Capítulo 10
Enzo
El chiringuito estaba prácticamente sobre la arena.
Madera blanca. Sombrillas de esparto. Mesas largas frente al mar. Música suave mezclándose con el sonido de las olas.
Y calor. Muchísimo calor. El tipo de calor gaditano que se te pegaba a la piel lentamente mientras el olor a sal y pescado frito lo invadía todo.
Bianca llevaba exactamente siete minutos descalza porque había decidido que “las chanclas son una cárcel”. Matteo fingía avergonzarse de ella mientras sonreía cada vez que la niña hacía alguna tontería. Martina se estaba riendo tanto con Samuel que apenas podía terminar las frases.
Y yo… yo solo podía pensar en Lola. Otra vez. Maldita mujer.
Nos sentamos en una mesa junto al mar mientras un camarero dejaba cervezas frías y platos de aceitunas.
Samuel levantó inmediatamente la copa.
—Brindemos porque sobrevivimos a la luna de miel más corta de la historia.
Martina soltó una carcajada.
—Ni siquiera llegamos a subirnos al avión.
—Técnicamente seguimos de luna de miel.
—Técnicamente llevas dos días enseñándole bodegas a todo el mundo.
—Eso también es amor.
Bianca levantó la mano como si estuviera en clase.
—Yo quiero una luna de miel cuando me case.
Matteo la miró horrorizado.
—Tienes seis años.
—Y tú eres aburridísimo.
Samuel empezó a reírse tan fuerte que casi tira la cerveza. Yo sonreí observándolos. Y durante unos segundos conseguí relajarme.
Hasta que vi un vestido blanco pasar a lo lejos por la playa. El corazón me dio un golpe absurdo. Pero no era ella.
Joder.
Martina debió notarlo. Claro que lo notó. Porque me observó apenas un segundo antes de sonreír con malicia.
—Relájate, italiano.
Le lancé una mirada seca.
—No sé de qué hablas.
Samuel soltó una carcajada inmediata.
—Claro que no.
Ignoré a ambos cogiendo la cerveza. Bianca empezó entonces a mover las piernas bajo la mesa.
—¿Por qué no ha venido Lola?
Ahí estaba. La conversación inevitable.
Noté el pecho tensarse solo con escuchar su nombre. Martina respondió con naturalidad.
—Mi hermana tenía muchísimo trabajo hoy.
—Siempre trabaja muchísimo.
—Porque manda mucho.
Bianca pareció reflexionar seriamente sobre eso.
—Pues tenemos que invitarla un día a comer a casa con nosotros.
El corazón se me detuvo un segundo entero. Mierda.
Matteo levantó la vista inmediatamente hacia mí. Demasiado observador para sus diez años.
—Estaría bien —dijo Bianca sonriendo—. Además, Nala puede venir también.
Martina sonrió divertida.
—Seguro que a Lola le gustaría.
No respondí. Porque cualquier cosa que dijera probablemente sonaría sospechosa. Y porque el simple hecho de imaginar a Lola en mi casa, descalza por la cocina. Riéndose con Bianca. Discutiendo recetas conmigo. Durmiendo allí.
Joder. Era peligrosísimo.
Samuel me observó de reojo mientras cogía una gamba. Cabrón.
Sabía perfectamente lo que me estaba pasando.
La comida llegó poco después. Pescaíto frito. Tortillitas de camarones. Puntillitas. Atún. Patatas aliñadas.
Bianca declaró emocionada que iba a vivir allí para siempre. Matteo discutió con Samuel sobre cuál era el mejor plato. Martina se quejó porque su marido seguía robándole comida del plato. Y yo seguí pensando demasiado.
En Lola. En sus ojos marrones. En cómo había temblado aquella mañana cuando la sujeté por la cintura.
Dios. Todavía podía sentirla.
Mi móvil vibró sobre la mesa justo entonces. Vittoria.
El pecho se me tensó automáticamente. Bianca dio un pequeño gritito.
—¡Mamá!
Acepté la videollamada. La imagen apareció enseguida. Perfecta. Siempre impecable.
Gafas de sol elegantes sobre el pelo. Labios pintados. Vestido blanco sofisticado. Una copa de vino detrás.
Probablemente en algún hotel absurdamente caro.
— Ciao, amore miei.
Los niños empezaron a hablar inmediatamente los dos a la vez.
Los viñedos. La playa. La comida. La piscina. Samuel. Martina.
Vittoria sonrió con una dulzura perfectamente medida. Y yo pensé exactamente lo mismo que siempre pensaba en esos momentos. Que sabía interpretar el papel a la perfección cuando había público delante.
Porque Samuel y Martina estaban allí. Porque otras personas la observaban. Porque le gustaba parecer la madre perfecta. Pero si aquella llamada hubiera sido solo conmigo… probablemente ni siquiera habría preguntado qué habían hecho los niños.
La escuché reír suavemente cuando Bianca empezó a describir las bodegas.
—¿Eran tan bonitas?
—¡Enormes! —gritó la niña—. Y Lola trabaja allí y manda muchísimo.
El nombre volvió a golpearme el pecho. Vittoria me miró apenas un segundo a través de la pantalla. Solo uno, pero suficiente.
Vittoria era demasiado inteligente. Demasiado observadora.
—Qué bien —murmuró con calma.
Matteo siguió hablando mientras ella sonreía. Pero yo ya había visto algo en su mirada.
Sospecha. Control. Peligro.
La llamada continuó unos minutos más hasta que finalmente Vittoria habló otra vez.
—Enzo, necesito hablar contigo un momento.
Claro. Me levanté despacio.
—Ahora vuelvo.
Samuel me observó atentamente mientras me alejaba hacia la orilla.
El viento del mar golpeaba fuerte allí. Las olas rompían cerca. La arena estaba caliente bajo mis pies. La videollamada terminó y pasó automáticamente a llamada normal. Y el tono de Vittoria cambió al instante.
Como siempre. Frío, controlado y peligroso.
—¿Piensas pasar todo el verano ahí?
Suspiré lentamente.
—Eso ya lo hablamos.
—No. Tú hablaste y yo escuché. Tienes trabajo en las bodegas, Eno.
—Todo está perfectamente controlado allí.
Mi mandíbula se tensó. Porque ese era exactamente el problema. Ella siempre hablaba de mi vida como si fuera una empresa más.
—Así que deja de preocuparte por lo que no debes —respondí con calma peligrosa— y preocúpate más por el hecho de que has preferido pasarte el verano viajando de un lado a otro en vez de quedarte con tus hijos.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—No voy a discutir contigo delante de otras personas.
Solté una risa seca.
—Tranquila. Eso jamás lo haces.
—¿Qué significa eso?
—Significa exactamente lo que crees.
Escuché cómo soltaba aire lentamente, controlándose.
—Estás extraño desde hace meses.
Mi pecho se tensó.
—Estoy cansado, Vittoria.
—Pues descansa y deja de actuar como si fueras el único adulto con responsabilidades en este matrimonio.
Eso casi me hizo reír. Porque llevaba años sintiéndome completamente solo dentro de aquella relación. Años.
—Tengo que colgar.
—Enzo…
Pero ya había cortado.
Me quedé quieto frente al mar con el móvil todavía en la mano. Respirando. Intentando no explotar. Porque estaba agotado.
Agotado de fingir. De sobrevivir. De sentir que mi vida avanzaba mientras yo seguía atrapado en un sitio donde ya no quedaba nada.
El viento me golpeó la cara otra vez. Y entonces pensé en Lola.
En cómo me miraba. En cómo sonreía con Bianca. En la manera en que mi cuerpo entero reaccionaba solo con tenerla cerca.
Vida. Ella siempre me hacía pensar en esa palabra. Vida.
Cerré los ojos apenas un segundo y lo entendí, por primera vez con absoluta claridad. Tenía que hacer algo.
Porque seguir así iba a destruirme.
No podía continuar atrapado en un matrimonio que me asfixiaba mientras la única mujer que había conseguido hacerme sentir realmente vivo estaba a unos kilómetros de mí.
No podía seguir fingiendo. No después de Lola.
Abrí los ojos mirando el horizonte. Y supe exactamente una cosa. Iba a luchar por ella.
Aunque fuera complicado. Aunque doliera. Aunque tuviera que reconstruir mi vida entera desde cero.
Porque algunos amores aparecen una vez. Solo una. Y perderla sería mucho peor que cualquier guerra que tuviera que enfrentar después.