Capítulo 12
Lola
La noche en casa de Enzo tenía algo peligrosamente engañoso.
Desde fuera parecía una barbacoa cualquiera. Risas. Música suave. El olor a carne a la brasa mezclado con vino y verano. Luces cálidas colgadas entre las buganvillas del patio andaluz. Pero yo sabía que no era una noche cualquiera.
Porque Enzo estaba allí. Y eso lo cambiaba todo.
—Te digo que si vuelves a quemar el pan, Samuel, me divorcio antes de que se enfríe la carne —dijo Martina desde la cocina, con una seriedad absolutamente teatral.
Samuel levantó las manos con una sonrisa.
—Estoy intentando salvar la cena, no sabotearla.
—Pues lo estás haciendo fatal.
Bianca apareció corriendo descalza con Nala detrás, como si el mundo entero fuera suyo.
—¡Nala ha robado una croqueta!
—¡Eso es mentira! —gritó Matteo desde el sofá exterior—. Solo la ha olido.
—La ha robado con la mirada —insistió Bianca, indignadísima.
Nala, por supuesto, movió la cola como si aquello fuera un elogio. Yo me apoyé en la encimera intentando no reírme demasiado. Y entonces lo sentí. Antes incluso de mirarlo.
La mirada de Enzo.
Cuando levanté la vista, él estaba apoyado en la barandilla del porche con una cerveza en la mano, observándome como si todo lo demás no existiera. Otra vez.
Aparté los ojos demasiado rápido, fingiendo que estaba ocupada cortando pan. Fracaso absoluto. Porque podía sentirlo igual. A cada segundo.
—Lola, ¿me pasas eso? —la voz de Enzo llegó suave, grave.
Levanté la cabeza y vi que lo tenía demasiado cerca.
Su camiseta negra estaba ligeramente húmeda todavía de la playa, el pelo revuelto de una forma que parecía estudiada, y esa calma peligrosa que siempre tenía cuando me miraba.
Le tendí lo que pedía sin decir nada. Sus dedos rozaron los míos. Y el mundo, como siempre, se detuvo medio segundo de más.
—Gracias —murmuró.
No supe si hablaba del pan. O de otra cosa. Samuel apareció riéndose desde la mesa.
—Esto parece una familia italiana en crisis.
—Es que lo somos —respondió Martina sin pensarlo.
Bianca aplaudió.
—¡Somos una familia!
Matteo resopló.
—Esto no es una familia, es un circo.
—Y tú eres el payaso —replicó Bianca.
—Papá, dile algo.
Enzo ni siquiera se inmutó.
—Bianca tiene razón.
Matteo le miró ofendido.
—¡Tú no ayudas!
Y por primera vez en toda la noche, Enzo sonrió de verdad. Y yo lo vi. Y me dolió un poco el pecho.
Porque cuando Enzo sonreía así… parecía otro hombre. Uno que no estaba roto por dentro. Uno que quizá podía ser feliz. Si la vida no se empeñara en complicarlo todo.
La barbacoa siguió entre risas, comida y ese caos precioso que solo se da cuando hay demasiada gente que se quiere demasiado.
Samuel contando historias absurdas de la luna de miel fallida. Martina riéndose hasta llorar. Bianca intentando convencer a Nala de que era su hermana. Matteo discutiendo sobre fútbol con una intensidad que daba miedo. Y Enzo… Enzo mirándome cuando creía que no me daba cuenta. Que era siempre.
Cada vez que levantaba la vista, allí estaba él. Y cada vez que lo pillaba, no apartaba la mirada. Como si no le importara ser descubierto. Como si no pudiera evitarlo. Y eso era exactamente lo que me estaba destrozando por dentro.
Porque no era un juego. No lo parecía. No con él.
La noche avanzó sin darnos cuenta. Los niños fueron cayendo uno a uno.
Bianca fue la primera en dormirse, abrazada a Nala en el sofá exterior. Matteo aguantó un poco más, peleando contra el sueño como si fuera un enemigo personal. Hasta que finalmente Enzo suspiró.
—Voy a llevarlos arriba.
Samuel se levantó inmediatamente.
—Te ayudo.
Y lo vi. La forma en la que cogía a su hijo con cuidado. La forma en la que Matteo, medio dormido, se dejaba llevar sin protestar.
Y pensé algo peligroso. Que aquel hombre no era solo intensidad. También era hogar.
Cuando desaparecieron dentro de la casa, el ruido bajó de golpe y solo quedamos Martina, y yo.
Y el silencio se volvió incómodo demasiado rápido.
Martina me miró y sonrió.
—Ni se te ocurra —dije antes de que hablara.
Ella levantó las cejas.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
Martina soltó una risa bajita.
—Te estás complicando mucho la vida.
Me levanté de la silla sin contestar.
—Voy a la piscina.
—Claro —dijo ella con voz dulce—. Huye.
Le lancé una mirada asesina.
—Eres una traidora.
Su risa me siguió mientras salía al patio. Y el aire de la noche me golpeó de lleno.
La piscina estaba iluminada con una luz azul suave. Me quité las sandalias sin pensarlo demasiado y me metí al agua.
Me sumergí sin pensar, dejando que el silencio lo tapara todo. Necesitaba eso. Silencio. Necesitaba no pensar en Enzo.
No en su forma de mirarme, ni en su voz, n en su cuerpo demasiado cerca del mío ni en cómo todo dentro de mí reaccionaba a él como si no tuviera voluntad propia.
Salí a la superficie respirando hondo y me quedé flotando. Mala idea. Porque entonces mi mente hizo lo que siempre hacía.
Volver a él. A la playa. Al beso. A la piscina. A la forma en que me había dicho que yo sería la única.
Cerré los ojos con fuerza No. No podía. Tenía que evitarlo. Durante el resto del verano. A toda costa.
No podía volver a quedarme a solas con él. No podía volver a caer en esa sensación de inevitabilidad. No podía permitir que algo tan imposible se volviera necesario.
Porque Enzo Bianchi era exactamente el tipo de hombre que no se olvida. Y yo no estaba preparada para eso.
Buceé de nuevo hacia el fondo. Intentando apagar la cabeza. Intentando apagarlo a él. Pero el agua no servía. Nada servía.
Porque cuando volví a subir… escuché movimiento. Me giré y lo vi.
Enzo estaba en el borde de la piscina, mirándome, y supe, incluso antes de que se tirara al agua que esa noche no iba a ser fácil escapar de él.