Capítulo 15
Enzo
Desperté con el sol de Cádiz filtrándose entre las persianas, dibujando rayas doradas sobre la sábana de lino blanco.
Durante unos segundos, mantuve los ojos cerrados, dejando que mi cuerpo despertara antes que mi mente.
La habitación olía a sexo, a vino derramado sobre la mesita de noche, a nosotros. Y entonces la sentí.
Lola estaba recostada sobre mi pecho, su respiración profunda y regular moviendo suavemente su cuerpo desnudo contra el mío.
Su pelo moreno, despeinado y salvaje, cubría parte de mi hombro como una manta de seda oscura.
La noche anterior volvió a mí en fragmentos intensos: su piel contra la mía, sus gemidos ahogados contra mi cuello, la forma en que se entregaba completamente cuando la penetraba, como si cada embestida fuera la primera y la última.
La observé dormir. Tenía las pestañas oscuras posadas sobre sus mejillas, ligeramente sonrojadas, y la boca entreabierta en una expresión de abandono total.
Pensé en mis hijos, en Matteo y Bianca, durmiendo seguramente en sus habitaciones al otro lado del pasillo.
Pensé en cómo les había fallado al permitir que Vittoria los manipulara durante años, cómo les había fallado al mantenerlos en una casa donde el amor se había convertido en un campo de batalla silencioso.
Y pensé en mi matrimonio, en esa prisión de culpa y dependencia emocional que había construido con mis propias manos.
Tenía que hablar con Vittoria. Tenía que acabar con eso.
No solo por mí, no solo por Lola, sino por Matteo y Bianca, que merecían ver a su padre feliz, que merecían un hogar donde no reinara el frío.
Lola se movió entonces, un pequeño gemido escapando de sus labios.
Sus ojos marrones se abrieron lentamente, confundidos primero, y luego, al encontrarse con mi mirada, se iluminaron.
Y se sonrojó. Ese sonrojo intenso que subía desde su cuello hasta sus mejillas, tiñendo su piel dorada de un rosa delicado.
—Buenos días —murmuré, mi voz ronca por el sueño y la sed.
No respondió. Solo me miró con esos ojos enormes, vulnerables y valientes a la vez.
Me incliné hacia ella, tomando su rostro entre mis manos, y la besé.
Un beso lento, profundo, que sabía a mañana y a promesas no dichas.
Luego rodeé su cintura con mi brazo y la atraje hacia mí, recostándola sobre mi cuerpo para que sintiera cómo me despertaba solo con su proximidad.
—Enzo... —protestó débilmente, aunque sus manos ya se enredaban en mi pelo.
La besé de nuevo, saboreando la calidez de su boca, la suavidad de sus labios. Ella gimió contra mí y luego se apartó, con una mueca teatral.
—Más vale que me des un poquito de tregua —dijo, su acento andaluz marcado por la mañana—. Me duelen partes del cuerpo que no sabía que podían doler.
No pude evitar reírme. Era un sonido genuino, que venía desde algún lugar profundo de mi pecho, ajeno al control que solía ejercer sobre cada uno de mis gestos.
—Eres una exagerada —dije, pasando mi mano por su espalda desnuda.
Lola abrió los ojos como platos, indignada pero sonriente.
—¿Que soy una qué? Escúchame, Bianchi, después de la noche de sexo que me has dado, no exagero ni un poquito. Me acabo de ahorrar un mes entero en el gimnasio. Tengo músculos que ni sabía que existían y que ahora están protestando en italiano, español y probablemente en latín antiguo.
Volví a reír, esta vez más fuerte, y la atraje más contra mí, sintiendo su cuerpo cálido y flexible contra el mío.
—Entonces vamos a hacer que te ahorres dos —dije, besando su cuello, mordisqueando su clavícula.
—¿Enzo...? —su voz sonó alarmada, aunque sus piernas ya se abrían para recibirme.
La besé de nuevo, más profundamente, dejando que mis manos recorrieran su cuerpo con la familiaridad que ya habíamos construido en apenas unas semanas. Luego me separé unos centímetros, mirándola a los ojos, viendo en ellos todo lo que nunca me atreví a esperar.
—Eres la única persona en el mundo que me hace querer perder el control —dije con calma, con una ternura que me sorprendió incluso a mí—. Y eso es lo más aterrador y lo más hermoso que me ha pasado nunca.
Lola me miró con esos ojos que parecían ver directamente mi alma rota y decidieron quedarse de todos modos. Asintió lentamente, y juntos nos levantamos de la cama.
Ella se puso una camiseta vieja mía, una negra de algodón que le quedaba enorme y le caía por encima de los muslos, dejando sus piernas desnudas y su cuello expuesto.
Yo me puse unos pantalones de chándal grises, nada más.
Bajamos juntos las escaleras, nuestras manos entrelazadas, Nala siguiéndonos desde el rincón donde dormía en el dormitorio de invitados.
La cocina de la villa estaba bañada por la luz matutina, los ventanales enormes mostraban los viñedos extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, verdes y dorados bajo el sol de junio. Lola se dirigió directamente a la nevera, sacando huevos, tomates, jamón.
—Tú siéntate —ordenó—. Hoy cocino yo.
—En esta casa cocino yo —repliqué, acercándome por detrás y rodeando su cintura con mis brazos, apoyando mi barbilla en su hombro.
—Enzo, si cocinas tú, acabaremos en la encimera antes de que se fría el primer huevo —dijo ella, girándose en mis brazos con una sonrisa pícara.
—¿Y eso es malo?
—Es... contraproducente para la nutrición —rio, empujándome suavemente hacia uno de los taburetes.
Me senté, observándola moverse por mi cocina como si llevara años haciéndolo. Nala se instaló en su cama, en un rincón, observándonos con esos ojos de labrador que parecían juzgar cada interacción.
—Oye, ¿sabes qué me dijo mi madre ayer? —comentó Lola, partiendo huevos en un bol con una destreza que me hipnotizaba—. Que Nala solo te tolera a ti porque hueles a comida italiana.
—Tu madre es una mujer inteligente —respondí, sonriendo.
—Mi madre es una chismosa. Pero tiene razón. Mira —señaló hacia la perra—. Ni siquiera gruñe cuando te acercas a mí. Eso es histórico.
—Soy irresistible —dije, levantándome y acercándome a ella.
—Eso es ego —replicó ella, pero se inclinó hacia mí cuando la besé.
La cocina se llenó de risas, de chistes tontos sobre quién controlaba el fuego de la vitro, de momentos de complicidad absurda mientras compartíamos una taza de café, de miradas que se cruzaban y prometían cosas que no podían esperar.
Fue ella quien rompió el último vínculo de contención. Estábamos junto a la isla central, ella intentando cortar pan, yo intentando no tocarla, cuando dejó el cuchillo y se giró hacia mí con una determinación que hizo que mi corazón se acelerara.
—Enzo —dijo, y su voz temblaba, pero no de miedo—. No puedo más. Te necesito. Ahora.
No respondí. No había palabras necesarias. La tomé en brazos y la senté sobre la encimera de mármol frío, separando sus piernas para situarme entre ellas. La camiseta subió, dejándola expuesta, desnuda y perfecta bajo la luz de la mañana.
—Dios, Lola... —gemí, besando su cuello, bajando por su pecho, mordiendo sus pezones hasta que ella arqueó la espalda con un grito ahogado.
La bajé de la encimera, la giré y la incliné sobre la isla, su culo redondo y perfecto en alto, ofreciéndose a mí. Me arrodillé detrás de ella, separando sus muslos con mis manos, y la miré. Estaba empapada, brillante, abierta para mí. Y era mía.
La penetré con la lengua primero, profundamente, sintiendo su sabor salado y dulce a la vez, escuchando sus gemidos ahogados contra el mármol.
Lola se agarraba al borde de la encimera, sus nudillos blancos por la fuerza, mientras yo la devoraba sin piedad, alternando entre su clítoris palpitante y su entrada húmeda, introduciendo dos dedos dentro de ella, buscando ese punto que la volvía loca.
—Enzo... Dios... voy a... —jadeaba ella, su voz rota.
—No te corras todavía —ordené, levantándome, desabrochando los pantalones de chándal y liberando mi miembro, dura y dolorida por la necesidad de estar dentro de ella.
La giré de nuevo, sentándola en el borde de la encimera, y la penetré de una sola embestida profunda y brutal.
Lola gritó, echando la cabeza hacia atrás, sus ojos perdidos en el éxtasis.
La agarré por las caderas, por el cuello, por el pelo, y comencé a moverme dentro de ella con una fuerza que ni yo mismo reconocía.
Cada embestida era un territorio conquistado, una posesión total.
Ella respondía igual de salvaje, arañando mi espalda, mordiendo mi hombro, pidiendo más con cada gemido.
La cocina se llenó del sonido de nuestras carnes chocando, de nuestras respiraciones entrecortadas, de la mesa moviéndose contra el suelo de madera.
—Más duro... —suplicó ella, y obedecí, penetrándola con una ferocidad que bordeaba el dolor pero que ella recibía con los ojos brillantes y la boca abierta en una O silenciosa.
La saqué de la encimera, la giré de espaldas a mí y la empujé contra la nevera de acero inoxidable, su pecho presionado contra la fría superficie metálica.
La penetré desde atrás, agarrando sus manos por encima de la cabeza, inmovilizándola, dominándola completamente.
Lola gemía sin control, su cuerpo temblando bajo el mío, y sentí cómo se contraía alrededor de mí, anunciando su orgasmo.
—Córrete, tesoro —gruñí contra su oído.
Ella explotó con un grito que seguramente despertó a medio Sanlúcar, su cuerpo convulsionándose, su sexo apretando mi miembro con espasmos incontrolables.
Yo no pude más. La agarré con fuerza, embistiendo una última vez, profundamente, y me vacié dentro de ella con un gemido ronco que sonó a rendición total.
Nos quedamos así, jadeando, sudados, pegados el uno al otro contra la nevera, durante largos minutos. Luego la giré suavemente y la besé, esta vez con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes.
—Eres increíble —dije, acariciando su rostro.
—Tú eres un animal —respondió ella, sonriendo contra mis labios—. Y me encanta.
Nos vestimos a medias, ella seguía con mi camiseta, yo con los pantalones de chándal caídos sobre mis caderas. Comimos el desayuno frío a toda prisa, sentados en la isla donde minutos antes la había poseído, riendo como adolescentes.
—Es hora de ducharse y vestirse —dije, mirando el reloj—. Tenemos que ir a casa de Samuel y Martina.
Lola asintió, recogiendo los platos.
—Solo ducharse —aclara ella, señalándome con un tenedor—. Nada de sexo en la ducha. Ya me has dejado sin fuerzas para la barbacoa.
Arqueé una ceja, dejando el vaso de zumo de naranja sobre la mesa.
—Tesoro —dije, mi voz bajando un tono, volviéndose peligrosamente suave—, no me hagas prometer cosas que sé que no voy a cumplir.
Los ojos de Lola se abrieron, y vi cómo se mordía el labio, excitada a pesar de sí misma.
—Enzo...
La cogí en brazos antes de que pudiera protestar, la subí sobre mi hombro como un saco, ignorando sus gritos de protesta fingida, y subí las escaleras hacia el dormitorio.
Mientras caminaba, la besaba su cadera, mordisqueaba su muslo, y pensaba, no por primera vez ni sería la última, que esa mujer era mi perdición absoluta.
Que me costaba horrores mantener el control cuando la tenía cerca. Y que, por primera vez en mi vida controlada y calculada, no quería recuperarlo.