Capítulo 14
Lola
Cuando finalmente se apartó, mi visión estaba borrosa, y él... Él parecía un dios pagano emergiendo del agua.
Con el pelo despeinado, los labios hinchados y brillantes, los ojos oscuros de pura lujuria.
Me cogió de la mano y me llevó hasta la escalera.
Estaba temblando, pero cuando sus manos empezaron a bajar su bañador, cuando su erección quedó expuesta ante mí, larga, gruesa, perfecta, sentí un nuevo hambre despertar en mi vientre.
—Quiero sentirte —susurré, y mi voz sonaba extraña, ronca, llena de una audacia que no sabía que poseía.
—Entonces hazlo —desafió él, acercándose, ofreciéndose—. Haz lo que quieras, Lola. Lo que quieras.
Me hundí en el agua, agarrándome a sus muslos para mantener el equilibrio, y lo tomé en mi boca.
El gemido que escapó de sus labios fue el sonido más erótico que había escuchado en mi vida.
Era grande, tanto que tuve que relajar la garganta para acogerlo, pero la sensación de su carne caliente y dura contra mi lengua, el sabor salado de su excitación, me excitó hasta límites insospechados.
Usé una mano para acariciar la base mientras mi boca trabajaba la parte superior, y la otra para acariciar sus testículos, pesados y tensos.
—Joder, Lola... —gruñó, y sus manos se aferraron a mi cabeza, no empujando, solo sosteniendo, como si necesitara anclarse—. Eso es... Dios, así...
Lo tomé más profundo, desafiando mis propios límites, queriendo darle el mismo placer que él me había dado.
El agua nos movía, suavizando los movimientos, creando una danza líquida entre nosotros.
Cuando sentí que se tensaba, que sus músculos se contraían bajo mis manos, que su respiración se volvía entrecortada, me aparté.
No quería que terminara así. Quería sentirlo dentro de mí.
—No —dije, saliendo a la superficie y jadeando—. Quiero que me folles. Aquí. Ahora.
Las palabras salieron de mi boca con una crudeza que me sorprendió, pero Enzo no pareció ofendido.
Por el contrario, sus ojos se oscurecieron aún más, si eso era posible, y una sonrisa salvaje, primitiva, curvó sus labios.
—Como ordenes —gruñó.
Me cogió por la cintura y me giró bruscamente. Apoyé las manos en el borde de la piscina, arqueando la espalda, ofreciéndome como una ofrenda.
—Joder, mírate —murmuró, y sentí sus manos en mis caderas, apretando con fuerza posesiva—. Perfecta. Mia.
Y entonces entró. De una sola embestida profunda, sin preliminares, sin tregua.
Grité, y el sonido se perdió en la noche mientras él llenaba cada centímetro de mi interior, estirándome, poseyéndome, completándome de una forma que me hizo ver la verdad absoluta: que había estado incompleta toda mi vida, esperándolo a él.
—Dios, estás apretada —gruñó, y su voz sonaba estrangulada, como si le costara mantener el control—. Tan perfecta. Tan mía.
Empezó a moverse. Lento al principio, arrastrándose casi hasta salir de mí antes de volver a hundirse con una fuerza que me hizo jadear.
Pero pronto la lentitud no fue suficiente. Pronto necesitamos más. Necesitamos la fricción, el caos, la destrucción. Y él me lo dio.
Sus embestidas se volvieron salvajes, desenfrenadas, cada golpe de sus caderas contra las mías enviando ondas por toda la piscina.
El agua chapoteaba a nuestro alrededor, indiferente testigo de nuestra violencia amorosa.
—Más fuerte —supliqué, y mi voz sonaba desconocida, llena de una necesidad primitiva—. Por favor, Enzo, más duro.
—Cuidado con lo que deseas —advirtió, y su mano se deslizó por mi espalda hasta agarrarme el pelo, tirando de él para inclinar mi cabeza hacia atrás—. Porque te voy a dar exactamente eso.
Y cumplió su promesa.
Me folló con una ferocidad que me dejó sin aliento, sin pensamientos, sin nada excepto la sensación de él dentro de mí, llenándome, poseyéndome, reclamando cada centímetro de mi ser como suyo.
Cada embestida iba acompañada de un gruñido bajo, animal, que salía de lo más profundo de su pecho.
Era posesión pura. Era dominación total. Pero también era amor. En cada movimiento, podía sentirlo.
En la forma en que su mano libre acariciaba mi espalda, en la forma en que sus labios besaban mi hombro, en la forma en que murmuraba mi nombre como si fuera una oración.
—Nunca... —jadeó, cambiando el ángulo para golpear ese punto dentro de mí que me hizo ver blanco—. Nunca pensé... que llegaría a amar así... a una mujer como te amo a ti.
Las palabras, dichas entre jadeos, entre embestidas, me destrozaron y me elevaron al mismo tiempo.
—Yo tampoco —sollocé, sintiendo que el segundo orgasmo se construía en mi interior como una tormenta inminente—. No debería amarte... pero Dios, Enzo, te amo tanto...
—Entonces córrete para mí —ordenó, y su mano se deslizó entre mi cuerpo y el borde de la piscina, encontrando mi clítoris hinchado y sensible—. Córrete conmigo. Demuéstrame que eres mía.
Sus dedos trabajaron en sincronía con sus embestidas, y el mundo explotó.
Mi segundo orgasmo fue más intenso que el primero, una oleada de placer que me dejó ciega, sorda, completamente perdida en la sensación de él, solo él, siempre él.
Y cuando sintió que me contraía a su alrededor, cuando mis músculos internos le apretaron con fuerza, él también se perdió.
—Lola... —gritó mi nombre, una vez, dos, tres, mientras se hundía profundamente en mí y liberaba su semilla con embestidas violentas, descontroladas, desesperadas.
Nos quedamos así, jadeando, temblando, unidos en la forma más primitiva posible, mientras el agua nos mecía suavemente, lavando nuestros pecados o bendiciéndolos, ya no sabía cuál.
Cuando finalmente salió de mí, sentí la pérdida físicamente. Pero no me dejó ir. En lugar de eso, me giró suavemente entre sus brazos y me besó.
Un beso largo, profundo, lleno de promesas silenciosas y de gratitud.
—Eres mía —murmuró contra mis labios, y no fue una pregunta—. Dilo.
—Soy tuya —repetí, porque era la verdad más pura que había pronunciado jamás.
—Y yo soy tuyo —respondió él, y la solemnidad de sus palabras me hizo querer llorar de nuevo—. Cada parte de mí. Mi cuerpo, mi mente, mi corazón. Todo es tuyo, Lola. Desde el primer día. Para siempre.
Me besó de nuevo, y luego, sin previo aviso, me cogió en brazos.
—¿Qué...?
—La piscina es solo el principio —gruñó, saliendo del agua con una facilidad que hablaba de su fuerza—. Te prometí que te demostraría lo mucho que te amo. Y eso requiere una cama. Y tiempo. Y privacidad absoluta.
Me apreté contra su pecho, sintiendo su corazón latir contra el mío, mientras caminaba descalzo por el patio de piedra, dejando un rastro de gotas de agua a nuestra espalda.
Entramos en la casa. Estaba oscura, silenciosa, vacía. Martina y Samuel realmente se habían ido.
Subió las escaleras sin esfuerzo aparente, a pesar de mi peso, y me llevó a su habitación.
Su cama estaba deshecha, las sábanas blancas arrugadas, y cuando me depositó sobre ellas, sentí el contraste entre la fresca humedad de mi piel y la suavidad del algodón.
Pero no tuve tiempo de procesarlo. Porque Enzo se subió sobre mí, y sus manos empezaron a explorar cada centímetro de mi cuerpo como si fuera la primera vez, como si no acabáramos de poseernos salvajemente en la piscina.
—Te amo —dijo, besando mi frente—. Te amo —repitió, besando mis párpados—. Te amo —susurró, besando mi nariz, mis mejillas, la comisura de mis labios.
Y cuando finalmente reclamó mi boca de nuevo, lo hizo con una ternura que me desarmó por completo.
Esta vez no fue salvaje. Esta vez fue adoración pura.
Me hizo el amor durante horas, o quizás fueron minutos, el tiempo se había vuelto irrelevante.
Cada movimiento era una promesa, cada beso una confesión, cada mirada una eternidad.
Cuando finalmente nos quedamos quietos, agotados, envueltos en las sábanas y en los brazos del otro, miré por la ventana abierta.
El cielo empezaba a clarear. El amanecer pintaba el horizonte de tonos rosas y dorados, y pensé en lo apropiado que era. Porque esa noche había muerto algo en mí.
La Lola que se contenía, que tenía miedo, que se preocupaba por qué dirían, por las apariencias, por el qué dirán.
Y había nacido otra. Una que sabía exactamente lo que quería. Una que había encontrado a su alma gemela en el lugar más inesperado. Una que estaba dispuesta a luchar contra el mundo entero si era necesario, con tal de quedarse con este hombre.
Enzo dormía a mi lado, con un brazo posesivamente sobre mi cintura, como si temiera que desapareciera si no me sujetaba.
Acaricié su mejilla, sintiendo la aspereza de su barba incipiente contra mi palma.
En mis sueños más secretos, en las fantasías que me avergonzaban reconocer siquiera, nunca había imaginado algo así.
Nunca había concebido que el amor pudiera ser tan devastador y tan reconfortante a la vez.
Tan destructivo y tan constructor. Tan prohibido y tan inevitablemente correcto.
Miré su rostro relajado en el sueño, y supe con una certeza que trascendía la lógica, que trascendía la moralidad, que trascendía incluso el miedo, que esto era real.
Que éramos reales. Y que, pasase lo que pasase, ya no había vuelta atrás.
Porque Enzo Bianchi no era solo el hombre que me había hecho el amor hasta dejarme sin aliento. Era el hombre que me había devuelto a mí misma.
Y eso, pensé mientras el sol iluminaba su rostro por primera vez como mi amante, como mi dueño, como mi todo, era algo por lo que vale la pena luchar.
Incluso si el mundo entero se ponía en contra. Incluso si teníamos que reconstruirlo todo desde cero.
Porque al final del día, al final de esa noche larga y salvaje y perfecta, solo había una verdad que importaba: Éramos nosotros contra el mundo.
Y por primera vez en mi vida, eso no me asustaba. Me hacía sentir invencible.