Condenada a amarte Capítulo 7
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Capítulo 7

Enzo

Las casas vacías siempre me habían parecido tristes. Incluso las bonitas. Incluso aquella. La villa que había alquilado en Sanlúcar era absurda. Demasiado grande, demasiado perfecta y definitivamente demasiado silenciosa.

Ventanales enormes abiertos hacia los viñedos. Piscina infinita. Patio andaluz lleno de buganvillas. Madera clara. Piedra blanca. Luces cálidas.

El tipo de casa que cualquier hombre con dinero presumiría encantado de enseñar. Y, sin embargo, llevaba dos días sintiendo que me ahogaba dentro de ella.

Porque Lola estaba en Cádiz. Y yo ya no sabía cómo coño respirar cerca de esa mujer sin sentir que me estaba arrancando algo por dentro.

Apoyé los antebrazos sobre la isla de la cocina mientras observaba el exterior a través del cristal.

El verano gaditano tenía algo peligrosísimo. Las noches cálidas. El olor a sal. El vino. La música sonando a lo lejos. Todo invitaba demasiado a sentir. Y yo llevaba años sobreviviendo precisamente gracias a no hacerlo.

El problema era Lola. Siempre Lola.

Cerré los ojos apenas un instante, y ese fue mi error. Porque inmediatamente la boda volvió a mi mente.

Sus labios. Su vestido subido hasta la cintura sobre aquella maldita mesa. Su voz rompiéndose mientras gemía mi nombre. “Soy tuya.”

Joder.

Apreté la mandíbula con fuerza. Todavía podía sentirla. El sabor de su piel. Sus uñas clavándose en mi espalda. La forma en que había temblado debajo de mí cuando se corrió.

Dios.

Me pasé una mano por la cara lentamente. No debería haber ocurrido. No otra vez. No después de tantos años intentando enterrarla dentro de mí como si fuera una enfermedad incurable.

Pero el problema nunca había sido acostarme con Lola. El problema era que jamás había dejado de quererla. Ni un solo día. Ni uno.

Y aquello convertía todo lo demás en una condena.

Cogí la copa de vino de la encimera y bebí despacio, intentando dejar de pensar. Funcionó aproximadamente tres segundos. Porque mi cabeza volvió inmediatamente a Florencia. Siempre acababa allí.

Aquella semana me había destrozado la vida entera.

La lluvia golpeando los ventanales de mi casa.

Lola dibujando sentada en mi cocina mientras se mordía el labio sin darse cuenta.

Sus piernas desnudas sobre mi sofá. Las madrugadas cocinando juntos.

La manera en que me miraba cuando creía que yo no la estaba observando.

Tan joven. Tan preciosa. Tan peligrosamente fácil de amar.

Recodaba perfectamente el momento exacto en que entendí que estaba perdido.

Ella llevaba una de mis camisas, nada más. Estaba descalza, preparando café a las dos de la mañana, medio dormida, con el pelo revuelto y esa cara de paz absoluta que jamás había tenido conmigo ninguna otra mujer.

Y pensé: Aquí. Aquí es donde quiero quedarme toda mi vida.

El problema era que mi vida ya estaba decidida desde mucho antes de conocerla.

Vittoria. Mi matrimonio. Las expectativas. La culpa.

Solté aire lentamente y apoyé la copa sobre la encimera. No odiaba a mi mujer. Ojalá fuera tan sencillo. Simplemente jamás había conseguido amarla como un hombre debía amar a la madre de sus hijos.

Nuestro matrimonio estaba muerto. Llevaba así años. Quizá desde el principio. Demasiado orgullo, demasiado control, demasiadas cosas rotas entre nosotros, y en medio de todo aquello estaban Matteo y Bianca. Mis hijos.

Lo único verdaderamente puro que había hecho en mi vida. Ellos eran la razón por la que seguía atrapado allí. Porque no pensaba romperles la infancia. Porque sabía perfectamente lo que hacían los adultos egoístas cuando decidían ponerse a sí mismos por delante de los niños.

Yo no iba a convertirme en eso. Aunque me estuviera destruyendo por dentro.

El timbre sonó justo entonces. Abrí los ojos lentamente agradecido por la interrupción.

Fui hacia la puerta descalzo, todavía con una camiseta negra y unos pantalones claros de lino.

Cuando abrí, me encontré a Samuel sonriendo al otro lado.

—¿Qué haces aquí? —fruncí el ceño automáticamente—. ¿No deberías estar de luna de miel?

Samuel soltó una risa cansada mientras entraba.

—Eso pensábamos nosotros también.

Cerré la puerta detrás de él.

—¿Qué ha pasado?

—Hay un temporal horrible. El hotel ha cancelado todas las reservas porque aquello está hecho un desastre.

—Joder.

—Sí. Nos devolverán todo el dinero y ya nos avisarán con nuevas fechas. También nos harán descuento y demás.

Entramos en la cocina y Samuel abrió directamente la nevera como si estuviera en su casa. Muy español. Eso siempre me hacía gracia.

—Entonces Martina tiene que estar enfadadísima —comenté mientras volvía a coger la copa—. Tenía muchísimas ganas de conocer aquello.

Samuel sonrió despacio.

—Pues sinceramente… no demasiado.

Le miré de reojo y entendí inmediatamente por dónde iba. Suspiré.

—Samuel…

—Solo digo que desde que supo que tú te quedabas aquí todo el verano, le hizo bastante ilusión quedarse con Lola.

El pecho se me tensó automáticamente. Mierda.

Me apoyé sobre la encimera intentando mantener una expresión neutral. Samuel me observó unos segundos antes de hablar otra vez.

—No voy a meterme donde no me llaman, Enzo. Pero si ha vuelto a pasar algo con Lola… piénsate bien si tiene sentido seguir casado con alguien a quien no quieres.

El silencio cayó entre nosotros, pesado e incómodo, porque sabía que tenía razón. Y precisamente por eso no quería escucharla.

Bebí un poco de vino antes de responder.

—Lo que pasó en la boda fue la última vez.

Samuel chasqueó la lengua inmediatamente.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Y yo también. Estáis enamorados hasta las trancas y lleváis años fingiendo que no pasa nada.

Apreté la mandíbula.

—Ella también quiso que fuera la última vez.

Samuel soltó aire lentamente.

—Eso solo lo hace más triste.

No respondí. Porque no había nada que responder. La realidad era exactamente esa. Triste, agotadora e imposible.

Samuel terminó apoyándose sobre la isla de la cocina.

—Tío… verte aquí este verano le va a hacer daño. A ella y a ti.

Cerré los ojos apenas un segundo porque ya lo sabía. Claro que lo sabía.

Cada vez que Lola me miraba, sentía que me arrancaban un trozo de piel. Y aun así seguía acercándome. Como un imbécil. Como un condenado.

—No puedo divorciarme y dejar a los niños —murmuré al final.

Samuel se quedó callado unos segundos, después suspiró.

—La vida es una mierda a veces.

Eso me hizo soltar una pequeña risa amarga.

Justo entonces escuchamos pasos corriendo escaleras abajo. Y segundos después, Matteo y Bianca aparecieron en la cocina gritando como dos pequeños huracanes.

—¡Papá! ¡Matteo me ha escondido las sandalias!

—¡Porque eres insoportable!

—¡No lo soy!

Samuel soltó una carcajada inmediata. Bianca corrió hacia él.

—¡Tío Samuel!

Él la levantó en brazos mientras Matteo fingía dignidad ofendida.

—Hola, terremoto.

—Matteo es malísimo conmigo.

—Porque tú eres muy dramática.

—¡Papá!

No pude evitar reírme. Samuel me miró divertido.

—Se nota muchísimo que es hija tuya.

—Desgraciadamente, sí.

Bianca me sacó la lengua. Matteo abrió la nevera buscando comida mientras Samuel le observaba sonriendo.

—Tú eres igual de intenso que tu padre, ¿lo sabes?

—Eso me han dicho.

—Pobrecillo —murmuró Samuel.

Eso hizo que Bianca se echara a reír, y yo también. Llevaba dos días sin hacerlo de verdad.

Samuel terminó dejando a Bianca en el suelo.

—Oye, ¿os apetece hacer algo divertido esta noche?

Los dos levantaron la cabeza inmediatamente.

—¿Como qué? —preguntó Bianca.

—Piscina. Música. En casa conmigo y con Martina.

Bianca empezó a dar pequeños saltos.

—¡Sí, sí, sí!

Matteo intentó parecer más calmado. No lo consiguió.

—¿Podemos ir?

—Claro que podemos —respondí antes siquiera de pensarlo.

Samuel sonrió.

—Además, así veis a Martina otra vez.

—Y a Lola —añadió Bianca felizmente.

El nombre me golpeó directamente el pecho, y disimulé bebiendo vino. Samuel me lanzó una mirada rápida.

—Perfecto entonces —dijo finalmente—. Voy a llamar a mi mujer antes de que piense que me he fugado.

Se apartó unos pasos mientras marcaba el número. Yo me quedé observando a mis hijos.

Bianca había empezado a dibujar sobre un papel. Matteo seguía buscando algo de comer como si llevara semanas sin probar alimento. Y sin quererlo volví a pensar en Lola.

Porque podía imaginármela perfectamente allí. Riéndose con Bianca. Discutiendo con Matteo sobre cocina. Descalza por aquella casa. Con el pelo oscuro moviéndose con el viento del verano.

La llamada de Samuel terminó pocos minutos después.

—Todo organizado —anunció—. Martina ya está comprando comida para alimentar a medio Cádiz.

—Genial, tu mujer quiere cebarnos como a un pavo en Navidad.

—Probablemente.

Eso hizo que volviera a reírse antes de despedirse finalmente de nosotros.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió otra vez, pero duró poco. Porque Bianca empezó inmediatamente a contarme qué vestido quería ponerse para la barbacoa mientras Matteo protestaba diciendo que “solo era una barbacoa”.

Sonreí escuchándolos. Y durante unos minutos conseguí sentirme normal. Hasta que mi móvil vibró sobre la encimera.

Al ver que era Vittoria, el pecho se me tensó automáticamente.

Bianca levantó la cabeza enseguida.

—¡Mamá!

Acepté la videollamada y la imagen apareció al instante. Perfecta, como siempre.

Cabello impecable, labios pintados, camisa blanca elegante. Como si incluso estando sola necesitara interpretar un personaje constantemente.

— Ciao, bambini.

Los niños sonrieron inmediatamente. Bianca empezó a hablar tan rápido que apenas se la entendía.

La boda. La música. Los vestidos. La piscina. La futura barbacoa.

Vittoria sonrió incluso un poco. Y por un instante pensé lo mismo que llevaba años pensando. Que ojalá hubiera sido siempre así. Cariñosa, maternal, fácil de querer.

—Esta noche vamos a casa del tío Samuel —explicó Bianca emocionada.

—Ah, ¿sí? —Vittoria sonrió—. Pues divertíos mucho. Pero no comáis demasiado, que después os duele la barriga.

Matteo puso los ojos en blanco.

—Mamá, ya no tengo cinco años.

—Y aun así luego te quejas igual.

Eso me arrancó una sonrisa leve.

La llamada terminó unos minutos después entre besos y promesas de llevarle regalos de Cádiz.

Cuando la pantalla se apagó, el silencio volvió lentamente a la cocina. Matteo salió al jardín con una pelota. Bianca siguió dibujando. Y yo me quedé quieto frente al ventanal. Pensando demasiado otra vez.

Mi mirada bajó hacia el dibujo de Bianca. Una familia. Una casa. Niños. Sol. Piscina. Algo sencillo. Algo feliz.

Y entonces pensé en Lola sin poder evitarlo.

En cómo sería ella si algún día fuese madre.

La imaginé embarazada. Con uno de esos vestidos blancos amplios que tanto le gustaban.

Una mano sobre el vientre. El pelo oscuro cayéndole por la espalda mientras se reía de alguna tontería.

Nala tumbada a sus pies. Sus ojos marrones me miraban cansados y felices al mismo tiempo.

Y por primera vez en muchísimos años, sonreí pensando que, si era con ella, me encantaría volver a ser padre.