Capítulo 8
Lola
El olor a carne asada, romero y verano me golpeó nada más cruzar el patio de casa de Martina.
Y pensé, por enésima vez aquella semana, que mi hermana había nacido para convertir cualquier sitio en un hogar.
Las luces cálidas colgaban sobre el porche. La piscina reflejaba el cielo anaranjado del atardecer. Sonaba música bajita desde algún altavoz. Y Martina iba descalza, con un vestido amarillo corto y una copa de vino en la mano, dando órdenes a Samuel mientras él fingía no escucharla.
—Te juro que si quemas otra vez las gambas, me divorcio antes del primer mes de matrimonio.
Samuel levantó la vista desde la barbacoa con absoluta tranquilidad.
—Eso no sería muy romántico por tu parte.
—Tampoco lo es intoxicar a tu esposa.
Solté una carcajada mientras dejaba el bolso sobre una silla.
—Vais camino de convertiros en ese matrimonio que discute por electrodomésticos y puntos de cocción.
Martina sonrió ampliamente al verme.
—¡Por fin! Pensaba que te habías quedado dormida encima de los papeles de la bodega.
—Casi.
Mi hermana se acercó y me abrazó fuerte. Siempre olía a vainilla y vino blanco. A familia.
—Estás guapísima —murmuró.
—Tú estás insoportable de recién casada.
—Y espérate a que le deje embarazarme.
—No pienso hablar de eso.
Samuel apareció entonces con unas pinzas en la mano.
—Yo sí pienso hablar de eso. Necesito aliados.
—No los vas a tener —respondí inmediatamente.
Él sonrió divertido y me besó la mejilla.
—Qué borde eres.
—Qué pesado eres tú.
Martina soltó una risa antes de dejarse caer en una de las sillas del porche.
—Sigo deprimida por lo de la luna de miel.
—Pues yo no te entiendo —dije mientras cogía una cerveza fría de la mesa—. Tenías un viaje increíble preparado. ¿Cómo puedes preferir quedarte aquí todo el verano en vez de irte con tu marido y follar como locos por hoteles románticos?
Samuel empezó a reírse tan fuerte que casi se atraganta. Martina levantó una ceja lentamente.
—¿Quién dice que no podemos follar aquí como locos?
Me atraganté con la cerveza.
—Martina.
—Si la piscina hablara…
Abrí los ojos horrorizada.
—No pienso meterme en esa piscina ni borracha.
Samuel soltó una carcajada.
—Demasiada visión para tus retinas, ¿eh?
—Voy a vomitar.
Los tres empezamos a reírnos al mismo tiempo.
Y justo entonces escuché un coche entrando por el camino. Mi sonrisa desapareció sola. Porque supe quién era antes incluso de verlo.
Mierda.
Samuel me lanzó una mirada demasiado consciente.
—Relájate.
—Estoy relajada.
—Claro.
La puerta del coche se abrió, y entonces apareció él. Enzo.
Camiseta negra. Pantalones claros. El pelo oscuro, ligeramente despeinado. Las mangas remangadas mostrando el tatuaje de su antebrazo. Esa manera de caminar lenta y segura que parecía alterar el aire alrededor.
Y como siempre, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Noté el calor subir por mi cuello cuando levantó los ojos y me encontró inmediatamente. Dios mío.
La intensidad de aquella mirada debería ser ilegal. Bianca salió disparada detrás de él.
—¡Lolaaaaa!
La pequeña corrió hacia mí como un misil vestido de flores.
Y yo apenas tuve tiempo de agacharme antes de que se lanzara directamente a mis brazos.
—Hola, terremoto.
La niña me abrazó tan fuerte que me hizo reír.
—¡Te he echado de menos!
Mi pecho se derritió automáticamente.
—Pero si nos vimos en la boda hace nada.
—Muchísimo tiempo igualmente.
Sonreí sin poder evitarlo mientras apartaba un mechón rizado de su cara. Y durante un segundo me imaginé siendo la madre de aquella niña.
Peinándola por las mañanas. Llevándola de la mano por la playa. Durmiendo abrazada a Nala en mi casa.
La imagen me golpeó tan fuerte que tuve que apartarla inmediatamente. Porque era peligrosa. Mucho.
Matteo llegó detrás de su padre intentando aparentar calma adolescente.
—Hola.
—Hola, Matteo.
Me dedicó un gesto tímido con la cabeza antes de mirar alrededor. Samuel apareció enseguida para abrazarlo.
—Hombre, mi socio favorito.
—Eso dices porque trabajo gratis.
—Exactamente.
Todos rieron, y entonces Enzo llegó finalmente hasta mí.
—Lola.
Mi nombre en su voz grave me recorrió la espalda lentamente.
—Enzo.
Nos miramos apenas dos segundos, pero fueron suficientes para recordar demasiado.
La boda. Sus manos. Su boca. La forma en que había pronunciado mi nombre mientras me hacía perder completamente la cabeza.
Tragué saliva.
—Pensaba que iba a ser una cena solo para nosotros tres —murmuré intentando sonar normal.
Samuel respondió antes que nadie.
—Ya que van a pasar aquí todo el verano, no pienso dejar que estén solos encerrados en esa casa gigante.
—Gracias por decidir sobre mi vida social —dije seca.
—De nada.
Martina sonrió inocentemente. Traidores.
Los niños desaparecieron hacia la piscina prácticamente al instante.
Bianca gritaba. Matteo fingía que no quería jugar. Samuel ya estaba repartiendo cervezas. Y Enzo… Enzo seguía mirándome demasiado.
Intenté ignorarlo. Pero no funcionó.
Una hora después, el porche era un caos absoluto.
Había platos de jamón, queso y aceitunas por todas partes. Copas medio vacías. Risas constantes. Bianca chapoteando en la piscina. Matteo discutiendo con Samuel sobre fútbol. Martina descojonándose de todo.
Y yo… Yo llevaba exactamente cincuenta y ocho minutos intentando no mirar demasiado a Enzo.
Fracaso absoluto. Porque cada vez que alzaba la vista, me encontraba aquellos ojos verdes clavados en mí. Como si no pudiera evitarlo. Como si yo también fuera una condena para él.
Samuel levantó su cerveza.
—Bueno, oficialmente declaro que este verano vais a aguantarme muchísimo.
—Qué amenaza más fea —murmuré.
—No exageres. Vamos a hacer planes constantemente.
—Yo trabajo.
Martina soltó una carcajada inmediata.
—Mentira.
La miré indignada.
—¿Perdona?
—No hay tanto trabajo en la bodega y lo sabes.
—Hay muchísimo.
—Lola, literalmente llevas años utilizando el trabajo para huir de tu vida sentimental.
Casi escupo el vino. Samuel empezó a toser de risa. Y Enzo… Enzo sonrió despacio sin apartar los ojos de mí.
Mierda.
—Gracias por humillarme delante de todo el mundo —dije.
—Para eso están las hermanas.
Bianca apareció entonces empapada.
—¡Tengo hambre!
—Eso es porque existes —murmuró Matteo detrás de ella.
—¡Papá, Matteo me insulta!
Enzo ni siquiera levantó la voz.
—Matteo.
—Vale, vale.
Y aun así el niño obedeció inmediatamente.
Aquello siempre me impresionaba de Enzo. No necesitaba gritar. No necesitaba imponerse demasiado. Todo el mundo reaccionaba a él igual.
Incluida yo.
Cenamos entre risas, interrupciones constantes y Bianca contando historias imposibles que nadie entendía.
Samuel sirvió carne. Martina repartía ensalada. Matteo discutía sobre recetas italianas con su padre. Y yo terminé riéndome tanto que me dolía el estómago.
Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así. Feliz.
—Mañana podríamos ir a los viñedos —propuso Samuel mientras llenaba otra copa de vino—. Y después nos vamos todos a comer a un chiringuito en la playa. Hacen el mejor pescaíto frito de todo Cádiz.
—¡Sí! —gritó Bianca inmediatamente—. ¡Y luego, bañito!
—La playa, mejor otro día —dijo Martina—. Vamos temprano y pasamos allí el día entero.
Bianca señaló con un dedo diminuto.
—Pero no os olvidéis.
—Nadie se olvidará.
—Lo estoy vigilando.
Eso hizo que todos volviéramos a reír. Y por un instante olvidé completamente que aquello estaba mal.
Que Enzo era un hombre casado. Que aquello tenía fecha de caducidad. Que yo llevaba años intentando no romperme por él.
Porque allí, bajo aquellas luces cálidas, rodeada de risas y vino y verano, todo era peligrosamente parecido a una familia.
Los niños fueron cayendo rendidos mucho antes que nosotros. Primero, Bianca. Después, Matteo intentando fingir que no tenía sueño mientras bostezaba cada treinta segundos.
Acabaron los dos dormidos en el sofá enorme del porche. Bianca estaba abrazada a un cojín. Matteo, medio torcido con una manta encima.
Y Enzo los miró de esa forma… Esa ternura silenciosa que siempre me destruía un poco por dentro.
—Creo que es hora de irnos.
Martina negó inmediatamente.
—Ni se te ocurra despertarlos.
Samuel asintió.
—Tenemos habitaciones de sobra. Quedaos.
—No queremos molestar.
—Cállate —respondió Martina—. Además, Bianca pesa quince kilos y parece un demonio cuando la despiertan.
Eso hizo que Enzo sonriera. Dios. Aquel hombre sonriendo debería considerarse un problema nacional.
Samuel cogió a Bianca en brazos con cuidado. La niña se agarró dormida a su cuello. Y Enzo levantó a Matteo como si no pesara nada.
La imagen me golpeó tan fuerte que tuve que mirar hacia otro lado. Porque había algo devastadoramente hermoso en verlo siendo padre. Los dos desaparecieron dentro de casa. Y entonces Martina giró lentamente la cabeza hacia mí.
Oh, no.
—¿Qué?
—No ha dejado de mirarte desde que llegó.
Me atraganté con el vino.
—Por favor.
—Lola.
—Martina.
—Estoy hablando en serio.
Suspiré y dejé la copa sobre la mesa.
—No importa.
—Claro que importa.
Negué con la cabeza lentamente.
—Aunque fuera cierto… sigue siendo un hombre casado.
Martina guardó silencio. Yo miré hacia la piscina intentando ordenar mi cabeza.
—Y además ya cometí ese error una vez.
Mi hermana me observó con muchísima suavidad.
—No parecíais arrepentidos en esa boda precisamente.
El calor me subió hasta las orejas.
—Fue un error.
—¿Porque no lo deseas o porque sí lo deseas?
No respondí. Porque las dos conocíamos la respuesta. Cerré los ojos apenas un segundo.
—Follar con Enzo en aquella boda fue el último error que me permitía cometer con él.
La voz me salió más rota de lo que esperaba. Y eso asustó incluso a Martina. Samuel y Enzo regresaron poco después.
—¿Quién quiere otra copa? —preguntó Samuel.
—Yo no —respondí levantándome—. Me voy a casa.
Martina abrió mucho los ojos.
—¿Ya?
—Si bebo más, no voy a poder conducir.
—Pues te quedas aquí.
—No.
Samuel frunció el ceño.
—Tenemos habitaciones vacías.
—Y yo tengo trabajo mañana.
Mi hermana soltó una carcajada.
—Claro. Porque nosotros estamos de vacaciones eternas.
—Exacto.
—Qué pesada eres.
Sonreí mientras cogía el bolso.
—Algún fin de semana me quedaré. Entre semana no.
Me despedí de Samuel y de Martina. Y de Enzo… Bueno, de Enzo no conseguí despedirme mirándolo demasiado. Porque sabía perfectamente lo que me hacía.
Salí hacia el coche intentando ignorar cómo me ardía la piel.
—Lola.
Su voz detrás de mí me paralizó inmediatamente. Cerré los ojos un segundo antes de girarme. Enzo caminaba hacia mí lentamente. Y joder. No era justo que un hombre pudiera ser tan atractivo.
La luz cálida del porche le marcaba la barba. La camiseta negra se tensaba sobre su pecho. Y aquellos ojos verdes… Dios mío.
Mi cuerpo reaccionó solo. Siempre lo hacía con él.
—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja.
Se detuvo muy cerca. Demasiado cerca.
—Me gustaría cenar contigo alguna vez.
Mi corazón tropezó dentro del pecho.
—No es buena idea.
—Lola…
—Sabes perfectamente que no lo es.
Él sostuvo mi mirada sin moverse.
—Voy a pasar aquí todo el verano. Quiero verte, aunque sea como amigos.
Solté una risa nerviosa.
—Tú y yo ya sabemos lo que pasa cuando estamos cerca.
Su mandíbula se tensó apenas.
—Lo de la boda no debería haber ocurrido.
—No.
—Y aun así no consigo arrepentirme.
Aquello me dolió muchísimo más de lo que debería. Tragué saliva.
—No puedo volver a hacerlo.
Enzo suspiró lentamente y antes de que pudiera reaccionar me rodeó la cintura y me pegó contra él.
El aire desapareció de mis pulmones. Dios. El calor de su cuerpo atravesó directamente el vestido. Sus manos enormes me sujetaban como si le costara dejarme escapar. Y su mirada…
Su mirada parecía completamente rota.
—Si este fuera el último verano de mi vida —murmuró muy despacio—, querría pasarlo contigo. Cada maldito minuto de él.
El pecho me ardió.
—Enzo…
—Porque tú me devuelves la vida, Lola… mientras que mi mujer me la quitó hace años.
Y entonces me besó. Y el mundo dejó de existir. Otra vez.
Su boca chocó contra la mía con hambre. Con desesperación. Con demasiados años contenidos.
Gemí bajito sin querer cuando profundizó el beso. Y fue peor. Porque Enzo siempre besaba como si quisiera destruirme lentamente.
Sus manos me apretaron contra él. Las mías terminaron agarrándose a su camiseta. Y cada segundo hacía aquello más peligroso. Más voraz. Más imposible. Como siempre, entre nosotros.
Hasta que reaccioné. Empujé su pecho con las manos, jadeando.
—No… no es buena idea.
Él apoyó la frente contra la mía respirando fuerte.
—Lo sé.
—Jamás podría ser la otra, Enzo.
Su expresión se quebró apenas.
—Lola…
—No podría hacerles eso a unos niños. Nunca.
Me separé antes de perder el poco control que me quedaba. Abrí la puerta del coche rápidamente. Pero Enzo no dejó que la cerrara.
Se agachó frente a mí. Aquellos ojos verdes quedaron justo a mi altura.
—Mírame.
Y como una idiota, lo hice.
Su voz sonó grave, rota, y completamente sincera.
—Si hubiera un culpable, sería yo. Porque me enamoré de una mujer de la que no podía enamorarme.
Noté lágrimas acumulándose en mis ojos.
—Enzo…
—De la mujer que la vida me tiene prohibida… pero el destino me grita que es y siempre será ella la dueña de mi corazón.
Se incorporó lentamente y cerró la puerta del coche.
Me quedé mirándolo mientras se alejaba hacia la casa. Sin aire. Sin fuerzas. Con el corazón completamente destrozado.
Porque el problema era que yo sentía exactamente lo mismo. Él también era el único hombre del que jamás debería haberme enamorado. Y el único al que nunca iba a olvidar. Aunque viviera cien años.
Puse el coche en marcha con las manos temblando. Y justo entonces empezó a sonar la radio.
“Cómo quieres que te quiera, cómo quieres si no estás aquí. Cómo quieres que te quiera si no te das a mí…”
Cerré los ojos un segundo. No. No podía ser verdad.
La voz de Rosario Flores llenó el coche mientras conducía lentamente por las carreteras oscuras de Cádiz.
“Cómo quieres que te quiera, si no te tengo aquí. Cómo quieres que te quiera tan lejos ya de mí…”
Una lágrima me cayó por la mejilla antes siquiera de darme cuenta. Después, otra. Y otra más. Porque aquello era exactamente lo que éramos Enzo y yo.
Un amor equivocado, intenso e imposible. Uno de esos que no te salvaba, sino que te destruía lentamente.
Seguí conduciendo con las luces de la carretera difuminándose delante de mí mientras la canción sonaba de fondo. Y lloré en silencio.
Por él. Por mí. Por todo lo que jamás podríamos tener.