sexo.

—Eso espero —dijo ella—. Porque si no, Samuel y Martina van a llamar a la policía cuando vean que no llegamos.

—Que llamen —dije, besando su frente—. Tengo todo el día para demostrarte que no he terminado contigo.

Pero nos lavamos de verdad esa vez, enjabonándonos mutuamente con una calma que solo venía después de la tormenta, mientras el sol de Cádiz se alzaba sobre los viñedos y nosotros planeábamos cómo enfrentarnos al mundo exterior que, por ahora, seguía esperando.