Capítulo 11
Lola
El sábado amaneció con ese calor pegajoso típico de Cádiz que ya anunciaba playa incluso antes de abrir los ojos.
Y también amaneció con un mensaje de Bianca enviado desde el móvil de su padre a las ocho y cuarto de la mañana.
“Lolaaaaa despiertaaaaaa. Nala y yo queremos playa.”
Sonreí todavía medio dormida mientras Nala levantaba la cabeza desde los pies de mi cama como si hubiera entendido perfectamente su nombre.
—Tu nueva mejor amiga está obsesionada contigo.
Nala movió la cola inmediatamente. Traidora.
Cuando llegué a la playa una hora después, Martina ya estaba montando media casa sobre la arena mientras Samuel fingía que no la conocía.
Sombrillas, neveras, toallas, sillas y comida suficiente para alimentar a un ejército.
—¿Habéis venido a pasar el verano entero aquí o solo el día? —pregunté dejando mi bolsa.
—Nunca sabes cuándo necesitarás una tortilla de patatas de emergencia —respondió Samuel con absoluta seriedad.
Martina le dio un codazo.
—Lo dice porque tiene ansiedad alimenticia.
—Lo llamo supervivencia.
Me reí mientras me quitaba las sandalias. Y entonces lo vi.
Enzo salía del agua con Matteo sobre los hombros mientras Bianca gritaba como si estuvieran sobreviviendo a un tsunami.
Dios. No era legal que aquel hombre existiera.
El sol le marcaba la espalda mojada. El agua resbalaba lentamente por su pecho. El pelo oscuro le caía sobre la frente. Y aquellas malditas gafas de sol solo conseguían hacerlo todavía más atractivo.
Noté el calor subir por mi cuello antes incluso de reaccionar. Mierda. Como si me hubiera sentido mirándolo, Enzo levantó la cabeza. Y me encontró inmediatamente. Siempre lo hacía.
El pecho me dio un pequeño vuelco absurdo cuando sonrió apenas al verme. Bianca salió corriendo del agua.
—¡Lola!
La niña llegó hasta mí completamente empapada y me abrazó igual.
—¡Bianca!
—Papá dice que hoy puedo enterrarte en arena.
Miré a Enzo horrorizada.
—Tu padre es un peligro para la sociedad.
Él llegó hasta nosotros sonriendo despacio.
— Buongiorno, tesoro.
Maldito italiano. Maldita voz. Maldito todo.
Intenté mantener la dignidad mientras mi cuerpo reaccionaba solo a tenerlo cerca.
—No me llames así delante de la gente.
Samuel soltó una carcajada desde la toalla.
—Oh, no. Ya empieza la tensión sexual.
—Cállate —gruñí.
Martina empezó a reírse inmediatamente.
—Es increíble lo poco discretos que sois.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Enzo seguía mirándome de esa forma que parecía desnudarme lentamente aunque llevara un vestido largo encima.
Y yo ya empezaba a sentirme peligrosamente nerviosa.
Dos horas después la playa era oficialmente un caos.
Bianca y yo habíamos construido un castillo de arena completamente absurdo que Nala destruyó en aproximadamente siete segundos.
—¡Nalaaaaa!
La perra empezó a correr alrededor de Bianca moviendo la cola mientras la niña gritaba indignadísima.
Matteo observaba la escena con dignidad fingida.
—Sabía que iba a pasar.
—Pues no has avisado —protestó Bianca.
—Porque ha sido divertido.
—¡Papá, Matteo es malo conmigo!
Enzo ni siquiera apartó la vista del móvil que fingía leer.
—Matteo.
—Vale, vale.
Samuel estaba intentando abrir otra cerveza con una chancla. Martina se estaba riendo tanto que casi lloraba.
Y yo… yo hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan feliz.
Nala terminó tumbándose junto a Bianca mientras la niña le colocaba conchas sobre la cabeza.
—Está preciosa —declaró orgullosa.
—Está humillada —corrigió Matteo.
Enzo levantó entonces la vista del móvil. Y me encontró mirándolo otra vez.
Joder.
Aparté los ojos demasiado tarde. Porque él sonrió inmediatamente. Como si supiera perfectamente el efecto que tenía sobre mí. Porque lo sabía, claro que lo sabía.
El agua estaba fría comparada con el calor de la arena.
Bianca chillaba cada vez que venía una ola grande. Samuel intentaba ahogar a Martina. Matteo fingía no divertirse mientras se reía igualmente. Y Enzo… Enzo estaba demasiado cerca de mí.
Otra vez.
Lo miré apenas un segundo mientras el agua nos llegaba a la cintura y ese fue mi error. Porque aquel hombre mojado debería estar prohibido por ley.
El sol brillaba sobre su piel. La barba le daba un aspecto todavía más peligroso. Y sus ojos verdes parecían muchísimo más oscuros bajo aquella luz.
—Deja de mirarme así —murmuré nerviosa.
Él se acercó un poco más.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras desnudarme aquí mismo.
Una sonrisa lenta apareció en su boca.
—No necesito mirarte para querer hacerlo.
Noté el calor recorriéndome entera pese al agua fría.
—Enzo…
—Lola.
Mi nombre con ese acento italiano debería considerarse un arma de destrucción masiva.
Escuchamos una carcajada fuerte de Bianca unos metros más allá. Samuel acababa de lanzar a Martina al agua. Y aprovechando exactamente ese instante…
Enzo me agarró suavemente de la cintura y tiró de mí hacia él. Mi respiración tropezó inmediatamente.
—Nos van a ver.
—Nadie nos está mirando.
Y odiaba profundamente que tuviera razón. Porque Matteo estaba intentando hundir a Samuel. Bianca perseguía a Nala por la orilla. Martina estaba amenazando a su marido con divorciarse.
Nadie nos prestaba atención a nosotros. El problema era que yo sí.
Enzo apartó un mechón mojado de mi cara lentamente. Y después me besó. Suave al principio, como si quisiera darme tiempo para apartarme. Pero yo no quería apartarme.
Ese era el problema. Nunca quería hacerlo.
Suspiré contra su boca mientras mis manos terminaban agarrándose a sus hombros.
Y el beso cambió inmediatamente Más profundo. Más hambriento. Más Enzo.
El agua se movía alrededor de nosotros mientras él me besaba como si llevara años necesitando hacerlo. Quizá porque era verdad.
Noté su mano apretando ligeramente mi cintura. La manera en que respiró contra mi boca. El calor brutal que siempre aparecía entre nosotros. Y por un instante olvidé completamente todo lo demás.
Su mujer. La realidad. El desastre que era aquello. Solo existíamos él y yo.
Hasta que reaccioné y me aparté jadeando.
—No deberíamos hacer esto.
Él apoyó la frente contra la mía.
—Lo sé.
Pero ninguno se movió. Y eso era todavía peor.
Cerré los ojos apenas un segundo antes de separarme del todo.
—Voy a salir.
Enzo suspiró lentamente. Como si también estuviera intentando recuperar el control. Pero ninguno de los dos lo teníamos
Salí del agua sintiendo todavía los labios ardiéndome. Y también su mirada clavada en mi espalda.
Cuando llegué a las toallas, Martina levantó una ceja lentamente. Oh, no.
—¿Qué?
—Nada.
—Martina.
—Solo digo que tienes la boca un poco hinchada.
—Te odio.
Samuel empezó a reírse tan fuerte que Bianca se giró inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, terremoto —respondió Martina inocentemente.
—Los adultos sois rarísimos.
—Muchísimo —confirmó Matteo llegando detrás.
Enzo apareció entonces junto a nosotros. Descalzo. Mojado. Peligrosamente tranquilo para alguien que acababa de besarme como si quisiera arrancarme el alma.
Y el muy cabrón todavía tuvo la desfachatez de mirarme con calma. Quería matarlo. O desnudarlo. Todavía no tenía claro qué más.
Bianca se dejó caer sobre la toalla junto a Nala.
—Esta noche podemos cenar todos juntos en nuestra casa.
Mi corazón dio un vuelco. Samuel levantó una cerveza imaginaria.
—Yo llevo el vino y la carne.
—Y Lola y yo hacemos la ensalada —añadió Martina.
Los miré horrorizada.
—Perdón, ¿en qué momento he participado yo en esta decisión?
—Ahora mismo.
—Tengo una reunión por videollamada mañana a primera hora.
Samuel puso cara de drama.
—Qué dura es la vida empresarial.
—Muchísimo.
—Pues no te irás tarde —dijo Martina—. Tranquila, Cenicienta. Estarás en casa antes de las doce.
La miré con absoluta indignación.
—Vete a la mierda.
Ella soltó una carcajada inmediata.
—Mírala qué mona cuando se enfada.
Bianca levantó la cabeza emocionada.
—¡Y podemos dormir todos juntos viendo películas!
Matteo la miró horrorizado.
—Eso suena a tortura.
—Tú eres una tortura.
—Y tú hablas demasiado.
—¡Papá!
Enzo suspiró con resignación fingida.
—No sé de dónde ha salido esta niña tan dramática.
—De ti —dijimos Martina y yo al mismo tiempo.
Eso hizo que Samuel empezara a reírse otra vez.
Y Enzo… Enzo me miró directamente mientras sonreía despacio.
Como si compartir aquella complicidad absurda le gustara demasiado. Como si aquello empezara a parecerse peligrosamente a algo real. Algo que no deberíamos querer.
El viento cálido movió mi pelo mientras Bianca volvía a abrazarse a Nala sobre la toalla.
Samuel discutía con Matteo sobre fútbol. Martina intentaba robarme patatas fritas. Y Enzo seguía mirándome de esa forma que me hacía sentir completamente perdida.
Entonces pensé algo peligrosísimo. Que quizá el problema no era que estuviera enamorándome de él.
El problema era que probablemente nunca había dejado de estarlo.