Capítulo 6 #2
La oscuridad nos envolvió, solo interrumpida por la luz de la luna entrando por una ventana alta. Enzo no encendió las luces. No necesitaba verme para saber dónde estaba cada parte de mi cuerpo. Sus manos ya lo sabían todo.
Me dejó sobre una superficie dura, una mesa, quizás, o un aparador, y su cuerpo se posicionó entre mis piernas, separándolas con su cadera. Podía sentirlo duro, enorme, pulsando contra mí a través de la tela, y el gemido que escapó de mi garganta fue puro instinto animal.
—Dios, cómo te he echado de menos —murmuró contra mi cuello, besándome, mordiéndome, dejando marcas que mañana me avergonzarían y hoy me excitaban hasta la locura—.
Cada puto día. Cada puta noche acostándome al lado de alguien que no eras tú.
Pensando en ti. Soñando contigo. Masturbándome en la ducha como un adolescente con tu nombre en los labios.
Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta la cintura, y encontraron la humedad que ya empapaba mi ropa interior.
—Siempre lista para mí —suspiró con voz ronca, y un dedo deslizó la tela a un lado, tocándome directamente.
El grito se me escapó antes de que pudiera contenerlo.
—Shhh —me amordazó con su boca, besándome mientras sus dedos trabajaban con cruel pericia—. Nadie puede oírnos, preciosa. Gime para mí. Solo para mí.
Sus dedos entraron en mí con una lentitud torturadora, curvándose para encontrar ese punto que solo él conocía, mientras su pulgar presionaba mi clítoris con movimientos circulares implacables.
Me retorcí contra su mano, sintiendo cómo la tensión se acumulaba con una velocidad alarmante.
Estaba demasiado excitada. Demasiado tiempo sin él. Demasiada hambre reprimida.
—Te vas a correr, ¿verdad? —susurró contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Quiero sentir cómo te deshaces en mis dedos. Quiero recordar cómo se siente tener el control de tu placer.
—Enzo, por favor... —Jadeé, agarrándome a sus hombros, arañando la tela de su camisa.
—Por favor, ¿qué? —insistió, aumentando la presión, moviéndose más rápido dentro de mí—. Dime lo que quieres. Dime que eres mía.
—Soy tuya —gemí, y era la verdad más pura que había dicho nunca—. Siempre he sido tuya.
Eso pareció desatar algo salvaje en él.
Enzo retiró sus dedos abruptamente, haciéndome gemir por la pérdida, y se arrodilló delante de mí. Sus manos agarraron mis muslos, separándolos con fuerza, y entonces su boca estuvo sobre mí.
El grito que solté resonó en las paredes vacías.
Su lengua era fuego purificado. Lamía con avidez, con hambre de hombre que lleva años de ayuno, chupando mi clítoris con una fuerza que me hizo ver estrellas.
Metió dos dedos dentro de mí mientras su boca trabajaba, y el ritmo que estableció fue brutal, implacable, diseñado para destruirme.
Podía sentir su barba raspando contra el interior de mis muslos, el calor de su aliento, el sonido húmedo y obsceno de su boca devorándome.
—Enzo... Dios... voy a... —Balbuceé, sintiendo el orgasmo acercarse como un tren descarrilado.
—Hazlo —ordenó contra mí, y la vibración de su voz fue el detonante.
El orgasmo me atravesó con una violencia que me dejó sin sentido, contrayéndome alrededor de sus dedos, empapando su boca, gritando su nombre con una desesperación que sonaba a religión profanada.
Enzo no se detuvo. Siguió lamiendo, succionando, prolongando mi tortura hasta que tuve que empujar su cabeza, demasiado sensible, demasiado expuesta.
Él se levantó lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y sus ojos brillaban en la penumbra con una luz posesiva, triunfal.
—Aún sabes a lo mismo —dijo, y su voz era pura gratificación sexual—. A miel y pecado. A todo lo que he intentado olvidar y no he podido.
Se desabrochó la corbata de un tirón, luego los botones de la camisa, revelando ese pecho esculpido que recordaba a la perfección.
Cada músculo, cada vello, cada cicatriz.
Se bajó los pantalones y el bóxer, y su erección saltó libre, enorme, curvándose hacia su vientre con la punta húmeda y brillante.
Mi boca se secó.
—Tócame —ordenó, agarrando mi mano y llevándola a su longitud—. Dime que lo quieres. Dime que quieres que te folle hasta que no recuerdes tu propio nombre.
Lo agarré, sintiendo el peso caliente, la piel de terciopelo sobre acero, y lo acaricié una vez, dos, viendo cómo su cabeza caía hacia atrás con un gruñido.
—Sí —susurré, y era una rendición total—. Fóllame, Enzo. Fóllame como hiciste aquella vez. Fóllame como si fuera la última vez.
—Será la última vez que te deje ir —prometió, y había algo peligroso en su voz, algo que sonaba a voto eterno.
Me agarró de las caderas, me giró sobre la mesa hasta que mi vientre quedó pegado a la madera fría, y me levantó el vestido por completo, dejando mi trasero expuesto al aire de la noche.
—Mírame —ordenó, agarrando mi mandíbula y girando mi cabeza hacia atrás.
Nuestros ojos se encontraron en la penumbra y entonces me penetró.
Fue un golpe profundo, único, que me llenó por completo. El dolor inicial, delicioso, del estiramiento, de la adaptación a su tamaño después de años de abstinencia. Nos quedamos quietos un segundo, jadeando, conectados de la forma más primitiva posible.
—Joder, estás tan apretada —gruñó, con los dientes apretados—. Tan perfecta. Tan jodidamente mía.
—Muévete —supliqué, necesitando la fricción, necesitando el olvido—. Por favor, Enzo, muévete.
Y se movió.
Salió casi por completo y entró de nuevo con una fuerza que me hizo resbalar sobre la mesa.
Sus manos agarraron mis caderas con fuerza suficiente para dejar moretones, y estableció un ritmo salvaje, furioso, desesperado.
Cada embestida me empujaba contra la madera, cada salida me dejaba vacía y desesperada por más.
—Más fuerte —gemí, perdiendo toda vergüenza, toda cordura—. Más duro. Hazme tuya.
—Eres mía —gritó, y el sonido fue primitivo, animal—. Siempre has sido mía, Lola. Aunque esto sea imposible, aunque mañana tenga que volver a ese infierno, tú eres mía y yo siempre seré tuyo. Siempre.
Sus palabras me penetraban tan profundamente como su cuerpo. Sentía cada embestida en el útero, cada golpe resonando en mi columna, cada salida arrastrándome hacia el borde de nuevo.
Una de sus manos se deslizó por mi espalda, agarró mi cabello y lo tiró hacia atrás, arqueando mi cuello. La otra mano rodeó mi cuerpo y encontró mi clítoris, frotándolo al ritmo de sus embestidas.
—Córrete, preciosa —exigió, jadeando, sintiéndose más grande dentro de mí, más duro—. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mi miembro. Quiero sentir que me reclamas.
El ritmo se volvió frenético, desenfrenado, dos cuerpos buscando la destrucción mutua. Los sonidos de nuestra unión llenaban la habitación: el golpe de su cuerpo contra el mío, nuestras respiraciones entrecortadas, los gemidos que no podíamos contener.
—Enzo... voy a... —dije, sintiendo la tensión explotar.
—Córrete —gritó—. Córrete, Lola.
El orgasmo me atravesó con la fuerza de un rayo, contrayéndome violentamente a su alrededor, gritando su nombre una y otra vez como un mantra, como una oración profana.
Él siguió embistiendo, aprovechando mis contracciones, y luego se hundió hasta el fondo, rígido, temblando, con un gruñido largo y gutural que sonaba a liberación de veinte años de tortura.
Nos quedamos inmóviles, jadeando, sudados, unidos en la oscuridad, y el silencio que siguió fue el más ensordecedor que había escuchado nunca.
Enzo se retiró lentamente, y sentí la pérdida inmediata, el vacío físico que era solo un reflejo del vacío emocional que vendría después. Escuché el sonido de él deshaciéndose del condón, el de la cremallera subiendo, el de la respiración volviendo a la normalidad.
Yo seguía tumbada sobre la mesa, incapaz de moverme, con las piernas temblando y el vestido levantado, expuesta en todos los sentidos.
—Lola... —dijo su voz detrás de mí, suave ahora, casi triste.
Me incorporé despacio, bajándome el vestido con dedos torpes, sin mirarle. No podía mirarle. Porque si lo hacía, vería la verdad que acabábamos de crear juntos, y esa verdad me destruiría.
—Esto no debería haber pasado —susurré, más para mí misma que para él.
Me puse de pie, buscando mi ropa interior con la mirada, encontrándola hecha jirones en algún lugar del suelo. No importaba. Me vestí deprisa, con movimientos mecánicos, sintiendo el olor de él impregnado en mi piel, en mi cabello, en cada poro de mi cuerpo.
—Lola, mírame —suplicó Enzo, y su voz sonaba rota, derrotada.
Negué con la cabeza, poniéndome los zapatos, buscando el bolso que había dejado caer al entrar.
—No —dije, y mi voz temblaba—. No puedo mirarte, Enzo. Porque si te miro, me quedo. Y si me quedo, destruyo todo. Tu familia. Mi dignidad. Todo.
Sentí sus brazos rodearme por detrás, fuertes, cálidos, familiares. Me giró con suavidad, obligándome a enfrentarle. Sus ojos estaban húmedos, brillantes, y la barba de su mandíbula tenía mis marcas, mis besos, mi posesión temporal.
—Lo sé —dijo, y su voz era un susurro devastado—. Sé que esto es imposible. Sé que mañana tengo que volver a ser el hombre que no soy, y que tú tienes que seguir siendo la mujer que se merece algo mejor que mis sobras. Pero escúchame bien, Lola Velasco, porque solo diré esto una vez más.
Me besó. Fue diferente al beso anterior. No había furia ahora, solo tristeza infinita. Una despedida prolongada, dulce hasta el dolor. Cuando se separó, apoyó su frente contra la mía, y sus lágrimas se mezclaron con las mías.
—Aunque nunca pueda estar contigo —susurró—, aunque tenga que pasar el resto de mi vida al lado de alguien que no eres tú, jamás dejaré de amarte como lo hago. Jamás. Eres el amor de mi vida, Lola. Mi único amor. Y eso no cambia porque no podamos tenerlo.
Me soltó, y algo dentro de mí se rompió definitivamente.
Salí corriendo. No miré atrás. No podía. Las lágrimas me cegaban, el dolor me asfixiaba, la culpa me pesaba como una losa sobre los hombros. Corrí por el sendero de grava, sintiendo cómo se clavaba en mis tacones, corriendo hacia las luces de la boda que ahora parecían burlas de un destino cruel.
Este era el mayor error de mi vida.
No el sexo, ni la pasión. Eso había sido inevitable, escrito en mi destino desde el primer día. El error era creer que podía sobrevivir a esto. Que podía tocar el cielo una noche y volver a la tierra sin quemarme.
Enzo Bianchi había vuelto. Y esta vez, me había destruido por completo.
Corrí hacia la oscuridad, dejando atrás al único hombre al que había amado, con su nombre grabado en la piel y su promesa tatuada en el alma, sabiendo con una claridad insoportable que nunca volvería a ser la misma.
Porque algunos amores no se elegían; simplemente te condenaban.