Capítulo 13
Lola
—Enzo…
Enzo no respondió. Solo me miró. Y en esa mirada había tantas cosas que me resultó imposible descifrarlas todas: hambre, frustración, algo que parecía dolor contenido, y detrás de todo eso, una ternura tan violenta que me hizo querer llorar y entregarme a la vez.
—Eres preciosa —dijo finalmente, y las palabras salieron de su boca como si las hubiera estado conteniendo durante años, no semanas.
No supe qué responder. Porque no era un cumplido vacío. Lo decía como si estuviera revelando una verdad universal, como si acabara de descubrir la gravedad o la teoría de la relatividad.
—Enzo...
—No digas nada —cortó, y su voz se había vuelto más ruda, más desesperada—. Por favor, Lola. No digas nada que nos aleje. No ahora.
Y entonces se movió.
Cerró la distancia que nos separaba con un par de brazadas fluidas, y antes de que pudiera reaccionar, antes de que mi cerebro pudiera enviar la señal de huida que mis instintos pedían a gritos, sus manos estaban sobre mí.
Una se posó en mi cintura, fuerte, posesiva, tirándome hacia él. La otra subió por mi espalda, sus dedos se enredaron en mi pelo mojado, y me inclinó la cabeza hacia atrás con una suavidad que contradecía la ferocidad de su agarre.
—Enzo, no podemos...
—Podemos —gruñó contra mi boca—. Dios, Lola, podemos. Tenemos que hacerlo. No puedo seguir fingiendo.
Y entonces me besó.
No fue un beso suave, ni fue un beso de exploración o de tanteo. Fue un beso de conquista, de rendición, de guerra y paz simultáneas.
Sus labios se estrellaron contra los míos con una fuerza que me dejó sin aire, y cuando traté de protestar, cuando puse las manos en su pecho para apartarlo, su lengua entró en mi boca y mi resistencia se desvaneció como azúcar en agua caliente.
Gemí. No pude evitarlo.
El sonido salió de lo más profundo de mi garganta, un gemido que llevaba semanas conteniendo, meses quizás, toda una vida de contención y moderación y deberes.
Y Enzo lo capturó. Lo bebió. Lo devoró.
Sus manos se apretaron en mi cintura, levantándome ligeramente para que mis piernas, por instinto o por traición, se enrollaran alrededor de su cintura.
El agua nos mecía, fría y ajena, mientras nuestros cuerpos se buscaban bajo la superficie.
Podía sentirlo duro contra mí, a través de la tela mojada de su bañador y de mi propia ropa interior, y la evidencia de su deseo me hizo perder lo poco de cordura que me quedaba.
Pero entonces, como si un cubo de agua helada me cayera encima, recordé.
Recordé quién era él. Quién era yo. Quién estaba en esa casa.
—No —jadeé, apartando mi boca de la suya con una violencia que me dolió físicamente—. No, Enzo. No puedo.
Estaba jadeando, con los labios hinchados por su beso, con el cuerpo temblando de necesidad, pero con la mente finalmente despierta.
—No puedo ser la otra —dije, y mi voz sonó quebrada, desesperada—. No puedo ser esa mujer, Enzo. No quiero ser la que destruye un matrimonio, la que los niños odian, la que...
—Calla —dijo él, pero no fue una orden.
Fue una súplica.
Me cogió la cara entre las manos, obligándome a mirarlo, y vi que sus ojos estaban húmedos, aunque no sabría decir si era agua de la piscina o algo más peligroso.
—Mira alrededor, Lola —susurró—. Mira bien.
Me obligué a girar la cabeza, a apartar la mirada de sus ojos que me hipnotizaban. Miré hacia el porche.
Las luces de la cocina estaban apagadas. No había ruido de conversación. No había ruido de nada.
—Se han ido —confirmó Enzo, y su voz tembló ligeramente—. Martina y Samuel. Se han llevado a los niños. Se han ido a su casa.
—¿Qué? —parpadeé, confundida—. Pero... ¿por qué? Mi hermana es una traidora —dije, y una risa amarga escapó de mis labios, aunque no sentía ninguna gracia.
Enzo no sonrió.
En cambio, su expresión se suavizó aún más, si eso era posible, y una de sus manos dejó mi cintura para acariciar mi mejilla con una ternura que me destrozó las defensas.
—Solo han querido que estemos a solas —dijo, y su pulgar trazó círculos hipnóticos sobre mi piel húmeda—. Para hablar. Para saber si lo que hay entre nosotros es algo por lo que valga la pena luchar, o si deberíamos dejarlo morir aquí y ahora.
Negué con la cabeza, aunque mi cuerpo se inclinaba hacia él como una flor hacia el sol.
—No voy a ser la otra —repetí, pero sonaba menos convincente ahora, más débil.
—Y no lo serás —dijo él con una firmeza que me dejó sin aliento—. Escúchame bien, Lola. Escúchame porque solo voy a decir esto una vez, y necesito que lo grabes en tu maldita cabeza obstinada.
Su mano abandonó mi mejilla para volver a mi cintura, y me atrajo hacia él con una fuerza que no admitía réplica.
Nuestros cuerpos se pegaron de nuevo, y esta vez no había tela que ocultara la evidencia de lo mucho que me deseaba.
—Si todo sale como espero —continuó, y su voz era un gruñido bajo, animal, que vibraba contra mi pecho—. Si tienes un poco de fe en mí, si me dejas demostrarte lo que siento... tú no serás la otra.
Hizo una pausa. Y lo que dijo a continuación me cambió la vida.
—Serás la única.
Las palabras flotaron entre nosotros, más pesadas que el agua, más calientes que el aire veraniego.
—Enzo...
—Dime que no sientes esto —me desafió, y sus ojos brillaban con una mezcla de desesperación y esperanza—.
Dime que no sientes que esto es diferente.
Dime que no sientes que esto es inevitable.
Dime que puedes irte mañana y olvidarme, y lo haré.
Te dejaré ir. Pero si sientes la mitad de lo que yo siento.
.. Dios, Lola, no me hagas pasar el resto de mi vida sin ti.
Y entonces, como si las palabras no fueran suficientes, como si necesitara sellar su promesa con algo más tangible, me besó de nuevo.
Pero este beso fue diferente. Este beso no fue de conquista. Fue de rendición.
Me besó como si estuviera rezando, como si mi boca fuera un altar y él un creyente arrepentido. Y yo me dejé hacer.
Me dejé hundir en ese beso como me había dejado hundir en el agua, sin luchar, entregándome a la corriente.
Mis brazos subieron por su espalda, sintiendo cada músculo, cada cicatriz, cada centímetro de piel que había deseado tocar durante semanas de tortura silenciosa.
Y cuando su lengua encontró la mía, cuando nuestros alientos se mezclaron hasta ser indistinguibles, supe que no había vuelta atrás.
Su mano abandonó mi cintura y subió por mi costado, rozando la curva de mi pecho con una reverencia que me hizo arquear la espalda hacia él.
—Te deseo —gruñó contra mi cuello, donde depositó una lluvia de besos húmedos y ardientes—. Te deseo desde el primer día. Te deseo cada maldito segundo. Pero no solo eso, Lola. Te amo. Estoy jodidamente enamorado de ti.
Las palabras me golpearon con la fuerza de un tsunami. Porque yo también. Dios, yo también.
—Yo también estoy enamorada de ti —susurré, y las lágrimas se mezclaron con el agua de la piscina, indistinguibles—. Y no debería estarlo. Esto es prohibido, Enzo. Esto es...
—Esto es real —cortó él, y sus manos se volvieron más exigentes, más posesivas—. Y lo único prohibido aquí es que sigamos fingiendo que no nos queremos.
Y entonces, sin más aviso, me cogió en brazos.
El agua nos resistió un segundo, pero él era fuerte, mucho más fuerte de lo que aparentaba, y me alzó contra su pecho como si no pesara nada.
—Enzo...
—Silencio —ordenó, y su voz tenía un timbre autoritario que me excitó hasta la médula—. Ahora no hables. Solo siente.
Me llevó hasta el borde de la piscina en tres zancadas poderosas, y me depositó suavemente en el borde de cerámica, sentada con las piernas colgando hacia el agua.
Se situó entre mis rodillas, y la posición me dejó expuesta, vulnerable, completamente a su merced. Y entonces hizo algo que no esperaba.
Se hundió. No en el agua. Se hundió ante mí, poniendo sus manos en mis muslos, separándolos con una suavidad que contradecía la urgencia de sus movimientos.
—Enzo, qué...
—He soñado con esto —murmuró, y su aliento calentó mi piel incluso a través de la tela mojada de mi bañador—. He soñado con saborearte aquí. Con hacerte perder el control. Con oírte gritar mi nombre.
Y entonces tiró de la tela hacia un lado y su boca encontró mi centro. El grito que escapó de mi garganta debió de despertar a medio pueblo. Su lengua fue directa, implacable, experta. No fue suave ni tímida. Fue una conquista total.
Lamió, succionó, penetró con una ferocidad que me hizo ver estrellas contra el cielo nocturno.
Mis manos se aferraron a su pelo mojado, tirando, guiándolo, suplicándole sin palabras que no parara nunca.
—Dios, Enzo... —jadeé, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, el mundo reducido a la punta de su lengua y a la forma en que me devoraba.
Él gruñó contra mí, y la vibración me hizo contraer los músculos del vientre en una anticipación que me volvía loca.
Un dedo, luego dos, se deslizaron dentro de mí mientras su boca seguía trabajando mi clítoris con una dedicación que rozaba la adoración.
Me moví contra su rostro, sin vergüenza, sin reservas, buscando el alivio que sabía que solo él podía darme.
—Córrete, Lola —ordenó, levantando la vista un segundo, y sus ojos brillaban con una lujuria salvaje que me excitó aún más—. Quiero sentirte correrse en mi boca. Quiero saborearlo.
Y entonces volvió a su tarea con una intensidad renovada.
Su lengua trazó círculos perfectos, sus dedos encontraron un ritmo implacable, y cuando añadió un tercer dedo, estirándome, llenándome, la explosión fue inminente.
Grité su nombre. Una y otra vez.
Mi orgasmo me atravesó como un relámpago, desde el vientre hasta la coronilla, dejándome temblando, jadeante, completamente deshecha.
Pero él no se detuvo.
Siguió lamiendo, succionando, prolongando mi placer hasta que estuve suplicándole que parara, que era demasiado, que no podía soportar más.