Capítulo 9
Enzo
Siempre había pensado que Italia tenía los viñedos más hermosos del mundo.
Hasta que vi los de los Velasco.
El coche avanzó lentamente por el camino de tierra rodeado de hileras infinitas de viñas perfectamente cuidadas mientras Bianca pegaba la cara a la ventanilla y Matteo intentaba disimular que estaba igual de impresionado que su hermana.
El sol gaditano caía sobre las hojas verdes con esa luz dorada que parecía volverlo todo más intenso. Más cálido. Más vivo.
Olía a tierra caliente. A madera. A verano. A vino. Y, por alguna razón absurda, también olía a Lola.
—Papá… esto es enorme —murmuró Matteo.
—Sí.
Y aquello se quedaba corto.
Las bodegas aparecieron unos metros más adelante. Elegantes. Imponentes. Andaluzas hasta el último detalle.
Paredes blancas. Ventanas enormes. Patios llenos de macetas y buganvillas. Barricas apiladas. Trabajadores moviéndose de un lado a otro. El sonido lejano de risas y maquinaria.
Todo tenía alma allí. No era solo un negocio. Era una herencia. Una historia. Una familia entera construida alrededor de aquellas tierras.
Aparqué despacio mientras Bianca prácticamente saltaba del asiento.
—¡Quiero ver las uvas!
—Todavía falta para la vendimia, terremoto —murmuré saliendo del coche.
Samuel apareció el primero.
—¡Los italianos!
Bianca corrió directamente hacia él mientras Martina llegaba detrás riéndose.
—No vuelvas a enseñarle azúcar antes de venir —me dijo señalando a Bianca.
—No he sido yo.
—Claro.
Matteo saludó con esa tranquilidad casi adulta que me recordaba demasiado a mí mismo.
Y entonces pensé algo peligroso. Que, si la vida hubiera sido distinta… Mis hijos podrían haber crecido rodeados de algo así.
Samuel empezó inmediatamente el recorrido como si estuviera enseñando un reino. Y, sinceramente… Lo era.
Caminamos entre las viñas mientras él hablaba sobre las variedades de uva, las cosechas y la historia de las bodegas.
Matteo escuchaba atentísimo. Bianca se distraía cada treinta segundos persiguiendo mariposas. Martina se reía de ambos. Y yo observaba todo aquello con una admiración completamente real.
Las hileras verdes parecían no terminar nunca. Las hojas se movían lentamente con el viento cálido del sur. A lo lejos se veía el brillo del mar.
Joder. Entendía perfectamente por qué Lola amaba aquel lugar.
Aquellas tierras tenían algo profundamente vivo. Algo que se te metía debajo de la piel.
Entramos después en la zona de barricas. Madera antigua. Luz tenue. Olor a vino envejeciendo lentamente. Perfecto.
Matteo giró sobre sí mismo mirando alrededor fascinado.
—Esto parece una película.
Samuel sonrió orgulloso.
—Tu tía Lola dice que este sitio es mágico cuando llueve.
Y solo escuchar su nombre ya me tensó el pecho. Automáticamente. Como siempre.
La vi apenas unos segundos después, a lo lejos, hablando con dos trabajadores cerca de una zona de carga.
Vestido blanco sencillo. Pelo oscuro recogido de cualquier manera. Una carpeta bajo el brazo. Y aun así… Joder.
No existía mujer más preciosa sobre la faz de la tierra.
Mi respiración cambió sola. Samuel siguió hablando de barricas. Martina discutía con Bianca porque quería subirse encima de una caja. Matteo hacía preguntas.
Pero yo ya no escuchaba nada. Porque Lola acababa de girar la cabeza. Y me había visto.
Sus ojos marrones se clavaron en los míos apenas un instante. Solo uno, pero suficiente para que el aire cambiara alrededor.
Vi perfectamente cómo tragaba saliva. Cómo se tensaban sus hombros. Cómo intentaba disimularlo. Demasiado tarde. Yo conocía cada una de sus reacciones.
Y eso era exactamente lo que me estaba matando.
—Disculpadme un momento —murmuré antes de apartarme.
Escuché la risa de Samuel a mi espalda. Cabrón.
Caminé hacia ella lentamente y cuanto más me acercaba, peor era. Porque Lola siempre había tenido esa capacidad absurda de desarmarme sin hacer nada. Solo existiendo.
Los trabajadores se alejaron en cuanto llegué. Y entonces nos quedamos solos. Por fin.
—Hola.
Su voz sonó mucho más suave de lo que probablemente pretendía.
— Buongiorno, bella.
Vi cómo el rubor subía lentamente por su cuello. Dios.
—No empieces.
Sonreí.
—¿Empezar qué?
—A mirarme así.
—No puedo evitarlo.
Y era verdad.
La observé despacio. El vestido se movía ligeramente con el viento. Un mechón oscuro se había escapado de su recogido. Tenía manchas de bolígrafo en los dedos.
Y aun así seguía pareciéndome la mujer más elegante del mundo.
—Te queda bien este lugar —murmuré.
Ella sonrió apenas.
—Llevo media vida aquí.
—Se nota.
Nos quedamos callados unos segundos. Demasiado conscientes el uno del otro. Y, aun así, incapaces de alejarnos.
—Bianca preguntó por ti esta mañana —dije.
Sus ojos se suavizaron inmediatamente.
—¿Sí?
—Dice que Nala duerme mejor abrazada que Matteo.
Eso la hizo reír. Y joder. Aquella risa iba a matarme algún día.
Miré alrededor rápidamente. Nadie estaba pendiente de nosotros. Y antes de pensarlo demasiado…
La rodeé por la cintura y tiré suavemente de ella hacia mí. Lola soltó aire de golpe.
—Enzo…
—Solo un segundo.
Noté perfectamente cómo su cuerpo reaccionaba al mío. Cómo se aceleraba su respiración. Cómo intentaba mantener el control. Exactamente igual que yo.
Me incliné hasta rozar su oído.
— Sei la cosa più bella che abbia mai visto nella mia vita, tesoro.
Ella cerró los ojos apenas un instante y yo pensé inmediatamente en la traducción.
Eres la cosa más bonita que he visto en toda mi vida, cariño.
La forma en que tembló entre mis brazos casi acaba conmigo.
—Para —susurró.
—No puedo.
Mi voz salió rota. Mucho más sincera de lo que debería.
—Lo que siento por ti es superior a mis fuerzas, Lola.
Noté sus dedos aferrándose ligeramente a mi camisa.
—Esto va a destruirnos.
Sonreí sin humor.
—Este va a ser el verano más tortuoso de mi vida.
Ella levantó lentamente la mirada hacia mí. Y durante un segundo entero pensé en besarla otra vez.
A la mierda todo. A la mierda el mundo. Pero entonces alguien gritó su nombre desde el otro lado de los viñedos.
Lola dio un pequeño paso atrás inmediatamente. La realidad volvió de golpe.
—Tengo que irme.
Asentí lentamente. Porque si hablaba demasiado, probablemente terminaría diciendo alguna locura.
Ella me sostuvo la mirada apenas un segundo más. Y después se alejó.
La observé marcharse sintiendo exactamente la misma sensación de vacío de siempre.
Como si cada vez que se apartaba de mí me arrancaran algo.
—Mi Lola parece fuerte, pero es más frágil de lo que quiere demostrar.
La voz masculina me hizo girarme inmediatamente, y entonces lo vi. Thiago Velasco.
Joder.
Entendí al instante por qué todo el mundo reaccionaba a aquel hombre como si pudiera declarar una guerra con solo levantar una ceja.
Era alto. Imponente. Elegante incluso vestido de manera informal. Los ojos verdes eran tan intensos que resultaban casi incómodos. Y además me estaba observando como si pudiera leerme entero.
Peligroso. Muy peligroso.
—Los viñedos son impresionantes —dije finalmente.
Thiago mantuvo la mirada unos segundos antes de asentir.
—Lo son.
El silencio entre nosotros pesaba. Porque ambos sabíamos perfectamente que aquella conversación no iba realmente sobre vino.
Caminó despacio hasta quedar a mi lado, observando las viñas.
—Lola heredó esto de mí —comentó—. La obsesión por controlar cada detalle.
Sonreí.
—Sí. Lo he notado.
Eso pareció divertirle ligeramente. Muy ligeramente.
—También heredó la costumbre de fingir que todo está bien, aunque se esté rompiendo por dentro.
Aquello me tensó automáticamente. Thiago me observó de reojo.
—Solo le he conocido dos parejas en toda su vida.
Fruncí el ceño.
—Ah, ¿sí?
—Y con ninguna se planteó realmente un futuro.
No respondí. Porque no sabía hacia dónde iba exactamente aquella conversación. Aunque lo intuía.
Y sinceramente, no me gustaba.
Thiago suspiró lentamente.
—Mis hijas pasaron por cosas que ningún niño debería vivir.
La voz le cambió apenas al decirlo. Más fría. Más peligrosa.
—Sé que parecen fuertes. Y lo son. Pero hay heridas que dejan marcas para siempre.
Miré hacia donde Lola hablaba ahora con unos trabajadores.
Seguía sonriendo. Moviéndose con seguridad. Pareciendo completamente dueña de sí misma. Y aun así entendí exactamente lo que su padre quería decir.
Porque yo también había visto la tristeza escondida dentro de ella.
La soledad. El miedo. La forma en que se protegía constantemente.
—Samuel ha conseguido mucho con Martina —continuó Thiago.
—Se nota que se quieren.
Eso le arrancó una leve sonrisa.
—Sí. Porque ese hombre ama a mi hija de verdad. Y esas cosas se ven en los ojos.
El silencio volvió otra vez. Hasta que finalmente habló de nuevo.
—Los tuyos tampoco mienten, Bianchi.
Mi mandíbula se tensó automáticamente.
—Thiago…
—Y aunque Lola no me dijo qué pasó entre vosotros… lo imagino.
Mierda. El hombre siguió observando el horizonte como si estuviera hablando del tiempo.
—Hace veinte años viví exactamente lo que ella está viviendo ahora.
Giré la cabeza hacia él lentamente y entonces entendí. Valeria. Claro.
—No me di por vencido —continuó—. Luché por Valeria. Y volvería a luchar en todas y cada una de mis vidas.
Su voz se endureció ligeramente.
—Porque cuando alguien te hace sentir vivo… cuando alguien te hace sentir en casa… por muy prohibida que sea esa persona, nada ni nadie consigue apartarte de ella.
El pecho me golpeó tan fuerte que casi dolió. Porque eso era exactamente Lola para mí. Casa.
Thiago se giró entonces hacia mí completamente, y ahí sí entendí por qué aquel hombre intimidaba tanto.
Porque su mirada tenía algo brutalmente protector Algo que decía claramente: Haría cualquier cosa por mis hijos.
—Pero déjame darte un consejo.
La amenaza llegó antes incluso de las palabras.
—Si tu situación hace daño a mi hija… más vale que te alejes de ella.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Es una amenaza?
Thiago sonrió de medio lado. Y fue peor. Mucho peor.
—Puedes tomártelo como quieras. Pero eres padre, Bianchi. Y un padre sabe perfectamente lo que haría si alguien les rompe el corazón a sus hijos.
Nos sostuvimos la mirada unos segundos eternos.
Dos hombres. Dos padres. Dos personas que dispuestas a destruirse por quienes amaban.
Finalmente, Thiago asintió y se marchó.
Me quedé solo entre las viñas, sintiendo el corazón golpeándome brutalmente el pecho.
El viento cálido movía las hojas alrededor. A lo lejos escuchaba risas. La voz de Bianca. Samuel gritando algo. Martina riéndose. Familia.
Todo aquello giraba constantemente alrededor de esa palabra.
Cerré los ojos un instante y pensé en mis hijos.
En Matteo intentando hacerse mayor demasiado rápido. En Bianca abrazándose a Lola como si llevara toda la vida necesitándola. En el miedo que me daba destruirles la infancia. Pero también pensé en mí.
En todos los años sobreviviendo dentro de una vida que jamás había querido realmente.
Y después pensé en Lola. En cómo me miraba. En cómo temblaba conmigo. En cómo me sentía vivo solo por tenerla cerca.
Abrí los ojos lentamente mirando los viñedos infinitos delante de mí y por primera vez en muchísimo tiempo supe exactamente una cosa.
Si tenía que luchar por conseguir la vida que realmente quería, iba a hacerlo.
Porque quizá no pudiera salvar mi matrimonio. Pero sí podía intentar salvarme a mí mismo.
Y, por encima de todo, no estaba dispuesto a perder a Lola.